Jane Austen - Novelas completas

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La autora inglesa
Jane Austen (1775-1817) es una de las voces más reconocidas de la literatura de habla inglesa, y quizás de la literatura universal. Sus obras fueron consideradas adelantadas a su tiempo por la forma de abordar temas como la percepción del rol de la mujer en la Inglaterra de transición entre los siglos XVIII y XIX, el matrimonio como instrumento de control social y el hermetismo y sectarismo de la alta sociedad inglesa.Siempre con una saludable dosis de humor e ironía, Austen escribió sobre temas complejos sin perder nunca de vista el entretenimiento que una historia interesante le podía brindar a sus lectores.Este volumen recoge sus novelas completadas en vida: «Sentido y Sensibilidad» (1811), «Orgullo y Prejuicio» (1813), «Mansfield Park» (1814), «Emma» (1815), «La Abadía de Northanger» (1818), «Persuasión» (1818) y «Lady Susan» (1871), aunque estas tres últimas fueron publicadas de manera póstuma, gracias a la creciente fama de la autora después de su temprana muerte.

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Su resentimiento ante tal conducta, su indignación por haber sido víctima de él, durante un breve lapso la hicieron centrarse solo en sus propios sentimientos; pero pronto se abrieron paso otros pensamientos, otras consideraciones. ¿La había estado engañando Edward a propósito? ¿Había fingido un afecto por ella que no sentía? ¿Era su compromiso con Lucy un compromiso de corazón? No; sin importar lo que alguna vez pudo haber sido, no podía creer tal cosa entonces. El afecto de Edward le pertenecía a ella. No podía engañarse en eso. Su madre, sus hermanas, Fanny, todos se habían dado cuenta del interés que él había mostrado por ella en Norland; no era una ilusión de su propia fantasía. Con certeza, él la amaba. ¡Cómo sosegó su corazón este convencimiento! ¡Cuántas cosas más la tentaba a perdonar! Él había sido culpable, grandemente culpable de permanecer en Norland tras haber sentido por primera vez que la influencia que ella tenía sobre él era mayor que la debida. En eso, no se lo podía defender; pero si él la había herido, ¡cuánto más se había herido a sí mismo! Si el caso de ella era digno de lástima, el de él era sin esperanza. Si durante un tiempo la imprudencia de él la había hecho desgraciada, a él parecía haberlo privado de toda posibilidad de ser de otra forma. A la larga, ella podría reconquistar el sosiego; pero él, ¿en qué podía colocar sus esperanzas? ¿Podría alguna vez conseguir una pasable felicidad con Lucy Steele? Si el afecto por ella fuera imposible, ¿podría él, con su integridad, su delicadeza e inteligencia cultivada, sentirse colmado con una esposa como esa: inculta, zafia y egoísta? El encandilamiento propio de un joven de diecinueve años bien pudo cegarlo a todo lo que no fuera el atractivo y buen carácter de Lucy; pero los cuatro años siguientes —años que, si se los vive juiciosamente, enriquecen tanto el entendimiento, debían haberle abierto los ojos a las carencias de su educación; y el mismo período de tiempo, que ella vivió en compañía de personas de inferior condición y entregada a intereses más banales, quizá la había despojado de esa sencillez que alguna vez pudo haberle dado un cariz interesante a su atractivo. Si cuando se suponía que era con Elinor que él quería casarse las trabas levantadas por su madre habían parecido grandes, ¡cuánto mayores no debían ser ahora, cuando la persona con quien estaba comprometido era sin duda inferior a ella en conexiones y, con toda probabilidad, inferior en fortuna! En verdad, estando el corazón de Edward tan desapegado de Lucy, quizá las exigencias sobre su paciencia no fueran demasiado grandes; ¡pero la tristeza no puede ser sino el estado natural de una persona que se siente consolada ante las expectativas de oposición y la dureza de parte de la familia! A medida que se agolpaban hirientes en ella estos pensamientos, se deshacía en llanto más por él que por sí misma. Apoyada en la convicción de no haber hecho nada que la hiciera merecedora de su actual desgracia, y consolada por la creencia de que Edward no había hecho nada que le enajenara su cariño, Elinor pensó que incluso ahora, en medio del punzante dolor tras el tremendo golpe recibido, podía dominarse bastante para ocultar de su madre y hermanas toda sospecha de la verdad. Y tan bien cumplió sus propias expectativas, que cuando se les unió en el momento de la cena tan solo dos horas después de haber asistido a la muerte de sus más queridas esperanzas, nadie podría haber sospechado, por la apariencia de las hermanas, que Elinor vivía un secreto desafío frente a los obstáculos que para siempre la separarían del objeto de su amor, y que Marianne se complacía en su interior en las perfecciones de un hombre de cuyo corazón se sentía enteramente prisionera, y a quien esperaba ver en cada carruaje que se aproximaba a su casa. La necesidad de ocultar de su madre y de Marianne lo que le había sido confiado como un secreto, aunque la obligaba a un continuo esfuerzo, no agravaba el dolor de Elinor. Al contrario, era un consuelo para ella ahorrarse el tener que comunicar algo que las habría hecho sufrir tanto, y liberarse al mismo tiempo de escuchar cómo su excesiva y afectuosa parcialidad por ella seguramente se habría desatado en condenas a Edward, algo que era más de lo que se sentía capaz de sobrellevar. Elinor sabía que no podría obtener ayuda alguna de los consejos o de la conversación de su familia; la ternura y pena que manifestarían solo iban a acrecentar el dolor que sentía, en tanto que el dominio sobre sí misma no recibiría estímulo ni de su ejemplo ni de sus elogios. La soledad la fortalecía más y su propio buen discernimiento le ofreció un tan buen apoyo, que su firmeza se mantuvo sin debilitarse y su apariencia de alegría todo lo invariable que podía estar en medio de sufrimientos tan dolorosos y recientes. A pesar de lo mucho que había sufrido en su primera charla con Lucy sobre el tema, pronto sintió un vivo deseo de reanudarla, y esto por más de una razón. Deseaba escuchar otra vez muchos detalles de su promesa; deseaba entender con mayor claridad lo que Lucy realmente sentía por Edward, si era en verdad sincera en sus declaraciones de apasionado cariño por él; y muy en especial quería convencer a Lucy, por su celeridad en volver al asunto de nuevo y su tranquilidad al conversar sobre él, que no le interesaba más que como amiga, algo que temía haber dejado al menos en duda con su involuntario nerviosismo durante su conversación matinal. Que Lucy se decantara a sentirse celosa de ella parecía bastante obvio; era evidente que Edward siempre la había ponderado mucho, y evidente no solo por lo que Lucy decía, sino por su atreverse a confiarle, tras tan poco tiempo de conocerse en persona, un secreto tan valioso y obviamente importante. E incluso los comentarios jocosos de sir John podían haber pesado en ello. Pero, en verdad, mientras Elinor siguiera sintiéndose tan segura en su interior de que Edward realmente la amaba, no se requería de más cálculos de probabilidades para considerar natural que Lucy se sintiera celosa; y de sus celos, su misma confidencia era prueba suficiente. ¿Qué otra razón podía haber para revelar su historia, sino que Elinor supiera de los mayores derechos que Lucy tenía sobre Edward y aprendiera a evitarlo en el futuro? No le costaba mucho comprender hasta este punto las intenciones de su rival, y en tanto estaba firmemente decidida a actuar según lo exigían todos los cánones de honor y honradez para luchar contra su propio afecto por Edward y verlo lo menos posible, no podía negarse el consuelo de intentar convencer a Lucy de que su corazón estaba a salvo. Y como nada podían añadir sobre el tema más doloroso que lo ya escuchado, no dudó de su propia serenidad para soportar tranquilamente una repetición minuciosa. Pero la ocasión de hacer lo planeado tardó en llegar, aunque Lucy estaba tan bien dispuesta como ella a aprovechar cualquier oportunidad que se presentase, pues un clima bastante cambiante les impidió salir a caminar, actividad que con facilidad les habría permitido separarse de los demás; y aunque se encontraban al menos día por medio en la finca o en la cabaña, y en especial en la primera, no se suponía que el objetivo de reunirse fuera conversar. Tal idea jamás se les pasaría por la cabeza ni a sir John ni a lady Middleton, y así dejaban muy poco tiempo para una charla en la que participaran todos, y ninguno en absoluto para diálogos personales. Se reunían para comer, beber y reírse juntos, jugar a las cartas o a las adivinanzas o a cualquier otro entretenimiento que produjera el suficiente ruido. Una o dos de esta clase de reuniones habían transcurrido ya sin darle a Elinor ocasión alguna de encontrarse con Lucy en privado, cuando una mañana apareció sir John en la casa para pedirles insistentemente que fueran a cenar con lady Middleton ese día, ya que él debía asistir al club en Exeter y ella podría quedar muy sola, a excepción de su madre y las dos señoritas Steele.Читать дальше
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