De acuerdo a mi recomendación nadie se dio una ducha esa mañana: se pudo llenar la bañera con agua tibia y poner a remojar a Momo mientras Meyssonnier se dedicaba a su barba. El pobre Momo, vencido por el número, y desmoralizado, no ofrecía resistencia, y al cabo de un rato pude eclipsarme recordando a Colin que había que cerrar la puerta con candado detrás de mí para prevenir una evasión por sorpresa. Pasé por mi pieza a buscar mis gemelos y subí al torreón.
Durante nuestra discusión en el primer recinto, me había parecido discernir algo un poco menos gris en el gris del cielo y tenía esperanzas de divisar La Roque. Pero no era más que una ilusión, me di cuenta con el primer vistazo. Los gemelos no hicieron más que confirmarlo. El cielo de plomo, la visibilidad nula, y el color ausente. Los prados donde ni una mata de pasto subsistía, los campos donde ni un brote de trigo era visible, parecían recubiertos de un polvo gris uniforme. Antes, cuando me venía a visitar gente de la ciudad, y a admirar la vista desde lo alto del torreón, alababan el "silencio" de Malevil. Pero ese silencio no era tal, gracias a Dios, salvo para los habitantes de la ciudad. Un auto lejano en el camino de los Rhunes, un tractor en una labranza, un grito de pájaro, un gallo encaprichado, un perro en celo, y en el verano, por supuesto, los saltamontes, las cigarras, las abejas en la viña virgen. Ahora, sí, hay silencio. Y cielo y tierra, nada más que plomo, antracita y oscuridad. Y además, la inmovilidad. Un cadáver de paisaje. Un planeta muerto.
Con los ojos pegados a los gemelos, hurgaba el rincón donde La Roque hubiera debido estar, sin distinguir nada más que gris y sin siquiera poder decir si ese gris pertenecía a la gleba o a la bóveda que nos aplastaba. Bajé paulatinamente el binocular hasta el terreno en los Rhunes adonde Peyssou debía estar arando con Amaranta. Al menos, ahí, habría un poco de vida. Buscaba a la yegua, dado que era el objeto más localizable, y exasperándome un poco porque no conseguía encontrarla, aparté los gemelos de mis ojos. A simple vista, divisé el arado inmovilizado en medio del terreno y al lado de él, tendido sin movimiento en el suelo, a Peyssou, con los brazos en cruz. Amaranta había desaparecido.
Bajé como un loco los dos pisos de la escalera caracol, me abalancé sobre la puerta del baño, olvidando que estaba cerrada con candado, y golpeando con los dos puños contra la madera maciza como un poseso, gritaba, ¡vengan rápido, algo le ha pasado a Peyssou!
Sin esperar a mis compañeros, me puse a correr. Para llegar hasta el terreno, había que bajar por el camino en pendiente del acantilado hasta el llano, y ahí, doblar a la izquierda en horquilla y volviendo a pasar al pie del castillo, ir por el lecho del arroyo desaparecido hasta el primer brazo de los Rhunes. Corría con todas mis fuerzas, palpitantes las sienes, incapaz de imaginarme una explicación. Amaranta era tan dócil y tan suave que no podía creer que hubiera puesto a su conductor en un estado lastimoso para escaparse después. ¿Y para escaparse adónde, por otra parte?, puesto que no quedaba ni una sola mata de pasto sobre la tierra y que en Malevil tenía heno y cebada en cantidad suficiente.
Al cabo de un momento, escuché detrás de mí los zapatos de mis compañeros sonar sobre el suelo rocoso tratando de alcanzarme con dificultad. Cien metros antes de llegar al pequeño terreno de los Rhunes, fui alcanzado y dejado atrás por Thomas que corría a largas zancadas muy rápidas aventajándome por mucho. De lejos lo vi arrodillarse junto a Peyssou, darle vuelta con precaución y levantarle la cabeza.
– ¡Está vivo! -gritó en mi dirección.
Me puse en cuclillas a mi vez, agotado, sin aliento; Peyssou abrió los ojos, pero su mirada era vaga, no conseguía acomodarla, su nariz y su mejilla izquierda estaban manchadas de tierra, sangraba en abundancia por la nuca, manchando la camisa de Thomas que lo sostenía. Colin, Meyssonnier y Momo, éste completamente desnudo y chorreando agua llegaron mientras estaba examinando la herida, ancha, pero a ojo de buen cubero, superficial. Y por fin la Menou, la que se había tomado tiempo para buscar una botella de aguardiente en el castillete de entrada, y traía además mi salida de baño con la que envolvió a Momo aun antes de mirar a Peyssou.
Eché un poco de aguardiente sobre la herida y Peyssou gruñó. Le eché luego un buen chorro en la boca y con su pañuelo embebido en alcohol, le quité del rostro la tierra que lo ensuciaba.
– No puede haber sido Amaranta la que le ha hecho esto -dijo Colin-. Teniendo en cuenta la posición en que estaba.
– Peyssou -dije friccionándole las sienes con el aguardiente- ¿me oyes? ¿Qué ha pasado? -proseguí- de todos modos, Amaranta no patea.
– Lo he notado -dijo la Menou-. Hasta cuando juega, es un animal que no sabe levantar el culo.
La mirada de Peyssou se precisó y dijo en voz baja pero clara:
– Emanuel.
Le di un segundo trago de aguardiente, y de nuevo le friccioné las sienes.
– ¿Qué pasó? -dije dándole golpecitos en la mejilla, tratando con mis ojos de retener su mirada que tenía tendencia a huir de nuevo hacia el vacío.
– Pavada de choc ha recibido -dijo Colin incorporándose-. Pero va a volver, ya tiene mejor cara.
– ¡Peyssou! ¿Me oyes, Peyssou?
Levanté la cabeza.
– Menou, pásame el cinturón de mi salida de baño.
Cuando lo tuve en la mano, lo puse sobre mis rodillas, plegué en cuatro mi pañuelo, lo embebí en alcohol, lo apliqué con cuidado sobre la herida que seguía sangrando mucho y pidiendo a Menou que sujetara la compresa, con el cinturón apretado alrededor de su frente lo anudé. La Menou obedecía sin una palabra, con la mirada todo el tiempo fija en Momo que con toda seguridad había "pescado la muerte", corriendo así con este frío como lo había hecho.
– No sé -dijo de golpe Peyssou.
– ¿No sabes cómo pasó?
– No.
Volvió a cerrar los ojos, y en seguida lo golpeé en las dos mejillas.
– ¡Ven a ver, Emanuel! -dijo Colin.
Estaba de pie junto al arado, dándonos la espalda, pero con la cabeza reclinada en su hombro, con la cara descompuesta, y los ojos fijos en los míos.
Me levanté y me acerqué a él.
– Mira esto -dijo en voz baja.
La primera vez que habíamos enganchado a Amaranta nos habíamos dado cuenta que faltaba la correa con hebilla que sujeta el varal. La habíamos reemplazado por una cuerdita de nylon que aseguramos alrededor de la madera con una serie de vueltas y de nudos. Esa cuerdita había sido cortada.
– Es un hombre el que ha hecho eso -dijo Colin.
Estaba pálido, con los labios secos.
Prosiguió:
– Con un cuchillo.
Acerqué los dos extremos de la cuerdita a mis ojos. El corte era neto, sin hilachas ni rebabas. Incliné la cabeza sin decir una palabra. Era incapaz de hablar.
– El tipo que ha desenganchado a Amaranta -insistió Colin- desprendió las hebillas de la retranca y la hebilla izquierda de la barriguera, pero cuando llegó a los nudos del lado derecho, se exasperó y sacó el cuchillo.
– Y antes -dije con voz temblorosa -golpeó a Peyssou por detrás.
Me di cuenta que la Menou, Meyssonnier y Momo nos rodeaban. Tenían la mirada fija en mí. Thomas también me miraba, con una rodilla en tierra y con la otra, levantada, sosteniendo la espalda de Peyssou.
– ¡Y sí! ¡Sí! -dijo la Menou lanzando alrededor una mirada de pánico y agarrando a Momo por el brazo para apretarlo contra ella.
Hubo un silencio. Al mismo tiempo que se insinuaba en mí un principio de miedo tenía un sentimiento de irrisión. Sólo Dios sabe con qué ardor, con qué amor, con qué arrebato casi desesperado, habíamos rezado dentro de nosotros mismos para que otros hombres además de nosotros hubieran sobrevivido. Y bueno, ahora estábamos seguros: los había.
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