Philip Kerr - Gris de campaña

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Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.

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Intenté no pensar en lo que el destino les habría deparado a Girsh Bregman y su familia, cuyas fotos enmarcadas aún se mantenían en lo alto de un armario en la pequeña salita que había detrás de la tienda; pero era fácil imaginármelos soportando las privaciones del gueto o, quizás, escapando de sus perseguidores, que incluían no sólo a las SS sino también a la policía polaca, antiguos soldados del ejército polaco e incluso clérigos ucranianos dispuestos a bendecir estas operaciones de «pacificación». Por supuesto, era posible que los Bregman ya hubiesen sido pacificados, es decir, que estuvieran muertos. Eso era todo lo pacificado que podías estar en el verano de 1941. A pesar de todo, aún confiaba en que siguieran con vida. Aunque tenían menos posibilidades de sobrevivir que un canario en una mina llena de gas. A mí no me hubiese importado que me gasearan un poco. Lo suficiente para dormir unos cien años y despertarme cuando hubiera pasado la pesadilla en que se había convertido mi vida.

8

ALEMANIA, 1954

– Al menos usted pudo despertar -dijo Silverman-. A diferencia de otros seis millones.

– Usted es un tipo divertido. ¿Siempre es tan rápido con las matemáticas o es que ese número le gusta?

– No me gusta nada en absoluto, Günther -precisó Silverman.

– A mí tampoco. Y por favor, no cometa el error de creer que a mí me gusta.

– No soy yo quien ha cometido errores, Günther. Es usted.

– Tiene razón. Tendría que haberme asegurado de nacer en algún otro lugar que no hubiese sido Alemania en 1896. De esa manera quizás hubiese acabado en el bando ganador. Dos veces. ¿Qué les parece, muchachos? ¿Ser sometido a juicio por los errores de otras personas? Supongo que les parece bien. Por la manera en que ustedes dos actúan, cualquiera creería que los americanos se creen de verdad que son mejores que los demás.

– No todos los demás -reprochó Earp-. Sólo mejores que usted y sus camaradas nazis.

– Puede continuar diciéndoselo a usted mismo si le agrada. Pero los dos sabemos que no es verdad. ¿O es que sentirse moralmente superiores es algo más que una aspiración para ustedes? Quizá sea también una necesidad constitucional. Pero sospecho que, debajo de toda esa santurronería, son como nosotros los alemanes. Ustedes creen de verdad que el poder es un derecho.

– En este momento -manifestó Silverman-, lo único que importa es lo que creamos de usted.

– Cuenta una buena historia -le comentó Earp a Silverman-. Este tipo es todo un Jakob Grimm. Sólo le falta decir «érase una vez» y «vivieron felices y comieron perdices». Tendríamos que ponerle unos zapatos de hierro calientes y hacerle bailar por la habitación, como la madrastra de Blancanieves, hasta que nos diga la verdad.

– Tienes toda la razón -dijo Silverman-. Ya sabes que sólo a un alemán se le podría haber ocurrido un castigo como ése.

– ¿No me han dicho que sus padres eran alemanes? -pregunté-. Supongo que sólo están seguros de la madre.

– No nos sentimos muy orgullosos de nuestra herencia alemana -afirmó Earp-. Gracias a personas como usted.

Durante unos momentos los tres guardamos silencio. Luego Silverman dijo:

– Había un Günther del que oímos hablar en aquella ciudad que mencionó. Baranowicze. Era un Sturmbannf ü hrer de las SS al mando de una de las pequeñas unidades de asesinos pertenecientes al Grupo de Trabajo B de Arthur Nebe. Un Sonderkommando. Organizó unas de las primeras matanzas con gas. Mataron a todos los internos de un manicomio en Mogilev. Ése no sería usted, ¿verdad?

– No -respondí. Pero en vista de que no se iban a conformar con una negativa directa, levanté un dedo para indicar que estaba tratando de recordar algo. Y lo hice-. Creo que había un Sturmbarnnf ü hrer de las SS llamado Günther Rausch. Destinado al Grupo B en el verano de 1941. Debe de ser él en quien están pensando. Yo nunca gaseé a nadie. Ni siquiera a las chinches de mi cama.

– Pero fue usted quien sugirió a Arthur Nebe la idea de asesinatos en masa utilizando explosivos, ¿no? Usted mismo lo ha admitido.

– Aquello fue una broma.

– Un chiste muy poco divertido.

– Cuando se trata de volar a la gente no creo que nadie lo haya hecho mejor que ustedes -dije-. ¿A cuántas personas volaron en Hiroshima? ¿En Nagasaki? A un par de centenares de miles, y aún se siguen contando. Eso es lo que he leído. Tal vez Alemania inventó el proceso de llevar a cabo matanzas sistemáticas pero, desde luego, ustedes han sabido perfeccionarlo.

– ¿Visitó el Instituto de Tecnología Criminal en Berlín?

– Sí -respondí-. Iba allí a menudo, cuando trabajaba como detective. Para pruebas y resultados forenses.

– ¿Se reunió en alguna ocasión con un químico llamado Albert Wildmann?

– Sí. Me reuní con él. Varias veces.

– ¿Y con Hans Schmitt? ¿También del mismo instituto?

– Eso creo. ¿Adónde quiere ir a parar?

– ¿Acaso no regresó usted a Berlín por encargo de Arthur Nebe, y no para unirse a la Oficina de Crímenes de Guerra alemana, como nos dijo, sino para encontrarse con Wildmann y Schmitt para desarrollar su idea de los explosivos?

Negué con la cabeza, pero Silverman no me prestaba ninguna atención y yo comenzaba a sentir mayor respeto por sus habilidades en el interrogatorio.

– Y después de debatir esa idea en detalle, usted volvió a Smolensk acompañado por Wildmann y Schmitt, en septiembre de 1941.

– No. No es verdad. Como he dicho, creo que usted debe de confundirme con Günther Rausch.

– ¿No es verdad que usted llevó consigo una gran cantidad de dinamita? ¿Que la utilizó para colocar explosivos en una casamata rusa? ¿Que metió allí a casi un centenar de personas procedentes de un asilo mental de Minsk? ¿Y que después hizo detonar los explosivos? ¿No es eso lo que ocurrió?

– No. No es verdad. No tuve nada que ver con aquello.

– De acuerdo con los informes que hemos leído, las cabezas y los miembros de los muertos estaban dispersos en un radio de medio kilómetro. Los hombres de las SS estuvieron recogiendo partes de los cuerpos colgados en los árboles durante varios días.

Sacudí la cabeza.

– Cuando le hice aquel comentario a Nebe, sobre volar a los judíos con explosivos, nunca pensé que él llegaría a hacer algo así. Fue un sarcasmo; no una sugerencia. -Me encogí de hombros-. Claro que no sé por qué me sorprende tanto, después de todo lo que ocurrió después.

– Siempre creímos que fue Arthur Nebe el autor de la idea de las cámaras de gas móviles -dijo Silverman-. Así que quizá aquélla fue otra de sus bromas. Dígame, ¿visitó alguna vez esta dirección en Berlín, el número 4 de la Tiergartenstrasse?

– Era poli. Visitaba muchas direcciones que no recuerdo.

– Ésta era especial.

– La Compañía de Gas de Berlín estaba en otra parte, si es eso lo que quiere dar a entender.

– El número 4 de la Tiergartenstrasse era una finca judía confiscada -explicó Silverman-. Una oficina donde se planeó y administró el plan de eutanasia para los minusválidos alemanes.

– Entonces estoy seguro de que nunca estuve allí.

– Quizás oyó hablar de lo que pasaba allí y se lo mencionó a Nebe. Como una manera de darle las gracias por haberle sacado de Minsk.

– Por si acaso lo ha olvidado -señalé-, Nebe era jefe de la Kripo, y antes de eso, general en la Gestapo. Es muy probable que conociese a Wildmann y Schmitt por la misma razón que yo. Me atrevería a decir que él podría haberlo sabido todo de este lugar en Tiergartenstrasse. Pero yo no.

– Su relación con Waldemar Klingelhöfer -dijo Silverman-. Usted le ayudó mucho. Le dio consejos.

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