– ¡Oh, André-Louis, hijo mío, no sabes cuánto he anhelado este abrazo! ¡Si supieras cuánto he sufrido negándomelo a mí misma! Kercadiou no debió decírtelo nunca, ni siquiera ahora. Era un mal para nosotros dos, quizá más para ti. Hubiera sido mejor dejarme abandonada a mi destino, cualquiera que fuera. Y, a pesar de todo, cualesquiera que sean las consecuencias, poderte abrazar, saber que ya me conoces, oírte llamarme madre, ¡oh, André-Louis!, eso es algo de lo que no puedo arrepentirme. No podía… no podía ser de otra manera, aunque ya no sea un secreto.
– ¿Y por qué tiene que dejar de ser un secreto? -preguntó él, despojándose de su estoicismo-. Nadie tiene que saberlo. Esto es sólo por esta noche. Esta noche somos madre e hijo. Mañana cada uno volverá a ocupar su lugar y, al menos en apariencia, olvidaremos lo sucedido.
– ¿Olvidar? ¿No tienes corazón, André-Louis?
Esta pregunta volvió a recordarle su actitud ante la vida, esa actitud histriónica que para él era la verdadera filosofía. También recordó la situación en que se encontraba, y comprendió que no sólo él debía sobreponerse, sino también ella, ya que dejarse llevar por las emociones, en aquellas circunstancias, podía ser desastroso para todos.
– Eso me lo han preguntado tantas veces que estoy por creer que es verdad -dijo-. Mi pasado tiene la culpa.
Ella lo estrechó más contra su pecho, como si intuyera que él quería zafarse de su abrazo.
– ¿Me estás culpando de todo lo pasado? Conociendo los hechos, como los conoces, no puedes culparme del todo. Debes ser misericordioso conmigo. Debes perdonarme. No tenía elección.
– Cuando lo sabemos todo no se puede sino perdonar, señora. Ésta es la verdad más profundamente religiosa que se ha escrito jamás. De hecho, esa frase es una religión por sí misma, la religión más generosa que puede guiar a los hombres. Lo digo para consolaros, madre.
Ella se separó de él lanzando un grito de espanto. Detrás de André-Louis, en la penumbra de la puerta, se dibujaba vagamente una silueta fantasmal. Avanzando hacia la luz, la figura se dejó ver: era Aline. Venía en respuesta a la llamada, ya olvidada, que la señora le había hecho por medio de Jacques. Al entrar, había reconocido la voz de André-Louis al verlo en brazos de la dama llamándole «madre». Y ahora no sabía qué le asombraba más: si su presencia allí o lo que acababa de oír por casualidad.
– ¿Lo habéis oído, Aline? -exclamó la señora de Plougastel.
– No he podido evitarlo, señora. Me mandasteis a buscar. Lamento si… -se interrumpió para mirar perpleja a André-Louis. Estaba pálida, pero serena. Le tendió su mano diciendo-: Al fin has venido, André. Podías haberlo hecho antes.
– He venido cuando hacía falta, que es cuando estamos seguros de ser bien recibidos -contestó sin amargura y, tras besarle la mano a la joven, añadió amablemente, como suplicando-: Espero que sabrás perdonar lo pasado, pues, después de todo, fracasé en mis propósitos. No podía presentarme ante ti pretendiendo que fue algo intencionado. No fue así. Y sin embargo, según parece, no te has aprovechado de esa circunstancia, pues aún estás soltera.
Ella le volvió la espalda, diciendo:
– Hay cosas que jamás entenderás.
– La vida, por ejemplo -dijo él-. Te confieso que es algo desconcertante. Las explicaciones que tratan de simplificarla no hacen sino complicarla más -y mientras decía esto miraba a la señora de Plougastel.
– Supongo que estás tratando de decirme algo -dijo la señorita.
– ¡Aline! -exclamó la condesa, que conocía el peligro de las revelaciones a medias-. Sé que puedo confiar en ti y que André-Louis no pondrá ninguna objeción.
Cogió la carta para entregársela a Aline, pero antes interrogó a su hijo con una mirada.
– Oh, señora, yo por mi parte no me opongo -aseguró él-. Es asunto vuestro.
Aline los miraba a los dos extrañada y vacilando en tomar la carta que la señora le ofrecía. Cuando la hubo leído de punta a cabo, pensativa, volvió a dejarla sobre la mesa. Por un momento permaneció inmóvil, agachando la cabeza, mientras madre e hijo la contemplaban. Entonces, impulsivamente, abrazó a la señora de Plougastel.
– ¡Aline! -fue un grito de asombro, casi de alegría-. ¿No me aborreces?
– ¡Querida amiga! -dijo Aline besando el rostro bañado en lágrimas que parecía haber envejecido en las últimas horas.
Manteniéndose en segundo plano, André-Louis luchaba contra la emoción, y habló con la voz de Scaramouche:
– Sería aconsejable, señoras, que dejáramos las efusiones para otro momento, cuando tengamos más tiempo y mayor seguridad. Se hace tarde. Si queremos salir de este infierno, hay que hacerlo ahora mismo.
Era una advertencia tan clara como necesaria. Las dos mujeres volvieron a la realidad, y enseguida fueron a hacer los preparativos del viaje.
Dejaron solo a André-Louis en el salón, y durante un cuarto de hora pudo soportar su impaciencia únicamente porque tenía la cabeza como una olla de grillos. Cuando al fin volvieron las mujeres, las acompañaba un hombre alto, con un sobretodo verde de largos faldones y un sombrero con el ala vuelta hacia abajo. El individuo permaneció respetuosamente junto a la puerta, en la sombra.
Entre las dos lo habían acordado así, o más bien fue la condesa quien lo había decidido cuando Aline le previno de que André-Louis no movería un dedo para salvar al marqués tomando en cuenta el odio que le tenía.
A pesar de la estrecha amistad que unía al señor de Kercadiou y a su sobrina con la señora de Plougastel, había ciertos detalles que ella ignoraba. Uno era el proyecto de matrimonio que alguna vez existió entre Aline y el marqués de La Tour d'Azyr. Aline, tomando en cuenta la confusión de sus emociones, jamás se lo había comunicado a su amiga, ni tampoco el señor de Kercadiou, pues desde su llegada a Meudon ya veía que aquel enlace sería muy difícil de realizar. Por otra parte, el señor de La Tour d'Azyr se mostró tan discreto respecto a Aline la mañana del duelo, cuando la encontró desvanecida en el carruaje de la señora de Plougastel, que ésta no se dio cuenta de nada. Tampoco sabía la condesa que la hostilidad entre el marqués y André-Louis no fuera simplemente de carácter político, pues pensaba que aquel duelo era otro de los tantos que el paladín del Tercer Estado había entablado en el Bois en aquellos días. Aline no le había dicho nada al respecto para no afligir a la dama más de lo que estaba. Sin embargo, la condesa se daba cuenta de que, aunque el rencor de André-Louis fuera estrictamente político, aquel duelo inconcluso era causa suficiente para motivar los temores de Aline.
Por eso la señora de Plougastel había concebido el plan más obvio, del que Aline sería cómplice pasiva. Pero ambas habían cometido el error de no prevenir ni persuadir al señor de La Tour d'Azyr. Habían confiado enteramente en su ansia por escapar de París para que hiciera el papel que le imponían. Es decir, el que ya le habían propuesto: que ocupara el lugar de Jacques, el lacayo. Pero no habían contado con el exagerado sentido del honor de hombres como el marqués, educados en falsos preceptos.
Volviéndose para mirar al hombre disfrazado, André-Louis avanzó desde el fondo obscuro del salón. La trémula luz de las velas iluminó brevemente su delgado y pálido rostro y el fingido lacayo se sobresaltó. Entonces también él se adelantó hacia la mesa donde estaba el candelabro y se quitó el sombrero. André-Louis observó que su mano era fina y blanca, y que un diamante rutilaba en uno de sus dedos. Al darse cuenta de quién era aquel hombre, por un momento se quedó sin habla.
– Señor -decía en ese momento el orgulloso y altanero marqués-, no puedo aprovecharme de vuestra ignorancia. Si estas damas han podido convenceros de que me salvéis, por lo menos debéis saber a quién vais a salvar.
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