Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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Un mes había ya trascurrido desde que Momo había tocado la campana para anunciar al alba el nacimiento de los mellizos de Marquesa, cuando una noche, alrededor de las siete, en el momento en que iba a cerrar mi pieza del torreón para bajar a la casa, con mi Biblia bajo el brazo, Thomas ya en el rellano diciéndome, tienes todo del santo varón, y yo, con la mano derecha girando la llave pero con la cabeza dada vuelta del lado de Thomas para contestarle, cuando de pronto el badajo resonó de nuevo, pero no al vuelo, como aquella vez, sino con dos notas graves, y una tercera más débil, volviendo insólito y pesado al silencio que siguió. Me inmovilizó. No podía ser Momo. No era su estilo. Volví a abrir la puerta, deposité la Biblia sobre la mesa, tomé la carabina y pasé una escopeta a Thomas.

Sin una palabra y desde que llegamos al llano, con Thomas adelantándose con sus rápidos trancos, corrí hasta el castillete de entrada. Estaba desierto. La Menou y Momo debían estar en la casa, la primera preparando la comida de la noche, el segundo dando vueltas alrededor de ella con la esperanza de sisar algo. En cuanto a Colin y Peyssou, que esta noche tenían que dormir en el castillete de entrada, no tenían por qué encontrarse allí durante el día. Mirando a las corridas las piezas desiertas del castillete, mientras Thomas se quedaba afuera para vigilar la puerta, me di cuenta hasta qué punto nuestras consignas de seguridad eran insuficientes. Los muros del primer recinto, mucho menos altos que los del segundo, no estaban fuera de escala, ni fuera de alcance de una cuerda provista de un gancho. En cuanto a los fosos, no eran franqueados por un puente levadizo como los del primer recinto sino por un puente que permitía acercarse al pie de las murallas y escalarlas, mientras estábamos todos reunidos en la casa comiendo.

Volví a salir del castillete y, en voz baja, le dije a Thomas que fuera por la escalera de la muralla y de arriba apuntara al o a los visitantes por las aberturas de los matacanes que dominan el portal. Esperé que estuviera en su lugar, luego me acerqué a paso de lobo de la mirilla, la corrí suavemente dos o tres milímetros y acerqué mi ojo con prudencia.

Aproximadamente a un metro de mí, por lo tanto atravesado ya el puente, vi a un hombre de unos cuarenta años a caballo de un gran burro gris, con el cañón de su escopeta en bandolera apareciendo por su hombro izquierdo. Estaba con la cabeza descubierta, muy oscuro de piel y de cabello, vestido con un traje color antracita bastante polvoriento y, detalle que me llamó la atención, llevaba colgado sobre el pecho, a la manera de los obispos, un crucifijo de plata. Me pareció alto y vigoroso. Su fisonomía estaba impregnada de la mayor calma y observé que no parpadeó cuando, levantando la vista en la dirección de los matacanes, vio a Thomas que lo apuntaba.

Abrí ruidosamente la mirilla del todo y grité con fuerza:

– ¿Qué quieres?

El tono brutal no produjo ningún efecto en el visitante. No se sobresaltó, miró hacia la mirilla y dijo con voz grave y sosegada:

– Y bueno, verlos primero y luego dormir esta noche en el castillo. No tengo ningún interés en volver a hacer durante la noche el camino que acabo de recorrer.

Noté que se expresaba bien, hasta con rebuscamiento, articulando con cuidado y con un acento que, sin ser del todo el de aquí, se le aproximaba. Seguí:

– ¿Tienes otra arma contigo además de la escopeta?

– No.

– Te convendría contestar la verdad. Te registraremos en cuanto hayas entrado.

– Tengo un cuchillo de bolsillo, pero no llamo a eso un arma.

– ¿Es a resorte?

– No.

– ¿Cómo te llamas?

– Fulbert le Naud. Soy sacerdote.

Sobre su calidad de sacerdote no hice ningún comentario.

– Escucha, Fulbert. Saca la culata de tu escopeta y métela en el bolsillo de tu chaqueta.

Obedeció en seguida mientras comentaba en tono neutro:

– Son desconfiados.

– Tenemos razón para serlo. Nos han atacado.

Proseguí:

– Escucha, voy a abrirte. Pasa la puerta sin desmontar, te detienes a diez metros y no desmontas hasta que yo te lo diga.

– Entendido.

Levanté la cabeza.

– Thomas, síguele apuntando.

Thomas dijo que sí con la cabeza. Tomé mi carabina con la mano derecha, saqué el seguro, descorrí los dos cerrojos de la puerta, atraje el montante hacia mí y esperé. Cuando Fulbert hubo pasado, cerré la puerta tan rápido que empujé la grupa del asno. Dio un brinco hacia adelante seguido de una espantada que por poco desmonta al visitante. En La Maternidad los caballos se pusieron a relinchar, el burro irguió sus largas orejas y se puso a temblar un poco sobre sus patas cuando Fulbert lo frenó.

– Desmonta -le digo en dialecto- y dame tu culata.

Obedeció, prueba de que comprendía el dialecto. Puse la culata en mi bolsillo. Estaba casi seguro de la inutilidad, en este caso, de tantas precauciones, pero la desconfianza tiene esto de común con las otras virtudes: no es eficaz sino a condición de no admitir excepciones.

Thomas vino de motu proprio a tomar la rienda del burro gris, para llevarlo a un box de La Maternidad. Lo vi descolgar un balde para hacerlo beber. Me detuve para esperarlo y me di vuelta hacia Fulbert.

– ¿De dónde eres?

– De Cahors.

– Sin embargo, comprendes nuestro dialecto.

– No comprendo todo. Existen diferencias de vocabulario.

El asunto debía interesarle porque de inmediato se puso a comparar algunas palabras de nuestro dialecto y del suyo. Mientras hablaba, y hablaba muy bien, yo lo miraba. No era de mucha estatura, como me había parecido, pero tenía buenas proporciones y una elegancia de porte que lo hacían parecer grande. En cuanto a su fisonomía, no sabía qué pensar. Lo dejé terminar sus comparaciones filológicas y dije:

– ¿Vienes de Cahors?

Sonrió y noté que tenía una sonrisa bastante seductora.

– Pero no, vengo de La Roque. Me encontraba ahí en el momento de la bomba.

Lo miré, boquiabierto.

– ¿Entonces hay sobrevivientes en La Roque?

– Pero sí -dijo- hay.

Prosiguió, siempre tan calmo:

– Una veintena.

NOTA DE THOMAS

El capítulo que se acaba de leer está signado por una omisión tan flagrante que voy a interrumpir la narración de Emanuel para repararla. Antes de ello he leído el capítulo siguiente para estar seguro de que Emanuel, como lo hace a veces, no ha vuelto hacia atrás para explicarse tardíamente sobre la circunstancia en cuestión. Pero no. Ni una palabra. Se diría que la ha olvidado.

Pero primero, puesto que de ella se trata, quisiera decir una palabra sobre Miette. Después de todas las efusiones líricas de Emanuel, no quisiera aparentar despoetizarla. Pero Miette es una muchacha de campo como hay tantas. Cierto, es sana y sólida y tiene en abundancia, y son firmes todas las curvas que le gustan tanto a Emanuel. Pero dar a entender que Miette es linda me parece muy exagerado. No es más linda, a mis ojos, que la mujer lavándose de Renoir de la que Emanuel tiene una reproducción en la cabecera de su cama o la foto de Birgitta tirando al arco, que se alza en su escritorio en nuestra pieza (bastante asombroso, en el fondo, que Emanuel haya conservado su foto después de la odiosa carta que le escribió anunciándole su casamiento).

Sobre la "inteligencia" de Miette, tampoco comparto la opinión de Emanuel. Miette es una prematura, muda de nacimiento, lo que quiere decir que hay en su cerebro una lesión que ha impedido el ejercicio de la palabra y por contragolpe, empobrecido su representación del mundo. No pretendo decir que Miette sea idiota, ni incluso débil, porque a Emanuel le sería fácil enumerar todos los ejemplos en los que Miette ha dado prueba de fineza en las relaciones humanas. Pero de ahí a pretender que Miette es "muy inteligente" como Emanuel me lo ha afirmado repetidas veces (otro ejemplo de sobreestimación sexual) hay un paso que, por mi parte, no daré. Miette, aun siendo fina, es de todos modos muy simple. Como los chicos, no aprehende la realidad más que a medias. El resto es ensueño y romance, sin ninguna referencia a los hechos.

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