– Quieres decir que Drake quizás pueda cambiar otra vez -la ceja de Leonardo se disparó arriba y parte de la preocupación en sus ojos negros retrocedió.
– Eso es lo que esperamos -contestó Conner. Miró a Rio-. Yo no habría regresado con Drake en el hospital pero dijiste que era urgente.
Rio asintió.
– No te lo habría pedido pero realmente te necesitamos en esto. Ninguno de nosotros conoce este territorio.
– ¿Has informado a los locales? -Conner se refería a los ancianos de su propia aldea. Eran solitarios y difíciles de encontrar, pero los leopardos podían mandar recado cuando atravesaban el patio trasero de otro.
Rio sacudió la cabeza.
– El representante del cliente nos advirtió que un par de los leopardos se han rebelado y ahora trabajan para esta mujer. -Rio tiró una fotografía encima de la áspera mesa-. La llaman mujer sin corazón [1] .
– Mujer sin corazón -tradujo Conner. Imelda Cortez. Sé de ella, cualquiera que haya crecido en estas partes conoce a su familia. También es conocida como víbora , la víbora. No quieres tener nada que ver con ella. Cuándo dicen que no tiene corazón, hablan en serio. Ha estado asesinando a los indios locales durante años y robando su tierra para las plantaciones de cocos. Los rumores, son que ha estado presionando más y más profundo en la selva, tratando de abrir más rutas de contrabando.
– Los rumores tienen razón -dijo Rio-. ¿Qué más sabes de ella?
Conner se encogió de hombros.
– Imelda es la hija del difunto Manuel Cortez. Aprendió su crueldad y arrogancia en la cuna y se hizo cargo de las conexiones de su padre tras su muerte. Paga con dólares a toda la milicia local y compra a los funcionarios como si fueran dulces.
Se encontró con los ojos de Rio.
– Sea cual sea esta operación, todos estarán contra ti. Incluso algunos de mi propia gente habrán sido comprados. No podrás fiarte de nadie. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
– No creo que tengamos elección -contestó Rio. Se encontró con los ojos de Conner-. Comprendo que ella es una fiera devoradora de hombres y prefiere machos muy masculinos y dominantes.
El cuarto se quedó silencioso. La tensión se estiró. El color dorado de los gatunos ojos de Conner se profundizó a puro whisky, brillando con alguna débil amenaza. Un músculo hizo tictac en la mandíbula.
– Hazlo tú, Rio. Yo ya no hago esa clase de trabajo.
– Sabes que no puedo. Rachel me mataría y francamente, no tengo la misma clase de cualidad dominante que tú. Las mujeres siempre van a por ti.
– Tengo una compañera. Ella puede odiar mis intestinos, pero no la traicionaré más de lo que ya lo he hecho. No. -Medio giró, preparado para marcharse.
– Tu padre nos envió mucha de la información -dijo Rio, su voz calmada.
Conner le daba la espalda al hombre. Se paró, cerró los ojos brevemente antes de girarse. Todo su comportamiento cambió. El leopardo ardía en sus ojos. Había una amenaza en los movimientos de su cuerpo, en la manera fluida y peligrosa que se deslizó hacia Rio. La amenaza fue suficiente para que los otros tres hombres se pusieran de pie. Conner los ignoró, parándose delante de Rio, los ojos dorados enfocados completamente en su presa.
– Mi padre observa las viejas maneras. Él no pediría ayuda a intrusos. Jamás. Y él no ha hablado conmigo desde que me repudió hace muchos años.
Rio retiró una piel bronceada de cuero de su mochila.
– Me dijo que tú no me creerías y me pidió que te diera esto. Dijeron que sabrías lo que significaba.
Los dedos de Conner se cerraron sobre la piel gruesa, abriendo unos surcos. Se quedó sin respiración. La garganta ardió en carne viva. Giró lejos de los otros y se paró en la puerta, aspirando el aire de la noche. Por dos veces abrió la boca pero nada salió. Forzó el aire en los pulmones.
– ¿Cuál es el trabajo?
– Lo siento -dijo Rio.
Todos supieron lo que la piel de leopardo significaba y por la manera en que Conner la sostenía contra él, no cabía duda de que conocía y amaba al propietario.
– Conner… hombre… -comenzó Felipe y entonces dejó que las palabras murieran.
– ¿Cuál es el trabajo? -repitió Conner sin mirar a ninguno de ellos. No podía. Sus ojos ardían como ácido. Se paró con la espalda hacia ellos, sosteniendo la piel de su madre contra el corazón, tratando de no permitir nada en su mente excepto el trabajo.
– Imelda Cortez ha decidido dirigir sus rutas de contrabando por la selva tropical. No puede utilizar a sus hombres porque no están acostumbrados al ambiente. Los caminos se convierten en barro, se pierden, los mosquitos se los comen vivos, e incluso los pequeños cortes se infectan. Ha perdido a varios de sus hombres por heridas, enfermedades y depredadores. Una vez en la profundidad de la selva, son fáciles de eliminar con dardos envenenados.
– Ella necesita la cooperación de los tribus de indios que ha estado aniquilando, pero no son demasiado cariñosos con ella -adivinó Conner.
– Correcto -dijo Rio-. Necesitaba convencerlos para que trabajaran para ella. Ha comenzado a tomar a sus niños y mantenerlos como rehenes. Los padres no quieren recuperar a sus niños en pedazos así que transportan sus drogas a través de las nuevas rutas donde es improbable que los agentes del gobierno los puedan rastrear o interceptar. Con los niños de rehenes, ella ha añadido la prima de no tener que pagar a sus mensajeros. -Rio sacó un sobre sellado de la mochila-. Esto vino para ti también.
Conner se giró entonces, evitando los ojos demasiado conocedores de Rio. Extendió la mano y Rio le puso el sobre en la palma.
– Necesitaré saber si tu padre cree que nuestra especie leopardo ha sido comprometida -dijo Rio-. ¿Los dos renegados que trabajan para ella le han rebelado lo que ellos son o simplemente están aceptando su dinero?
Conner le miró entonces. Los iris casi habían desaparecido en los ojos. Las llamas ardían en las profundidades. Sería la traición más alta para un leopardo revelar a un intruso lo que él era. Rasgó el sobre y sacó una sola hoja de papel. La miró por un largo momento, leyendo la misiva de su padre. Los insectos de la noche sonaban excesivamente fuerte en el pequeño cuarto. Un músculo le hizo tictac en la mandíbula. El silencio se propagó.
– Conner -apremió Rio.
– Puedes querer cambiar de opinión acerca de la misión -dijo Conner y con cuidado, con manos reverentes, dobló y devolvió la piel a la mochila-. No es sólo un rescate de rehenes. Es un golpe también. Uno de los dos leopardos renegados que trabajan para Imelda asesinó a mi madre. Imelda sabe de la gente leopardo.
Rio juró y cruzó a la cocina para servirse un café.
– Hemos sido comprometidos.
– Dos de los nuestros nos traicionaron a Imelda. -Conner levantó la mirada, se frotó los ojos y suspiró-. No tengo elección si queremos asegurarnos de que nuestros secretos permanezcan así, secretos para el resto del mundo. Parece que a Imelda le gustaría tener un ejército de leopardos. Los ancianos han cambiado la ubicación de la aldea más profundamente en la selva tropical en un esfuerzo por evitar que ella llegue a otros que podrían desear su dinero. Los únicos que pueden llegar a ellos son los dos leopardos renegados que ya trabajan para ella y serían asesinados instantáneamente si se atrevieran a acercarse a la aldea. -Sonrió y no había humor en ese destello de dientes blancos y afilados-. Ellos nunca serían tan estúpidos.
– ¿Cómo murió tu madre? -preguntó Felipe, su voz muy tranquila.
Hubo otro largo silencio antes de que Conner contestara. Afuera, un mono aullador chilló y varios pájaros devolvieron la llamada.
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