Lisa See - La Trama China

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La trama china explora el fascinante y emocionante mundo de las regiones más remotas de China, donde la lealtad, la codicia y el amor se enfrentan con aterradoras consecuencias.
La detective china Liu Hu-lan y su prometido, el abogado estadounidense David Stark, se ven enfrentados a una asombrosa trama de violencia y conspiración cuando una vieja amiga -de una aldea del interior de China- le pide a Hu-lan que descubra la verdad sobre el sospechoso suicidio de su hija.
El caso resulta alarmantemente personal por partida doble, ya que involucra el propio pasado de la detective y el siniestro secreto de una fábrica estadounidense de juguetes ligada al bufete de David.
Una subyugadora novela de intriga, con una ambientación generosa en matices y enriquecida con la complejidad de las relaciones entre dos culturas diferentes.

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– ¿Pero qué hace Knight?

– Se dedican, padre e hijo, a fabricar juguetes. ¿Conoces a Sam y sus amigos? ¿Lo emiten allí? Es un programa de televisión para niños. Sam y sus amigos son unos dibujos animados. En realidad nunca vi el programa, pero los anuncios sí. Creo que Knight hace muñecos. ¡No! ¿Cómo se llaman? ¡Figuras animadas! Hay una figura animada para cada uno de esos malditos “amigos” y anuncios también. ¿Así que los fabrican en China? ¡Dios mío!

– ¿Tan grande es?

– ¿Recuerdas la locura por las muñecas Repollo? ¿Teníais en China?

– No; creo que no.

– ¿Y cosquillas?

– Tampoco.

– ¿Y los bebés Beanie?

– No; sólo conozco Barbie.

– No; Sam no es como Barbie. Los muñecos Sam son un auténtico furor. Los niños se vuelven locos por ellos.

– ¿Cómo sabes tanto sobre el tema?

– Es lo que trato de decir. Cada vez que una nueva remesa llega a las tiendas lo ponen en las noticias. Los padres hacen colas que rodean la manzana para comprarlos. La demanda supera la oferta. Sale en las páginas de negocios prácticamente a diario. Las acciones Knight están por las nubes. Tenemos una empresa que funciona durante setenta años, sale ese programa y los chicos se vuelven locos. Es un fenómeno.

– Y Knight fabrica los juguetes en Shanxi -murmuró ella pensativa.

– ¿Por qué te sorprende, Hu-lan? La mitad de todo se fabrica en China.

– Sí, en la Zona Económica Especial de Shenzhen -dijo Hu-lan mientras el tren volvía a pitar-. En la provincia de Guangdong, cerca de Shanghau. ¿Pero en Shanxi? Por ahí no hay nada, David. -las últimas palabras se perdieron en medio del ruido que había detrás de Hu-lan-. Estamos en la estación -dijo-. Te llamo más tarde. Te quiero.

La comunicación se cortó.

David no pudo volver a dormirse. Cuando acabó de ponerse el short y unas zapatillas ya había suficiente luz como para correr alrededor del lago Hollywood. Era alto y delgado y el pelo negro empezaba a clarearle en las sienes. Sus ojos azules solían teñirse del color del lugar en que estaba. Esa mañana, con la niebla que aún ocultaba el color del agua y el cielo, los ojos estaban moteados con los reflejos del verdor que o rodeaba.

Corría paso rápido y sabía por qué. Ciertas cosas dichas por Hu-lan -la granja Tierra Roja, la Revolución Cultural, un aparente suicidio- le habían provocado ansiedad. ¿Acaso le ocultaba algún otro secreto? ¿Correría peligro en ese lugar? ¿Era física o mentalmente saludable para ella ir allí? A cada paso trataba de convencerse de que no había nada de qué preocuparse. Hu-lan trabajaba para el Ministerio de Seguridad Pública. Nadie se metería con ella, especialmente en el campo. Además, la chica se había suicidado. Eran los casos más fáciles para cualquier cuerpo policial.

Una vez Hu-lan resolviera la cuestión, probablemente volvería a Pekín, prepararía el equipaje y se reuniría con él. ¿A quién quería engañar? Hacía tres meses que hablaban del tema por teléfono y correo electrónico. En marzo Hu-lan le había prometido que iría a Los Ángeles. “Estaremos juntos”, le dijo, y él la había creído. Empezó a hablar con funcionarios del gobierno y a rellenar formularios para un permiso de residencia permanente. Pero los días se habían convertido en semanas y las semanas en meses conforme las dudas de Hu-lan afloraban.

Había perdido tanto en la vida que, aunque lo quería con locura -y de la profundidad de su amor David estaba seguro- todavía tenía miedo de lo que podía perder. Pero jamás lo diría y era imposible hacerla hablar del tema sin que se escabullera. En cambio, manifestaba que no quería sacar a la madre de su ambiente. “Tendrías que haber visto hoy a mi madre. Estuvimos hablando media hora”. O: “Mamá hoy ha estado muy mal. ¿Cómo podré reparar el daño que le he causado?”. “Tráela aquí -solía decir David-. Trae también a la enfermera. Me ocuparé de arreglarlo”. Pero Hu-lan siempre tenía otra excusa. De modo que sus conversaciones habían cambiado. Ahora Hu-lan, en lugar de ir a California, quería que David fuese a China. “Me dijiste que si no iba vendrías a buscarme, ¿no?”.

¿Pero cómo iba a ir? Tenía un empleo en la oficina del fiscal. Su familia estaba en Estados Unidos, sus amigos también. Lo mismo era válido para Hu-lan. También tenía su trabajo y su familia. Por eso estaban en punto muerto.

– Los dos somos personas muy tozudas -le había dicho David una vez-. Ceder no forma parte del carácter de ninguno de los dos.

La risa de Hu-lan había reverberado en la línea telefónica.

– No tiene nada que ver con eso. En China las relaciones son siempre así.

Después empezó a farfullar sobre una pareja que conocía. Resulta que se habían casado, pasaron un día juntos y a él lo trasladaron a Shanghai. De eso hacía dos años. Desde entonces ambos matrimonios habían pasado juntos tres noches en total. Otra pareja se había conocido en la Universidad de Pekín y se casaron. Chai Hong y Mu Hua habían tenido que luchar para conseguir la autorización para la boda. El problema era que ella venía del a provincia de Hebei y él de la de Zheijian. Los funcionarios podían darle la autorización para la boda, pero no podían garantizar que el siguiente departamento les diera los permisos de residencia en la misma ciudad. Pero Hong y Hua, como eran constantes e idealistas, al final consiguieron la autorización y se casaron. La cuestión fue que cuando acabaron la carrera, de eso hacía ya veinte años, cada uno tuvo que volver a su provincia. Desde entonces no habían vuelto a vivir juntos, salvo alguna que otra semana en período de vacaciones. Por tanto, para gente de distintos países los problemas debían de ser aún mucho mayores.

Y ahí era donde David la interrumpía y le recordaba que ella le había prometido ir a California.

Hu-lan volvía otra vez a las excusas de la madre y así sucesivamente. ¿Quién iba a ser el primero en ceder? ¿En qué iba a ceder él o ella? ¿Profesión? ¿familia? ¿Amigos?

Mientras estaba allí, mirando la ciudad en medio del frescor de primeras horas de la mañana, comprendió que sus emociones y preocupaciones eran básicas, elementales. Hu-lan llevaba en su vientre un hijo suyo. Recordó cuándo se lo había dicho. Durante semanas sus conversaciones habían girado alrededor de los casos en que estaban trabajando, del frío de Pekín que empezaba a suavizarse, de lo mucho que lo amaba, de lo mucho que la amaba. Pero cuando dijo “estoy embarazada” su vida cambió y el tenor de las conversaciones se transformó. David quería que su hijo naciera en Estados Unidos, donde la criatura tendría automáticamente la ciudadanía. “También será un niño chino. ¿Por qué no puede tener la ciudadanía china?” dijo Hu-lan.

Ésa había sido la única discusión seria que habían tenido. David le recordó el Gran Salto. Adelante, cuando Mao intentó revolucionar la agricultura y la industria pero lo único que consiguió fue producir la hambruna más grande de la historia, con un resultado de más de treinta millones de muertos. Le recordó la Campaña de las Cien Flores, cuando se animó a la gente a que hiciera críticas de la nueva sociedad, y los que se animaron a hacerlas acabaron en la cárcel o peor aún. Le recordó también la Revolución Cultural, tan devastadora para su propia familia. Y por último le recordó que ella misma le había contado todas esas historias horrorosas. “¿Y quieres que nuestro hijo se quede en China? La había presionado demasiado, la había arrinconado. Desde entonces no habían vuelto a hablar del niño.

Las ridículas leyes chinas podían ser aceptables para matrimonios como Chai Hong y Mu Hua. Incluso, hasta podían funcionar. David conocía muchas parejas estadounidenses que mantenían relaciones saludables de costa a costa. Pero quince mil kilómetros era una distancia demasiado grande con una mujer como Hu-lan. Necesitaba ver sus ojos cuando le dijera que estaba embarazada. Necesitaba estar con ella cuando le preguntara por qué había tardado tanto en decírselo.

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