Donna Leon - Mientras dormían

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La existencia del comisario Guido Brunetti se ve alterada por la irrupción en su vida de ciertos elementos religiosos inquietantes. Durante un almuerzo familiar descubre que las clases de religión que recibe su hija, la adolescente Chiara, son impartidas por un sacerdote que da signos de un comportamiento poco menos que inadecuado. Al mismo tiempo, una monja que Brunetti conoce (Vestido para la muerte) llega a la questura de Venecia para exponer sus sospechas sobre las circunstancias de la muerte de unos ancianos en una residencia. En una aventura, la sexta que protagoniza el comisario, impregnada del pesimismo que envuelve a Venecia, Brunetti se enfrenta a poderes que se creen por encima de la ley de los hombres, por el hecho de asentarse sobre un entramado de intereses económicos e ideológicos. La acerada mirada de Donna Leon denuncia en esta ocasión las perversas prácticas sexuales que llevan a cabo algunos miembros de la Iglesia Católica, así como la corrupción que afecta a las esferas más influyentes de la institución ante el Papa.
«Y ése es precisamente el espíritu de este comisario (…) una encomiable capacidad de raciocinio junto al salvajismo de las decisiones tomadas sin calibrar convenientemente las consecuencias. Una combinación explosiva.» José Antonio Gurpegui, El Cultural.
«Esta dama del crimen (…) hace una intriga exquisita, que apasiona e inicia a lectores profanos… Seguiré las próximas entregas de Guido Brunetti. Espero acompañarlo hasta su ancianidad.» Lilian Neuman, La Vanguardia.

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– ¿Cómo dice? -Brunetti estaba desconcertado y empezaba a sospechar que su joven visitante pudiera estar seriamente trastornada.

Suor Immacolata -dijo ella con una breve mirada y aquella dulce sonrisa que tantas veces había visto él bajo la blanca toca almidonada. Aquel nombre la ubicó y resolvió el enigma, explicando el porqué del corte de pelo y su evidente incomodidad con la ropa que llevaba. Brunetti había sido consciente de su belleza desde la primera vez que la vio en la casa de reposo en la que, desde hacía años, su madre no encontraba reposo, pero sus votos religiosos y el largo hábito blanco que los simbolizaba la envolvían en un tabú, por lo que Brunetti había apreciado su belleza como la de una flor o de un cuadro, reaccionando como un observador y no como un hombre. Ahora, libre de disfraces y cortapisas, su belleza se hacía notar en aquel despacho, a pesar de la vestimenta barata y el gesto cohibido.

Suor Immacolata había desaparecido de la residencia geriátrica de su madre hacía un año, y Brunetti, disgustado por la aflicción de su madre ante la pérdida de la hermana que con más cariño la trataba, sólo consiguió averiguar que había sido trasladada a otra residencia de la orden. Desfiló por su mente una larga lista de preguntas y fue descartándolas por poco apropiadas. Puesto que había venido, ella le diría por qué.

– No puedo regresar a Sicilia -dijo ella bruscamente-. Mi familia no lo comprendería. -Sus manos abandonaron el asidero del bolso y buscaron consuelo la una en la otra. Al no encontrarlo, se posaron en los muslos y, sintiendo de pronto el calor de la carne que tenían debajo, buscaron de nuevo refugio en la superficie dura y angulosa del bolso.

– ¿Hace mucho que ha…? -empezó Brunetti y, al no encontrar el verbo adecuado, dejó la frase sin terminar.

– Tres semanas.

– ¿Reside en Venecia?

– No, en Venecia, no; en el Lido. En una pensión.

Brunetti se preguntaba si habría ido a pedirle dinero. De ser así, estaría encantado y muy honrado en dárselo, ya que era muy grande la deuda que tenía con ella por aquellos años de atenciones y cuidados para con él y con su madre.

Como si le hubiera leído el pensamiento, ella dijo:

– Tengo un empleo.

– ¿Dónde?

– En una clínica particular del Lido.

– ¿De enfermera?

– En la lavandería. -La joven captó la rápida mirada que él lanzó a sus manos y sonrió-. Ahora se hace a máquina, comisario. Ya no hay que bajar al río a lavar las sábanas sacudiéndolas contra las piedras.

Él se rió tanto de su propia confusión como de la respuesta de ella. Esto despejó un poco el ambiente dándole pie para decir:

– Siento que tuviera que tomar esa decisión. -En el pasado él hubiera agregado el tratamiento, «suor Immacolata», pero ya no podía llamarla así. Con los hábitos, había abandonado el nombre y quién sabe cuántas cosas más.

– Me llamo Maria -dijo ella-. Maria Testa. -Como la cantante que hace una pausa para que vibre la resonancia de la nota que marca el cambio de un registro a otro, ella se detuvo a escuchar el eco de su nombre-. Aunque ya no estoy segura de que ese nombre sea el mío -agregó.

– ¿Cómo? -preguntó Brunetti.

– Cuando dejas la orden, has de seguir un proceso. Supongo que es algo así como desconsagrar una iglesia. Es muy complicado, y pueden tardar mucho tiempo en dejarte marchar.

– Será que quieren estar seguros de que usted lo está. Que está segura, quiero decir -apuntó Brunetti.

– Sí. Puede durar meses, y hasta años. Tienes que presentar cartas de personas que te conozcan y atestigüen que eres capaz de tomar esa decisión.

– ¿Es lo que desea de mí? ¿Puedo ayudarla de este modo?

Ella agitó una mano hacia un lado desestimando sus palabras y, con ellas, su propio voto de obediencia. Eso ya acabó. Fin.

– Comprendo -dijo Brunetti, aunque no era así.

Ella lo miró de frente. Tenía unos ojos tan hermosos que Brunetti sintió un poco de envidia del hombre que la hiciera renunciar a su voto de castidad.

– He venido para hablarle de la casa di cura. De lo que vi allí.

Brunetti, pensando en su madre, inmediatamente se puso alerta a cualquier señal de peligro; pero, antes de que pudiera traducir su alarma en una pregunta, ella dijo:

– No, comisario; no se trata de su madre. A ella no puede pasarle nada. -Entonces se interrumpió, cortada por el sonido de la frase y la triste verdad que encerraba: lo único que podía pasarle a la madre de Brunetti era morirse-. Lo siento -agregó tímidamente, y no dijo más.

Brunetti la interrogó con la mirada un momento, desconcertado por lo que acababa de oír y sin saber cómo preguntarle qué quería decir. Recordó la tarde de su última visita a su madre, en la que aún esperaba a medias volver a ver a suor Immacolata, ausente desde hacía ya tiempo, sabiendo que ella era la única persona de aquella casa que comprendía el doloroso peso que sentía en el alma. Pero en el vestíbulo, en lugar de la bella siciliana, había encontrado sólo a suor Eleanora, una mujer agriada por la edad, para quien los votos significaban pobreza de espíritu, castidad de humor y obediencia sólo a un riguroso concepto del deber. El que su madre tuviera que estar, aunque fuera un solo instante, atendida por esta mujer, indignaba al hijo; el que aquella casa di cura estuviera considerada una de las mejores de Italia avergonzaba al ciudadano.

La voz de la joven lo sacó de su larga abstracción, pero no oyó lo que le decía y tuvo que preguntar:

– Perdone, suora. -La fuerza de la costumbre hizo que se le escapara el tratamiento-. Estaba distraído.

Ella volvió a empezar, sin acusar el tratamiento.

– Me refiero a la casa di cura de aquí, de Venecia, en la que trabajé hasta hace tres semanas. Pero no he dejado únicamente esa casa, dottore. También he dejado la orden y lo he dejado todo. Para empezar mi… -Aquí se interrumpió y miró por la ventana abierta a la fachada de la iglesia de San Lorenzo, como buscando allí el nombre de lo que iba a empezar-. Mi vida nueva. -Lo miró con una sonrisa débil-. La vita nuova -repitió en un tono que ella pretendía desenfadado, como si fuera consciente, como lo era él, del melodramático acento que tenía su voz-. Leíamos La vita nuova en el colegio, pero no lo recuerdo muy bien. -Lo miró un momento, juntando las cejas interrogativamente.

Brunetti no tenía idea de adonde lo llevaba esta conversación: primero, le hablaba de peligro; y ahora, del Dante.

– Nosotros también lo estudiábamos, pero yo pienso que era demasiado joven. De todos modos, siempre preferí la Divina Commedia -dijo él-. Sobre todo, Purgatorio.

– Es curioso -comentó ella con un interés que podía ser real o sólo el intento de demorar lo que la había llevado allí-. Nunca había oído decir a nadie que prefiriera ese libro. ¿Por qué?

Brunetti se permitió una sonrisa.

– Ya sé: la gente imagina que, por ser policía, tendría que preferir Inferno. Los malos reciben su castigo y cada cual tiene lo que el Dante opina que se merece. Pero a mí nunca me ha gustado eso, la certidumbre absoluta del juicio, todo ese horrendo sufrimiento. Por toda la eternidad. -Ella le miraba a la cara y escuchaba sus palabras atentamente-. Me gusta Purgatorio porque allí se mantiene la esperanza de que las cosas cambien. Para los otros, tanto si están en el cielo como en el infierno, todo ha terminado: allí se quedarán. Para siempre.

– ¿Usted lo cree así? -preguntó ella, y Brunetti comprendió que no le hablaba de literatura.

– No.

– ¿En absoluto?

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