Qiu Xiaolong - Seda Roja

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Un asesino en serie acecha a las jóvenes de Shanghai. Sus crímenes han creado gran expectación y alarma en la prensa y entre los ciudadanos, sobre todo porque suele abandonar a los cadáveres enfundados en un vestido muy llamativo, rojo y de estilo mandarín. Cuando el caso comienza a complicarse, el inspector jefe Chen Cao está de permiso: acaba de matricularse en un máster sobre literatura clásica china en la Universidad de Shanghai. Pero en el momento en que el asesino ataca directamente al equipo de investigadores del Departamento, a Chen no le queda más remedio que volver al trabajo y ponerse al frente de la investigación. Mientras intenta dar con el asesino antes de que se cobre nuevas víctimas, irá descubriendo que la raíz de estos asesinatos se remonta al trágico y tumultuoso pasado reciente del país.

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A pesar de todo, Chen estaba contento. La perspectiva de empezar el curso de literatura cambiaba mucho las cosas.

2

El subinspector Yu Guangming, del Departamento de Policía de Shanghai, estaba sentado con aire pensativo en un despacho que no era exactamente suyo, o no todavía. Como jefe en funciones de la brigada de casos especiales, Yu podía disponer del despacho durante las semanas de permiso de Chen.

Casi nadie parecía tomarse en serio a Yu, pese a que el subinspector había asumido el mando efectivo con anterioridad durante todas aquellas semanas en las que Chen estuvo ocupado con sus reuniones políticas y sus bien remuneradas traducciones. Con todo, eran muchos los que pensaban que Chen le hacía sombra.

A Yu le preocupaba la inexplicable determinación de Chen de inscribirse en el curso de literatura, una decisión que había dado pie a numerosas interpretaciones en el Departamento. Según Liao Guochang, jefe de la brigada de homicidios, Chen estaba intentando pasar inadvertido después de haber soliviantado a algunos capitostes, y adoptaba ahora una pose de intelectual para dejar de ser el centro de atención durante un tiempo. Pequeño Zhou creía que el objetivo de Chen era obtener un máster o un doctorado, titulaciones cruciales para su futura carrera profesional, porque un título superior supondría una enorme ventaja de cara a la nueva política de promoción de cuadros del Partido. El comisario Zhang, un cuadro semijubilado de la anterior generación, tenía una opinión distinta sobre los estudios de Chen. Creía que el inspector jefe Chen planeaba estudiar en el extranjero con una hongyan zhiji -una belleza comprensiva y llena de admiración por él- que era jefa de policía en Estados Unidos. Como la mayoría de rumores sobre Chen, nadie era capaz de demostrarlo ni de refutarlo.

Ninguna de esas conjeturas convencía del todo a Yu. Y también existía una posibilidad que no podía descartar: quizá sucedía algo de lo que ninguno de sus compañeros tenía conocimiento. Chen le había preguntado acerca de un caso sobre un complejo residencial sin darle ninguna explicación, algo poco habitual entre Yu y su jefe.

De todos modos, aquella mañana Yu no tenía demasiado tiempo para preocuparse. El secretario del Partido Li lo había convocado a una reunión en el despacho del inspector Liao.

Liao, un hombre de complexión robusta de unos cuarenta años, tenía cierto aspecto de lechuza debido a su nariz aguileña y sus ojos redondos. Liao frunció el ceño cuando Yu entró en su despacho.

En el Departamento, sólo un caso de extraordinaria importancia política podía ser asignado a la brigada de casos especiales bajo el mando de Chen y de Yu. La expresión avinagrada de Liao daba a entender que la brigada de homicidios era incapaz de ocuparse de otro caso más.

– Camarada subinspector Yu, habrá oído hablar del caso del vestido mandarín rojo -dijo Li, afirmando más que preguntando.

– Sí -respondió Yu-. Es un caso que ha despertado una gran expectación.

La semana anterior habían encontrado el cuerpo de una muchacha vestida con un qipao rojo en un parterre de la calle Huaihai oeste. El caso, muy divulgado por la proximidad del cadáver a varias tiendas de lujo, fue bautizado, apropiadamente, como el caso del vestido mandarín rojo. La noticia sobre el asesinato había provocado un atasco descomunal en el barrio. Los curiosos acudieron en tropel a la calle Huaihai para ver escaparates e intercambiar cotilleos, uniéndose a todos los fotógrafos y periodistas que pululaban por la zona en busca de información.

Los periódicos publicaron muchas teorías, a cuál más descabellada. Ningún asesino habría abandonado un cadáver vestido de tal guisa en un lugar como aquél si no tuviera alguna razón para hacerlo. Un periodista creyó que el cuerpo apuntaba a algún miembro del Instituto de Música de Shanghai, que se alzaba al otro lado de la calle frente al parterre. Otro reportero lo consideró un caso político, una especie de protesta contra la inversión de valores en la China socialista, porque el vestido mandarín, otrora condenado como símbolo de la decadencia capitalista, volvía a estar de moda. Una revista sensacionalista fue más allá y especuló que el asesinato había sido orquestado por un magnate de la industria de la moda. Paradójicamente, a resultas de la cobertura informativa varias tiendas se apresuraron a exhibir nuevas colecciones de vestidos mandarines en sus escaparates.

Yu había observado que el caso era desconcertante en algunos aspectos. Según el informe forense inicial, las magulladuras que presentaba la víctima indicaban que ésta podría haber sufrido algún tipo de agresión sexual antes de morir asfixiada, pero no se encontraron restos de semen ni en la vagina ni en la piel, y el asesino había lavado el cuerpo después de quitarle la vida. La muchacha no llevaba nada debajo del vestido, lo que contradecía las normas básicas del buen vestir. Y el lugar donde encontraron el cadáver solía estar tan concurrido que a muy pocos se les habría ocurrido abandonar un cuerpo allí.

Según una de las teorías iniciales del Departamento, tras cometer el crimen el asesino vistió a la víctima con la intención de llevarla a otro lugar, pero con las prisas o se olvidó de ponerle las bragas y el sostén, o no lo consideró necesario. El vestido podría haber sido el mismo que llevara la víctima antes de tan fatal encuentro. Puede que la elección del lugar no fuera relevante: el criminal podría haber obrado con imprudencia y, simplemente, haber abandonado el cuerpo a la primera oportunidad que se le presentó.

Yu no creía que se tratara de un acto cometido al azar, pero el caso no había sido asignado a la brigada de casos especiales. Sabía muy bien que no debía meter la cuchara en plato ajeno.

– Es sorprendente -repitió Yu, sintiéndose obligado a hablar de nuevo porque ni Li ni Liao le habían respondido-. Me refiero al lugar donde se encontró el cuerpo.

Seguían sin responderle. Li empezó a respirar con dificultad.

Sus ojeras parecían aún más profundas en aquel silencio siniestro. Li, un hombre de casi sesenta años, tenía unas ojeras enormes y gruesas cejas grises.

– ¿Algún progreso? -preguntó Yu, volviéndose hacia Liao.

– ¿Progreso? -gruñó Li-. Esta mañana ha aparecido otro cuerpo vestido con un qipao rojo.

– ¡Otra víctima! ¿Dónde?

– Delante de las Vitrinas de los Periódicos, junto a la entrada número uno del Parque del Pueblo, en la calle Nanjing.

– Es increíble, eso está en el centro de la ciudad -afirmó Yu. Las Vitrinas de los Periódicos, como su nombre indicaba, era una serie de vitrinas con periódicos colocadas en hilera a lo largo del muro del parque, y casi siempre se concentraba allí un gran número de lectores-. Es un desafío deliberado.

– Hemos comparado a las dos víctimas -explicó Liao-. Presentan varias similitudes. Particularmente el vestido mandarín. La tela y el estilo son idénticos.

– Ahora la prensa se está poniendo las botas -observó Li mientras traían un montón de periódicos al despacho.

Yu cogió Diario Liberación, que había sacado en portada la fotografía en color de una muchacha enfundada en un vestido mandarín rojo y tirada en el suelo bajo las Vitrinas de los Periódicos.

– El primer asesino sexual en serie de Shanghai -dijo Liao, leyendo en voz alta-. «Vestido mandarín rojo» se ha convertido en una expresión popular. Las especulaciones se disparan como la pólvora. La ciudad se estremece expectante.

– Los periodistas están locos -le interrumpió bruscamente Li-. Nos bombardean con una avalancha de artículos y de fotografías, como si fuera lo único que importa en esta ciudad.

La frustración de Li era comprensible. Shanghai era conocida por la eficiencia de su Gobierno y, entre otras cosas, por su bajo índice de criminalidad. Se habían cometido otros asesinatos en serie en Shanghai, pero debido al eficaz control de los medios, nunca se les había dado publicidad. Un caso así podría haber llevado a la gente a pensar que la policía de la ciudad era incompetente, algo que los periódicos subvencionados por el Gobierno evitaban insinuar. Sin embargo, a mediados de la década de 1990 los periódicos ya eran responsables de su rentabilidad: los periodistas tenían que buscar noticias sensacionalistas, y el control de los medios no era ya tan férreo.

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