Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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De tal modo las nubes están negras y bajas, que estoy seguro ahora que la lluvia va a estallar. Los minutos que la preceden son interminables. ¡Se toma su tiempo! Y me convierte en tal tortura esperar que casi deseo que la lluvia ya esté allí, que termine con nosotros y que el contador de Thomas nos anuncie nuestra condena a muerte. Le echo un vistazo a Meyssonnier sentado a mi lado, veo su manzana de Adán subir en su delgado cuello. Está tragando saliva. Como su silla está un poco más atrás con respecto a la mía, distingo a Thomas de perfil, que separa con trabajo sus labios pegados uno contra el otro, y los humedece con la lengua. Estoy seguro que no soy el único que siente el sudor mojar mis costados y la palma de mis manos. Todos estamos en eso. Si tuviera el olfato fino sentiría ese olor de traspiración y de miedo que emana de esos once cuerpos inmóviles.

Sigo teniendo en el oído la misa de Fulbert, el sonido, no las palabras, porque ni siquiera trato de pescarlas. Pero discierno ahora en la bella voz grave de nuestro huésped una fisura, un temblor. Y bueno, tenemos pues algo en común, Fulbert y yo. Tengo ganas de decírselo. Que todas esas tensiones y esos odios ya no sirven para nada, que la lluvia que llega va a reconciliarnos, sabemos muy bien cómo.

Sin embargo, cuando estalla, esa que nosotros esperamos, es como una descarga eléctrica, nos sobresaltamos y el silencio que le sigue se hace más profundo. La voz de Fulbert pierde algo de su suavidad, es ronca y cascada, pero sin embargo persiste. A Fulbert no le falta ni coraje, ni tampoco, me parece a mí, fe. Más tarde, me va a rozar la idea de que su impostura nace, quizá, de una vocación frustrada. Pero por el momento, mi cabeza está vacía, escucho. La lluvia golpea con tal furor contra los vidrios, con un crepitar tan furioso y tan fuerte que por momentos cubre la voz de Fulbert y con todo, por más tenue que ahora me parezca., no la pierdo del todo, me agarro a ella, es un hilo que aferró en la oscuridad. Porque está oscuro, más oscuro que nunca, aunque las dos ventanas estén blancas de lluvia. La gran sala no está iluminada más que por los dos velones cuyas llamas tiemblan también con el viento que pasa por debajo de las puertas y las ventanas. La sombra de Fulbert parece inmensa sobre la pared. Un poco de luz brilla en las hojas de las espadas y de las alabardas que la guarnecen, todo es lúgubre y tengo la impresión de que estamos escondidos, los once, en una catacumba, huyendo de la muerte de encima y de alrededor de nosotros.

Hay una calma momentánea en la lluvia, luego un primer relámpago ilumina las dos ventanas, la tormenta rueda al este detrás de la colina que tenemos en frente. Conozco muy bien las tempestades de nuestro rincón, son terroríficas. Desde mi infancia las temo. Aprendí, al crecer, no a vencer sino a disimular el miedo que me inspiran. Hoy, ese miedo agrega al otro su conmoción física, apenas puedo reprimir el temblor de las manos mientras miro los zigzags del rayo iluminar los tres tocones de árboles en la cumbre de la colina y espero el estruendo que va a seguir. Al mismo tiempo, el viento empieza a soplar como un demente. Es el viento del este. Lo reconozco en el aullido que da al engolfarse en la bóveda a medias destruida en donde quería hacer mi escritorio y en la manera cómo sacude interminablemente puertas y ventanas y silva en las cavidades del acantilado. La lluvia redobla con rabia y el viento la tira como en millares de lanzas contra los vidrios. Da la impresión de que va a reventarlos de un momento a otro. Fulbert, que los tiene detrás de él, debe de tener la misma sensación, porque lo veo meter el cuello entre los hombros y tender la espalda como si el huracán fuera a abatirse sobre él. Con todo, entre dos aullidos inhumanos, oigo siempre su voz.

Meto las dos manos en los bolsillos y pongo rígida la nuca. Los relámpagos se suceden con una crueldad metódica. La tormenta no rueda más, estalla. Se diría que Malevil se ha convertido en un blanco que los relámpagos encuadran con una precisa malignidad como tiros de artillería antes de aniquilarlo de un golpe al final. No se ve ya sobre el negro del cielo los zigzags blancos, flechas rotas, rúbricas, sino en las ventanas, con intermitencia, un espejeo helado, deslumbrante, seguido de un golpeteo muy fuerte y muy seco como un obús que estalla. Apenas si el oído puede soportar ese volumen de ruido. Dan ganas de correr, de huir, de esconderse. Entre dos estallidos, en las ínfimas treguas de la tempestad, la voz de Fulbert, tan tenue ahora y tan temblorosa que parece vacilar como las llamas de los velones, es mi único punto de contacto. Oigo también un gemido sordo, y me cuesta un momento entender inclinándome hacia adelante que es Momo el que gime así, con su enorme cabeza hirsuta apoyada sobre el frágil pecho de la Menou y protegido por los dos brazos esqueléticos de su madre.

Sin transición, la tempestad se aleja. Los lejanos tronidos recomienzan, casi tranquilizadores en comparación. Retroceden y se espacian al mismo tiempo que la borrasca alcanza el paroxismo. Los músculos del cuello, de los brazos y de la espalda me duelen a tal punto me he puesto rígido para vencer el temblor. Trato de desanudarlos. La lluvia ya no crepita, cae a baldes. Los pequeños vidrios están anegados como un parabrisas de auto como un ojo de buey golpeado por las olas. El estruendo ya no está formado por un tamborileo hostil sino por una serie de golpes sordos que entrecortan la lejana voz de Fulbert y los gemidos de Momo. Siento que alguien me toca el codo. Es Meyssonnier. Me doy vuelta hacia él. Estoy fascinado por la manera dolorosa en que su manzana de Adán remonta por su cuello mientras que me habla sin que yo perciba un solo sonido. Me inclino, -casi pego mi oreja a su boca- y escucho: Thomas quiere hablarte. Como estoy parado -mecánicamente hemos imitado a los de la primera fila y como ellos nos hemos levantado y sentado- paso delante de Meyssonnier y me acerco a Thomas hasta tocarlo. Despega sus labios con dificultad y noto que un fragmento de espesa saliva, casi solidificada, queda en suspenso entre el uno y el otro mientras me dice: cuando la lluvia pare, iré a ver. Hago que sí con la cabeza, vuelvo a mi sitio y me asombra que haya sentido la necesidad de decirme eso, dado que la cosa me parece tan evidente. No quiero que se exponga a la lluvia de la que ahora estoy convencido que está cargada de cenizas mortales. La angustia ha alcanzado en mí tal intensidad que ha matado toda esperanza.

Las dos ventanas están permanentemente anegadas de agua, pero cosa extraña, parecen más claras que antes. Se diría que estamos iluminados por una capa de lluvia. Más allá de esa capa no se distingue otra cosa que una espesura blancuzca. Tengo la absurda impresión de que el diluvio ha llenado el pequeño valle de los Rhunes hasta nuestra altura, minando el acantilado por todas sus grietas. Veo con asombro, y sin percibir la significación del hecho, que un vaso lleno de vino y un plato donde están dispuestos unos pedazos de pan circulan entre nosotros. Veo a Thomas y a Meyssonnier beber por turno y por el sobrecogimiento que me invade, me doy cuenta que están, sin saberlo, comulgando. Sin duda están muy contentos de humedecer con un trago de vino su garganta seca. Pero ellos también han debido comprenderlo y rectificarse, porque al mismo tiempo que el vaso me pasan el plato con los trocitos de pan sin tocarlo.

Observo entonces que Jacquet está a mi lado. Se da cuenta de mi aprieto y me toma el plato de las manos. Y cuando me llevo el vaso a los labios con avidez, se inclina y me dice al oído: deja algo para mí. Ha hecho bien, me iba a tomar todo. Cuando hube terminado, me tiende el plato y, además del que me toca, con un gesto rápido agarro los pedazos de pan de mis vecinos. Es puramente un reflejo defensivo: no quiero que Fulbert sepa que dos de nosotros han rechazado la comunión. Me sorprende que actúe ese reflejo y que todavía piense en cuidar del porvenir, dado que en mi mente nadie aquí tiene ya porvenir. Jacquet me ha visto hacer ese escamoteo, que el amplio lomo de la Falvina ha ocultado a los ojos de Fulbert. Me mira con sus ojos cándidos con una sombra de reprobación, pero ya sé que no dirá nada.

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