Dorothy Sayers - Los nueve sastres

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La noche de fin de año, Peter Wimsey sufre un accidente de coche y se ve obligado a pernoctar en Fenchurch St. Paul, donde el párroco de la aldea le ofrece alojamiento. Muchos de los aldeanos han enfermado a causa de una fuerte gripe, entre ellos el campanero, de modo que Wimsey se ofrece a cubrir su puesto esa noche.
Meses después, fallece el marido de una de las víctimas de la epidemia. Durante el entierro, descubren un cadáver sin identificar y Wimsey se verá implicado en la investigación de este desconcertante hallazgo, que oculta mucho más de lo que en principio aparenta.
Las historias de lord Wimsey se publicaron entre 1920 y 1940 y relatan las aventuras del hermano menor del duque de Denver, Peter Wimsey. En algún momento previo a las primeras novelas, Wimsey empezó a investigar crímenes como aficionado; ahora, la policía (especialmente el inspector Parker) valora su colaboración y lo considera un competente sabueso. Los nueve sastres es uno de los libros más conocidos de la serie de lord Peter.

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– ¿Qué hora es?

– Las once menos cinco, milord.

Mientras decía estas palabras, las campanas dejaron de sonar y Jubilee tocó la hora menos cinco minutos.

– ¡Demonios! -exclamó Wimsey-. Esto no va a salir bien. Tengo que ir a la iglesia a escuchar el sermón del párroco. Péiname. ¿Sigue nevando?

– Más fuerte que antes, milord.

Wimsey se aseó rápidamente y bajó la escalera corriendo con Bunter siguiéndolo de cerca. Salieron por la puerta delantera e, iluminando el camino con la linterna del criado, anduvieron entre los arbustos y entraron en la iglesia justo cuando el órgano hacía sonar las últimas notas. El coro y el párroco estaban en su sitio y Wimsey, parpadeando por la luz amarillenta de la iglesia, vislumbró a lo lejos a sus siete compañeros campaneros sentados en una fila de sillas debajo de la torre. Empezó a caminar hacia ellos con mucho cuidado por encima de las esteras de coco, mientras Bunter, que al parecer se había encargado de informarse correctamente de antemano, se dirigía hacia un banco en el pasillo norte y se sentaba junto a Emily, la sirvienta del párroco. El viejo Hezekiah Lavender le dio la bienvenida a Wimsey con una acogedora sonrisa y escondió la cara detrás de un libro de oración mientras se arrodillaba para rezar.

– Queridos hermanos…

Wimsey se puso de pie y miró a su alrededor.

A primera vista se quedó asombrado y sobrecogido por las proporciones de la iglesia, en cuyos amplios espacios la congregación, numerosa para una parroquia tan pequeña en una fría noche de invierno, parecía casi desperdigada. La gran nave principal, los oscuros pasillos laterales, la majestuosa luz del arco del cancel, atravesada por la delicada ornamentación, que no tapaba la iluminación, y el molde de greca del arco, el encanto íntimo y enclaustrado del cancel, con sus arcos de punto, su bóveda ribeteada y sus cinco finas lancetas a la derecha llamaron su atención, y luego se centró en el remoto brillo del santuario. Después, volviendo a la nave principal, su mirada siguió las robustas aunque delgadas columnas que nacían en la base de los pilares y se ramificaban, como una fuente, cuando llegaban al techo formando los amplios arcos que soportaban las ventanas de la nave principal. Y allí, en el punto más alto del techo, la mirada se le llenó de admiración y deleite. Increíblemente distantes, oscuros y brillantes, y con las alas extendidas, se alzaban los querubines y los serafines, por encima de los coros, debajo de cada cartela, frente a tollos los ojos que miraban al cielo.

– ¡Dios mío! -murmuró Wimsey no sin admiración.

Y, tranquilamente, se dijo: «Se levantó sobre los querubines y voló; llegó volando con las alas del viento».

El señor Hezekiah Lavender le dio un codazo a su nuevo compañero en las costillas y Wimsey se dio cuenta de que la congregación había enmudecido para la confesión general y que él se había quedado solo de pie y con la boca abierta. Rápidamente empezó a pasar las hojas del libro de oraciones y se concentró en dar las respuestas correspondientes. El señor Lavender que, obviamente, había decidido que debía ser tonto o pagano, lo ayudó a encontrar los salmos y le susurraba todos los versos al oído.

Alaba al Señor con los címbalos y las danzas; alábalo a través de las cuerdas y los tubos; alábalo a través de los címbalos afinados; alábalo con los címbalos sonoros. Deja que todo lo que suena alabe al Señor.

Los minutos avanzaban hacia la medianoche. El párroco, caminando por la escalera del cancel, ofreció, con su voz dulce y docta, un pequeño sermón muy conmovedor en el que habló de alabar a Dios, no sólo con las cuerdas y los tubos, sino con las preciosas campanas de su querida iglesia e hizo alusión, con su piadosa forma de ser, a la presencia del extranjero que había llegado al pueblo («por favor, no os giréis a mirarlo; no sería cortés ni reverente»), que había sido enviado «por lo que los hombres llaman suerte» para ayudarlos en esa obra de devoción. Lord Peter se sonrojó, el párroco dio la bendición, el órgano empezó a tocar las notas de un himno y Hezekiah Lavender exclamó:

– ¡Vamos, muchachos!

Los campaneros, haciendo ruido al levantarse, empezaron a subir la escalera del campanario. Se sacaron los abrigos y los colgaron en unos clavos que había en la pared. Wimsey, cuando vio una enorme jarra marrón y nueve vasos en un banco cerca de la puerta, entendió que el dueño del Red Cow había cumplido su promesa de traer «lo básico» para el refrigerio de los campaneros.

Los ocho hombres se colocaron en sus puestos, y Hezekiah consultó su reloj.

– ¡Ya es la hora! -dijo.

Se escupió en las manos, agarró el asidero de Sastre Paul y empezó a balancear suavemente la campana grande.

Toll-toll-toll y una pausa, toll-toll-toll y una pausa, toll-toll-toll: las nueve campanadas del repique de difuntos. El año había muerto. Doce campanadas más, una por cada mes. Luego silencio. Después, desde lo alto del campanario, sonaron las campanadas del reloj: los cuatro cuartos y las doce que marcaban la medianoche. Los campaneros agarraron sus cuerdas.

– ¡Ahora!

Las campanas empezaron a hablar: Gaude, Sabaoth, John, Jericho, Jubilee, Dimity, Batty Thomas y Sastre Paul, alborotadas y exultantes en lo alto de la oscura torre, con sus anchas bocas agitándose de arriba abajo, los descarados badajos golpeando, las enormes poleas girando al ritmo de las cuerdas. Tin tan din dan bim bam bom bo, tan tin dan din bam bim bo bom, tin tan dan din bim bam bom bo, tan tin dan din bam bim bo bom, tan dan tin bam din bo bim bom. Cada campana en su sitio, sonando afinada, subiendo, bajando, esquivando, golpeando, dejando atrás los sonidos, haciendo tercios y cuartos, descendiendo para volver a empezar. En el exterior, en el llano y blanco terreno pantanoso, hacia los diques oscuros como el acero y de los álamos agitados por el viento, saliendo por las lamas cubiertas de nieve del campanario, la música de las campanas se dispersó en dirección sur y oeste llevada por las ráfagas de viento hacia tierras silenciosas. Sonaban todas: la pequeña G aude , la plateada Sabaoth, las potentes John y Jericho, la alegre Jubilee, la dulce Dimity y la vieja Batty Thomas, con la gran Sastre Paul gritando y moviéndose entre las demás. En la pared se veían las sombras de los campaneros moviéndose de arriba abajo, los asideros rojos también subían al techo y bajaban al suelo, y arriba y abajo también iban las campanas de Fenchurch St Paul.

Wimsey, que no apartaba la vista de su cuerda y se concentraba para seguir la campana que marcaba el ritmo, no tenía tiempo de prestar atención a nada más. Apenas veía al viejo Hezekiah, moviéndose tan lentamente como una máquina, arqueando su curtida espalda para levantar todo el peso de Sastre Paul, ni a Wally Pratt, con el rostro crispado y moviendo los labios con el esfuerzo de mantener el ritmo del carrillón. La campana de Wally bajaba y se dirigía hacia la de Wimsey, esquivaba a la número 6 y la pasaba, a la número 7 y la pasaba, luego la hizo tañer dos veces y volvió a subir, mientras que la treble bajó a ocupar su lugar y dio su último repique con Sabaoth. Un tañido al cabo de unos segundos y otro abriendo la serie, y Sabaoth, liberada de la monotonía del ritmo lento, empezó a repicar muy alegre. Encima de ellos, el gallo de la veleta observaba el paisaje nevado y vio los pináculos de la torre agitarse hacia delante y hacia atrás por las ráfagas de viento mientras la torre adquiría velocidad y se agitaba como un árbol al viento debajo de sus pies dorados.

La congregación empezó a salir de la iglesia y a dispersarse ayudada de linternas y antorchas que, vistas desde arriba, parecían las chispas que saltan del fuego. El párroco, después de quitarse la sobrepelliz y la estola, subió a la sala de las campanas con la sotana y se sentó en el banco, preparado para relevar a quien necesitara un descanso. Las campanadas del reloj quedaron ahogadas por el sonido del carrillón. Al final de la primera hora, el cura cogió la cuerda de la mano de un Wally agotado y lo sustituyó para que se recuperara y se refrescara. Mientras tragaba se vio que «lo básico» del señor Donnington iba a donde haría más bien.

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