Karin Slaughter - El número de la traición

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En la sala de urgencias del hospital más ajetreado de Atlanta, la doctora Sara Linton se ocupa de los pobres, de los heridos y de los desafortunados. De esta manera se refugia de la tragedia que hizo tambalear su vida hace unos años. Es entonces cuando una mujer muy malherida entra en el hospital y Sara se ve trasladada de nuevo a un mundo de horror y violencia. La mujer, desnuda y con evidentes signos de haber sido torturada, ha sido atropellada, pero está claro que antes había sido la presa de una mente retorcida.
En las afueras de Atlanta, donde encuentran a la paciente de Sara, la policía local ha empezado sus pesquisas, pero el detective Will Trent, de la Oficina estatal de Investigación de Georgia, no espera a que su jefa le dé la autorización necesaria para inmiscuirse en el caso: se lanza a través del cordón policial y directo al frondoso bosque y consigue encontrar una casa de los horrores escondida bajo tierra y un nuevo cadáver… la terrible realidad es que la paciente de Sara tan solo es una de las múltiples víctimas de un asesino cruel y sádico.
Will y su compañera Faith Mitchell, otra detective quien a su vez tiene sus propios secretos, consiguen hacerse con el caso, aunque para ello hayan de pelearse con el jefe local de policía y justo entonces otra mujer -inteligente, atractiva, bien situada y madre de un niño pequeño- es secuestrada. Will y Faith se encuentran en el ojo de un huracán para dar caza y captura a un asesino. Y, de hecho, ellos son lo único que hay entre un loco y su próxima víctima.

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– ¿De cuánto está? -le preguntó.

– Unas nueve semanas.

Sara lo anotó y continuó preguntando.

– ¿Ha hecho el cálculo usted misma o la ha visto ya el ginecólogo?

– Compré un test en la farmacia. -Enseguida se corrigió-. Bueno, en realidad me he hecho tres. Soy muy regular.

Sara añadió un test de embarazo al resto de pruebas.

– ¿Y cuánto peso ha ganado?

– Casi dos kilos y medio -admitió Faith-. Desde que me enteré no he parado de comer como una loca.

Según la experiencia de Sara, si confesaba dos kilos y medio de más probablemente habría engordado cinco.

– ¿Tiene usted más hijos?

– Uno… Jeremy… Dieciocho.

Sara lo anotó en su expediente y murmuró:

– Uy, la compadezco. Los niños a los dos años se ponen insoportables.

– Será más bien a los veinte. Jeremy tiene dieciocho años. Desconcertada, Sara se puso a hojear la historia de Faith.

– Le ahorraré la cuenta -dijo Faith-. Me quedé embarazada con catorce años. Tenía quince cuando di a luz a Jeremy.

Resultaba difícil sorprender a Sara a esas alturas, pero Faith Mitchell lo había conseguido.

– ¿Tuvo algún problema en su primer embarazo?

– ¿Quiere decir aparte de convertirme en la candidata perfecta para protagonizar uno de esos dramones adolescentes para la televisión? -Faith meneó la cabeza-. No, ningún problema.

– Muy bien -replicó Sara, cerrando el historial para centrar su atención en Faith-. Cuénteme qué ha pasado esta noche.

– Iba a coger el coche y de pronto sentí que me mareaba. Lo siguiente que recuerdo es a Will conduciendo para traerme aquí.

– ¿Cuando dice que se mareó se refiere a que todo le daba vueltas, o simplemente sintió que se desvanecía?

Faith se quedó pensando un momento antes de contestar.

– Más bien sentí que me desvanecía.

– ¿Vio usted luces o notó un sabor extraño en la boca?

– No.

– ¿Will es su marido?

Faith estalló en una risotada.

– Dios santo, no. Will es mi compañero… Will Trent.

– ¿Sigue aquí el detective Trent? Me gustaría hablar con él.

– En realidad es agente especial. Y ya ha hablado usted con él. Acaba de salir de la habitación.

Sara tuvo la impresión de que se había perdido algo.

– ¿El hombre que venía con usted es policía?

Faith se echó a reír otra vez.

– Es por el traje. No es usted la primera persona que lo toma por un enterrador.

– La verdad es que creí que era abogado -admitió Sara, pensando que en su vida había conocido a nadie con menos aspecto de policía.

– Tendré que decirle que lo ha confundido usted con un abogado, seguro que se siente muy complacido.

Sara reparó de repente en que Faith no llevaba alianza.

– Así que el padre es…

– No forma parte de mi vida -Faith lo reconoció sin el menor sonrojo, aunque Sara imaginó que habiéndose quedado embarazada con catorce años, pocas cosas podían sonrojarla ya-. Preferiría que Will no supiera nada de esto, es muy…

La mujer no terminó la frase. Cerró los ojos y apretó los labios. Su frente brillaba como si estuviera rompiendo a sudar.

Sara le cogió la muñeca para tomarle el pulso de nuevo.

– ¿Qué pasa?

Faith apretó las mandíbulas, pero no respondió.

A Sara le habían vomitado encima demasiadas veces como para no reconocer las señales. Fue hacia la pila para empapar una toallita de papel.

– Aspire hondo y espire poco a poco.

Faith obedeció con los labios temblorosos.

– ¿Tiene usted cambios de humor últimamente?

Pese al malestar, Faith respondió con cierta ironía.

– ¿Quiere decir más de los habituales? -De pronto se llevó la mano al estómago y se puso seria otra vez- Sí. Estoy nerviosa, irritable. -Tragó saliva-. Tengo como un zumbido en la cabeza, como si tuviera el cerebro lleno de abejas.

Sara le presionó la frente con la toallita húmeda.

– ¿Ha tenido náuseas?

– Por las mañanas, sí -respondió Faith con dificultad-. Imaginé que era cosa del embarazo, pero…

– ¿Y qué me dice de esas jaquecas?

– Son bastante fuertes, y casi siempre me dan a primera hora de la tarde.

– ¿Se ha fijado en si tiene más sed de lo habitual? ¿Orina mucho?

– Sí. No. No lo sé. -Haciendo un esfuerzo, logró abrir los ojos y preguntó-. ¿Qué es lo que tengo? ¿Es gripe, un tumor cerebral, o qué?

Sara se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano.

– Oh, Dios, ¿tan malo es? Los médicos y los policías solo se sientan cuando tienen que dar malas noticias.

Sara se preguntó cómo era que nunca se había fijado en eso. Creía que después de tantos años con Jeffrey Tolliver conocía todos sus tics, pero por lo visto había pasado por alto ese.

– Estuve casada quince años con un policía. Y no me había dado cuenta de eso, pero tiene usted razón… Mi marido siempre se sentaba cuando traía malas noticias.

– Yo soy policía desde hace quince años -replicó Faith-. ¿Le puso los cuernos, o se convirtió en un alcohólico?

Sara sintió un nudo en la garganta.

– Lo mataron hace tres años y medio.

– Oh, no -exclamó Faith, y se llevó la mano al pecho-. Lo siento mucho.

– No importa -dijo Sara, preguntándose por qué le habría contado a aquella mujer algo tan personal. Se había pasado los últimos años evitando hablar de Jeffrey y, de repente, se ponía a contarle cosas a una desconocida. Para quitarle hierro al asunto, añadió-: Pero acierta usted. Además, me puso los cuernos.

Era cierto, al menos la primera vez que se casó con él.

– Lo siento mucho -repitió Faith-. ¿Murió en acto de servicio?

Sara no quería responder a esa pregunta. De repente sintió náuseas, probablemente igual que Faith antes de perder el conocimiento. Esta se dio cuenta.

– No tiene por qué…

– Gracias.

– Espero que cogieran a ese hijo de puta.

Sara metió la mano en el bolsillo y envolvió el sobre con los dedos. Esa era la pregunta que todos le hacían: «¿Lo cogieron? ¿Pillaron al hijo de puta que mató a tu marido?». Cómo si eso importara. Como si la detención del asesino de Jeffrey pudiera aliviar en modo alguno el dolor que le había causado su muerte.

Afortunadamente, Mary entró en la habitación en ese mismo momento.

– Perdón -se disculpó la enfermera-. Los hijos de esa anciana la han dejado aquí tirada. He tenido que llamar a los servicios sociales. -Le pasó un papel a Sara-. Los resultados de la analítica.

La doctora frunció el ceño al leer los resultados.

– ¿Llevas encima el glucosómetro?

Mary metió la mano en el bolsillo y le pasó el medidor de glucosa. Sara limpió la yema del dedo de Faith con un poco de alcohol. La analítica estaba perfectamente, pero el Grady era un hospital muy grande y no sería la primera vez que confundían las muestras de sangre.

– ¿Cuándo comió por última vez? -le preguntó.

– Hemos estado todo el día en el juzgado. ¡Dios! -murmuró al notar el pinchazo, y continuó-: A eso de las doce me comí un bollito bastante pringoso que Will sacó de la máquina.

Sara insistió.

– Me refiero a su última comida «de verdad».

– Anoche, a eso de las ocho.

Por la expresión de culpa en la cara de Faith, Sara imaginó que había tirado de comida rápida.

– ¿Ha tomado café está mañana?

– Solo media taza. Ni siquiera podía soportar el olor.

– ¿Con leche y azúcar?

– Solo. Normalmente desayuno bastante bien: yogur, algo de fruta. Siempre lo hago cuando vuelvo de correr. ¿Hay algún problema con mis niveles de azúcar?

– Ahora lo veremos -le dijo Sara, presionándole el dedo para que la sangre impregnara la tira.

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