Donna Leon - Malas artes

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Una estudiante acude al comisario Brunetti para pedirle consejo: ¿hay alguna forma legal de limpiar el buen nombre de su familia, mancillado por un crimen que cometió muchos años atrás su ya fallecido abuelo? Impresionado por su belleza e inteligencia, pero incapaz de ayudarla, Brunetti casi olvida el asunto hasta que la joven aparece asesinada en su apartamento. La investigación de este crimen transporta al infatigable comisario a la Segunda Guerra Mundial, cuando los judíos italianos fueron sistemáticamente despojados de sus obras de arte por parte de los nazis y sus colaboradores. A medida que Brunetti va desenterrando secretos de colaboracionismo, crimen organizado y explotación, se da cuenta de que se está adentrando en una época que los italianos, empezando por su propio padre y su suegro, el conde Orazio, tienen especial interés en ocultar. Los fantasmas del pasado son enemigos más peligrosos de lo que cabe imaginar.

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– De todos modos, el abuelo sí lo sería -dijo Brunetti, más mordaz de lo que se proponía; le irritaba que, en cierta manera, su mujer le hubiera traído trabajo a casa…

– Guido -empezó a decir Paola con una voz que incluso a ella le pareció insólitamente dura-, lo único que esa chica quiere saber es si, teóricamente, es posible que se conceda un perdón. No pide una investigación policial, sino sólo información. -Paola, maestra de la vieja escuela, tenía la convicción de que, en cierto modo, ejercía con sus alumnos in loco parentis, idea que le impedía revelar el nombre de la muchacha.

Él dejó la taza.

– Me parece que nada puedo hacer mientras no sepa de qué fue declarado culpable ese hombre que quizá fuera su abuelo o quizá no. -Si en la Facultad, cuando él estudiaba Derecho, se había planteado algún caso de esa índole, lo había olvidado-. Si se trata de un delito menor, como hurto o agresión, no habría lugar a un perdón, pero si fue algo grave, como asesinato, entonces quizá, quizá… -Lo meditó un momento-. ¿Dijo cuándo había sido?

– No; pero, si lo enviaron a San Servolo, tuvo que ser antes de la legge Basaglia, que data de los años setenta, ¿no?

Brunetti reflexionaba.

– Humm -hizo y, tras un largo momento, dijo-: Sería difícil, aunque supiéramos el nombre.

– No necesitamos saber el nombre, Guido -insistió Paola-. Lo único que ella pide es una respuesta teórica.

– Pues la respuesta teórica es que, si no sabemos cuál fue el delito, no podemos dar una respuesta.

– ¿O sea, que no hay respuesta? -preguntó Paola ácidamente.

– Paola -dijo Brunetti con tono parecido-, esto no me lo estoy inventando. Es como si me pidieras que tasara un cuadro o un grabado sin dejarme verlo. -Los dos se acordarían después de ese símil.

– Entonces, ¿qué puedo decirle?

– Lo que te he dicho yo. Lo que le diría cualquier abogado con buena conciencia profesional -prosiguió, haciendo como si no viera a Paola alzar las cejas ante la posibilidad de encontrar tan raro ejemplar-. ¿Qué dice el maestro de ese libro que siempre estás citando? «Hechos, hechos, hechos.» Pues bien, mientras yo, u otro, no conozcamos los hechos, ésa es la única respuesta que obtendrá la muchacha.

Paola, después de sopesar el coste y consecuencias de prolongar la discusión, comprendió que era preferible darla por terminada. Guido actuaba de buena fe, y el hecho de que a ella no le gustara su respuesta no la hacía menos válida.

– Gracias. -Con una sonrisa, agregó-: Ganas me dan de decirle, como aquel otro personaje de Dickens que, puesto que se ha ahorrado los cinco millones de liras de la minuta del abogado, salga a gastárselos en otras cosas.

– Tú en los libros siempre encuentras respuesta para todo, ¿no? -preguntó él con una sonrisa.

En lugar de contestar directamente, algo que rara vez hacía, Paola dijo:

– Me parece que fue Shelley quien afirmó que los poetas son los verdaderos legisladores del mundo. No sé si eso es cierto o no, pero me consta que los novelistas son los primeros chismosos del mundo. No importa de lo que se trate, ellos ya lo han dicho antes.

Él echó hacia atrás la silla y se levantó.

– Hasta luego, sigue con tu contemplación de las excelencias de la literatura.

Se inclinó, le dio un beso en la cabeza y se quedó esperando otra referencia literaria de su mujer, pero ella alargó el brazo y le dio unas palmadas en la pantorrilla.

– Gracias, Guido. Eso le diré.

CAPÍTULO 4

Como una y otra consultas habían partido de personas que desempeñaban papeles episódicos en sus vidas, Brunetti y Paola se olvidaron de ellas o, por lo menos, las dejaron reposar en el fondo de su mente. Ni un departamento de policía que tenía que hacer frente al aumento de criminalidad resultante de la inmigración descontrolada procedente del Este de Europa se preocuparía de las corruptelas de una oficina municipal, ni Paola dejaría de releer La copa dorada por interesarse por los punto y comas de Calvino.

Cuando Claudia no compareció en la clase siguiente, Paola descubrió que casi se alegraba. No le apetecía transmitir la respuesta de su marido, ni involucrarse en la vida privada ni en las preocupaciones extraacadémicas de sus alumnos. Al igual que la mayoría de los profesores, lo había hecho más de una vez y su intervención había resultado inútil cuando no contraproducente. Ella tenía sus propios hijos, cuya existencia debía bastar y sobrar para satisfacer el instinto de protección que ella pudiera creerse en el deber de sentir.

Pero, a la semana siguiente, la muchacha volvió a clase. Durante la lección, que trataba del paralelismo entre las heroínas de James y las de Wharton, Claudia se comportó como siempre: tomaba notas, no preguntaba y parecía impacientarse con las preguntas de los estudiantes que denotaban ignorancia o falta de sensibilidad. Terminada la clase, esperó a que los otros salieran y se acercó a la mesa de Paola.

– Siento no haber podido venir la semana pasada, professoressa.

Paola sonrió, pero, antes de que pudiera decir algo, Claudia preguntó:

– ¿Ha tenido tiempo de hablar con su esposo?

Paola pensó en responderle si le parecía que, en dos semanas, podía no haber tenido ocasión de hablar con su marido, pero dijo:

– Sí, y dice que no puede darle una respuesta sin tener una idea de la gravedad del delito del que fue declarado culpable ese hombre.

Paola observaba el efecto de sus palabras en la cara de la muchacha: sorpresa, recelo y una rápida mirada inquisitiva, para convencerse de que no había trampa ni truco en su respuesta. Fueron expresiones fugaces, antes de decir:

– ¿Ni siquiera en términos generales? Sólo quiero saber si él cree que sería posible o si sabe de algún procedimiento que permita… en fin… devolver el buen nombre a una persona.

Paola no suspiró pero sí habló con una lentitud de manifiesta paciencia.

– Eso es lo que no puede decir, Claudia, sin saber cuál fue el delito.

La muchacha se quedó pensativa y entonces sorprendió a Paola diciendo:

– ¿Y si yo hablara con su marido? ¿Qué le parece?

O la muchacha estaba tan obsesionada por obtener la respuesta que no le importaba dar la impresión de que desconfiaba de Paola, o su ingenuidad le impedía darse cuenta de ello. En todo caso, la respuesta de Paola fue una lección de ecuanimidad.

– No veo por qué no. Si llama a la questura y pregunta por él, estoy segura de que él le dirá cuándo puede ir a verlo.

– ¿Y si no me dejan hablar con él?

– Dígales que llama de mi parte. Esto bastará.

– Gracias, professoressa -dijo Claudia, dando media vuelta para marcharse. Al girar el cuerpo, tropezó con la cadera en el borde de la mesa y los libros que llevaba debajo del brazo cayeron al suelo. Paola se agachó para ayudarla a recogerlos y, con el instinto del amante de los libros, les echó una ojeada. Vio un título en alemán, cabeza abajo, que no pudo leer. Y la historia de la monarquía italiana de Denis Mack Smith, y la biografía de Mussolini, del mismo autor, ambos en inglés.

– ¿Lee en alemán, Claudia?

– Sí; mi abuela me hablaba en alemán cuando yo era pequeña. Ella era alemana.

– ¿Se refiere a su verdadera abuela? -preguntó Paola con una sonrisa alentadora.

Todavía con una rodilla en el suelo, arreglando los libros, la muchacha le lanzó una mirada de suspicacia, pero respondió pausadamente:

– Sí; mi abuela materna.

No queriendo dar la impresión de que pretendía fisgar, Paola se limitó a decir:

– Es una suerte haber tenido una educación bilingüe.

– También usted la tuvo, ¿no es verdad, professoressa ?

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