– Podría hacer que fuera el día en que salió del convento -sugirió Brunetti con una sonrisa de buena voluntad.
Ella sostuvo su mirada un momento y llevándose la mano derecha a la frente la frotó con la yema de los dedos.
– La vita nuova -musitó con los ojos bajos, más para sí que para él. Bruscamente, se puso en pie-. Creo que ahora debo marcharme, comisario. -Sus ojos estaban menos serenos que su voz, y Brunetti no trató de detenerla.
– ¿Podría decirme el nombre de la pensión en la que se hospeda?
– La Pérgola.
– ¿En el Lido?
– Sí.
– ¿Y el del matrimonio que la ayudó?
– ¿Por qué quiere saberlo? -preguntó ella con verdadera alarma.
– Porque me gusta saber las cosas -dijo él con una respuesta sincera.
– Sassi. Vittorio Sassi. Via Morosini número once.
– Gracias -dijo Brunetti sin tomar nota de los nombres. Ella se volvió hacia la puerta y, durante un momento, él pensó que iba a preguntarle qué pensaba hacer, pero no dijo nada. Él se levantó y dio la vuelta a la mesa, con intención de, por lo menos, abrirle la puerta, pero ella se le adelantó. En el umbral, lo miró un momento sin sonreír y se fue.
Brunetti volvió a la contemplación de sus pies, que ahora ya no le hablaban de cosas banales. Ocupaba sus pensamientos su madre, que desde hacía años era una viajera que recorría la tierra ignota de la demencia. El miedo por su seguridad le azotaba el pensamiento con su aleteo frenético, a pesar de que él sabía que para su madre sólo cabía esperar ya la seguridad única, absoluta y definitiva, pero era una seguridad que su corazón no podía desearle, por más que dijera su cerebro. Sin saber cómo, se encontró repasando los recuerdos de los seis últimos años como si pasara las cuentas de un rosario de horrores.
Con un movimiento repentino y brusco, cerró el cajón de un puntapié y se levantó. Suor Immacolata -todavía no podía llamarla de otro modo- le había asegurado que su madre no corría peligro, y lo que había oído no indicaba que hubiera peligro alguno para alguien. Los ancianos mueren, y la muerte puede ser una liberación para algunos de ellos y para quienes los rodean, como lo sería para… Volvió a la mesa y recogió la lista que le había dado la mujer. Nuevamente, recorrió con la mirada los nombres y edades.
Brunetti empezó a pensar en la manera de averiguar más cosas acerca de la gente de la lista, de su vida y de su muerte. Suor Immacolata le había dado las fechas de su muerte, con las que podría obtener del ayuntamiento los certificados de defunción, el primer paso por el vasto laberinto burocrático que, finalmente, lo llevaría a las copias de los testamentos. Como una gasa: su curiosidad tendría que ser tan tenue y sutil como una gasa, y sus preguntas, tan delicadas como los bigotes de un gato. Trató de recordar cuándo había dicho a suor Immacolata que era comisario de policía. Quizá se lo mencionó durante una de aquellas tardes largas en las que su madre le permitía sostenerle la mano, pero sólo si la joven monja, que era su favorita, permanecía a su lado en la habitación. Y de algo tenían que hablar ellos dos, puesto que la madre de Brunetti se pasaba horas enteras sin decir palabra, tarareando entre dientes una musiquita átona. Suor Immacolata casi nunca hablaba de sí misma -era como si el hábito le amputara su personalidad-, pero a veces Brunetti se sorprendía de la sagacidad de algunas de las observaciones que hacía acerca de las personas que poblaban su pequeño mundo. Debió de ser en una de aquellas ocasiones cuando, buscando tema de conversación para llenar unas horas perdidas e interminables, le había hablado de su profesión. Y ella lo había oído y recordado y, al cabo de los años, había acudido a él con sus dudas y temores.
Años atrás, Brunetti encontraba difícil y hasta imposible creer algunas de las cosas que la gente era capaz de hacer. Hubo un tiempo en el que creía, o se esforzaba en creer, que la maldad humana tenía límites. Poco a poco, a medida que veía hasta dónde llegaban las personas en su afán por satisfacer sus pasiones -la codicia, que era la más común, solía ser también la más imperiosa-, había visto cómo aquella ilusión iba quedando sumergida por la marea hasta que a veces se veía a sí mismo en la situación de aquel rey irlandés chiflado cuyo nombre no conseguía pronunciar correctamente, que en la orilla del mar golpeaba las olas con la espada, furioso ante el desafío de las aguas bravías.
Por lo tanto, ya no le sorprendía que se matara a ancianos por dinero; lo que le sorprendía era el procedimiento que, por lo menos, a primera vista, se prestaba al error y al descubrimiento.
También había aprendido, durante los años en que había practicado su profesión, que la pista más segura era la que dejaba el dinero. El lugar en el que ésta empezaba solía ser un dato conocido: la persona que había sido despojada de él, por la violencia o con engaño. El otro extremo, dónde terminaba, era ya mucho más difícil de hallar, pero era también el factor crucial. Cui bono?
Si suor Immacolata tuviera razón -se obligaba a sí mismo a utilizar todavía el subjuntivo-, lo primero sería encontrar el final de la pista dejada por el dinero de aquellos ancianos, y la búsqueda sólo podía empezar por los testamentos.
Encontró a la signorina Elettra en su despacho, y lo sorprendió verla muy atareada con el ordenador. Casi esperaba sorprenderla leyendo el periódico o haciendo un crucigrama, para celebrar la prolongada ausencia de Patta.
– ¿Qué sabe usted de testamentos, signorina ? -preguntó al entrar.
– Que yo no lo he hecho -sonrió ella, lanzando la respuesta por encima del hombro con el desenfado con que una persona de poco más de treinta años trata este asunto.
«Y que sea por muchos años», le deseó Brunetti mentalmente. Correspondió a la sonrisa de ella con la propia, que enseguida borró.
– ¿Y sobre los de otras personas?
Al ver su gesto de seriedad, ella se volvió hacia él haciendo girar la silla, y esperó la explicación.
– Me gustaría conocer los términos del testamento de cinco personas que han muerto este año en la residencia geriátrica de San Leonardo.
– ¿Estaban empadronados en Venecia? -preguntó ella.
– Lo ignoro. ¿Por qué? ¿Importa eso?
– Los testamentos se hacen públicos por el notario que los redacta, independientemente del lugar en el que muera la persona. Si se hicieron aquí, en Venecia, lo único que necesito es el nombre del notario.
– ¿Y si no lo tengo?
– Entonces será más difícil.
– ¿Más difícil?
La sonrisa de la joven era franca y la voz suave:
– La circunstancia de que no se dirija usted a los herederos para pedirles una copia, comisario, me hace pensar que no desea que se enteren de que está indagando. -Volvió a sonreír-. Está el registro central cuyos archivos fueron informatizados hace dos años, por lo que aquí no habría dificultades, pero si el notario es de algún pequeño paese del interior que aún no está informatizado, sería más difícil.
– Si fueron registrados aquí, ¿podría usted obtener la información?
– Desde luego.
– ¿Cómo?
Ella se miró la falda y sacudió una mota invisible.
– No creo que le gustara saberlo. -Al ver que había despertado toda su atención, prosiguió-: No estoy segura de que usted lo entienda, comisario, ni de que yo pueda explicárselo como es debido, pero existen medios de encontrar los códigos que dan acceso a casi cualquier información. Cuanto más pública es la fuente: un ayuntamiento, un registro, etcétera, más fácil es descubrir el código. Y, teniendo el código, es como… como si todos se hubieran ido a casa dejando la puerta del despacho abierta y la luz encendida.
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