– ¿Tienes tanto miedo de lo que voy a decir, que no tienes ni siquiera el coraje de escucharme?
Se para, gira sobre sus talones y me hace frente. Prosigo con voz vibrante:
– Son las cinco y cuarto. Vilmain dijo que estaría aquí a las cinco y media. ¡Tengo entonces un cuarto de hora para vivir y tú, durante ese último cuarto de hora, todavía tienes tanto miedo de mí que tiemblas como un pingajo y que te vas a ir acostar debajo de tu cama esperando a tu amo! ¡Digo bien, debajo de tu cama! ¡Ni siquiera encima!
La actitud de Hervé ha sumido a Fulbert en la inquietud. Lo tranquilizo mucho al anunciarle que Vilmain estará acá dentro de un cuarto de hora. De paso también le meto la púa reprochándole su cobardía. Ahora bien, cobarde no es, ya lo he dicho. Pero hay una debilidad en su fuerza. Como todas las personas valientes, tiene la vanidad de su valor. A mi provocación, va, tal como lo espero, a reaccionar con el desafío.
Pálido, tenso, con las mejillas hundidas, los ojos afiebrados, se inmoviliza y dice con desdén:
– Tú puedes decir todas las estupideces que quieras. No me molestan. Aprovecha, mientras puedas.
Tomo la pelota enseguida:
– Voy a aprovecharlo sobre todo para reducir a la nada tus acusaciones. Cati, para empezar. No he abusado de ella como tú te has atrevido a decirlo y no la he secuestrado. Es un invento puro. Por propia voluntad y de acuerdo con su tío. (¡Es verdad!, grita enseguida Marcel, a quien no temo ya comprometer.) Cati ha ido a ver su Mémé a Malevil y allí, se enamoró de Thomas y se casaron. Lo que te ha despechado mucho, Fulbert, porque querías convertirla en tu sirvienta en el castillo.
Se oyen risas sarcásticas y Fulbert exclama:
– ¡Es absolutamente falso!
– Oh, perdón -dice al punto sin pedir la palabra una mujer como de cincuenta años, baja y voluminosa.
Se levanta. Es Josefa, la sirvienta del castillo. Poco estimada en principio por ser portuguesa (los larroquenses son racistas) pero bastante querida, en realidad, porque tiene la lengua bien suelta y "te dice todo a la cara, cuando tiene algo que decirte".
Josefa no es una belleza. Tiene una de esas pieles que parecen ubicarse más allá del agua y del jabón. Además, es petisona, mofletuda y pecherona. Pero con sus robustos dientes blancos, su mandíbula fuerte, sus ojos negros muy vivaces y su cabellera abundante, da una agradable impresión de vitalidad animal.
– ¡Perdón! -prosigue con un acento vulgar y entrecortado, que parece dar mucha fuerza a lo que dice-. ¡No hay que decir que es falso, cuando es verdad! ¡Y es verdad que Monseñor no me quería más a mí, y que quería a la pequeña! Aunque ella no lo hubiera servido tan bien -agrega con una ingenuidad verdadera o falsa, no sabría decirlo.
Se vuelve a sentar, en medio de risas y de bromas de las que Fulbert es la víctima. Este, me doy cuenta, evita atacar a Josefa. Conoce su lengua, y prefiere seguir contra mí.
– ¡No veo lo que ganas -me grita con altivez- con desencadenar esos chismes contra tu obispo!
– ¡Tú no eres mi obispo! ¡Ni mucho menos! ¡Y con eso gano hacerte tragar tus mentiras! ¡Y entre estas, he aquí otra y de bulto! Tú has dicho que me había hecho elegir sacerdote por mis sirvientes. Sabrás primero -digo con fuerza- que no tengo sirvientes. Tengo amigos y tengo iguales. Y contrariamente a lo que sucede en La Roque, nada importante se hace en Malevil sin que lo hayamos discutido todos juntos. ¿Por qué he sido elegido sacerdote? Voy a decírtelo: tu querías imponernos al señor Gazel en Malevil con ese título, y nosotros no teníamos para nada ganas de tener al señor Gazel. No lo ofendo, espero, diciéndoselo. Y es por eso que mis compañeros me eligieron abate. En cuanto a ser un buen o un mal sacerdote, yo no sé nada. Soy un sacerdote elegido, como el señor Gazel. Hago lo mejor que puedo. Cuando no se puede arar con un caballo, se ara con un asno. Yo no creo ser más malo que el señor Gazel y no me cuesta mucho ser mejor que tú (risas y aplausos).
– ¡Es el orgullo el que te hace hablar así! -grita Fulbert-. ¡En realidad eres un falso sacerdote! ¡Un mal sacerdote! ¡Un sacerdote execrable!, ¡y tú lo sabes! Ni siquiera hablo de tu vida privada…
– Ni yo de la tuya.
No contesta. Debe tener miedo de que hable de Miette.
– ¡Para no citar más que un ejemplo -prosigue con rabia- tú tienes un concepto y una práctica totalmente heréticas de la confesión!
– Yo no sé -dije con tono modesto- si es herética. No soy tan versado en religión, porque en manos de un mal sacerdote puede convertirse en una empresa de espionaje y un instrumento de dominación.
– ¡Y usted tiene mucha razón, señor Comte -grita Judith con su voz estentórea-, es eso mismo en lo que se ha convertido la confesión, incluso acá, en La Roque, en las manos de este SS!
– ¡Cállese! -dice Fulbert dándose vuelta hacia ella-. ¡Usted es una loca, una rebelde y una mala cristiana!
– No tiene vergüenza -exclama Marcel inclinándose, con sus dos manos poderosas empuñando el respaldo de su silla- de hablar así a una mujer, y a una mujer que es mucho más instruida que usted y que le ha corregido el otro día las estupideces que usted había dicho sobre los hermanos y las hermanas de Jesús.
– ¡Corregido! -exclama Fulbert levantando los brazos-. ¡Esta excitada no sabe nada! ¡Hermanos y hermanas es un error de traducción: se trata de sus primos, ya lo he dicho!
Mientras que se instaura, en pleno proceso, esta sorprendente exégesis sobre los evangelios, le digo a Mauricio, en voz baja: ve a buscar a los otros, diles que se queden en el fondo de la capilla y que esperen para entrar a que yo anuncie la muerte de Vilmain.
Mauricio se eclipsa, tan ágil y silencioso como un gato y me permito interrumpir a Judith quien, olvidando hora y lugar, está discutiendo apasionadamente con Fulbert sobre la parentela de Jesús.
– ¡Un momento! -digo- ¡Quisiera terminar!.El silencio se hace y Judith, que me había olvidado, me mira con aire arrepentido. Prosigo con voz calma:
– Llego ahora al último crimen que me imputa Fulbert. Yo le habría escrito una carta para reivindicar la soberanía feudal de La Roque y para anunciarle mi intención de tomar la ciudad por la fuerza y de ocuparla. Es una lástima que a Fulbert no se le haya ocurrido leerla en público, así todo el mundo hubiera podido darse cuenta que no quería decir eso. Pero admitamos. Admitamos incluso que en esa carta yo hubiera anunciado mi intención de atacar a La Roque. La única pregunta que uno se plantea es ésta: ¿lo hice? ¿Vine acaso a la caída de la noche, a introducirme en La Roque y a degollar al centinela? ¿Acaso saqueé las reservas, molesté a los larroquenses y violé a las mujeres? ¿Acaso fui yo quien ha masacrado hasta el último de los habitantes de Curcejac? ¡Sin embargo, a quien ha hecho esto, Fulbert lo trata como a un amigo! ¡y a mí, me condena a muerte por haber tenido, según dice él, la intención! ¡Esta es la justicia de Fulbert: la muerte para un inocente y la amistad para un criminal!
El sol ha elegido bien su momento para iluminar el vitral detrás de mí, y a Hervé, para actuar por última vez en su papel de soldado alemán. Dice:
– ¡Epa, epa, despacito, acusado! ¡No hay que hablar así del jefe!
Yo le corto: -No me interrumpas, Hervé. La broma ha terminado.
Al oírme hablar como amo a mi guardián, Fulbert se sobresalta con violencia y los larroquenses miran con asombro. Me enderezo. Para decirlo mejor, me planto. Me baño con voluptuosidad en la luz del vitral. Siento que mis ojos se abren bien grandes y que mi ser se expande en esta súbita claridad. Es sorprendente también como este sol, aun a través del vidrio coloreado, puede recalentar mis hombros y mi espalda… Lo necesito. Estaba helado.
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