Array Array - Paula

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vimos regresar al automóvil cubierto de caca con su trofeo bajo el brazo, bien atado por las patas. Nadie imaginó que la perra lograría sacudirse el malestar por unos minutos para arrancarle la cabeza de un mordisco antes de llegar a destino. No hubo forma de quitar las manchas de sangre, que quedaron impresas en el automóvil como recordatorio eterno de aquellos viajes calamitosos.

Ese balneario en verano era un mundo de mujeres y niños. La Playa Grande era un paraíso hasta que se instaló la refinería de petróleo y arruinó para siempre la transparencia del mar y espantó a las sirenas, que no volvieron a oírse más por esas orillas. A las diez de la mañana comenzaban a llegar las empleadas en uniforme con los niños. Se instalaban a tejer, vigilando a las criaturas con el rabillo del ojo, siempre en los mismos lugares.

Al centro de la playa se colocaban bajo carpas y quitasoles las familias más antiguas, dueñas de los caserones grandes; a la izquierda los nuevos ricos, los turistas y la clase media, que alquilaban las casas de los cerros, en el extremo derecho visitantes modestos que venían de la capital por el día en destartalados microbuses. En traje de baño todo el mundo se ve más o menos igual, sin embargo cada cual adivinaba de inmediato su sitio exacto. En Chile la clase alta tiene por lo general un aspecto europeo, pero al descender en la escala social y económica se acentúan los rasgos indígenas. La conciencia de clase es tan fuerte, que nunca vi a nadie traspasar las fronteras de su puesto.

A mediodía llegaban las madres, con grandes sombreros de paja y botellas con jugo de zanahoria, que se usaba entonces para obtener un bronceado rápido. A eso de las dos, cuando el sol estaba en su apogeo, todos partían a almorzar y dormir la siesta, recién entonces aparecían los jóvenes con aire de aburrimiento, muchachas frutales y chicos impávidos que se echaban en la arena a fumar y frotarse unos con otros hasta que la excitación los obligaba a buscar alivio en el mar. Los viernes al anochecer llegaban los maridos de la capital y el sábado y domingo la playa cambiaba de aspecto. Las madres mandaban a los hijos de paseo con las nanas y se instalaban en grupos, con sus mejores bañadores y sombreros, compitiendo por la atención de los esposos ajenos, afán inútil puesto que éstos apenas las miraban, más interesados en comentar la política–único tema en Chile–calculando el momento de volver a la casa a comer y beber como cosacos. Mi madre, sentada como una emperatriz al centro del centro de la playa, tomaba sol por las mañanas y en las tardes se iba a jugar al Casino; había descubierto una martingala que le permitía ganar cada tarde lo suficiente para sus gastos. Para evitar que pereciéramos arrastrados por las olas de ese mar traicionero, Margara nos ataba con cuerdas que enrollaba en su cintura mientras tejía interminables chalecos para el invierno; cuando sentía un tirón, levantaba la vista brevemente para ver quién estaba en apuros y halando del cordel lo arrastraba de vuelta a tierra firme.

Sufríamos a diario esa humillación, pero apenas nos zambullíamos en el agua olvidábamos las burlas de los otros chiquillos. Nos bañábamos hasta quedar azules de frío, juntábamos conchas y caracoles, comíamos pan de huevo con arena y helados de limón medio derretidos, que vendía un sordomudo en un carrito lleno de hielo con sal. Por las tardes salía de la mano de mi madre a ver la puesta de sol desde las rocas. Esperábamos para formular un deseo atentas al último rayo verde que surgía como una llamita en el instante preciso en que el sol desaparecía en el horizonte. Yo pedía siempre que mi mamá no encontrara marido y supongo que ella pedía exactamente lo contrario. Me hablaba de Ramón, a quien por su descripción yo imaginaba como un príncipe encantado cuya

principal virtud era que se hallaba muy lejos. El Tata nos dejaba en el balneario al comienzo del verano y regresaba a Santiago casi de inmediato, era la única época en que gozaba de cierta paz, le gustaba su casa vacía, jugar a golf y a la brisca en el Club de la Unión. Si aparecía algún fin de semana en la costa no era para participar en el relajo de las vacaciones, sino para probar sus fuerzas nadando por horas en ese mar gélido de olas fuertes, salir a pescar y arreglar los innumerables desperfectos de esa casa abatida por la humedad. Solía llevarnos a un establo cercano a tomar leche fresca al pie de la vaca, un galpón oscuro y fétido donde un peón con las uñas inmundas ordeñaba directamente en tazones de lata. Bebíamos una leche cremosa y tibia, con moscas flotando en la espuma. Mi abuelo, que no creía en la higiene y era partidario de inmunizar a los niños mediante contacto íntimo con las fuentes de infección, celebraba con grandes risotadas que nos tragáramos las moscas vivas.

Los habitantes del pueblo veían llegar la invasión de veraneantes con una mezcla de rencor y entusiasmo. Eran personas modestas, casi todos pescadores y pequeños comerciantes o dueños de un pedazo de tierra junto al río, donde cultivaban unos pocos tomates y lechugas. Se vanagloriaban de que allí nunca pasaba nada, era una aldea muy tranquila, sin embargo un amanecer de invierno encontraron crucificado a un conocido pintor en los mástiles de un velero. Oí los comentarios en susurros, no era una noticia adecuada para los niños, pero años más tarde averigüé algunos pormenores. El pueblo entero se encargó de borrar huellas, confundir evidencias y enterrar pruebas, y la policía no se esmeró demasiado en aclarar el tenebroso crimen, porque todos sabían quiénes habían clavado el cuerpo en los palos. El artista vivía todo el año en su casa de la costa, dedicado a la pintura, escuchando su colección de discos clásicos y dando largos paseos con su mascota, un afgano de pura raza tan esmirriado que la gente lo creía una cruza de perro con aguilucho. Los pescadores más apuestos posaban como modelos para los cuadros y pronto se convertían en sus compañeros de jarana. Por las noches los ecos de la música alcanzaban los confines del caserío y a veces los jóvenes no regresaban a sus hogares ni a su trabajo durante días.

Madres y novias intentaron en vano recuperar a sus hombres, hasta que, perdida la paciencia, empezaron a complotar sigilosamente.

Las imagino cuchicheando mientras reparaban las redes, intercambiando guiños en los afanes del mercado y pasándose unas a otras las contraseñas del aquelarre. Esa noche se deslizaron como sombras por la playa, se aproximaron a la casa grande, entraron silenciosas sin perturbar a sus hombres que dormían la borrachera y llevaron a cabo lo que habían ido a hacer sin que temblaran los martillos en sus manos. Dicen que también el esbelto perro afgano sufrió la misma suerte. Algunas veces me tocó visitar las míseras chozas de los pescadores, con su olor a brasas de carbón y sacos de pesca, y volvía a sentir la misma desazón que me invadía en los cuartos de las empleadas. En la casa de mi abuelo, larga como un ferrocarril, las paredes de cartón–piedra eran tan delgadas que de noche se mezclaban los sueños, las cañerías y objetos metálicos claudicaban pronto al óxido, el aire salado corroía los materiales como lepra perniciosa. Una vez al año había que repasar todo con pintura y despanzurrar los colchones para lavar y secar al sol la lana que comenzaba a pudrirse por la humedad. La casa fue construida junto a un cerro que el Tata hizo cortar como una torta sin pensar en la erosión, de donde manaba un chorro permanente de agua alimentando gigantescas matas de hortensias rosadas y azules, siempre en flor. En la cumbre del cerro, donde se accedía por una escala interminable, vivía una familia de pescadores. Uno de los hijos, un hombre joven de manos callosas por

el desgraciado oficio de arrancar mariscos de las rocas, me llevó al bosque. Yo tenía ocho años. Era el día de Navidad.

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