Como Bessie ya había terminado de limpiar y arreglar el cuarto y se había lavado las manos, abrió un cajón repleto de maravillosos retales de seda y raso y se puso a confeccionar un gorrito nuevo para la muñeca de Georgiana. Mientras tanto, canturreaba; esta era su canción:
En los días que íbamos errantes,
hace tanto tiempo.
Yo había oído la canción muchas veces y siempre me había encantado, porque Bessie tenía una voz dulce, o así me lo parecía a mí. Pero esta vez, aunque seguía siendo dulce, la melodía me pareció infinitamente triste. A veces, cuando estaba distraída por sus tareas, cantaba el estribillo con voz baja y pausada.
«Hace tanto tiempo» recordaba la cadencia más triste de un canto fúnebre. Pasó a cantar otra balada, esta realmente lastimera.
Mis pies están doloridos y mi cuerpo fatigado
el camino es largo, y las montañas escarpadas;
el crepúsculo caerá pronto, lúgubre, sin luna,
sobre los pasos de la pobre huerfanita.
¿Por qué me han mandado tan lejos y tan sola
donde se extienden los páramos y se elevan las rocas?
Los hombres son crueles, y solo los ángeles
velan los pasos de la pobre huerfanita.
La brisa nocturna sopla suave y remota;
las estrellas iluminan un cielo sin nubes;
Dios, en su bondad, prodiga cuidados,
consejo y esperanza a la pobre huerfanita.
Aunque me caiga al cruzar el puente roto
o me pierda en el lodazal, atraída por los fuegos fatuos
mi Padre celestial, con promesas y afecto,
acogerá en su seno a la pobre huerfanita.
Hay un pensamiento que me debe dar fuerzas:
aun privada de refugio y familia,
el Cielo es mi casa, hallaré descanso;
Dios es amigo de la pobre huerfanita.
—Ande, señorita Jane, no llore usted —dijo Bessie al acabar. Igualmente hubiera podido decirle al fuego «¡No ardas!», pero ¿cómo había de adivinar el hondo sufrimiento que yo padecía? El señor Lloyd volvió a presentarse durante la mañana.
—¿Qué, ya levantada? —me dijo al entrar en el cuarto de los niños—. Bueno, Bessie, ¿cómo se encuentra?
Bessie respondió que yo estaba muy bien.
—Entonces debería tener una cara más alegre. Ven aquí, señorita Jane. Te llamas Jane, ¿verdad?
—Sí, señor: Jane Eyre.
—¿Has llorado, señorita? ¿Por qué? ¿Te duele algo?
—No, señor.
—Me imagino que llora por no poder salir con la señora en el coche —intervino Bessie.
—¡No es posible! Es muy mayor para llorar por semejante tontería.
Yo opinaba igual y, como la acusación falsa hirió mi amor propio, contesté enseguida:
—En mi vida he llorado por tal cosa: detesto salir en el coche. Lloro porque estoy muy triste.
—¡Qué vergüenza, señorita! —dijo Bessie.
El buen boticario parecía estar algo perplejo. Yo estaba de pie ante él y me miró fijamente con sus pequeños ojos grises, no muy brillantes, y creo que, desde la perspectiva de ahora, me parecerían astutos. Tenía un rostro de facciones duras pero expresión bondadosa. Después de contemplarme a su antojo, preguntó:
—¿Por qué te pusiste enferma ayer?
—Se cayó —interrumpió de nuevo Bessie.
—¿Se cayó? ¿Cómo un bebé? ¿Es que no sabe andar aún, con la edad que tiene? Debe de tener ocho o nueve años.
—Me tiraron —fue mi explicación escueta, arrancada por el deseo de salvar mi amor propio—, pero no me puse mala por eso —añadí, mientras el señor Lloyd tomaba una pizca de rapé.
Cuando guardaba la cajita del rapé en el bolsillo de su chaleco, se oyó la campana que anunciaba la comida de las criadas. Él supo su significado, y dijo a Bessie:
—La llaman, Bessie; puede marcharse. Yo le daré un sermón a la señorita Jane hasta su vuelta.
A Bessie le hubiera gustado más quedarse, pero hubo de marcharse porque en Gateshead Hall se exigía una puntualidad estricta en las comidas.
—Si no fue la caída lo que te puso enferma, ¿qué fue? —prosiguió el señor Lloyd después de la marcha de Bessie.
—Me encerraron en un cuarto donde hay un fantasma, hasta que se hizo de noche.
Vi cómo el señor Lloyd sonreía y fruncía el ceño a la vez.
—¡Un fantasma! Pues sí que eres un bebé, después de todo. ¿Tienes miedo de los fantasmas?
—Del fantasma del señor Reed, sí. Murió y se le veló en esa habitación. Ni Bessie ni nadie se atreve a entrar allí por la noche, si pueden evitarlo. Fue cruel encerrarme sola sin una vela, tan cruel que creo que no se me olvidará nunca.
—¡Tonterías! ¿Por eso estás tan triste? ¿Tienes miedo ahora, a la luz del día?
—No, pero volverá a caer la noche dentro de poco, y, además, estoy triste, muy triste, por otras cosas.
—¿Qué otras cosas? ¿Puedes contarme alguna?
¡Con qué fuerza deseaba contestar a esa pregunta, pero qué difícil era encontrar las palabras! Los niños tienen sentimientos pero no saben analizarlos, o si los analizan parcialmente, no saben expresar con palabras los resultados de tales análisis. Sin embargo, como temía perder esta primera y única oportunidad de aliviar mi pena compartiéndola, después de un momento de turbación, intenté darle una respuesta sincera, aunque escueta.
—Por un lado, no tengo ni padre ni madre ni hermanos.
—Pero tienes una tía amable, y primos.
Vacilé de nuevo, y luego proseguí con torpeza:
—Pero John Reed me tiró y mi tía me encerró en el cuarto rojo.
El señor Lloyd volvió a sacar la cajita del rapé.
—¿No te parece que Gateshead Hall es una hermosa casa? —me preguntó—. ¿No estás muy agradecida de tener tan magnífico lugar donde vivir?
—No es mi casa, señor, y Abbot dice que tengo menos derecho a estar aquí que una criada.
—¡Bobadas! No puedes ser tan tonta como para querer dejar tan espléndida mansión.
—Si tuviera adonde ir, la dejaría encantada. Pero no podré alejarme de Gateshead Hall hasta que sea mayor.
—Puede que sí. ¿Quién sabe? ¿No tienes más parientes que la señora Reed?
—Creo que no, señor.
—¿Nadie por parte de padre?
—No lo sé. Se lo pregunté a mi tía una vez y me dijo que quizás tuviese algunos parientes pobres y humildes llamados Eyre, pero que no sabía nada de ellos.
—Y si los tuvieses, ¿te gustaría ir a vivir con ellos?
Reflexioné. La pobreza atemoriza a los adultos y aún más a los niños, que no tienen idea de lo que es ser pobre, trabajador y respetable; solo relacionan la palabra con ropa andrajosa, comida escasa, chimeneas apagadas, modales toscos y vicios denigrantes. Para mí, la pobreza era sinónimo de degradación.
—No, no me gustaría vivir con personas pobres —fue mi respuesta.
—¿Aunque te trataran con amabilidad?
Negué con la cabeza. No creía posible que los pobres pudieran ser amables. Y además, aprender a hablar como ellos, adoptar sus modales, ser inculta, crecer para convertirme en una de las pobres que a veces veía amamantando a sus niños o lavándose la ropa en las puertas de las casitas de la aldea de Gateshead, no me consideraba tan valiente como para comprar mi libertad a tal precio.
—Pero ¿tan pobres son tus parientes? ¿Son de clase trabajadora?
—No lo sé. Mi tía me dice que, si existen, deben de ser unos mendigos, y no me gustaría ponerme a mendigar.
—¿Te gustaría ir a la escuela?
Me puse a reflexionar de nuevo. Apenas si sabía lo que era la escuela. A veces Bessie la nombraba como un lugar donde se sentaba a las señoritas en duros bancos, se les enseñaba a andar derechas con tablas a la espalda, y se les exigía que fueran extremadamente refinadas y correctas. John Reed odiaba su escuela y no tenía nada bueno que decir de su maestro, pero los gustos de John Reed no me servían de ejemplo, y si las impresiones de Bessie sobre la disciplina escolar (basadas en lo que le habían dicho las señoritas de la casa donde había servido antes de venir a Gateshead) me resultaban algo aterradoras, los detalles de las habilidades adquiridas por esas mismas señoritas me resultaban muy atractivas. Hablaba de las bellas pinturas de paisajes y flores que ejecutaban, de las canciones que cantaban y las piezas que tocaban, de las labores que realizaban, de los libros que traducían del francés; al escucharla, mi espíritu anhelaba emularlas. Además, la escuela sería un cambio completo, significaría un largo viaje, alejarme totalmente de Gateshead y emprender una nueva vida.
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