Jane Austen - Novelas completas

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La autora inglesa
Jane Austen (1775-1817) es una de las voces más reconocidas de la literatura de habla inglesa, y quizás de la literatura universal. Sus obras fueron consideradas adelantadas a su tiempo por la forma de abordar temas como la percepción del rol de la mujer en la Inglaterra de transición entre los siglos XVIII y XIX, el matrimonio como instrumento de control social y el hermetismo y sectarismo de la alta sociedad inglesa.Siempre con una saludable dosis de humor e ironía, Austen escribió sobre temas complejos sin perder nunca de vista el entretenimiento que una historia interesante le podía brindar a sus lectores.Este volumen recoge sus novelas completadas en vida: «Sentido y Sensibilidad» (1811), «Orgullo y Prejuicio» (1813), «Mansfield Park» (1814), «Emma» (1815), «La Abadía de Northanger» (1818), «Persuasión» (1818) y «Lady Susan» (1871), aunque estas tres últimas fueron publicadas de manera póstuma, gracias a la creciente fama de la autora después de su temprana muerte.

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Se lo agradeció de todo corazón, elogió ante él los principios y disposición de Edward de la manera en que creía se lo merecían, y prometió llevar a cabo el encargo con gran placer, si en verdad era su deseo dar a otra persona una tarea tan agradable. Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar pensar que nadie la cumpliría mejor que él. Era, en pocas palabras, una misión de la cual le habría gustado verse libre, por no infligir a Edward el dolor de recibir un favor de ella; pero el coronel Brandon, a quien guiaba idéntica delicadeza para preferir no hacerlo él mismo, parecía tan empeñado en que ella se hiciera cargo, que de ninguna manera pudo Elinor negarse. Pensaba que Edward aún se encontraba en la ciudad, y por fortuna le había escuchado su dirección a la señorita Steele. Podía, entonces, cumplir con dárselo a conocer ese mismo día. Tras haberse acordado esto, el coronel Brandon comenzó a hablar de las ventajas que para él representaba haber conseguido un vecino tan respetable y agradable; y fue entonces que lamentó que la casa fuera pequeña y de regular calidad, un problema al cual Elinor, tal como la señora Jennings supuso que había hecho, no dio mayor importancia, al menos en lo concerniente al tamaño de la vivienda. —A mi ver —le dijo—, no significará ninguna traba para ellos el que la casa sea pequeña, porque será proporcional a su familia y a sus ingresos. El coronel se sorprendió al descubrir que ella pensaba en el matrimonio de Edward como la consecuencia directa de la propuesta, pues no imaginaba posible que el beneficio de Delaford pudiera aportar el tipo de ingreso con el que alguien acostumbrado al estilo de vida del joven se atrevería a establecerse, y así lo manifestó. —Esta pequeña rectoría no da más que para mantener al señor Ferrars como soltero; no le permite casarse. Lamento decir que mi ayuda termina aquí, y tampoco mi participación va más lejos. Sin embargo, si por alguna imprevista casualidad estuviera en mi poder prestarle una nueva ayuda, tendría que haber cambiado mucho mi opinión sobre él si en ese instante no estuviera tan dispuesto a serle útil como sinceramente quisiera poder serlo ahora. Lo que hoy hago parece poco, dado que le permite avanzar tan escasamente hacia el que debe ser su principal, su único motivo de felicidad. Su matrimonio todavía debe seguir siendo un bien lejano; al menos, creo que no pueda realizarse muy pronto. Tal fue la frase que, al equivocar su sentido, ofendió de manera tan justa los delicados sentimientos de la señora Jennings; pero tras este relato de lo que en verdad ocurrió entre el coronel Brandon y Elinor mientras estaban junto a la ventana, la gratitud expresada por esta al separarse quizás aparezca, en general, no menos razonablemente encendida ni menos adecuadamente enunciada que si su causa hubiera sido una oferta de matrimonio. Capítulo XL —Bien, señorita Dashwood —dijo la señora Jennings con una sonrisa perspicaz apenas se hubo ido el caballero—, no le preguntaré lo que le ha estado diciendo el coronel, pues aunque, por mi honor, intenté no escuchar, no pude evitar oír bastante para entender lo que él pretendía. Le aseguro que nunca en mi vida he estado más feliz, y le deseo de todo corazón que ello la llene de júbilo. —Gracias, señora —dijo Elinor—. Es motivo de gran alegría para mí, y siento que hay una gran sensibilidad en la generosidad del coronel Brandon. No muchos hombres actuarían como él lo ha hecho. ¡Pocos tienen un corazón tan dadivoso! En toda mi vida había estado tan asombrada. —¡Buen Dios, querida, qué modesta es usted! A mí no me extraña nada, porque en los últimos días he pensado muchas veces que era muy probable que ocurriera. —Usted juzgaba a partir de la benevolencia general del coronel; pero al menos no podía prever que la oportunidad se presentaría tan pronto. —¡La oportunidad! —repitió la señora Jennings—. ¡Ah! En cuanto a eso, una vez que un hombre se ha decidido en estas cosas, se las arreglará de una u otra forma para encontrar una oportunidad. Bien, querida, la felicito de nuevo; y si alguna vez ha habido una pareja feliz en el mundo, creo que pronto sabré dónde buscarla. —Piensa ir a Delaford tras ellos, supongo —dijo Elinor con una débil sonrisa. —Claro, querida, por supuesto que lo haré. Y en cuanto a que la casa no sea buena, no sé a qué se referiría el coronel, porque es de las mejores que he visto. —Decía que necesitaba algunos arreglos. —Bien, ¿y de quién es la culpa? ¿Por qué no la arregla? ¿Quién sino él tendría que hacerlo? Las interrumpió la entrada del criado, con el anuncio de que el carruaje ya estaba en la puerta; y la señora Jennings, preparándose de inmediato para salir, manifestó: —Bien, querida, tengo que irme antes de haber dicho ni la mitad de lo que quería. Pero podremos conversarlo minuciosamente a la noche, porque estaremos solas. No le pido que venga conmigo, porque me imagino que tiene la mente demasiado llena para querer compañía; y, además, debe estar ansiosa de ir a contarle todo a su hermana. Marianne había abandonado la habitación antes de que empezaran a conversar. —Desde luego, señora, se lo contaré a Marianne; pero por el momento no se lo mencionaré a nadie más. —¡Ah, está bien! —dijo la señora Jennings algo desencantada—. Entonces no querrá que se lo cuente a Lucy, porque pienso llegar hasta Holborn hoy. —No, señora, ni siquiera a Lucy, si me hace el favor. Una tardanza de un día no significará mucho; y hasta que no le escriba al señor Ferrars, pienso que no hay que contarlo a nadie más. Lo haré pronto. Es importante no perder tiempo en lo que a él concierne, porque, por supuesto, tendrá mucho que hacer con su ordenación. Este discurso al comienzo dejó totalmente perpleja a la señora Jennings. Al principio no entendió por qué había que escribirle a Edward sobre el asunto con tanto apuro. Unos momentos de reflexión, sin embargo, tuvieron como resultado una muy feliz idea, que le hizo exclamar: —¡Ahá! Ya la entiendo. El señor Ferrars va a ser el hombre. Bien, mejor para él. Claro, por supuesto que tiene que darse prisa en tomar las órdenes; y me alegra mucho que las cosas estén tan adelantadas entre ustedes. Pero, querida, ¿no es algo inusitado? ¿No debiera ser el coronel quien le escriba? Seguro que él es la persona adecuada. Elinor no entendió el significado de las primeras palabras de la señora Jennings, y tampoco le pareció que valía la pena aclararlo; y así, contestó solo a la parte final. —El coronel Brandon es un hombre tan cortés, que preferiría que fuera cualquier otra persona la que le comunique sus intenciones al señor Ferrars. —Y entonces usted tiene que hacerlo. Bueno, ¡esa sí que es una curiosa amabilidad! Pero —añadió al ver que se preparaba a escribir— no la molestaré más. Usted conoce mejor sus propios asuntos. Así que adiós, querida. Es la mejor noticia que he tenido desde que Charlotte dio a luz. Y marchó, solo para volver de nuevo rápidamente. —Acabo de acordarme de la hermana de Betty, querida. Estaría feliz de conseguirle un ama tan buena. Pero en verdad no sé si servirá para doncella de una dama. Es una excelente sirvienta, y maneja muy bien la aguja. Pero usted decidirá todo eso cuando lo necesite. —Por supuesto, señora —replicó Elinor, sin escuchar mucho lo que le decían, y más deseosa de estar sola que de su cháchara. Cómo comenzar, cómo explicarse en su nota a Edward, era todo lo que le preocupaba ahora. Las singulares circunstancias existentes entre ellos hacían difícil eso que a cualquier otra persona le habría resultado lo más fácil del mundo; pero ella temía por igual decir demasiado o demasiado poco, y se quedó pensando frente al papel, con la pluma en la mano, hasta que la interrumpió la entrada del propio Edward. Había ido a dejar su tarjeta de despedida y se había encontrado en la puerta con la señora Jennings, cuando esta se dirigía al carruaje; y ella, tras excusarse por no regresar con él, lo había obligado a entrar diciéndole que la señorita Dashwood estaba arriba y quería hablar con él sobre un asunto muy especial. Hacía poco Elinor había estado felicitándose en medio de sus vacilaciones, pensando que por difícil que pudiera ser expresarse adecuadamente por escrito, al menos era preferible dar información de palabra, cuando la repentina entrada de su visitante la sorprendió y turbó extraordinariamente, obligándola a un nuevo esfuerzo, quizás el mayor de todos. No lo había visto desde que se había hecho público su compromiso y, por tanto, desde que él se había enterado de que ella ya lo sabía; y esto, sumado a su conciencia de lo que había estado pensando, y a lo que tenía que decirle, la hizo sentirse especialmente incómoda durante algunos minutos. También Edward estaba confuso, y se sentaron uno frente al otro en una situación que prometía ser incómoda. Él no podía recordar si se había excusado por su entrada sin avisar en la habitación; pero, para mayor seguridad, lo hizo formalmente tan pronto pudo decir palabra, tras tomar asiento. —La señora Jennings me informó —dijo— que usted deseaba hablarme; al menos, eso fue lo que entendí... o de ninguna manera le habría impuesto mi presencia en esta forma; aunque, al mismo tiempo, habría lamentado mucho abandonar Londres sin haberla visto a usted y a su hermana; en especial considerando que con toda seguridad transcurrirá un buen tiempo... no es probable que tenga luego el placer de verlas otra vez. Marcho a Oxford mañana. —No se habría ido, sin embargo —dijo Elinor, recuperándose y decidida a terminar lo antes posible con aquello que tanto temía—, sin haber recibido nuestras mejores felicitaciones, aunque no hubiéramos podido ofrecérselas personalmente. La señora Jennings estaba muy en lo cierto en lo que dijo. Tengo algo importante que decirle, que estaba a punto de informarle por escrito. Me han encomendado la más grata tarea —se ahoga en la respiración—. El coronel Brandon, que estuvo aquí hace tan solo diez minutos, me ha encargado decirle que, sabiendo que usted piensa ordenarse, tiene el enorme placer de ofrecerle el beneficio de Delaford, que acaba de quedar vacante, y que tan solo desearía que fuera de mayor valor. Permítame mis parabienes por tener un amigo tan honorable y prudente, y unirme a su deseo de que el beneficio, que alcanza alrededor de doscientas libras al año, representara una suma más sustanciosa, una que le permitiera... dado que puede ser algo más que una plaza temporal para usted... en pocas palabras, una que le permitiera cumplir todos sus deseos de felicidad. Como Edward no fue capaz de decir por sí mismo lo que sintió, difícilmente puede esperarse que otro lo diga por él. En apariencia, mostraba todo el asombro que una información tan inesperada, tan insospechada no podía dejar de producir; pero tan solo dijo estas tres palabras: —¡El coronel Brandon! —Sí —continuó Elinor, sintiéndose más decidida ahora que, al menos en parte, ya había pasado lo peor—; el coronel Brandon desea testimoniarle así su preocupación por los últimos sucesos, por la cruel situación en que lo ha puesto la injustificable conducta de su familia... una preocupación que le aseguro compartimos Marianne, yo y todos sus amigos; y también lo ofrece como prueba de la alta estima en que lo tiene a usted, y en especial como signo de su aprobación por la conducta que usted ha tenido en esta ocasión. —¡El coronel Brandon me ofrece a mí un beneficio! ¿Puede ser verdad? —La falta de generosidad de sus parientes lo lleva a pasmarse de encontrar amistad en otras partes. —No —replicó él, formándose una repentina idea sobre lo que debía haber sucedido—, no de encontrarla en usted, porque no puedo ignorar que a usted, a su bondad, debo todo esto. Lo que siento... si pudiera, lo expresaría; pero, como usted bien sabe, no soy orador. —Está muy equivocado. Le aseguro que lo debe por completo, o casi por completo, a su propio mérito, y a la percepción que de él tiene el coronel Brandon. No he tenido participación alguna en esto. Ni siquiera sabía, hasta que me comunicó sus planes, que el beneficio estaba vacante; y tampoco se me había ocurrido que él pudiera otorgar tal beneficio. En tanto amigo mío y de mi familia, puede que quizá... de hecho estoy segura de que su placer en otorgarlo es más grande; pero, le doy mi palabra, usted no debe nada a ninguna intervención mía. En honor a la verdad, debía reconocer una participación, aunque fuera pequeña, en la acción; pero al mismo tiempo era tan poco lo que deseaba aparecer como la benefactora de Edward, que lo admitió con reservas, lo que probablemente contribuyó a que en la mente de él se fijara esa idea que hacía poco le había aparecido como sospecha. Durante algunos momentos después de que Elinor terminó de hablar, se mantuvo sumido en sus pensamientos; finalmente, como haciendo un esfuerzo, dijo: —El coronel Brandon parece un hombre de gran valer y respetabilidad. Siempre he escuchado hablar de él en esos términos, y sé que el señor Dashwood, su hermano, lo estima mucho. Sin duda es un hombre de gran sensatez y un perfecto caballero en sus modales. —Es cierto —replicó Elinor—, y estoy segura de que, al conocerlo mejor, descubrirá que es todo eso que usted ha escuchado sobre él; y como serán vecinos tan cercanos (porque entiendo que la rectoría es casi colindante con la casa principal), es especialmente importante que sí lo sea. Edward no contestó; pero cuando ella volvió la cabeza hacia otro lado, la miró de manera tan seria, tan intensa, tan poco alegre, que con sus ojos parecía decir que, a partir de ese instante, él habría deseado que la distancia entre la rectoría y la mansión fuera mucho mayor. —¿El coronel Brandon, según pienso, se aloja en St. James Street? —le dijo a continuación, levantándose de su asiento. Elinor le dio el número de la casa. —Debo darme prisa, entonces, para manifestarle la gratitud que a usted no he podido ofrecer; para asegurarle que me ha hecho muy... muy feliz. Elinor no procuró retenerlo; y se separaron después de que ella le hubo asegurado muy formalmente sus más firmes deseos de felicidad en todos los cambios de circunstancias que debiera vivir; y que él hizo algunos esfuerzos por corresponder los mismos buenos deseos, aunque sin saber bien cómo expresarlos. “Cuando lo vuelva a ver”, se dijo Elinor mientras la puerta se cerraba tras él, “lo que veré será el marido de Lucy”. Y con esta agradable premonición se sentó a meditar sobre el pasado, recordar las palabras e intentar comprender los sentimientos de Edward; y, por supuesto, a reflexionar sobre su propio disgusto. Cuando la señora Jennings volvió a casa, aunque venía de ver a gente que nunca había visto antes y sobre la que, por tanto, debía tener mucho que decir, tenía la mente tanto más llena del importante secreto en su poder que de cualquier otra cosa, que retomó el tema apenas apareció Elinor. —Bien, querida —exclamó—, le envié al joven. Estuvo bien, ¿verdad? Y supongo que no se topó con mayores obstáculos. ¿No lo encontró demasiado reacio a aceptar su propuesta? —No, señora; no era de esperar tal cosa. —Bien, ¿y cuándo estará preparado? Pues parece que todo depende de eso. —En realidad —dijo Elinor—, sé tan poco de esta clase de formalidades, que difícilmente puedo hacer conjeturas sobre el tiempo o la preparación que se requiera; pero supongo que en dos o tres meses podrá completar su ordenación. —¿Dos o tres meses? —exclamó la señora Jennings—. ¡Dios mío, querida! ¡Y lo dice con tanto sosiego! ¡Y el coronel debiendo esperar dos o tres meses! ¡Que Dios me libre! Creo que yo no tendría aguante. Y aunque cualquiera estaría muy contento de hacerle un servicio al pobre señor Ferrars, ciertamente pienso que no vale la pena esperarlo dos o tres meses. Seguro que se podrá encontrar a alguien más que sirva igual... alguien que ya haya recibido las órdenes. —Mi querida señora —dijo Elinor—, ¿de qué está hablando? Pero, si el único objetivo del coronel Brandon es prestarle un servicio al señor Ferrars. —¡Que Dios la bendiga, querida mía! ¡No creo que esté intentando convencerme de que el coronel se casa con usted para darle diez guineas al señor Ferrars! Tras esto el engaño no pudo continuar, y de inmediato dio paso a una explicación que en el momento divirtió enormemente a ambas, sin pérdida importante de felicidad para ninguna de las dos, porque la señora Jennings se limitó a cambiar una alegría por otra, y todavía sin abandonar sus expectativas respecto de la primera. —Sí, sí, la rectoría no deja de ser pequeña —dijo, tras la primera fiebre de su sorpresa y satisfacción—, y probablemente necesite arreglos; ¡pero escuchar a un hombre disculpándose, tal como lo pensé, por una casa que, por lo que sé, tiene cinco salas de estar en el primer piso y, según creo haberle escuchado al ama de llaves, tiene cabida para quince camas...! ¡Y para usted también, acostumbrada a vivir en la casita de Barton! Parecía tan ridículo. Pero, querida, debemos sugerirle al coronel que modernice algo la rectoría, que la acomode para ellos antes de que llegue Lucy. —Pero el coronel Brandon no parece creer que el beneficio sea bastante para permitirles casarse. —El coronel es un papanatas, querida; como él tiene dos mil libras al año para vivir, cree que nadie puede casarse con menos. Le doy mi palabra de que, si estoy viva, haré una visita a la rectoría de Delaford antes de la fiesta de san Miguel; y créame que no pienso ir si Lucy no está allí. Elinor era de la misma opinión en cuanto a que probablemente no iban a aguardar más. Capítulo XLI Tras haber ido a agradecer al coronel Brandon, Edward se dirigió a casa de Lucy con su felicidad a cuestas; y esta era tan grande cuando llegó a Bartlett’s Buildings, que al día siguiente la joven pudo asegurarle a la señora Jennings, que la había ido a visitar para felicitarla, que nunca antes en toda su vida lo había visto tan alegre. Por lo menos la felicidad de Lucy y su estado de ánimo no dejaban lugar a dudas, y con gran entusiasmo se unió a la señora Jennings en sus expectativas de un grato encuentro en la rectoría de Delaford antes del día de san Miguel. Al mismo tiempo, estaba tan lejos de negar a Elinor el crédito que Edward le daría, que se refirió a su amistad por ambos con la más entusiasta gratitud, estaba pronta a reconocer cuánto le debían, y declaró abiertamente que ningún esfuerzo, presente o futuro, que realizara la señorita Dashwood en bien de ellos la sorprendería, puesto que la creía capaz de cualquier cosa por aquellos a quienes realmente apreciaba. En cuanto al coronel Brandon, no solo estaba dispuesta a adorarlo como a un santo, sino que, más aún, verdaderamente deseaba que en todas las cosas terrenales se lo tratara como tal; deseaba que las contribuciones que recibía aumentaran al máximo; y secretamente decidió que, una vez en Delaford, se valdría lo más posible de sus criados, su carruaje, sus vacas y sus gallinas. Había pasado ya una semana desde la visita de John Dashwood a Berkeley Street, y como desde entonces no habían tenido ninguna noticia sobre la indisposición de su esposa más allá de una averiguación verbal, Elinor comenzó a pensar que era necesario hacerle una visita. Sin embargo, tal obligación no solo iba en contra de sus propios principios, sino que, además, no encontraba ningún ánimo en sus compañeras. Marianne, no satisfecha con negarse absolutamente a ir, intentó con todas sus fuerzas impedir que fuera su hermana; y en cuanto a la señora Jennings, aunque su carruaje estaba siempre al servicio de Elinor, era tanto lo que le disgustaba la señora de John Dashwood, que ni el cotilleo de averiguar cómo estaba tras el tardío descubrimiento, ni su intenso deseo de agraviarla tomando partido por Edward, pudieron vencer su inclinación a estar de nuevo en su compañía. Como resultado, Elinor partió sola a una visita que nadie podía tener menos deseos de hacer, y a correr el riesgo de un tête-à-tête con una mujer que a nadie podía repugnarle con más motivos que a ella. Le dijeron que la señora Dashwood no estaba; pero antes de que el carruaje pudiera regresar, por casualidad salió su esposo. Manifestó gran placer en encontrarse con Elinor, le dijo que en ese momento iba a visitarlas a Berkeley Street, y asegurándole que Fanny estaría feliz de verla, la invitó a entrar. Subieron hasta la sala. Estaba vacía. —Supongo que Fanny está en su habitación —le dijo—; iré a buscarla de inmediato, porque estoy seguro de que no tendrá ningún inconveniente en verte a ti... lejos de ello, en realidad. Especialmente ahora... pero, de todos modos, tú y Marianne siempre fueron sus favoritas. ¿Por qué no vino Marianne? Elinor la disculpó lo mejor que supo. —No lamento verte a ti sola —replicó él—, porque tengo mucho que hablar contigo. Este beneficio del coronel Brandon, ¿es verdad? ¿Realmente se lo ha ofrecido a Edward? Lo escuché ayer por casualidad, e iba a verte con el propósito de averiguar más sobre ello. —Es completamente cierto. El coronel Brandon le ha conferido el beneficio de Delaford a Edward. —¿Es posible? ¡Qué inaudito! ¡No hay ninguna relación, ningún parentesco entre ellos! ¡Y ahora que los beneficios se negocian a un precio tan alto! ¿Cuánto da este? —Cerca de doscientas libras al año. —Muy bien, y para la siguiente postulación a un beneficio de ese valor, suponiendo que el último titular haya sido viejo y de mala salud, y lo fuera a dejar vacante luego, podría haber conseguido, digamos, mil cuatrocientas libras. ¿Y cómo es posible que no dejara listo ese asunto antes de que muriera esta persona? Por supuesto, ahora es muy tarde para venderlo, ¡pero alguien con la sensatez del coronel Brandon! ¡Me extraña que haya sido tan poco previsor en algo por lo que es tan usual, tan natural preocuparse! Bien, estoy convencido de que casi todos los seres humanos tienen enormes fallos. Pensando en ello, sin embargo, creo que esto puede ser lo que ha ocurrido: Edward mantendrá el beneficio hasta que la persona a quien el coronel realmente ha vendido la postulación tenga la edad suficiente para hacerse cargo de él. Sí, sí, es lo que ha sucedido, puedes estar segura. Elinor lo contradijo, sin embargo, por completo; y lo obligó a aceptar su autoridad en la materia contándole que el coronel Brandon le había encomendado a ella transmitir su ofrecimiento a Edward y, por tanto, tenía que entender bien los términos en que había sido realizado. —¡Es en verdad impensable! —exclamó él, después de escuchar sus palabras—. ¿Y qué motivo habrá tenido el coronel para hacerlo? —Uno muy sencillo: ayudar al señor Ferrars. —Bien, bien; sea lo que fuere el coronel Brandon, ¡Edward Ferrars es un hombre con suerte! Sin embargo, no le menciones a Fanny este asunto; porque aunque lo ha sabido por mí y lo ha tomado bastante bien, no querrá oír referirse mucho a ello. En este punto le costó algo a Elinor refrenarse de observar que, a su parecer, Fanny bien podría haber sobrellevado con sano equilibrio la adquisición de un capital por parte de su hermano a través de medios que no significaban un empobrecimiento ni para ella ni para su hijo. —La señora Ferrars —añadió él, bajando la voz a un tono acorde con la importancia del tema— hasta ahora no sabe nada de esto, y creo que será mejor ocultárselo mientras podamos. Cuando se realice la boda, temo que deberá enterarse de todo. —Pero, ¿por qué habría de tomarse tales precauciones? Aunque no se debiera suponer que la señora Ferrars pueda tener la menor satisfacción al saber que su hijo tiene el dinero suficiente para vivir... tal cosa sería impensable; pero, ¿por qué, después de lo que hizo, debe suponerse que a ella le importe algo? Ha terminado con su hijo, lo ha expulsado de su lado para siempre y ha hecho que todos aquellos sobre quienes tiene influencia se comporten igual. Con toda seguridad, después de haber hecho esto no es posible imaginarla capaz de sentir alguna pena o alegría relacionada con él..., no puede interesarle nada que le suceda. ¡No será tan inconsistente como para despreocuparse del bienestar de un hijo, y luego seguir preocupándose por él como lo haría una madre! —¡Ay, Elinor! —dijo John—. Tu razonamiento es consistente, pero en su base hay ignorancia de lo que es la naturaleza humana. Cuando se lleve a cabo la infortunada unión de Edward, no te quepa duda de que su madre sufrirá tanto como si jamás lo hubiera arrojado de su lado; por ello, mientras sea posible, es necesario ocultarle todas las circunstancias que puedan adelantar ese espantoso momento. La señora Ferrars jamás podrá olvidar que Edward es su hijo. —Me sorprendes; habría creído que a estas alturas ya casi se le había borrado de la memoria. —Estás completamente equivocada. La señora Ferrars es una de las madres más afectuosas que existen. Elinor guardó silencio. —Ahora —dijo el señor Dashwood tras una breve pausa—, estamos pensando que Robert contraiga matrimonio con la señorita Morton. Elinor, sonriendo ante el tono grave e importantísimo de la voz de su hermano, le contestó muy tranquila: —La dama, me imagino, no tiene libertad en esto. —¡Libertad! ¿Qué quieres decir? —Todo lo que quiero decir es que supongo, por tu forma de hablar, que a la señorita Morton le debe dar lo mismo casarse con Edward o con Robert. —Por supuesto que no hay diferencia alguna; porque ahora Robert, para todos los efectos y propósitos, será considerado el hijo mayor; y en lo demás, ambos son jóvenes muy agradables... no he sabido que uno sea superior al otro. Elinor volvió a callar, y John también guardó silencio durante algunos instantes. Puso fin a sus reflexiones de la siguiente manera: —De una cosa, mi querida hermana —le dijo cogiéndole una mano tiernamente y hablándole en un impresionante susurro—, puedes estar segura: y te la haré saber, porque sé que te gustará. Tengo buenas razones para creer... en verdad, lo sé de la mejor fuente o no lo repetiría, porque en caso contrario sería muy incorrecto contarlo... pero lo sé de la mejor fuente... no que se lo haya escuchado decir exactamente a la misma señora Ferrars, pero su hija sí lo hizo, y ella me lo mencionó a mí... que, en resumen, más allá de las objeciones que pudo haber contra cierta... cierta unión... ya me comprendes... la señora Ferrars la habría preferido mil veces, no la habría molestado ni la mitad que esta. Me sentí muy contento de saber que lo veía desde ese punto de vista... una circunstancia muy gratificante, te imaginarás, para todos nosotros. “No habría tenido punto de comparación”, dijo, “de dos males, el menor; y ahora estaría dispuesta a transigir para que no ocurriese nada peor”. Pero todo eso está fuera de debate: no hay que pensar en ello, ni mencionarlo; en lo referente a cualquier unión, ya lo sabes... no hay posibilidad alguna... todo eso ha concluido. Pero pensé contarte esto, porque sabía cuánto te complacería. No que tengas nada que lamentar, mi querida Elinor. No cabe duda de que lo estás haciendo muy bien... igual de bien o, si se toma en cuenta todo, quizá mejor... ¿Has estado con el coronel Brandon hace poco? Elinor había escuchado bastante si no para gratificar su vanidad y elevar su autoestima, para agitar sus nervios y hacerla pensar; y le alegró, por tanto, que la entrada del señor Ferrars la salvara de tener que responder a tanta cosa y del peligro de escuchar más a su hermano. Tras charlar durante algunos momentos, John Dashwood, recordando que aún no había informado a Fanny sobre la presencia de su hermana, abandonó la habitación en su búsqueda. Y Elinor quedó allí con la tarea de mejorar su relación con Robert, el cual, con su alegre despreocupación, con la satisfecha autocomplacencia que le permitía disfrutar de un tan injusto reparto del amor y de la generosidad de su madre en perjuicio de su hermano excluido... amor y generosidad de los que se había hecho merecedor tan solo por su propia vida disipada y la integridad de ese hermano, confirmaba a Elinor en su más negativa opinión sobre su inteligencia y sentimientos. Casi no habían estado dos minutos a solas cuando él empezó a hablar de Edward, pues también había sabido del beneficio e hizo muchas preguntas sobre ello. Elinor repitió los detalles que ya le había comunicado a John, y el efecto que tuvieron en Robert, aunque muy diferente, no fue menos fuerte. Se rio sin ninguna medida. La idea de Edward transformado en clérigo y viviendo en una pequeña casa parroquial lo divertía extraordinariamente; y cuando a ello agregó la fantástica visión de Edward leyendo plegarias vestido con una sobrepelliz blanca y haciendo las amonestaciones públicas del matrimonio de John Smith y Mary Brown, no pudo imaginarse nada más cómico. Elinor, en tanto, aguardaba en silencio y con imperturbable gravedad, el fin de tales necedades, sin poder evitar que sus ojos se clavaran en él con una mirada que mostraba todo el desprecio que le infundía. Era una mirada, sin embargo, muy bien dirigida, porque alivió sus sentimientos sin darle a entender nada a él. Cuando él dejó de lado sus comentarios ingeniosos, no lo hizo llevado por ningún reproche de ella, sino por su propia sensibilidad. —Podemos bromear al respecto —dijo por último, recuperándose de las risas afectadas que habían alargado demasiado la genuina alegría del instante—, pero, a fe mía, es algo muy serio. ¡Pobre Edward! Está arruinado para siempre. Lo lamento enormemente, porque sé que es una criatura de muy buen corazón, tan bien intencionado como el que más. No debe juzgarlo, señorita Dashwood, basándose en lo poco que lo conoce. ¡Pobre Edward! Es cierto que su conducta no es la más adecuada. Pero ya se sabe que no todos nacemos con las mismas capacidades, con el mismo empaque. ¡Pobre muchacho! ¡Imaginarlo entre extraños! ¡Qué cosa tan penosa! Pero a fe mía que es de tan gran corazón como el mejor del reino; y le digo y le aseguro que nada me ha sacudido nunca tanto como esto que ha ocurrido. No podía imaginarlo. Mi madre fue la primera en decírmelo, y yo, sintiendo que debía actuar con firmeza, de inmediato le dije: “Mi querida señora, no sé qué se propone hacer en estas circunstancias, pero en cuanto a mí, debo decirle que si Edward se casa con esta joven, yo no lo volveré a mirar nunca más”. Eso fue lo que le dije de inmediato... ¡me sentía escandalizado más allá de todo lo imaginable! ¡Pobre Edward! ¡Se ha hundido por completo! ¡Se ha marginado para siempre de toda sociedad decente! Pero mientras se lo decía directamente a mi madre, no me extrañaba en absoluto; es lo que se podía esperar de la educación que recibió. Mi pobre madre casi se volvió loca. —¿Ha visto alguna vez a la joven? —Sí, una vez, cuando estaba alojada en esta casa. Me había dejado caer por unos diez minutos, y me bastó con lo que vi de ella. Una simple muchacha pueblerina, zafia, sin estilo ni elegancia, y casi sin ningún atractivo. La recuerdo a la perfección. Justo el tipo de muchacha que habría creído capaz de cautivar al pobre Edward. Apenas mi madre me contó todo el asunto, enseguida me ofrecí a hablarle, a disuadirlo del enlace; pero, según pude constatar, ya era demasiado tarde para hacer algo, pues por desgracia no estuve ahí en los primeros instantes y no supe nada de lo sucedido hasta después de la ruptura, cuando, ya sabe usted, no me correspondía interferir. Pero si se me hubiera informado unas pocas horas antes, quizás habría podido hacer algo. De todas maneras le habría hecho ver las cosas a Edward con toda claridad. “Mi querido amigo”, le habría dicho, “piensa en lo que haces. Estás comprometiéndote en la más desafortunada unión, que toda tu familia desaprueba de forma unánime”. En fin, no puedo evitar pensar que habría encontrado alguna manera de conseguirlo. Pero ahora es demasiado tarde. Debe estar muerto de hambre, sabe usted; con toda seguridad, totalmente muerto de hambre. Acababa de plantear este punto con gran seriedad cuando la llegada de la señora de John Dashwood puso fin al tema. Pero aunque esta nunca lo mencionaba fuera de su propia familia, Elinor pudo ver cómo influía en su mente, visible en ese algo como expresión confundida que tenía al entrar y en un intento de cordialidad en su trato hacia ella. Incluso llegó tan lejos como mostrarse afectada por el hecho de que Elinor y su hermana dejarían tan pronto la ciudad, y había confiado en verlas más; un esfuerzo en el cual su marido, que la había acompañado a la habitación y seguía cada una de sus palabras con aire enamorado, parecía encontrar todo lo que hay de más tierno y agraciado. Capítulo XLII Otra breve visita a Harley Street, en la cual Elinor recibió las felicitaciones de su hermano por viajar hasta Barton sin incurrir en ningún gasto y por el hecho de que el coronel Brandon podría seguirlas a Cleveland en uno o dos días, completó el contacto de hermano y hermanas en la ciudad; y una débil invitación de Fanny a que fueran a Norland siempre que llegaran a pasar por ahí, que de todas las cosas posibles era la menos estimable, junto a una promesa más cálida, aunque menos pública, de John a Elinor respecto de una pronta visita a Delaford, fue todo lo que se dijo respecto de un futuro encuentro en el campo. Divertía a Elinor darse cuenta que todos sus amigos parecían decididos a enviarla a Delaford, de todos los lugares, precisamente el que ahora menos querría visitar o el último en que desearía vivir; pues no solo su hermano y la señora Jennings lo consideraban su futuro hogar, sino que incluso Lucy, al despedirse, la invitó una y otra vez a que la visitara allí. En los primeros días de abril, y en las primeras horas de la mañana, aunque relativamente temprano, los dos grupos, provenientes de Hanover Square y de Berkeley Street, salieron desde sus respectivos hogares para encontrarse en el camino, según lo habían acordado. Para comodidad de Charlotte y de su hijo gastarían más de dos días en el viaje, y el señor Palmer, moviéndose de manera más libre con el coronel Brandon, se les uniría en Cleveland más tarde. Marianne, aunque pocas habían sido las horas gratas pasadas en Londres y ansiosa como estaba desde hacía tanto por alejarse de allí, llegado el momento no pudo evitar una gran pena al decir adiós a la casa donde por última vez había disfrutado de aquellas esperanzas y aquella confianza en Willoughby que ahora se habían apagado para siempre. Tampoco pudo abandonar el lugar en que Willoughby se entregaba a nuevos compromisos y a nuevos planes en los que ella no tendría parte alguna, sin derramar lágrimas amargas. La satisfacción de Elinor en el momento de la partida fue más positiva. Nada había en Londres que entretuviera sus pensamientos y permaneciera en sus recuerdos; a nadie dejaba atrás de quien separarse para siempre le significara ni un instante de pena; le alegraba liberarse de la persecución de la amistad de Lucy; estaba agradecida por alejar de allí a su hermana sin que se hubiese encontrado con Willoughby desde su matrimonio, y tenía puestas sus esperanzas en lo que unos pocos meses de sosiego en Barton podrían hacer para devolver la paz de espíritu a Marianne, y fortalecer la suya propia. El viaje transcurrió sin novedad. El segundo día los llevó al querido, o repudiado, condado de Somerset, que así aparecía por turnos en la imaginación de Marianne; y en la mañana del tercer día llegaron a Cleveland. Cleveland era una casa amplia, de moderna construcción, ubicada en la pendiente de una loma cubierta de pastizales. No tenía parque, pero los jardines eran de buen tamaño; y como cualquier otro lugar de la misma importancia, tenía su monte bajo y su alameda; por un camino de grava lisa que circundaba una plantación se llegaba a la fachada principal de la casa; el césped estaba salpicado de árboles; la casa misma se erguía al resguardo de abetos, serbales y acacias, y todos juntos, mezclados con altos chopos lombardos, constituían una espesa barrera que ocultaba la vista de las habitaciones. Marianne entró en la casa con el corazón lleno de emoción por saberse a solo ochenta millas de Barton y a no más de treinta de Combe Magna; y antes de haber estado quince minutos entre sus muros, mientras los demás ayudaban a Charlotte, que deseaba mostrarle el niño al ama de llaves, salió de nuevo, escabulléndose por los sinuosos senderos entre los arbustos que acababan de empezar a reverdecer, para alcanzar un montículo distante; y allí, desde un templete griego, su mirada, recorriendo una amplia zona de campiñas hacia el sudeste, pudo posarse tiernamente en las lejanas colinas recortadas contra el horizonte e imaginar que desde sus cumbres se llegaría a divisar Combe Magna. En tales instantes de preciosa, incomparable angustia, se embriagó en lágrimas de agonía por estar en Cleveland; y al volver por caminos diferentes a la casa, sintiendo el feliz privilegio de gozar de la libertad del campo, de vagar de un lugar a otro en una soberana y lujosa soledad, resolvió entregarse la mayor parte de las horas de todos los días que permanecería con los Palmer al placer de estos vagabundeos solitarios. Volvió justo a tiempo para unirse a los demás en el instante en que salían de la casa en una excursión por las inmediaciones; y el resto de la mañana pasó rápidamente mientras paseaban con toda calma por el huerto, examinando las enredaderas en flor sobre los muros y escuchando al jardinero lamentarse por las plagas; recorrieron sin apuro el invernadero, donde la pérdida de sus plantas favoritas, incautamente expuestas y quemadas por las heladas, hicieron reír a Charlotte; y visitaron el corral de aves, donde encontró nuevos motivos de regocijo en las rotas esperanzas de la moza: gallinas que abandonaban sus nidos, o se las robaba un zorro, o nidadas de prometedores polluelos que morían antes de su desarrollo. Como la mañana había estado radiante y sin humedad en el aire, Marianne, con sus proyectos de pasar la mayor parte del tiempo afuera, no pensó que el clima podría cambiar durante su permanencia en Cleveland. Fue una gran decepción, entonces, encontrar que una tenaz lluvia le impedía salir después de la cena. Había confiado en un paseo vespertino al templete griego, y quizá deambular por todo el lugar, y un anochecer nada más que frío o húmedo no la habría acobardado; pero una lluvia densa y persistente ni siquiera a ella podía parecerle un clima seco y agradable para una caminata. Los de la casa constituían un grupo pequeño, y las horas fueron pasando tranquilamente. La señora Palmer tenía a su hijo y la señora Jennings sus bordados; hablaron de los amigos que habían dejado atrás, organizaron los compromisos de lady Middleton y varias veces se preguntaron si el señor Palmer y el coronel Brandon llegarían más allá de Reading esa noche. Elinor, aunque con escaso interés en la conversación, participaba en ella; y Marianne, que tenía el don de arreglárselas en cualquier casa para llegar a la biblioteca, sin importar cuánto la evitara la familia en general, muy pronto se hizo con un libro. La señora Palmer no escatimaba nada que su constante buen humor y espíritu amistoso pudieran ofrecer para que sus invitadas se sintieran bien confortablemente. La franqueza y cordialidad de su trato compensaba la falta de compostura y elegancia que con frecuencia la hacía fallar en las formalidades de la cortesía; conquistaba con su afabilidad, acreditada por su rostro tan atractivo; sus necedades, aunque evidentes, no desagradaban porque no era orgullosa; y Elinor le habría podido perdonar cualquier cosa, excepto su risa. La llegada de los dos caballeros al día siguiente, a una cena muy tardía, aportó un grato aumento de la concurrencia y una muy bienvenida variación en las conversaciones, que una larga mañana bajo la misma lluvia sostenida había reducido a niveles muy ínfimos. Elinor había visto tan poco al señor Palmer, y en ese poco había visto tanta diversidad en su trato a su hermana y a ella misma, que no sabía qué esperar de él al encontrarlo en su propia familia. Lo que encontró, sin embargo, fue un comportamiento totalmente caballeroso hacia todos sus invitados, y solo en ocasiones áspero con su esposa y la madre de ella; lo encontró muy capaz de ser una agradable compañía, y lo único que le impedía serlo siempre era una excesiva capacidad de sentirse tan superior a la gente en general como debía creerse con respecto de la señora Jennings y de Charlotte. En cuanto a los restantes aspectos de su carácter y hábitos, no mostraban, hasta donde Elinor alcanzaba a percibir, ningún rasgo extraño en personas de su sexo y edad. Le gustaba una buena mesa, pero no era puntual; quería a su hijo, pero fingía desdén; y haraganeaba en la mesa de billar durante las mañanas en vez de dedicarlas a los negocios. En conjunto, sin embargo, a Elinor le complacía mucho más de lo que había esperado, y en su corazón no lamentaba que no le pudiera gustar más: no lamentaba que la observación de su epicureísmo, su egoísmo y su presunción la llevaran a descansar con gusto en el recuerdo del generoso temple de Edward, sus gustos sencillos y tímidos sentimientos. En esos días Elinor recibió noticias de Edward, o al menos de algunos sucesos relacionados con sus intereses, a través del coronel Brandon, que hacía poco había estado en Dorsetshire y que, dirigiéndose a ella al mismo tiempo como amiga desinteresada del señor Ferrars y gentil confidente suya, le conversaba largamente sobre la rectoría de Delaford, describía sus fallos y le contaba qué pensaba hacer para afrontarlos. Su conducta hacia ella en esto, al igual que en todo lo demás; su sincero placer en verla tras una ausencia de tan solo diez días; su disposición a conversar con ella y su respeto por sus opiniones, bien podían justificar que la señora Jennings estuviera convencida de que la quería, y quizá hasta habría bastado para que Elinor también lo sospechara si no creyera, como desde el comienzo, que Marianne seguía siendo su auténtica predilecta. Pero tal como eran las cosas, esa idea no se le habría pasado por la mente de no ser por las insinuaciones de la señora Jennings; y entre las dos, Elinor no podía evitar creerse mejor observadora: ella observaba los ojos del coronel, en tanto la señora Jennings solo pensaba en su conducta; y mientras sus miradas de ansiosa inquietud cuando Marianne comenzó a sentir los primeros síntomas de un fuerte resfriado manifestados en dolores de cabeza y de garganta, al no estar expresadas en palabras escapaban totalmente a la observación de la señora Jennings, ella podía descubrir en sus ojos los vivos sentimientos y la innecesaria ansia de un enamorado. Dos encantadoras caminatas vespertinas al tercer y cuarto día de su estancia allí, no solo por la grava seca entre los arbustos sino por todo el ámbito, y sobre todo por los rincones más alejados, donde había algo más de vida silvestre que en el resto, donde los árboles eran más viejos y la hierba más larga y húmeda, habían producido en Marianne con la ayuda de la grandísima imprudencia de quedarse con las medias y los zapatos mojados puestos un resfriado tan violento que, aunque durante un día o dos ella intentó restarle importancia o negarlo, terminó por imponerse a través de malestares cada vez mayores, hasta no poder seguir siendo ignorado ni por ella misma ni por el interés de los demás. Por todas partes le llovieron recetas que, como siempre, fueron rechazadas. Aunque se sentía débil y afiebrada, con los miembros adoloridos, tos y la garganta áspera, un buen sueño durante la noche la sanaría por completo; y fue con muchas dificultades que Elinor pudo persuadirla, cuando se fue a la cama, de probar uno o dos de los remedios menos complicados. Capítulo XLIII Al día siguiente, Marianne se levantó a la hora de siempre; a todas las preguntas respondió que se encontraba mejor, e intentó convencerse a sí misma de ello dedicándose a sus ocupaciones cotidianas. Pero haber pasado un día completo sentada junto a la chimenea temblando de escalofríos, con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, decaída y sin fuerzas, no demostraba a las claras su mejoría; y cuando por fin se fue temprano a la cama sintiéndose cada vez peor, el coronel Brandon quedó simplemente pasmado ante la tranquilidad de Elinor, que aunque la atendió y cuidó durante todo el día, en contra de los deseos de Marianne y obligándola a tomar las medicinas necesarias en la noche, tenía la misma confianza de ella en la seguridad y eficacia del sueño, y no estaba constantemente asustada. Una noche muy agitada y febril, sin embargo, frustró las esperanzas de ambas; y cuando Marianne, tras insistir en levantarse se confesó incapaz de sentarse y se devolvió voluntariamente a la cama, Elinor se mostró receptiva a aceptar el consejo de la señora Jennings y enviar a buscar el boticario de los Palmer. El boticario visitó y examinó a la paciente, y aunque animó a la señorita Dashwood a confiar en que unos pocos días le devolverían la salud a su hermana, al declarar que su dolencia tenía un origen pútrido y permitir que sus labios pronunciaran la palabra “infección”, enseguida alarmó a la señora Palmer, por su hijo. La señora Jennings, que desde un comienzo había creído la enfermedad más seria de lo que pensaba Elinor, escuchó con ceño muy serio el informe del señor Harris, y confirmando los temores y preocupación de Charlotte, le recomendó alejarse de allí con su criatura; y el señor Palmer, aunque trató de ligeras sus aprensiones, se vio incapaz de resistir la enorme ansiedad y porfía de su esposa. Se decidió, entonces, su partida; y antes de una hora después de la llegada del señor Harris, marchó con su hijito y la niñera a la casa de una pariente cercana del señor Palmer, que vivía a unas pocas millas de Bath; allí, ante sus insistentes súplicas, su esposo prometió unírsele en uno o dos días, y a ese lugar su madre decidió acompañarla, también obedeciendo a sus ruegos. La señora Jennings, sin embargo, con una bondad que hizo a Elinor realmente quererla, se manifestó decidida a no moverse de Cleveland mientras Marianne siguiera enferma, y a esforzarse mediante sus más atentos cuidados en reemplazar a la madre de quien la había alejado; y en todo momento Elinor encontró en ella una activa y bien dispuesta colaboradora, deseosa de compartir todas sus fatigas y, muy frecuentemente, de gran utilidad por su mayor experiencia en el cuidado de enfermos. La pobre Marianne, exánime y abatida por el carácter de su enfermedad y sintiéndose totalmente indispuesta, ya no podía confiar en que al día siguiente se restablecería; y pensar en lo que al día siguiente habría ocurrido de no mediar su desafortunada enfermedad, agravó su malestar; porque ese día iban a iniciar su viaje a casa y, acompañadas todo el camino por un criado de la señora Jennings, sorprenderían a su madre a la mañana siguiente. Lo poco que habló fue para lamentar ese inevitable retraso; y ello aunque Elinor intentó levantarle el ánimo y hacerla creer, como en ese momento ella misma lo creía, que esa demora sería muy corta. El día siguiente trajo poca o ninguna variación en el estado de la paciente; se veía claro que no estaba mejor, y salvo el hecho de que no había ninguna mejoría, no parecía haber empeorado. El grupo se había reducido ahora todavía más, pues el señor Palmer, aunque sin muchos deseos de irse, tanto por espíritu humanitario y bondad natural como por no querer parecer atemorizado por su esposa, terminó dejando que el coronel Brandon lo convenciera de seguirla, según le había prometido; y mientras preparaba su marcha, el coronel Brandon mismo, haciendo un esfuerzo mucho mayor, también comenzó a hablar de irse. En este punto, sin embargo, la bondad de la señora Jennings se interpuso de muy buena forma, pues que el coronel se alejara mientras su amada sufría tal zozobra por causa de su hermana significaría privarlas a ambas de todo alivio; y así, diciéndole sin tardanza que para ella misma era necesaria su presencia en Cleveland, que lo necesitaba para jugar al piquet con ella por las tardes mientras la señorita Dashwood estaba arriba con su hermana, etc., le insistió tanto que se quedara, que él, que al acceder cumplía con lo que su corazón deseaba en primer lugar, no pudo ni siquiera fingir por mucho rato alguna vacilación al respecto, en especial cuando los ruegos de la señora Jennings fueron fervorosamente secundados por el señor Palmer, que parecía sentirse aliviado al dejar allí a una persona tan capaz de apoyar o aconsejar a la señorita Dashwood en cualquier urgencia. A Marianne, por supuesto, la mantuvieron ajena a todas estas disposiciones. No sabía que había sido la causa de que los dueños de Cleveland tuvieran que dejar su casa antes de la semana de haber llegado. No la sorprendió no ver a la señora Palmer, y como por ello mismo no le preocupaba, nunca mencionaba su nombre. Dos días habían transcurrido desde la marcha del señor Palmer, y las condiciones de la paciente se mantenían estacionarias, con muy pocos cambios. El señor Harris, que la visitaba todos los días, de forma bastante osada continuaba refiriéndose a una rápida mejoría, y la señorita Dashwood se mostraba igualmente optimista; pero los demás no tenían expectativas tan optimistas. Muy al comienzo del ataque, la señora Jennings había decidido que Marianne nunca se recuperaría; y el coronel Brandon, cuyo principal servicio era escuchar los presagios de la señora Jennings, no estaba en un estado de ánimo capaz de resistir su influencia. Intentó recurrir a la razón para superar temores que la opinión diferente del boticario hacía parecer absurdos; pero la gran cantidad de horas que cada día pasaba a solas eran demasiado propicias para alimentar pensamientos adversos, y no podía borrar de su mente la convicción de que no iba a ver más a Marianne con vida. En la mañana del tercer día, sin embargo, las sombrías predicciones de ambos resultaron casi fallidas, pues cuando llegó el señor Harris declaró a su paciente mucho mejor. Tenía el pulso más fuerte y mostraba síntomas mucho más favorables que en su visita anterior. Elinor, confirmadas sus más gratas esperanzas, era toda alegría. Estaba feliz porque, en las cartas a su madre, se había atenido a su propio juicio y no al de sus amigos, y por haberle restado importancia a la indisposición que había retrasado su partida de Cleveland, y casi se atrevió a fijar la fecha en que Marianne podría viajar. Pero el día no terminó de manera tan prometedora como había comenzado. Hacia el anochecer Marianne empeoró, con más pesadez, agitación y malestar que antes. Su hermana, sin embargo, todavía optimista, prefería atribuir el cambio solo a la falta de haber estado sentada mientras le hacían la cama; y tras hacerle tomar con todo cuidado los cordiales recetados, con alegría la vio sumirse en un sopor que esperaba fuese muy favorable. Su sueño, aunque no tan sosegado como habría esperado Elinor, duró un tiempo considerable; y esta, ansiosa de observar por sí misma los resultados, decidió quedarse a su lado hasta que despertara. La señora Jennings, que no estaba enterada del cambio operado en la paciente, se fue a la cama más temprano que de costumbre; su doncella, una de las principales encargadas del cuidado de la enferma, estaba buscando algo de distracción en la habitación del ama de llaves, y Elinor permanecía sola con Marianne. El sueño de Marianne empezó a hacerse cada vez más agitado; y Elinor, que en ningún momento dejaba de observar atentamente sus continuos cambios de posición y escuchar los reiterados, aunque inarticulados quejidos que salían de sus labios, casi deseaba sacarla de un sopor tan penoso cuando Marianne, repentinamente despierta ante un ruido imprevisto en la casa, se irguió sobresaltada, exclamando en un desvarío febril: —¿Ha venido mamá? —Todavía no —replicó su hermana, ocultando su miedo y ayudando a Marianne a tenderse nuevamente—; aunque espero que después estará aquí. Hay un largo trecho, lo sabes, desde aquí a Barton. —Pero no debe dar la vuelta por Londres —exclamó Marianne, con el mismo tono agitado—. Jamás la volveré a ver, si va a Londres. Alarmada, Elinor se dio cuenta de que Marianne estaba delirando, y mientras intentaba sosegarla, ansiosamente le tomó el pulso. Era más débil y rápido que nunca; y al ver que Marianne seguía desvariando acerca de mamá, su temor aumentó hasta el punto de decidirla a enviar de urgencia por el señor Harris y despachar un mensajero a Barton para hacer venir a su madre. Junto con esta resolución, pensó en consultar de inmediato con el coronel Barton la mejor forma de llevarla a cabo; y así, tan pronto hubo llamado a la doncella para que la reemplazara junto a su hermana, se apresuró a bajar a la sala donde sabía que por lo general él siempre se encontraba, aunque mucho más tarde que en el momento actual. No era momento para titubeos. Enseguida le hizo presente sus temores y sus dificultades. Sus temores, el coronel no tenía ni el valor ni la confianza necesarios para intentar aplacarlos: los escuchó con silencioso desánimo; pero de sus dificultades se hizo cargo de inmediato, pues con una rapidez que parecía evidenciar que mentalmente ya había previsto la ocasión y el servicio requerido, se ofreció a ser el mensajero que traería a la señora Dashwood. Elinor no presentó ninguna objeción que no fuera fácilmente rebatida. Le agradeció con palabras breves pero fervorosas, y mientras él se apresuraba a enviar a su criado con un mensaje para el señor Harris y una orden para conseguir caballos de posta rápidamente, ella le escribió unas pocas líneas a su madre. El consuelo de un amigo como el coronel Brandon en esos instantes, de un compañero de esa clase para su madre... ¡qué enorme gratitud despertaba en ella! ¡Un amigo cuyo juicio la iba a guiar, cuya compañía aliviaría su dolor y cuyo afecto quizá la calmaría...! En la medida en que la perturbación que debía producir en ella una llamada como esa pudiera serle suavizada, su presencia, su trato y su ayuda con toda seguridad iban a conseguirlo. Él, mientras, sintiera lo que sintiese, actuaba con toda la firmeza de una mente equilibrada; hizo todos los arreglos necesarios con la mayor presteza, y calculó con exactitud el momento en que ella podría aguardar su vuelta. No perdió ni un segundo en demoras de ningún tipo. Llegaron los caballos incluso antes de que se los esperara, y el coronel Brandon, limitándose a estrechar la mano de Elinor con una mirada solemne y unas pocas palabras dichas en una voz demasiado baja para que llegaran a sus oídos, se apresuró a montar en el carruaje. Eran entonces aproximadamente las doce, y Elinor volvió a la alcoba de su hermana para esperar la llegada del boticario y velar junto a ella por el resto de la noche. Fue una noche de padecimientos casi iguales para ambas hermanas. Hora tras hora fueron pasando en insomne dolor y delirio por parte de Marianne, y la más cruel ansiedad en Elinor, antes de que apareciera el señor Harris. Se habían despertado los temores de Elinor, que la hacían pagar con creces toda su anterior seguridad, y la sirviente sentada junto a ella —porque no había permitido que llamaran a la señora Jennings, la hacía sufrir aún más al insinuar las cosas que su ama había pensado desde al principio. A intervalos, las ideas de Marianne seguían fijas sin coherencia en su madre, y cada vez que mencionaba su nombre, el corazón de la pobre Elinor sufría una punzada de dolor; se reprochaba haber tomado a la ligera tantos días de enfermedad, y deseando un socorro inmediato, pensaba que pronto todo socorro sería inútil, que todo se había retrasado demasiado, y se imaginaba a su afligida madre llegando demasiado tarde a ver a su preciosa hija con vida o en uso de su razón. Se encontraba a punto de enviar a buscar de nuevo al señor Harris o, si él no podía acudir, solicitar nuevos consejos, cuando el boticario —pero no antes de las cinco— hizo su aparición. Su opinión, sin embargo, compensó en algo su retraso, pues aunque reconoció un cambio inesperado y desfavorable en su paciente, insistió en que no había un peligro grave y se refirió al alivio que un nuevo tratamiento debía procurar con una confianza que, en menor grado, se comunicó a Elinor. Prometió venir de nuevo dentro de las tres o cuatro horas siguientes, y dejó tanto a su paciente como a la preocupada acompañante más tranquilas de lo que las había hallado. La señora Jennings se enteró de lo sucedido por la mañana, dando muestras de gran preocupación y con muchos reproches por no haber sido llamada a ayudar. Sus antiguos temores, que ahora revivían con mucha mejor base, no le dejaron duda alguna sobre lo ocurrido; y aunque se esforzaba en consolar a Elinor, su certeza sobre el peligro que corría su hermana no le permitía ofrecerle el consuelo de la esperanza. Su corazón estaba realmente apesadumbrado. El rápido decaer, la temprana muerte de una muchacha tan joven, tan adorable como Marianne, habría podido afectar incluso a una persona menos cercana. Pero Marianne podía esperar más de la compasión de la señora Jennings. Durante tres meses le había servido de compañía, todavía estaba a su cuidado, y se sabía que la habían herido profundamente y que había sufrido durante largo tiempo. También veía la angustia de la hermana, que era muy en especial su favorita; y en cuanto su madre, cuando la señora Jennings pensaba que quizá Marianne sería para ella lo que Charlotte era para sí misma, sentía una especial compasión por sus padecimientos. El señor Harris fue puntual en su segunda visita, pero las esperanzas que había colocado en los efectos de la anterior se vieron fracasados. Sus medicamentos no habían surtido efecto; la fiebre no había remitido; y Marianne, solo más tranquila —no más dueña de sí— permanecía en un extraño sopor. Elinor, captando todos, y más que todos sus temores en un solo instante, propuso solicitar más consejos. Pero él lo juzgó innecesario; todavía tenía algo más que intentar, una nueva prescripción en cuyo éxito confiaba tanto como en el de la última, y su visita concluyó con cálidas palabras de seguridad que llegaron a los oídos de la señorita Dashwood, pero no lograron alcanzar su ánimo. Aunque se mantenía tranquila, excepto cuando pensaba en su madre, casi había perdido las esperanzas; y en este estado siguió hasta mediodía, casi siempre moviéndose del lado de su hermana, su mente saltando de una imagen de dolor a otra, de un amigo acongojado a otro, con su espíritu deprimido al máximo por la conversación de la señora Jennings, que no tenía reparos en atribuir la gravedad y peligro de este trastorno a las muchas semanas en que Marianne ya antes había estado indispuesta a causa de su desengaño. Elinor sentía cuán razonable era esa idea, y ello le asignaba un nuevo dolor añadido a sus pensamientos. Cerca del mediodía, sin embargo, comenzó —pero con una cautela, un temor a ilusionarse falsamente que durante algún rato la hicieron callar, incluso frente a su amiga— a imaginar, a tener la esperanza de estar percibiendo una ligera mejoría en el pulso de su hermana; esperó, vigiló, lo examinó una y otra vez; y finalmente, con una agitación más difícil de ocultar bajo un exterior calmado que toda su angustia precedente, se atrevió a comunicar sus esperanzas. La señora Jennings, aunque obligada tras un examen a reconocer una recuperación temporal, intentó que su joven amiga evitara entregarse a la idea de que continuaría así; y Elinor, recorriendo mentalmente todos los argumentos que le recomendaban desconfiar, también se dijo que no debía fraguar esperanzas. Pero era demasiado tarde. La esperanza ya había hecho su entrada; y ella, sintiendo su ansioso aletear, se inclinó sobre su hermana para aguardar... ya ni sabía qué. Pasó media hora, y los síntomas favorables continuaban bendiciéndola. Incluso aparecieron otros, confirmándolos. Su respiración, su piel, sus labios, todos apelaban a Elinor con señales de mejoría, y Marianne fijó sus ojos en ella con una mirada racional, aunque lánguida. La ansiedad y la esperanza la acosaban en igual medida, impidiéndole un momento de tranquilidad hasta la llegada del señor Harris a las cuatro, cuando las seguridades que le dio, sus felicitaciones por una recuperación de su hermana que incluso sobrepasaba sus expectativas, le entregaron confianza y consuelo, y pudo dejar correr lágrimas de alegría. Marianne estaba notablemente recuperada en todo sentido, y el señor Harris la declaró totalmente fuera de peligro. La señora Jennings, quizá satisfecha porque sus presagios solo habían recibido justificación parcial en la última alarma que habían vivido, se permitió confiar en el juicio del boticario y admitió con gran alegría, y pronto con indudable gozo, la probabilidad de una total recuperación. Elinor no podía estar alegre. Su gozo era de una clase diferente, y llevaba a algo muy distinto a la alegría. Marianne devuelta a la vida, a la salud, a los amigos y a su amorosa madre, era una idea que le llenaba el corazón de dulce consuelo y se lo expandía en fervorosa gratitud; pero no se manifestaba ni en demostraciones externas de alegría, ni en palabras o sonrisas. Todo lo que abrigaba el pecho de Elinor era satisfacción, silenciosa y fuerte. Continuó junto a su hermana con escasos lapsos toda la tarde, sosegando cada uno de sus temores, satisfaciendo cada una de las interrogantes de su fatigado espíritu, prestando todos los auxilios necesarios y vigilando casi cada mirada y cada aliento. Ciertamente, en algunos instantes se le hizo presente la posibilidad de una recaída, recordándole lo que era la ansiedad; pero cuando sus frecuentes y minuciosos exámenes le mostraron que continuaban todos y cada uno de los síntomas de recuperación, y a las seis vio a Marianne sumirse en un sueño tranquilo, ininterrumpido y, según todas las apariencias, confortable, disipó todas sus dudas. Se acercaba ya el momento en que podía esperarse el regreso del coronel Brandon. A las diez, creía Elinor, o no mucho más tarde, su madre se vería libre del terrible suspense con que ahora debía ir viajando hacia ellas. ¡Quizá también el coronel era apenas un poco menos merecedor de piedad! ¡Ah, cuán lento transcurría el tiempo que aún los mantenía en la incertidumbre! A las siete, dejando a Marianne todavía entregada a un reparador sueño, se unió a la señora Jennings en la sala para tomar té. Sus temores la habían mantenido incapaz de desayunar, y en la cena el giro repentino de los acontecimientos le había impedido comer mucho; el actual refrigerio, entonces, con los sentimientos de gozo con que Elinor llegaba a él, fue favorablemente bien recibido. Al terminar, la señora Jennings quiso convencerla de que descansara algo antes de la llegada de su madre, y le permitiera a ella tomar su lugar junto a Marianne; pero Elinor no se sentía ni cansada ni capaz de dormir, y no iba a consentir que la mantuvieran lejos de su hermana ni por un minuto. La señora Jennings subió con ella entonces hasta la pieza de la enferma para constatar que todo seguía bien, la dejó allí entregada a su tarea y a sus pensamientos, y se retiró a sus habitaciones a escribir algunas cartas y después a dormir. La noche era fría y tempestuosa. Si hubieran sido las diez, Elinor habría estado segura de que en ese momento escuchaba un carruaje acercándose a la casa; y fue tan grande su seguridad de haberlo escuchado, a pesar de que era casi imposible que ya hubieran llegado, que se dirigió al saloncito junto a la pieza y abrió una celosía para constatar la verdad. En seguida vio que sus oídos no la habían engañado. De inmediato tuvo a la vista el brillo de los faroles de un carruaje. A su vacilante luz le pareció distinguir que era tirado por cuatro caballos; y esto, aunque era señal del extraordinario temor de su madre, explicó en parte tan inesperada rapidez. Jamás, en toda su vida, había encontrado Elinor más difícil mantenerse calmada. Saber lo que su madre debía estar sintiendo en el momento en que el carruaje se paró ante la puerta... sus dudas, su miedo, ¡quizá su desesperación!, ¡y lo que ella debía decir!... sabiendo eso era imposible mantener la tranquilidad. Todo lo que quedaba por hacer era aguardar; y así, quedándose solo hasta que pudo dejar a la doncella de la señora Jennings con su hermana, voló escaleras abajo. El trajín que escuchó en el vestíbulo mientras pasaba por un recibidor interior, le confirmó que ya estaban en la casa. Avanzó a toda prisa hacia la sala, entró... y allí vio tan solo a Willoughby. Capítulo XLIV Elinor, retrocediendo con una mirada de espanto al descubrirlo, obedeció al primer impulso de su corazón y se volvió a toda prisa para abandonar la habitación; su mano ya se encontraba en el tirador de la puerta cuando Willoughby la detuvo al avanzar rápidamente hacia ella y decirle, en un tono más imperativo que suplicante: —Señorita Dashwood, media hora... diez minutos... le ruego que no se vaya. —No, señor —replicó ella con firmeza—, no me quedaré. Nada tengo que ver yo en sus problemas. Supongo que los criados olvidaron decirle que el señor Palmer no se encontraba en casa. —Aunque me hubieran dicho —exclamó él con gran vehemencia— que el señor Palmer y toda su parentela estaban en el infierno, no me habrían movido de la puerta. Es con usted que quiero hablar, solo con usted. —¡Conmigo! —había enorme asombro en su voz—. Bien, señor... sea rápido, y si le es posible, menos exaltado. —Siéntese, y me plegaré a ambas órdenes. Elinor vaciló; no sabía qué hacer. La posibilidad de que llegara el coronel Brandon y lo encontrara ahí se le cruzó por la mente. Pero le había prometido escucharlo, y en ello estaba comprometida su curiosidad no menos que su honor. Tras un momento de reflexión, entonces, que la llevó a concluir que la prudencia exigía darse prisa y que su consentimiento era lo que mejor podía lograrlo, caminó en silencio hacia la mesa y se sentó. Él ocupó una silla frente a ella, y durante medio minuto callaron. —Le ruego sea rápido, señor —le dijo Elinor en tono nervioso—, no tengo tiempo que malgastar. Sentado con aire de profundo ensimismamiento, él pareció no haberla oído. —Su hermana —manifestó ásperamente un momento después— está fuera de peligro. El criado me lo dijo. ¡Gracias a Dios! Pero, ¿es verdad? ¿Realmente es verdad? Elinor no le contestó. Repitió él entonces la pregunta, con mayor urgencia todavía. —Por el amor de Dios, dígamelo: ¿está o no está fuera de peligro? —Esperamos que lo esté. Willoughby se puso en pie y cruzó la habitación. —Si lo hubiera sabido tan solo media hora antes... Pero ya que estoy aquí —habló con forzada vivacidad mientras volvía a la mesa—, ¿qué importa? Por esta vez, señorita Dashwood... quizá sea la última vez... alegrémonos juntos. Estoy de humor para la alegría. Dígame sinceramente —sus mejillas se iluminaron de un rubor más profundo— ¿cree que soy más un canalla o un imbécil? Elinor lo contempló más perpleja que nunca. Comenzó a pensar que debía estar ebrio: era lo único que podía explicar tan extraña visita, tan extraños modales; y con esta impresión, se puso enseguida de pie, manifestando: —Señor Willoughby, le aconsejaría en este momento que volviera a Combe. No puedo seguir perdiendo el tiempo con usted. Sea lo que fuere que desea tratar conmigo, será mejor que reflexione y me lo explique mañana. —La comprendo —replicó él con una sonrisa visible y voz perfectamente sosegada—. Sí, estoy muy ebrio. Una pinta de cerveza con que acompañé las carnes frías que comí en Marlborough bastó para revolverme. —¡En Marlborough! —exclamó Elinor, entendiendo cada vez menos lo que pasaba. —Sí; salí de Londres hoy a las ocho de la mañana y los únicos diez minutos que pasé fuera de mi calesín desde esa hora, fueron los que dediqué a una ligera merienda en Marlborough. La firmeza de sus modales y la inteligencia de su mirada mientras hablaba convencieron a Elinor de que, cualquiera que fuese la imperdonable insensatez que lo traía a Cleveland, no se trataba de ebriedad; y tras pensar durante unos momentos, dijo: —Señor Willoughby, usted tiene que darse cuenta, y yo ciertamente así lo creo, que después de todo lo que ha pasado, su venida aquí y la forma en que lo ha hecho, ordenándome su presencia, exigen una excusa muy singular. ¿Qué pretende con esto? —Lo que pretendo —dijo el joven con tono seriamente seguro—, si es que puedo, es hacer que usted me odie un poco menos que ahora. Pretendo ofrecer alguna explicación, alguna disculpa por lo acontecido en el pasado; abrirle mi corazón y convencerla de que aunque nunca he sido bueno para nada, no siempre he sido un sinvergüenza; y, de esta forma, conseguir algo semejante al perdón de Ma... de su hermana. —¿Es ese el auténtico motivo que lo trajo aquí? —En verdad que sí lo es —fue su contestación, dicha con un entusiasmo que trajo a la memoria de Elinor todo lo que había sido el antiguo Willoughby, y que a su pesar la hizo creerlo sincero. —Si eso es todo, puede estar tranquilo, pues Marianne sí... hace mucho que lo ha perdonado. —¡Lo ha hecho! —exclamó el joven, con el mismo tono cálido—. Entonces me ha perdonado antes de que hubiera debido hacerlo. Pero me perdonará otra vez, y esta vez por motivos mucho más valederos. Ahora, ¿querrá escucharme? Elinor asintió con un gesto afirmativo de la cabeza. —No sé —dijo, después de una pausa cargada de expectación por parte de Elinor, de cavilaciones en él—, cómo se habrá explicado usted mi conducta con su hermana, o qué motivos diabólicos me habrá atribuido. Tal vez le sea difícil pensar mejor de mí; sin embargo, vale la pena intentarlo, y le confesaré todo. Al comienzo de mi intimidad con su familia, no tenía yo ninguna otra intención, ningún otro interés en la relación que pasar momentos placenteros mientras duraba mi forzada permanencia en Devonshire, más agradables de los que había tenido hasta entonces. Su hermana, con su aspecto adorable y atractivas maneras, no podía dejar de atraerme; y su trato hacia mí, casi desde el principio fue... ¡Es increíble, cuando pienso en cómo fue su trato, y en cómo era ella, que mi corazón haya sido tan duro! Pero al comienzo, debo confesarlo, solo halagó mi orgullo. Sin preocuparme por su felicidad, pensando únicamente en mi propia diversión, permitiéndome sentimientos que toda mi vida había estado acostumbrado a consentir, me esforcé con todos los medios a mi alcance por hacerme agradable a ella, sin ninguna intención de corresponder a su cariño. En este punto, la señorita Dashwood, lanzándole una mirada del más airado desprecio, lo detuvo diciéndole: —No vale la pena, señor Willoughby, que siga hablando, o que yo siga escuchándolo. A un comienzo como este nada puede seguirle. No me angustie haciéndome oír más sobre este asunto. —Insisto en que lo escuche todo —replicó él—. Jamás fui dueño de una gran fortuna y siempre he sido de gustos caros, siempre me he relacionado con gente de ingresos mayores que los míos. Desde mi mayoría de edad, o incluso antes, creo, año tras año han aumentado mis deudas; y aunque la muerte de mi anciana prima, la señora Smith, me liberaría de ellas, dado que se trata de un hecho incierto y posiblemente muy lejano, durante algún tiempo había tenido la intención de reconstruir mi situación a través del matrimonio con una mujer rica. Una relación con su hermana no era, por tanto, pensable; y así me encontraba actuando con una mezquindad, egoísmo y crueldad que ninguna mirada de indignación o desprecio, ni siquiera la suya, señorita Dashwood, podría censurar suficientemente, y siempre con el propósito de conquistar su afecto, sin intenciones de corresponderlo. Pero hay una cosa que puede decirse a mi favor, incluso en ese espantoso estado de egoísta vanidad, y es que no sabía la profundidad del daño que hacía, porque en ese entonces no sabía lo que era amar. Pero, ¿alguna vez lo he sabido? Bien puede dudarse de ello, pues si realmente hubiera amado, ¿podría acaso haber sacrificado mis sentimientos a la vanidad, a la avaricia? O, lo que es peor, ¿podría haber sacrificado los suyos? Pero lo he hecho. Para evitar una pobreza relativa, que su afecto y compañía habrían despojado de todos sus horrores, he perdido, elevándome a una situación de fortuna, todo lo que hubiese hecho de ella mi felicidad. —Entonces —dijo Elinor, algo sosegada—, sí se sintió durante un tiempo encariñado con ella. —¡Haber resistido tantos atractivos, haber rechazado tal ternura! ¡Qué hombre en el mundo lo habría hecho! Sí, poco a poco, sin darme cuenta, me encontré sinceramente enamorado de ella; y las horas más felices de mi vida fueron las que pasé con ella, cuando sentía que mis intenciones eran estrictamente honorables y mis sentimientos intachables. Incluso entonces, sin embargo, cuando estaba completamente decidido a plantearle mi amor, me permití contra todo decoro postergar día a día el momento de hacerlo, llevado por mi renuencia a establecer un compromiso mientras siguiera en tan grandes apuros económicos. No voy a justificar esto... ni la detendré si usted quiere explayarse sobre lo absurdo, y peor que absurdo, de dudar en comprometer mi palabra allí donde mi honor ya estaba comprometido. Los hechos han demostrado cuán neciamente astuto fui, trabajando tanto para regalarme la posibilidad de hacerme despreciable y desgraciado para siempre. Por último, sin embargo, me resolví y decidí que en la primera oportunidad en que pudiera hablarle a solas, justificaría las atenciones que sin cesar le había prodigado y le declararía abiertamente un afecto que ya había hecho tanto por mostrarle. Pero entre tanto, en el intervalo de las pocas horas que transcurrirían antes de que se me presentara la oportunidad de hablar con ella en privado, algo ocurrió, una desafortunada circunstancia que destruyó toda mi resolución y, con ella, todo mi bienestar. Algo se descubrió —aquí vaciló y bajó los ojos—. La señora Smith había sabido, de una u otra forma, me imagino que a través de algún pariente lejano que quería privarme de su favor, sobre un asunto, una relación... pero no es necesario que me extienda sobre eso —añadió, mirándola ruborizado y con aire interrogativo—, a través de su amistad tan íntima... probablemente sabe toda la historia desde hace mucho. —Lo sé —respondió Elinor, también subiéndosele los colores, y volviendo a endurecer su corazón contra cualquier sentimiento de compasión hacia él—, estoy enterada de todo. Y de qué forma podrá disculpar con sus explicaciones ni la más pequeña parte de su culpa en ese horrible asunto, es más de lo que puedo imaginar. —Recuerde —exclamó Willoughby—, por boca de quién le contó esa historia. ¿Podía acaso ser imparcial? De acuerdo que debí respetar la condición y la persona misma de esa joven. No es mi intención justificarme, pero tampoco puedo permitirle a usted suponer que no tengo nada que argumentar; que porque sufrió, era irreprochable; y que porque yo era un malvado, ella debía ser una santa. Si el ardor de sus pasiones, la debilidad de su entendimiento... pero no quiero defenderme. Su afecto por mí mereció un mejor trato, y frecuentemente recuerdo con enormes sentimientos de culpa esa ternura que durante un muy breve lapso tuvo el poder de crear en mí una réplica. Cómo quisiera, de todo corazón, que ello nunca hubiera sucedido. Pero el daño que me hice a mí es mayor que el suyo; y he dañado a alguien cuyo afecto por mí (¿puedo decirlo?) era apenas menos ardiente que el de ella, y cuya inteligencia... ¡Ah! ¡Cuán infinitamente superior! —Pero su indiferencia hacia esa desdichada niña..., debo decirlo, por desagradable que me sea discutir un asunto como este..., su indiferencia no es excusa para la cruel manera en que la abandonó. No imagine que ninguna debilidad, ninguna carencia natural de entendimiento en ella, disculpa la insensible crueldad que usted mostró. Usted tiene que haber sabido que mientras se divertía en Devonshire con nuevos planes, siempre alegre, siempre feliz, ella se veía reducida a la más total indigencia. —Pero, le doy mi palabra, yo lo desconocía —replicó Willoughby con extraordinarias fuerzas—; no recordaba no haberle dado mi dirección, y el simple sentido común le debería haber indicado cómo encontrarla. —Bien, señor, ¿y qué dijo la señora Smith? —De inmediato me censuró la ofensa que había inferido, y puede deducirse cuán grande fue mi aturdimiento. La pureza de su vida, sus ideas convencionales, su ignorancia del mundo... todo estaba en contra mía. No podía yo negar el hecho, y vanos fueron todos mis esfuerzos por suavizarlo. Estaba predispuesta de antemano, según creo, a dudar de la moralidad de mi conducta en general, y además estaba disgustada con la muy escasa atención, el brevísimo tiempo que le había dedicado en esa visita mía. En pocas palabras, terminó en una ruptura total. Una sola cosa me habría salvado. En lo más extremado de su moralidad, ¡pobre mujer!, ofreció olvidar el pasado si me casaba con Eliza. Eso era impensable... y así fui formalmente despechado de su favor y de su casa. Debía salir de allí a la mañana siguiente, y la noche anterior la pasé meditando en cuál debía ser mi conducta futura. La lucha fue grande..., pero terminó demasiado pronto. Mi afecto por Marianne, mi total seguridad sobre el cariño de ella, todo no fue bastante para contrarrestar el miedo a la pobreza, o hacer mella en esas falsas ideas sobre la necesidad de riqueza que tan innatas me eran, y que una sociedad malgastadora me había enseñado a cultivar. Tenía motivos para creerme seguro de la aceptación de mi actual esposa, si optaba por ella, y conseguí convencerme de que esa era la única salida que la prudencia común aconsejaba. Todavía, sin embargo, me aguardaba una dura situación antes de poder partir de Devonshire; estaba comprometido a cenar con ustedes ese mismo día y, por tanto, necesitaba una excusa para faltar a ese compromiso. Me debatí durante mucho tiempo entre escribir esa excusa o presentarla en persona. Sentía que sería espantoso ver a Marianne, e incluso dudaba si podría verla otra vez y seguir siendo capaz de persistir en mi plan. En ese punto, sin embargo, subestimé mi propia capacidad, según ha sido demostrado por los hechos; porque fui, la vi, vi que no era feliz, y la dejé desdichada... y la dejé, esperando no verla nunca más. —Pero, ¿por qué fue, señor Willoughby? —dijo Elinor, con tono de recriminación—. Una nota habría sido suficiente. ¿Por qué fue necesario presentarse en persona? —Fue necesario a mi orgullo. No soportaba irme de allí en una forma que permitiera que ustedes, o el resto de los vecinos, sospechara nada de lo que realmente había ocurrido entre la señora Smith y yo, y decidí entonces detenerme en su casa de camino a Honiton. Ver a su querida hermana, sin embargo, fue terrible; y para empeorar las cosas, la encontré sola. Ustedes habían salido, no sé a dónde. ¡Tan solo la tarde anterior había dejado completa y firmemente decidido en mi interior hacer lo correcto! En unas pocas horas nos habríamos comprometido para siempre; ¡y recuerdo qué feliz, qué alegre me sentía mientras iba de la casa a Allenham, satisfecho conmigo mismo, encantado con todo el mundo! Pero en ese encuentro, el último de nuestra amistad, llegué a ella con un sentimiento de culpa que casi me quitó toda capacidad de fingir. Su dolor, su desilusión, su profunda pena cuando le dije que debía dejar Devonshire tan de repente... jamás los olvidaré. ¡Y ello unido a tanta fe, tanta confianza en mí! ¡Oh, Dios! ¡Qué canalla sin sentimientos fui! Callaron ambos por algunos momentos. Elinor fue la primera en hablar. —¿Le dijo que regresaría pronto? —No sé lo que le dije —replicó él, angustiado—; menos de lo que me obligaba el pasado, sin ninguna duda, y con toda probabilidad mucho más de lo que justificaba el futuro. No puedo pensar en eso... no servirá de nada. Y después llegó su querida madre, a torturarme más todavía con toda su bondad y confianza. ¡Gracias a Dios que sí me torturó! ¡Qué infeliz me sentí! Señorita Dashwood, no puede imaginarse qué consuelo es mirar hacia atrás y recordar cuán infeliz me sentí. Es tan extraordinario el rencor que me guardo por la estúpida, villana locura de mi propio corazón, que todos los sufrimientos que en el pasado tuve por su causa, hoy no son sino sentimientos de triunfo y gozo. En fin, fui, abandoné todo lo que amaba, y me dirigí hacia quienes, en el mejor de los casos, solo sentía indiferencia. Mi viaje a la ciudad, en mi propio carruaje, tan aburrido, sin nadie con quien hablar... ¡qué pensamientos alegres, qué gratas perspectivas por delante! Y cuando recordaba Barton, ¡qué imagen consoladora! ¡Ah, sí fue un viaje magnífico! Se detuvo. —En fin, señor —dijo Elinor, que aunque compadeciéndolo, se impacientaba por verlo partir—, ¿y es eso todo? —¡Todo! No. ¿Ha olvidado quizá lo que ocurrió en la ciudad? ¡Esa carta infame! ¿Se la mostró? —Sí, vi todas las notas que se intercambiaron. —Cuando recibí la primera (que me llegó de inmediato, pues todo el tiempo estuve en la ciudad), lo que sentí fue, como se dice comúnmente, imposible de expresar. En palabras más sencillas, quizá demasiado sencillas para despertar ninguna emoción, mis sentimientos fueron muy, muy angustiosos. Cada línea, cada palabra fue, en la trillada frase que prohibiría su querida autora, si estuviera aquí, una puñalada en mi corazón. Saber que Marianne estaba en la ciudad fue, en el mismo lenguaje, un rayo. ¡Rayos y puñaladas! ¡Cómo me habría reprendido! Su gusto, sus opiniones... creo que las conozco mejor que las mías, y con toda seguridad las amo más. El corazón de Elinor, que había recorrido toda una gama de emociones en el curso de esta insólita conversación, volvió a ablandarse una vez más; aun así, sintió que era su deber refrenar en su compañero ideas como la última que había expresado. —Eso no está bien, señor Willoughby. Recuerde que está casado. Hábleme solo de aquello que su conciencia estima necesario que yo sepa. —La nota de Marianne, en que me decía que yo todavía le era tan querido como antes; que pese a las muchas, muchas semanas en que habíamos estado separados, ella seguía tan fiel en sus sentimientos y tan llena de confianza en la fidelidad de los míos como siempre, desencadenó todos mis remordimientos. Digo que los desencadenó, porque el tiempo y Londres, las ocupaciones y la disipación, de alguna manera los habían adormecido y me había estado transformando en un malvado completamente envilecido, creyéndome insensible a ella y escogiendo creer que también yo debía haberle llegado a ser indiferente; diciéndome que nuestra relación en el pasado no había sido más que un pasatiempo, un asunto banal; encogiéndome de hombros como prueba de ello, y acallando toda reconvención, venciendo todo escrúpulo con el recurso de decirme en silencio de vez en cuando, “Estaré feliz de todo corazón cuando la sepa bien casada”. Pero su nota me hizo conocerme mejor. Sentí que me era infinitamente más querida que ninguna otra mujer en el mundo, y que me estaba comportando con ella de la manera más villana. Pero en ese momento ya todo estaba definido entre la señorita Grey y yo. Volver atrás era imposible. Todo lo que tenía que hacer era evitarlas a ustedes dos. No le respondí a Marianne, intentando con este proceder impedir que volviera a reparar en mí; y durante algún tiempo incluso estuve decidido a no acudir a Berkeley Street; pero, por último, juzgando más prudente fingir que solo se trataba de una relación fría y ordinaria, aguardé una mañana a que hubieran salido de la casa y dejé mi tarjeta. —¡Esperó a que saliéramos de la casa! —Sí, incluso eso. Le sorprendería saber con cuánta frecuencia las vi, cuántas veces estuve a punto de encontrarme con ustedes. Entré en innumerables tiendas para evitar que me vieran desde el carruaje en que iban. Viviendo en Bond Street como yo lo hacía, casi no había día en que no descubriera a una de ustedes; y lo único que pudo mantenernos apartados durante tanto tiempo fue mi permanente guardia, un constante e imperativo deseo de ocultarme fuera de la vista de ustedes. Evitaba a los Middleton tanto como me era posible, al igual que a todos los que podían resultar conocidos comunes. Pero sin saber que se encontraban en la ciudad, me tropecé con sir John, creo, el día en que llegó, al día siguiente de mi visita a casa de la señora Jennings. Me invitó a una fiesta, a un baile en su casa esa noche. Aunque no me hubiera dicho para convencerme que usted y su hermana estarían allí, habría sentido que era algo demasiado probable como para atreverme a ir. La mañana siguiente trajo otra breve nota de Marianne, todavía cariñosa, franca, ingenua, confiada... todo lo que podía hacer más odiosa mi conducta. No pude contestarle. Lo intenté, y no pude redactar ni una sola frase. Pero creo que no había momento del día en que no pensara en ella. Si puede compadecerme, señorita Dashwood, compadézcase de mi situación como era en ese entonces. Con la mente y el corazón llenos de su hermana, ¡tenía que representar el papel de feliz enamorado frente a otra mujer! Esas tres o cuatro semanas fueron las más horribles de todas. Y así, finalmente, como no es necesario que le explique, inevitablemente nos encontramos. ¡Y a qué dulce imagen rechacé! ¡Qué noche de agonía fue esa! ¡De un lado, Marianne, hermosa como un ángel, diciendo mi nombre con tan dulces acentos! ¡Oh, Dios! ¡Alargándome la mano, pidiéndome una explicación con esos embrujadores ojos fijos en mi rostro con tan expresiva solicitud! Y Sophia, celosa como el demonio, por el otro lado, mirando todo lo que... En fin, qué importa ahora; ya todo ha terminado. ¡Qué noche aquella! Hui de ustedes apenas pude, pero no antes de haber visto el dulce rostro de Marianne blanco como un espectro. Esa fue la última vez que la vi, la última imagen que tengo de ella. ¡Fue una visión terrible! Pero cuando hoy la imaginé muriendo de verdad, fue una especie de alivio pensar que sabía exactamente cómo aparecería ante los últimos que la verían en este mundo. La tuve frente a mí, siempre frente a mí durante todo el camino, con el mismo rostro y el mismo color. A esto siguió una breve pausa en que ambos callaron, pensativos. Willoughby, levantándose primero, la rompió con estas palabras: —Bien, debo ir deprisa e irme. ¿Seguro que su hermana está mejor, fuera de peligro? Sí, estamos seguros. —También su pobre madre, ¡con lo que adora a Marianne! —Pero la carta, señor Willoughby, su propia carta; ¿no tiene nada que decir sobre ella? —Sí, sí, esa en particular. Su hermana me escribió a la mañana siguiente, como sabe. Ya conoce usted lo que allí decía. Yo estaba desayunando en casa de los Ellison; y desde el lugar donde me alojaba me llevaron su carta, junto con otras. Y ocurrió que Sophia la vio antes que yo; y su porte, la elegancia del papel, la letra, todo le infundió inmediatas sospechas. Ya antes le habían llegado vagos informes sobre una relación mía con una joven en Devonshire, y lo ocurrido la noche anterior ante su vista le había indicado quién era la joven, poniéndola más celosa que nunca. Fingiendo entonces ese aire juguetón que es seductor en la mujer que uno ama, abrió ella misma la carta y leyó su contenido. Fue un buen pago a su mala educación. Leyó las palabras que la hicieron infeliz. Yo podría haber soportado su infelicidad, pero su cólera, su inquina, de cualquier forma había que calmarlas. Y así, ¿qué piensa del estilo epistolar de mi esposa? Delicado, tierno, muy femenino, ¿verdad? —¡Su esposa! Pero si la carta venía de su puño y letra. —Sí, pero mi único crédito es haber copiado servilmente frases que me avergonzaba firmar. El original fue totalmente de ella, sus propias felices ideas y gentil redacción. Pero, ¿qué podía hacer yo? Estábamos comprometidos, estaban preparando todo, casi habían fijado la fecha... pero hablo como un necio. ¡Preparaciones! ¡Fecha! Hablando sinceramente, necesitaba su dinero, y en una situación como la mía tenía que hacer cualquier cosa para evitar un rompimiento. Y después de todo, ¿qué importancia podía tener para la opinión de Marianne y sus amigos sobre mi carácter, el lenguaje en que estuviera formulada mi respuesta? Debía servir a un solo propósito. Tenía que mostrarme como un villano, y poco importaba que lo hiciera con una venia o una bravuconada. “Mi reputación ante ellas está arruinada para siempre”, me dije; “estoy para siempre proscrito de su lado; ya me creen un individuo sin principios, esta carta se limitará a hacerlas creerme un sinvergüenza”. Tales eran mis razonamientos mientras, en una especie de desesperada indiferencia, copiaba las palabras de mi esposa y me separaba de las últimas reliquias de Marianne. Sus tres cartas, desgraciadamente las guardaba en mi cartera, o habría podido negar su existencia y conservarlas como una reliquia para siempre. Debí incluirlas, y ni siquiera pude besarlas. Y el mechón de su cabello, también lo había llevado siempre conmigo en mi cartera, que ahora la señora registraba con la más cautivante inquina... Ese querido mechón... todo, fui despojado de cada recuerdo. —Está muy equivocado, señor Willoughby, son muy censurables sus palabras —dijo Elinor, mientras su voz, a su pesar, traicionaba la compasión que sentía—; no debía hablar de esta forma, ni de la señora Willoughby ni de mi hermana. Usted hizo su propia elección. Nadie se la impuso. Su esposa tiene, derecho a su cortesía, a su respeto al menos. Debe quererlo, o no se habría casado con usted. Tratarla en forma desconsiderada, hablar de ella despreciativamente, no repara lo hecho a Marianne, ni creo que alivie su propia conciencia. —No me hable de mi esposa —dijo él, con un profundo lamento—. Ella no merece su deferencia. Sabía que no la quería cuando nos casamos. Bien, nos casamos, vinimos a Combe Magna buscando ser felices, y después volvimos a la ciudad buscando estar alegres. Y ahora, ¿me compadece, señorita Dashwood? ¿O he dicho todo esto inútilmente? En su opinión, ¿soy, aunque sea tan solo un poco, soy menos culpable que antes? No siempre fueron incorrectas mis intenciones. ¿He justificado algo de mi culpa? —Sí, ciertamente ha eliminado algo de ella, una pequeña parte. Ha probado ser, en general, menos culpable de lo que lo había creído. Ha demostrado que su corazón es menos malvado, mucho menos malvado. Pero me es difícil saber, en cuanto a la infelicidad que ha causado, me es difícil pensar cómo podría haber sido peor. —¿Le contará a su hermana, cuando se haya recuperado, lo que le he dicho? Permítame aligerar un poco mi culpa también en su opinión. Me dice que ya me ha perdonado. Permítame creer que un mejor conocimiento de mi corazón, de mis actuales sentimientos, arrancará de ella un perdón más espontáneo, más natural, más dulce, menos señorial. Háblele de mi desgracia y mi arrepentimiento, dígale que mi corazón nunca le fue infiel, y si lo desea, que en la actualidad me es más querida que nunca. —Le diré todo cuanto sea necesario para lo que, relativamente, pueda llamarse su justificación. Pero no me ha explicado el motivo especial de su actual visita, ni cómo se enteró de su enfermedad. —Anoche, en la residencia del Drury Lane, me encontré con sir John Middleton, y cuando vio quién era (nuestro primer encuentro en estos dos meses), me dirigió la palabra. Que hubiera cortado conmigo desde mi matrimonio, no me causaba sorpresa ni rencor. En ese instante, sin embargo, con su alma buena, honrada y tonta, llena de indignación contra mí y preocupación por su hermana, no pudo resistir la tentación de contarme lo que él creyó que debía, aunque no pensó que el hacerlo, me podría afectar de manera tan espantosa. Tan bruscamente como pudo, entonces, me contó que Marianne Dashwood se estaba muriendo de una fiebre pútrida en Cleveland; una carta de la señora Jennings recibida esa mañana anunciaba que el peligro era inminente, el temor había alejado a los Palmer, etc. El golpe fue demasiado grande para permitirme aparentar insensibilidad, incluso ante el poco sagaz sir John. Su corazón se ablandó al ver cómo sufría el mío; y una parte tan grande de su rencor se había esfumado cuando nos despedimos, que casi llegó a estrecharme la mano, mientras me recordaba una vieja promesa sobre un cachorro pointer. Lo que sentí al escuchar que su hermana estaba muriendo, y muriendo creyéndome el mayor villano del mundo, despreciándome, odiándome en sus últimos momentos... porque, ¿cómo saber qué pérfidos planes no me habrían imputado? Estaba seguro de que al menos una persona podía hacerme aparecer capaz de todo. ¡Lo que sentí fue terrible! Pronto tomé una decisión, y hoy a las ocho de la mañana ya me encontraba en mi carruaje. Ahora ya lo sabe todo. Elinor no contestó. Sus pensamientos estaban silenciosamente fijos en el daño irreparable que una independencia demasiado temprana, y los consiguientes hábitos de ocio, disipación y lujos, habían causado en la mente, el carácter, la felicidad de un hombre que, a todas las ventajas de una buena apariencia y talentos, unía una disposición naturalmente sincera y honesta, y temperamento sensible y cariñoso. El mundo lo había hecho excéntrico y vanidoso; la excentricidad y la vanidad lo habían hecho insensible y egoísta. La vanidad, mientras Willoughby sacrificaba a otro en aras de su propio triunfo culpable, lo había involucrado en un verdadero afecto al que la extravagancia —o al menos su hija, la necesidad— había exigido renunciar. Cada uno de estos defectos, al conducirlo al mal, también lo había conducido al castigo. El cariño que contra todo honor, contra sus sentimientos, contra sus mejores intereses había aparentemente querido arrancar de sí, ahora, cuando ya no le era permitido, dominaba todos sus pensamientos; y la unión por cuya causa, sin ningún miramiento, había hecho desgraciada a su hermana, parecía haberse transformado en una fuente de infelicidad para él mismo de naturaleza mucho más incurable. De este arrobamiento la sacó después de algunos minutos Willoughby, quien, saliendo de uno al menos igual de doloroso, se levantó preparándose para partir y dijo: —No sirve de nada que permanezca aquí; debo irme. —¿Vuelve a la ciudad? —No, a Combe Magna. Tengo algo que resolver allí; en uno o dos días más lo haré dirigiéndome a la ciudad. Adiós. Le alargó la mano. Ella no pudo rehusar darle la suya; él se la estrechó con afecto. —Pero, ¿usted sí piensa más positivamente ahora de mí? —dijo, soltándola y apoyándose en la repisa de la chimenea, como si hubiera olvidado que tenía que irse. Elinor le aseguró que así era; que lo perdonaba, lo compadecía, que le deseaba lo mejor, incluso que fuera feliz, a lo que añadió un consejo de galanura sobre el comportamiento más adecuado para conseguirlo. Su respuesta no fue muy positiva. —En cuanto a eso —dijo—, tendré que arreglármelas lo mejor que pueda. En la felicidad hogareña no puedo ni pensar. Sin embargo, si usted y su familia tienen algún interés en mi suerte y en mis actos, puede ser la forma... puede ponerme en guardia... al menos, puede ser algo por lo que vivir. A Marianne, de todas maneras, la he perdido para siempre. Incluso si, por algún bendito azar, me encontrara libre de nuevo... Elinor lo detuvo con una recriminación. —Bien —dijo él—, de nuevo, adiós. Me iré ahora y viviré temiendo que ocurra una sola cosa. —¿Qué quiere decir? —Temeré el matrimonio de su hermana. —Va muy equivocado. Jamás podrá estar más fuera de su alcance de lo que está ahora. —Pero será de otro. Y si ese otro fuera el mismo que, entre todos los hombres, menos soporto... Pero no me quedaré a privarme de toda su compasiva buena voluntad al mostrarle que allí donde he hecho más daño, menos puedo perdonar. Adiós, ¡que Dios la bendiga! Y con estas palabras, se fue casi corriendo de la habitación. Capítulo XLV Durante un buen espacio de tiempo tras la marcha de Willoughby, incluso después de haberse perdido en la distancia el traqueteo de su carruaje, Elinor permaneció demasiado abatida por un conjunto de ideas muy diferentes entre sí, pero cuyo resultado general era la melancolía, para ni siquiera pensar en su hermana. Willoughby, el mismo a quien solo hacía media hora había detestado como el más despreciable de los hombres; Willoughby, a pesar de todos sus defectos, despertaba en ella una conmiseración tal por los sufrimientos que esos mismos defectos habían producido, que ahora la hacían pensar en él, apartado para siempre de su familia, con una ternura, con una pena más proporcionadas, como pronto reconoció para sí misma, a sus deseos que a sus méritos. Sintió que su influencia sobre ella se veía incrementada por circunstancias que razonablemente no habrían debido pesar: por el poco común atractivo de su apariencia; por sus modales francos, afectuosos y vivaces, que no hay mérito en poseer; y por ese todavía fervoroso amor por Marianne, en el que ni siquiera era inocente complacerse. Pero sintió todo esto mucho, mucho antes de ir debilitándose su influjo. Cuando finalmente volvió junto a la inconsciente Marianne, la encontró que acababa de despertarse, renovada por tan largo y dulce sueño, tal como lo había aguardado. El corazón de Elinor estaba colmado de felicidad. El pasado, el presente, el futuro; la visita de Willoughby, ver a Marianne a salvo y la anhelada llegada de su madre, la llenaron de una vivacidad que impidió toda señal de cansancio y la hizo temer tan solo que pudiera traicionarse frente a su hermana. Poco fue el tiempo, sin emЧитать дальше
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