La semana siguiente se me hizo larga, pero por fin acabó, como todas las cosas bajo el sol, y me encontré una vez más camino de Lowton al final de un día agradable de otoño. Por cierto, era un camino pintoresco, que pasaba junto al arroyo y por los bonitos recovecos de la cañada. Pero ese día pensaba más en las cartas que pudieran estar esperando en el pueblo al que me dirigía que en los encantos de los prados y las aguas.
Mi supuesto propósito en esta ocasión era hacerme medir los pies para encargar un par de zapatos, por lo que primero atendí ese asunto y, una vez realizado, crucé la calle apacible y limpia desde la zapatería a la oficina de correos. Cuidaba de esta una anciana con anteojos en la nariz y mitones negros en las manos.
—¿Hay cartas para J. E.? —pregunté.
Me miró fijamente por encima de sus anteojos, después abrió un cajón entre cuyo contenido hurgó largo rato, tanto, que empezaron a disiparse mis esperanzas. Por fin, habiendo sostenido ante sus ojos un documento durante casi cinco minutos, me lo pasó por encima del mostrador, acompañando su acción de otra mirada curiosa y desconfiada: era para J. E.
—¿Solo hay una? —pregunté.
—No hay más —dijo. La guardé en el bolsillo y me encaminé a casa. No podía abrirla, puesto que eran ya las siete y media y el reglamento exigía que estuviera de vuelta a las ocho.
Me esperaban varias tareas a mi regreso: vigilé a las chicas durante la hora de estudio; luego me tocó leer las oraciones y acompañarlas a la cama, y después cené con las demás profesoras. Incluso cuando por fin nos retiramos a dormir, la ineludible señorita Gryce era aún mi compañera. Nos quedaba un corto cabo de vela en la palmatoria y temía que siguiera hablando hasta agotarlo. Afortunadamente, la cena pesada que había comido tuvo un efecto soporífero sobre ella, y antes de terminar de desvestirme, ya roncaba. Quedaba una pulgada de vela; saqué la carta y rompí el sello, que llevaba la inicial F; el contenido era breve.
«Si J. E., que se anunció en el Herald del condado de… del jueves pasado, posee los conocimientos que menciona y puede proporcionar referencias satisfactorias en cuanto a su carácter y eficiencia, se le puede ofrecer un puesto para instruir a una sola alumna de menos de diez años de edad, con un sueldo de treinta libras al año. Se ruega a J. E. que envíe las referencias, el nombre, dirección y todos sus datos a: Señora Fairfax, Thornfield, cerca de Millcote, Condado de…».
Estuve mucho tiempo examinando el documento; la letra era anticuada y un poco vacilante, como la de una anciana. Esta circunstancia era satisfactoria, ya que me había preocupado el secreto temor de que, al actuar por mi cuenta y sin consejos, me arriesgaba a hallarme en un apuro, y, por encima de todo, deseaba que el resultado de mis esfuerzos fuese respetable, correcto y en règle . Pensé que una señora mayor no era mal ingrediente del asunto que tenía entre manos. ¡La señora Fairfax! La veía vestida con un traje negro y un velo de viuda, quizás distante, pero amable, un modelo de respetabilidad inglesa. ¡Thornfield! Indudablemente era el nombre de su casa, un lugar primoroso y ordenado, estaba segura, aunque fracasaron mis esfuerzos por imaginar un plano de la propiedad. Millcote, Condado de…: repasé mis conocimientos del mapa de Inglaterra, y los vi, tanto el condado como el pueblo. El condado de… estaba a setenta millas más cerca de Londres que el lejano condado donde residía, lo que me parecía una recomendación. Ansiaba estar en un lugar lleno de vida y movimiento. Millcote era un pueblo industrial grande a orillas del río A…, seguramente un sitio de bastante actividad. Tanto mejor: por lo menos sería un cambio total, aunque no me atraía mucho la idea de las altas chimeneas con sus nubes de humo. «Pero —me dije— seguramente Thornfield estará alejado del pueblo».
En aquel momento se hundió la base de la vela y se apagó la mecha.
Al día siguiente había muchas cosas que organizar. Ya no podía guardar para mí mis planes, sino que debía comunicarlos para lograr mi propósito. Pedí entrevistarme con la directora y me recibió durante el recreo de mediodía. Le conté que tenía la posibilidad de conseguir un nuevo puesto con un sueldo dos veces mayor que el actual (en Lowood me pagaban solo quince libras al año). Le rogué que comunicara la noticia al señor Brocklehurst o a otros miembros del comité, para averiguar si me permitirían nombrarlos como referencias, y consintió, solícita, en hacer de intermediaria en el asunto. Al día siguiente, informó al señor Brocklehurst de la noticia, y este dijo que había que escribir a la señora Reed, puesto que era mi tutora natural. Se redactó una carta para esta señora, a la que contestó que yo podía hacer lo que me viniera en gana, ya que hacía tiempo había renunciado a interferir en mis asuntos. Esta carta pasó al comité y, finalmente, después de lo que me pareció una demora fastidiosa, se me dio permiso formal para mejorar mi situación si podía. También añadieron que, como siempre había tenido un buen comportamiento, tanto de alumna como de profesora, en Lowood, me entregarían inmediatamente un certificado, firmado por los inspectores de la institución, dando fe de mi buen carácter y aptitudes.
Al cabo de una semana recibí este certificado, del que envié una copia a la señora Fairfax, y me llegó la contestación de esta señora, declarándose satisfecha y fijando una fecha quince días más tarde para que asumiera el puesto de institutriz en su casa.
Me puse a hacer los preparativos enseguida y los quince días pasaron volando. No poseía mucha ropa, aunque sí suficiente para mis necesidades, y me bastó el último día para preparar mi baúl, el mismo que había traído de Gateshead ocho años atrás.
Se ató el baúl con cuerdas y se le fijó una etiqueta. Media hora después, había de recogerlo un mensajero para llevarlo a Lowton, adonde yo misma iba a dirigirme al día siguiente de buena mañana para coger el coche. Había cepillado mi vestido de viaje de tela negra, y preparado mi sombrero, guantes y manguito. Busqué en todos los cajones por si me olvidaba de algún objeto y, no teniendo otra cosa que hacer, me senté e intenté descansar, pero no pude. Aunque había pasado todo el día de pie, no podía reposar ni un instante, por estar demasiado nerviosa. Se cerraba una fase de mi vida esa noche, y se abriría una nueva al día siguiente. Era imposible dormir en el intermedio: debía vigilar ansiosa el cumplimiento del cambio.
—Señorita —me dijo una criada en el pasillo, donde erraba como alma en pena—, abajo hay una persona que quiere verla.
«Será el mensajero, sin duda», pensé, y me apresuré a bajar sin hacer preguntas. Cuando, camino de la cocina, pasé por el cuarto de estar de las profesoras, cuya puerta estaba entreabierta, alguien salió apresuradamente.
—¡Es ella, estoy segura! ¡La habría reconocido en cualquier sitio! —gritó la persona que se puso ante mí y me cogió de la mano, deteniéndome.
Miré y vi a una mujer vestida como una criada bien arreglada, una matrona, aunque todavía joven, guapa y vivaz, con el cabello y los ojos negros.
—Bueno, ¿quién soy? —preguntó con una voz y una sonrisa que reconocí a medias—. ¿No me habrá olvidado, señorita Jane?
Inmediatamente la abracé y besé extasiada. «¡Bessie, Bessie, Bessie!» fue lo único que dije, haciéndola reír y llorar a la vez. Entramos ambas en la sala, donde, junto a la chimenea, se encontraba un niño de tres años, con traje de pantalón de cuadros escoceses.
—Es mi hijo —dijo Bessie enseguida.
—Entonces, ¿estás casada, Bessie?
—Sí, desde hace casi cinco años, con Robert Leaven, el cochero, y además de este, que se llama Bobby, tengo una niña a la que he puesto Jane.
Читать дальше