Jock se puso a leer los artículos. Lo más interesante del primero, el aparecido en Earth and Planetary Science Letters, era que los autores reconocían que los resultados a los que habían llegado se oponían a la opinión generalizada de que los colapsos magnéticos tardarían miles, de años en producirse. Sin embargo, esa creencia estaba basada no tanto en hechos fundados como en la sensación general de que el campo magnético de la Tierra era una cosa tan grande que no podía ponerse boca abajo rápidamente.
Pero Cae y Prévot habían encontrado pruebas de colapsos extremadamente rápidos. Sus estudios estaban basados en corrientes de lava en la montaña Steens, al sur de Oregón, donde un volcán que había entrado en erupción cincuenta y seis veces durante una inversión de campo magnético, proporcionaba muestras de las distintas fases del cambio. Aunque no habían podido determinar los intervalos entre las erupciones, sabían cuánto debió tardar la lava en enfriarse en cada caso hasta el punto Curie, momento en que la orientación magnética de las rocas recién formadas se fija, en consonancia con la orientación y la fuerza actual del campo magnético de la Tierra. El estudio sugería que el campo se había colapsado en apenas unas semanas, en vez de hacerlo en milenios.
Jock leyó el segundo artículo de Cae y compañía en Nature, además de la crítica realizada por un hombre llamado Ronald T. Merrill, que parecía reducirse simplemente al «principio del menor esfuerzo»: era una declaración dogmática; costaba menos creer que Cae y Prévot estaban completamente equivocados que aceptar tan notable hallazgo, a pesar de que era incapaz de detectar ningún fallo en su trabajo.
Joe Krieger se acomodó en la silla. Parecía que lo que Ponter le había dicho al geólogo del Gobierno canadiense, Arnold Moore, era probablemente correcto.
Y eso, comprendió Jock, significaba que tal vez no hubiera tiempo que perder.
La Sociedad Paleo-antropológica se reunía anualmente y por turnos con la Asociación Arqueológica Americana y la Asociación Americana de Antropólogos Físicos. Este año la reunión era con la primera, y el lugar convenido el Crowne Plaza de Franklin Square.
La estructura del congreso era sencilla: un solo estilo de presentación, consistente en exposiciones de quince minutos. Sólo había ocasionalmente tiempo para preguntas; John Yellen, el presidente de la sociedad, mantenía el horario previsto con la precisión de un Phileas Fogg.
Al final del primer día de disertaciones muchos de los paleo-antropólogos se reunieron en el bar del hotel.
—Estoy segura de que a la gente le encantaría tener una oportunidad para hablar contigo informalmente —le dijo Mary a Ponter, en el pasillo que conducía al bar.
—¿Vamos?
Los acompañaba, solemne, un agente del FBI, una de sus sombras en aquel viaje.
Ponter dilató las aletas de la nariz.
—Hay gente fumando en esa sala.
Mary asintió.
—En un montón de jurisdicciones, gracias a Dios, los bares son el Único sitio donde la gente puede fumar todavía… y Ottawa y algunos otros lugares incluso lo han prohibido en los bares.
Ponter frunció el ceño.
—Lástima que esta reunión no fuera en Ottawa.
—Lo sé. Si no puedes soportarlo, no tenemos por qué entrar.
Ponter lo consideró.
—He tenido muchas ideas para inventos desde que estoy aquí, sobre todo de adaptación de la tecnología gliksin. Pero sospecho que la principal contribución sería desarrollar filtros nasales para que mi gente no se vea asaltada constantemente por los olores que hay aquí.
Mary asintió.
—A mí tampoco me gusta el olor del humo de tabaco. De todas formas…
—Podemos entrar —dijo Ponter.
Mary se volvió hacia el agente del FBI.
—¿Le apetece una copa, Carlos?
—Estoy de servicio, señora —dijo, cortante—. Pero lo que usted y el enviado Boddit quieran tomar me parece bien.
Mary abrió la marcha. La habitación era oscura, con paredes de madera panelada. Una docena de científicos estaban sentados a la barra en taburetes, y había tres grupitos en las mesas. Un televisor en la parte superior de una pared emitía una reposición de Seinfeld. Mary reconoció de inmediato el capítulo: aquel en que Jerry resulta ser un antidentista redomado. Estaba a punto de seguir avanzando cuando sintió la mano de Ponter en el hombro.
—¿No es ése el símbolo de tu país?
Ponter señalaba con la otra mano, y Mary miró hacia donde estaba indicando: un cartel eléctrico mural de Molson Canadian. Sabía que Ponter no podía leer lo que decía, pero había identificado correctamente la hoja de arce roja.
—Ah, sí —dijo Mary—. Canadá es famosa por eso aquí. Cerveza… Grano fermentado.
Ponter parpadeó.
—Debéis de estar muy orgullosos.
Mary se acercó a uno de los grupitos sentados en sillas en forma de cuenco alrededor de una mesa circular.
—Carlos, ¿le importa? —dijo, volviéndose hacia el hombre del FBI.
—Estaré por aquí, señora —respondió él—. Ya he oído suficiente sobre fósiles por un día.
Se dirigió a la barra y se sentó en un taburete, pero de cara hacia ellos, no al camarero.
Mary se volvió hacia la mesa. ¿Podemos sentarnos?
Las tres personas (dos hombres y una mujer) estaban enzarzadas en animada conversación, pero alzaron la cabeza y reconocieron de inmediato a Ponter.
—Dios mío, sí —dijo uno de los hombres.
Ya había una silla libre en la mesa; rápidamente, consiguió otra.
—¿A qué debemos el placer? —dijo el otro hombre, mientras Mary y Ponter se sentaban.
Mary pensó en decirles parte de la verdad: que nadie fumaba en la mesa y que los asientos estaban colocados de tal forma que, aunque otros pudieran desear unírseles, no había espacio para que nadie más lo hiciera: no quería que agobiaran a Ponter. Pero no tenía intención de contar el resto: que Norman Thierry, el pomposo experto en ADN de la UCLA estaba sentado al otro lado de la sala. Se moriría de ganas por hablar con Ponter, pero no podría hacerlo.
Así que Mary simplemente ignoró la pregunta e hizo las presentaciones.
—Éste es Henry Ciervo Corredor —dijo, indicando a un nativo americano de unos cuarenta años—. Henry es de Brown.
—Era de Brown —la corrigió Henry—. Me he trasladado a la Universidad de Chicago.
—Ah —dijo Mary—. Y ella e… —indicó a la mujer, que era blanca y tendría unos treinta y cinco años— Angela Bromley, del Museo de Historia Natural de Nueva York.
Angela tendió la mano derecha.
—Es un verdadero placer, doctor Boddit.
—Ponter —dijo Ponter, que había comprendido que en esta sociedad no había que usar el nombre de pila de otro a menos que se invitara a hacerlo.
—Y éste es mi marido, Dieter —continuó Angela.
—Hola —dijeron Mary y Ponter simultáneamente.
—¿Es usted antropólogo? —preguntó Mary.
—No, no, no —dijo Dieter—. Lo mío es el revestimiento de aluminio.
Ponter ladeó la cabeza.
—Lo oculta usted bien.
Los otros parecieron perplejos, pero Mary se echó a reír.
—Ya se acostumbrarán al sentido del humor de Ponter —dijo.
Dieter se levantó.
—Déjenme que les traiga algo de beber. Mary… ¿vino?
—Vino blanco, sí.
—¿Y Ponter?
Ponter frunció el ceño, sin saber qué pedir. Mary se inclinó hacia él.
—Los bares siempre tienen Coca-Cola.
—¡Coca-Cola! —dijo Ponter, con deleite—. Sí, por favor.
Dieter desapareció. Mary se sirvió algunos cacahuetes del cuenco de madera que había sobre la mesa.
—Bien —le dijo Angela a Ponter—. Espero que no le importe que le haga algunas preguntas. Ha vuelto usted nuestro campo patas arriba, ya sabe.
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