Knowledge house - Mujercitas

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Little Women o, Meg, Jo, Beth y Amy es una novela de la autora estadounidense Louisa May Alcott (1832-1888). Escrita y publicada en dos partes en 1868 y 1869, la novela sigue la vida de cuatro hermanas, Meg, Jo, Beth y Amy March, y se basa libremente en las experiencias infantiles de la autora con sus tres hermanas. La primera parte del libro fue un éxito comercial y crítico inmediato y provocó la composición de la segunda parte del libro, también un gran éxito. Ambas partes se publicaron por primera vez como un solo volumen en 1880. El libro es un clásico estadounidense incuestionable.

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Al decir esto, Amy mostró el hermoso frasco que sustituía el anterior, más barato. Su esfuerzo por ser humilde y olvidarse de sí misma enterneció a Meg, que se acercó a darle un abrazo; Jo dijo estar impresionada y Beth corrió hacia la ventana y cogió una de sus mejores rosas para adornar el imponente frasco.

—Veréis, esta mañana, después de leer y comentar que debíamos ser buenas, me avergoncé de mi regalo, de modo que decidí correr a la tienda y cambiarlo de inmediato. Y estoy encantada, porque ahora mi regalo es el mejor de todos.

Un segundo portazo mandó de nuevo el cesto bajo el sofá y las muchachas se sentaron a la mesa, ansiosas por desayunar.

—¡Feliz Navidad, Marmee! Gracias por los libros, hemos empezado a leerlos y les dedicaremos un rato cada día —exclamaron al unísono.

—¡Feliz Navidad, queridas hijas! Me alegra que hayáis iniciado la lectura y confío en que seréis perseverantes. Pero antes de sentarme a la mesa os quiero contar algo. Cerca de aquí hay una pobre mujer con un recién nacido. Sus seis hijos duermen acurrucados en una cama para no morir congelados, porque no tienen leña con la que calentarse. No tienen nada que llevarse a la boca y el hijo mayor vino a contarme que se mueren de hambre y de frío. Niñas, ¿os importaría darles vuestro desayuno como regalo de Navidad?

Todas tenían mucha hambre porque llevaban más de una hora esperando el desayuno, y al principio ninguna dijo nada. Pero, al cabo de un minuto, Jo exclamó impetuosamente:

—¡Me alegro de que hayas llegado antes de que empezásemos a comer!

—¿Puedo ir contigo a darles las cosas a los niños pobres? —inquirió Beth con entusiasmo.

—Yo llevaré los panecillos y la mantequilla —añadió Amy, que ofrecía heroicamente sus alimentos favoritos.

Meg ya estaba cubriendo el pastel y colocando los bollos en una bandeja.

—Estaba segura de que lo haríais —exclamó la señora March sonriendo satisfecha—. Acompañadme todas y, cuando volvamos, comeremos pan con leche. Prometo compensaros a la hora de la cena.

Enseguida lo tuvieron todo listo y salieron en procesión. Por fortuna, era temprano y fueron por calles secundarias, por lo que pocas personas las vieron, y nadie se rió del divertido espectáculo que daban.

Encontraron una habitación pobre vacía y miserable con los cristales de las - фото 7

Encontraron una habitación pobre, vacía y miserable, con los cristales de las ventanas rotos, sin fuego en la chimenea. Una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un grupo de niños pálidos y hambrientos que buscaban cobijo bajo unas sábanas andrajosas y una colcha vieja, en un intento de protegerse del frío. Al ver entrar a las jóvenes, abrieron de par en par sus grandes ojos y esbozaron una sonrisa con sus labios amoratados.

—¡Oh, mein Gott ! ¡Dios nos ha enviado a sus ángeles! —exclamó la pobre mujer llorando de alegría.

—Menudos ángeles, ¡con gorros y mitones! —apuntó Jo, y todos se echaron a reír.

Transcurridos unos minutos, daba realmente la sensación de que los buenos espíritus se habían puesto a trabajar. Hannah, que había llevado leña, encendió la lumbre y tapó los huecos de los cristales con unos sombreros viejos y su propio chal. La señora March sirvió a la madre té con gachas y la consoló y le prometió ayuda mientras cambiaba al bebé con tanta ternura como si fuese suyo. Las chicas, entretanto, pusieron la mesa, colocaron a los niños junto al fuego y les dieron de comer como a pajarillos hambrientos, riendo, charlando y tratando de entender su divertido chapurreo.

Das ist gute! Der angel-kinder! —exclamaban las pobres criaturitas al tiempo que comían y acercaban sus manos púrpuras de frío al calor del hogar. Las muchachas no estaban acostumbradas a que las llamaran «ángeles», y les pareció muy agradable, especialmente a Jo, a la que todos consideraban un verdadero «Sancho» desde que nació. Aquél fue un feliz desayuno, aunque ellas no probaran bocado, y cuando se marcharon, después de dar consuelo a la pobre familia, no creo que hubiera en la ciudad unas muchachas más dichosas que las cuatro hambrientas jovencitas que habían regalado su desayuno y se conformaron con el pan con leche que comieron al volver a casa, aquella mañana de Navidad.

—Esto es amar al prójimo más que a uno mismo y me ha encantado —afirmó Meg mientras preparaban los regalos para su madre, que estaba en el piso de arriba, buscando ropa para los pobres Hummel.

Los regalos no eran muy lujosos, pero los habían adquirido con mucho amor y estaban dispuestos en pequeños grupos sobre la mesa, alrededor de un elegante jarrón con rosas rojas, crisantemos blancos y hojas de vid.

—¡Ya viene! Beth, ¡empieza a tocar! Amy, ¡abre la puerta! ¡Tres hurras por Marmee! —exclamó Jo dando saltos por toda la habitación mientras Meg salía para acompañar a su madre hasta el sitio de honor.

Beth tocó una alegre marcha, Amy abrió la puerta de par en par y Meg actuó de escolta con gran dignidad. La señora March estaba emocionada y sorprendida; sonrió satisfecha mientras repasaba con la mirada los regalos y leía las pequeñas notas que los acompañaban. Las zapatillas le entraron a la primera, se guardó un pañuelo en el bolsillo, se perfumó con la colonia de Amy, se colocó la rosa en el pecho y aseguró que los guantes le quedaban perfectos.

Rieron, se besaron y charlaron con la sencillez y calidez que hacen que los encuentros familiares sean tan gratos en su momento y se recuerden con cariño mucho tiempo después. Luego volvieron a ponerse manos a la obra.

Transcurrida la mañana entre obras de caridad y ceremonias de entrega de regalos, dedicaron el resto del día a preparar la función de la noche. Debido a su juventud, no habían acudido demasiado al teatro y, además, no disponían de medios económicos para hacerse con accesorios caros para sus representaciones, pero la necesidad es la madre de la invención e improvisaban cuanto era preciso para sus funciones. Algunas de sus creaciones eran especialmente ingeniosas, como una guitarra de cartón, unas lámparas de estilo antiguo fabricadas con viejos recipientes de mantequilla cubiertos con papel de aluminio, majestuosos ropajes confeccionados con telas viejas, lentejuelas y restos de metal procedentes de una fábrica de conservas y una armadura fabricada con los restos de las planchas de metal de los que se cortaban las tapas de las latas. Los muebles ya estaban acostumbrados a que los pusieran patas arriba y la gran sala ya había sido escenario de varias de sus inocentes representaciones.

Como no podían intervenir hombres, Jo representaba encantada los papeles masculinos y se calzaba con inmensa satisfacción un par de botas de cuero rojo que le había regalado un amigo que conocía a una dama que conocía a un actor. Las botas eran, junto a un florete antiguo y un jubón acuchillado que una vez un artista usó para una foto, los tesoros de Jo y salían a escena en todas las ocasiones. El escaso número de integrantes de la compañía obligaba a las dos actrices principales a representar varios papeles, y era digno de admirar el esfuerzo que suponía aprender diálogos de tres o cuatro personajes distintos y el trajín de entrar y salir para cambiarse de ropa sin desatender la escena. Era un ejercicio excelente para su memoria y una diversión inofensiva, en la que invertían muchas horas que, de otro modo, hubiesen podido ser tediosas, solitarias o emplearse en una vida social menos provechosa.

Aquella Nochebuena, una docena de jovencitas se apiñó primero sobre la cama, convertida en palco, y se sentaron después frente a unas cortinas de cretona azul y amarilla que hacían las veces de telón, entusiasmadas y expectantes. Tras las cortinas había mucho movimiento por los preparativos de última hora, del escenario salían cuchicheos, asomaba un resto de humo de una lámpara y se oía alguna que otra risita de Amy, que siempre se ponía histérica por la emoción del momento. Sonó una campanilla, el telón se abrió y la Tragedia operística dio comienzo.

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