Blake Pierce - Una Razón Para Rescatar

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Una historia dinámica que te atrapa desde el primer capítulo y no te deja ir. Midwest Book Review, Diane Donovan (sobre ‘Una vez desaparecido’) Del autor exitoso de misterio Blake Pierce llega una nueva obra maestra del suspenso psicológico: UNA RAZÓN PARA RESCATAR (Un misterio de Avery Black, Libro 5), la última entrega de la serie de Avery Black. En el gran final de la serie de Avery Black, el asesino en serie Howard Randall ha escapado, y toda la ciudad de Boston está tensa. Mujeres están apareciendo horriblemente asesinadas, y todo el mundo sospecha que Howard está asesinando de nuevo. Cuando la detective de homicidios más brillante y controvertida de Boston, Avery Black, comienza a ser acechada y las personas cercanas a ella comienzan a ser brutalmente asesinadas, parece que los peores temores de la ciudad fueron confirmados. Pero Avery no está tan segura. Los asesinatos la recuerdan a algo que vio en el pasado. La recuerdan a algo demasiado personal, a algo que tenía que ver con un secreto que creía haber enterrado hace mucho tiempo.. El libro más fascinante e impactante de la serie, un thriller psicológico oscuro con suspenso emocionante, UNA RAZÓN PARA RESCATAR es el final que te dejará pasando páginas hasta bien entrada la noche. Una obra maestra del thriller y el misterio. Pierce hizo un trabajo magnífico desarrollando a los personajes psicológicamente, tanto así que sientes que estás en sus mentes, vives sus temores y aclamas sus éxitos. La trama es muy inteligente y te mantendrá entretenido durante todo el libro. Este libro te mantendrá pasando páginas hasta bien entrada la noche debido a sus giros inesperados. Opiniones de libros y películas, Roberto Mattos (Una vez desaparecido)

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“Entonces ¿por qué se escapó?”, preguntó Connelly.

Avery sabía a qué quería llegar, lo que estaba tratando de hacerla decir. Y lo peor de todo era que tenía sentido. “Howard solo se escaparía si tuviera algo que hacer afuera. Algún asunto pendiente. O tal vez solo estaba aburrido”, pensó.

“Es un hombre inteligente”, dijo Avery. “Muy inteligente. Tal vez quería ser desafiado de nuevo”.

“O tal vez quería volver a matar”, dijo Connelly con disgusto, señalando las imágenes.

“Posiblemente”, concedió ella. Luego miró las fotos. “¿Cuándo fue encontrada?”.

“Hace tres horas”.

“¿Su cuerpo sigue allí?”.

“Sí, acabamos de regresar de la escena. El médico forense llegará a la escena en unos quince minutos. El equipo de ciencias forenses se quedó allí con el cuerpo mientras llegaba”.

“Llama al equipo, diles a todos que esperen. Que no toquen el cuerpo. Quiero ver la escena”.

“Te dije que no estás en este caso”, dijo Connelly.

“Eso es verdad. Pero si quieres que te diga en qué tipo de estado mental se encuentra Howard Randall, si es que cometió este asesinato, mirar las fotos no será suficiente. Y, a riesgo de sonar arrogante, sabes que soy la mejor investigadora de escenas del crimen”.

Connelly maldijo por lo bajo. Sin decir nada más, se alejó de ella y sacó su teléfono celular. Tecleó el número y logró comunicarse con alguien unos segundos más tarde.

“Es Connelly”, dijo. “Miren. No muevan el cuerpo. Avery Black está en camino”.

CAPÍTULO TRES

Por extraño que parezca, Connelly le encargó a Finley la tarea de dirigirse a la escena del crimen con ella. Finley no habló mucho en el camino, mirando por la ventana pensativamente. Sabía que Finley nunca se había metido en las profundidades de los casos de gran repercusión mediática. Sentía lástima por él si este era su primer caso.

“Creo que se están preparando para lo peor, alguien necesita dar un paso adelante si Ramírez no sobrevive. Finley es tan bueno como cualquiera. Mejor, tal vez”, pensó.

Cuando llegaron a la escena del crimen, era evidente que el equipo de ciencias forenses y los investigadores de la escena del crimen habían terminado sus labores. Estaban pasando el rato, la mayoría de ellos parados cerca de la cinta de la escena del crimen colocada alrededor de la entrada del callejón. Uno de ellos tenía una taza de café en la mano y eso hizo que Avery se diera cuenta de que ya era de día. Miró su reloj y vio que solo eran las 8:45.

“Dios”, pensó. “He perdido toda noción del tiempo en estos días. Llegué a mi apartamento a las nueve anoche”.

Esta idea la hizo sentirse cansada. Pero la echó a un lado mientras ella y Finley se acercaban a los investigadores reunidos. Mostró su placa y Finley asintió a su lado.

“¿Estás segura de que estás lista para esto?”, preguntó Finley.

Se limitó a asentir cuando entraron en el callejón, pasando por debajo de la cinta de la escena del crimen. Caminaron por el callejón y luego giraron a la izquierda en el lugar donde el callejón desembocaba en un área pequeña llena de polvo, suciedad y grafiti. Había unos contenedores de basura de la ciudad en una esquina. No muy lejos de ellos se encontraba la mujer que Avery había visto en las fotos de la escena del crimen. Esas fotos no la habían preparado completamente para verla en la vida real.

La sangre, por su parte, era mucho peor ahora. Sin el acabado brillante de las fotos, se veía mortal. La naturaleza sorprendente del asesinato la devolvió a la realidad, alejando su mente por completo de la habitación de hospital de Ramírez.

Dio un paso adelante con cuidado para no pisar la sangre y dejó que su mente hiciera lo suyo.

“El sostén y las pantis que llevaba no son sensuales o provocativas en absoluto”, pensó. “Esta chica no había salido con intenciones de acostarse con nadie. Es muy probable que su atuendo tampoco es muy revelador”.

Poco a poco le dio la vuelta al cuerpo, su mente analizando cada detalle. Vio la herida punzante donde el clavo había perforado la parte inferior de su mandíbula. Pero también vio otras heridas, todas exactamente iguales, todas infligidas con una pistola de clavos. Una entre sus ojos. Una justo por encima de su oreja izquierda. Una en cada rodilla, una en su pecho, una por la mandíbula y una en la parte posterior de su cabeza. El flujo de la sangre y la descripción breve que Connelly le había dado sugería que había heridas similares en la parte posterior del cuerpo de la chica, que se encontraba presionado contra la pared de ladrillos como una muñeca de trapo.

Toda la escena era brutal, excesiva y violenta.

La guinda del pastel era el hecho de que su mano izquierda estaba ausente. El muñón seguía sangrando, sugiriendo que su mano había sido cortada hace no más de seis horas.

Llamó al puñado de investigadores por encima del hombro. “¿Alguna señal preliminar de violación?”.

“Nada visible”, respondió uno de ellos. “No lo sabremos con certeza hasta que la saquemos de aquí”.

El comentario sonó tajante, pero lo ignoró. Rodeó la mujer poco a poco. Finley la observaba desde una distancia segura, viéndose como si prefiriera estar en cualquier otra parte del mundo. Estudió el cuerpo, la naturaleza del mismo. Esto fue hecho por alguien que necesitaba demostrar algo. Eso era evidente.

“Es por eso que quieren saltar directamente a Howard”, pensó. “Él acaba de escapar, fue encarcelado por sus crímenes y ahora quiere demostrar que sigue siendo peligroso, a sí mismo y a la policía”.

Pero eso no le parecía correcto. Howard estaba demente, pero esto era casi brutal. No era digno de él.

“A Howard no le importa matar, ni tampoco hacerlo de formas que capten la atención de los medios. Después de todo, dispersaba las partes de los cuerpos de sus víctimas por todo Harvard. Pero nada como esto. Esto es obsceno. Los asesinatos de Howard eran violentos, pero la evidencia sugiere que estranguló a sus víctimas antes de cortarlas. Pero los cortes fueron muy precisos”.

Cuando finalmente se apartó de la escena, registrando todo en su cabeza, Finley dio un paso adelante. “¿Qué opinas?”, preguntó.

“Tengo una idea”, dijo. “Pero sé que a Connelly no le gustará”.

“¿Cuál es tu idea?”.

“Howard Randall no tuvo nada que ver con esto”.

“Mierda. ¿Y qué de la mano? ¿Qué nos apostamos a que está escondida en algún lugar en el campus de Harvard?”.

Estaba haciendo una suposición justa, pero todavía no se lo creía.

Empezaron a caminar de regreso al auto pero, antes de que pudieran llegar a la cinta de la escena del crimen, vio a un auto frenar bruscamente en la acera de la calle. No reconoció el auto, pero sí el rostro. Era el alcalde.

“¿Qué está haciendo este cretino aquí?”, se preguntó. “¿Y por qué se ve tan molesto?”.

El hombre se acercó a los investigadores restantes, todos los cuales comenzaron a abrirse paso para dejarlo pasar. Avery pasó por debajo de la cinta de la escena del crimen. Supuso que podría impedirle el paso antes de que metiera la nariz en el caos sangriento detrás de ella.

La cara del alcalde Greenwald estaba roja de la rabia.

“Avery Black, ¿qué demonios estás haciendo aquí?”, espetó.

“Bueno, señor”, dijo ella, no del todo segura de qué respuesta inteligente le daría.

A la final no importó. Otro auto frenó bruscamente a lo largo de la acera, casi chocando con el auto del alcalde. Avery sí reconocía este auto. Connelly salió del asiento del pasajero. O’Malley apagó el motor antes de bajarse, alcanzando a Connelly.

“Alcalde Greenwald”, dijo Connelly. “Esto no es lo que cree”.

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