Lawrence Block - Los pecados de nuestros padres

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Una joven prostituta aparece asesinada en un apartamento de Greenwich Village. El principal sospechoso acaba de suicidarse en la cárcel. La policía de Nueva York ha cerrado el caso, pero el padre de la víctima quiere reabrirlo. Y nadie mejor que Matthew Scudder para buscar respuestas en un entorno sórdido de perversión y placeres… Un mundo donde los hijos se ven abocados a morir para expiar los pecados más secretos de sus padres.
La novela negra norteamericana tiene tres grandes autores: los clásicos son Dashiell Hammett y Raymond Chandler. El tercero se llama Lawrence Block.

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Sacudió la cabeza.

– Estaba muy confundido. Dijo que ella estaba en la bañera, con sangre por todas partes. Le pregunté si la había asesinado, se lo pregunté varias veces, y en realidad nunca me dio una respuesta. A veces decía que no recordaba haberla matado. Otras me decía que tenía que haberlo hecho, porque ella no podía haberlo hecho sola.

– Dijo eso más de una vez, entonces.

– Bastantes veces.

– Qué interesante.

– ¿Usted cree? -Topakian se encogió de hombros-. Pienso que no me mentía. Quiero decir que no creo que recordara que la mató. Ya que admitió algo… aún peor.

– ¿El qué?

– Que tuvo relaciones sexuales con ella.

– ¿Eso es peor que matarla?

– Que tuvo relaciones sexuales con ella después de muerta.

– ¿Qué?

– No hizo ningún intento por ocultarlo. Dijo que la encontró tirada y llena de sangre y que se aprovechó de ella.

– ¿Qué palabras empleó?

– No lo sé exactamente. ¿Quiere decir para referirse al acto sexual? Dijo que se la había follado.

– Cuando ya estaba muerta.

– Evidentemente.

– ¿Y no tuvo ningún problema para recordar eso?

– Ninguno. No sé si tuvo sexo con ella antes o después del asesinato. ¿La autopsia dice algo en un sentido o en otro?

– Si lo hace, no aparece reflejado en el informe. No estoy seguro de que puedan decir si los dos actos están cercanos en el tiempo. ¿Por qué?

– No lo sé. Él no paraba de decir «Me la he follado y está muerta». Como si el haber tenido sexo con ella hubiera sido la causa de su muerte.

– Pero no llegó a recordar que la mató. Supongo que pudo eliminar eso de su mente con facilidad. Me pregunto por qué no apartó de su mente todo lo demás. El acto sexual. Permítame volver sobre eso una vez más. ¿Dijo que entró y se la encontró de esa manera?

– No puedo recordarlo todo con claridad, Scudder. Entró y la vio muerta en la bañera, eso es lo que dijo: Ni siquiera llegó a decir específicamente que estuviera muerta, solo que estaba en una bañera llena de sangre.

– ¿Le preguntó por el arma homicida?

– Le pregunté qué es lo que había hecho con ella.

– ¿Y?

– No lo sabía.

– ¿Le preguntó cuál fue el arma?

– No. No tuve que hacerlo. Él dijo: «No sé qué ocurrió con la navaja».

– ¿Sabía que había sido una navaja?

– Evidentemente. ¿Por qué no iba a saberlo?

– Bueno, si no recordaba haberla tenido en sus manos, ¿por qué iba a recordar lo que era?

– Puede que escuchara a alguien hablar del arma homicida y que le dijeran que era una navaja de afeitar.

– Puede ser -dije.

Caminé un rato en dirección sur y oeste. Me paré a tomar algo en la Sexta Avenida, en los alrededores de la calle Decimoséptima. Un hombre sentado entre dos taburetes estaba diciéndole al camarero que estaba enfermo de dejarse el culo trabajando para que la asistencia social comprara cadillacs para los negros. El camarero dijo:

– ¿Tú? Por el amor de Dios, si te pasas aquí ocho horas al día. Los impuestos que pagas no llegan ni para un tapacubos del tuyo.

Me alejé un poco más hacia el suroeste, entré en una iglesia y me senté un rato. Creo que era St. John's. Me coloqué cerca de la entrada y observé a la gente que entraba y salía del confesionario. Al salir no parecían diferentes de cuando entraban. Pensé en lo agradable que podría ser poder soltar tus pecados en una pequeña cabina con cortinas.

Richie Vanderpoel y Wendy Hanniford… Volvía a ellos una y otra vez para tratar de establecer un modelo. Había una conclusión a la que mis sentimientos me dirigían, pero a la que no quería agarrarme. Estaba equivocado, tenía que estar equivocado, y mientras todo aquello siguiera atormentándome me impediría hacer el trabajo para el que me habían contratado.

Sabía cuál era el siguiente paso. Había estado esquivándolo, pero no dejaba de golpearme y no podría evitarlo siempre. Y ese momento era el mejor del día para afrontarlo, mucho mejor que en mitad de la noche.

Esperé bastante tiempo para encender un par de velas y meter un par de billetes por la ranura de las ofrendas. Después cogí un taxi frente a la estación Penn y le dije al conductor cómo llegar a la calle Bethune.

Los inquilinos del primer piso estaban fuera. La señora Hacker, del segundo, dijo que había tenido muy poco contacto con Wendy y Richard. Recordaba que la anterior compañera de piso de Wendy tenía el cabello oscuro. Decía que en ocasiones ponían el equipo de música alto por la noche, pero nunca lo suficiente como para quejarse. A ella le gustaba la música, me dijo. Le gustaba todo tipo de música, clásica, medio clásica, de moda; todo tipo de música.

La puerta del apartamento del tercer piso tenía un candado. Habría sido bastante fácil romperlo, pero no de forma discreta.

En el cuarto piso no había nadie. Lo cual me alegraba bastante. Subí al quinto piso. Elizabeth Antonelli me había dicho que los inquilinos no volverían hasta marzo. Llamé al timbre y escuché atentamente por si llegaba algún ruido desde el interior del apartamento. No oí nada.

Había cuatro cerraduras en la puerta, incluida una Taylor que era imposible de forzar. Abrí las otras tres con una tira de celuloide, una vieja tarjeta de crédito de una compañía petrolífera que no me servía porque ya no tenía coche. Después rompí a patadas la Taylor. Tuve que golpearla dos veces para franquear la puerta.

Cerré las otras tres cerraduras una vez dentro. Los inquilinos se lo pasarían en grande intentando descubrir lo que había sucedido con la Taylor, pero eso era problema suyo, y no surgiría hasta algún momento de marzo. Me introduje hasta llegar a la ventana que daba a la escalera de incendios, la abrí, y bajé dos pisos por ella hasta el apartamento de Hanniford y Vanderpoel.

La ventana no estaba cerrada con llave. La abrí, me metí y cerré por dentro.

Una hora más tarde salí por la ventana y volví a subir por la escalera de incendios. Había luces en el apartamento del cuarto, y una sombra se acercó a la ventana por la que pasé. Volví a entrar en el apartamento del quinto, salí al pasillo, eché las cerraduras, bajé las escaleras y salí del edificio. Tenía tiempo suficiente para tomar un sándwich antes de la cita con Martin Vanderpoel.

7

Me bajé del metro cerca de la calle Sesenta y Dos y New Utrecht y caminé un par de manzanas para cruzar la parte de Brooklyn en la que se codean Bay Ridge y Bensinhurst. Una llovizna estaba derritiendo parte de la nieve del día anterior. Los del instituto de meteorología esperaban que helara durante la noche. Llegué un poco antes y paré en una cafetería para tomar un café. En la parte de atrás del mostrador un chaval estaba mostrando un cuchillo a un par de amigos. Me echó un vistazo rápido y escondió el cuchillo, lo que me recordó una vez más que no dejaba de parecer un poli.

Me bebí la mitad del café y continué hacia la iglesia. Era un edificio enorme de piedra blanca, moteada de sombras grises por el paso de los años. Una piedra angular anunciaba que la estructura actual había sido erigida en 1886 por una congregación fundada doscientos veinte años antes de dicha fecha. Un tablón de anuncios iluminado identificaba a la iglesia como «la primera Iglesia Reformada de Bay Ridge, reverendo Martin Vanderpoel, pastor». Los servicios tenían lugar los sábados a las nueve y media; estaba anunciado que aquel sábado el reverendo Vanderpoel hablaría sobre lo siguiente: «El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones».

Di la vuelta a la esquina y encontré la casa parroquial inmediatamente adyacente a la iglesia. Tenía tres pisos de altura y estaba construida del mismo tipo de piedra. Llamé al timbre y estuve de pie frente a la puerta bajo la lluvia unos minutos. Después, una mujer menuda y canosa abrió la puerta y se me quedó mirando. Le di mi nombre.

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