Robert Sawyer - Humanos

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Humanos: краткое содержание, описание и аннотация

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Un experimento científico hace posible la inesperada interacción entre dos universos paralelos con la salvedad de que, en uno de ellos, la especie humana que ha predominado son los Neanderthales y no los Cormagnones, como ha ocurrido en nuestro mundo.
Ponter Boddit y su hombre-compañero, Addikor Hulk, físicos neanderthales, han abierto un puente entre dos universos con su computador cuántico. Ahora se plantean volver a abrir ese paso para dar lugar al más prodigioso e intercambio cultural entre especies y universos.
Como Hominidos, que obtuvo el premio Hugo en 2003, Humanos ahonda en una prodigiosa exploración cultural, un nuevo tipo de ficción antropológica que centra sus mejores virtudes no sólo en la más actual ciencia moderna, sino, sobre todo, en las complejas consecuencias culturales, humanas y antropológicas de un inesperado cruce de culturas. Humanos explora con valentía esas diferencias culturales, mostrando otras posibilidades y contemplando nuestras propias convenciones sociales, culturales y religiosas desde un nuevo punto de vista.
Robert J. Sawyer es ya el mayor fenómeno de la ciencia ficción canadiense. Especialista en una ciencia ficción rigurosa que plantea cuestiones morales, ha obtenido ya más de veinticinco premios nacionales e internacionales por su obra. Con
obtuvo los premios Nebula, Aurora (de la ciencia ficción canadiense) y Homer (del foro de ciencia ficción de Compuserve) y, en los últimos seis años, ha sido cinco veces finalista del premio Hugo, un récord dificilmente igualable, que ha culminado con el Hugo obtenido por
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Una ancha banda de cuero cubierta de bolsas rodeaba la cintura de Ponter. Ya había hecho inventario: antibióticos, antivirales, potenciadores del sistema inmunológico, vendas esterilizadas, un escalpelo cauterizador láser, tijeras quirúrgicas y una selección de anticongestivos, analgésicos y somníferos. Tukana lucía un cinturón similar. También llevaban las dos maletas con varias mudas de ropa.

—Todo listo —dijo Ponter.

—Todo listo —repitió Tukana.

Adikor miró a Dern.

—¿Y tú?

El grueso científico asintió.

—Listo.

—Cuando queráis, entonces —le dijo Adikor a Ponter.

Ponter le hizo un gesto extendiendo los dedos.

—Vayamos a ver a nuestros primos.

—De acuerdo —dijo Adikor—. ¡Diez!

Había un exhibicionista de pie junto a Adikor; el otro estaba junto a Ponter.

—¡Nueve!

Los tres miembros del Gran Consejo Gris se miraron entre sí: muchos más hubiesen querido asistir, pero se decidió que no podían arriesgarse más que tres.

—¡Ocho!

Dern tiró de algunas clavijas de control de su consola.

—¡Siete!

Ponter miró a la embajadora Prat; si estaba nerviosa lo disimulaba bien.

—¡Seis!

Entonces miró por encima del hombro la ancha espalda de Adikor.

Deliberadamente no se habían despedido de ninguna manera especial la noche anterior: ninguno de los dos quería admitir que, si algo salía mal, cabía la posibilidad de que Ponter nunca regresara a casa.

—¡Cinco!

Y no perdería sólo a Adikor. La idea de que sus hijas se quedaran huérfanas a una edad tan temprana había sido la principal preocupación de Ponter al repetir aquel viaje.

—¡Cuatro!

Una preocupación menor (pero significativa) era volver a caer enfermo en el mundo gliksin, a pesar de que los doctores habían reforzado su sistema inmunológico y Hak había sido modificada para analizar constantemente su sangre en busca de cuerpos extraños.

—¡Tres!

También le preocupaba que él mismo o Tukana desarrollaran alergias a las cosas del otro lado.

—¡Dos!

Y Ponter tenía algún que otro recelo sobre la estabilidad a largo plazo del portal, basado, después de todo, en procesos cuánticos que eran, por su propia naturaleza, impredecibles. Sin embargo…

—¡Uno!

Sin embargo, a pesar de todos los problemas potenciales, de todos los inconvenientes potenciales, regresar al mundo gliksin tenía un aspecto muy positivo…

—¡Cero!

Ponter y Adikor tiraron simultáneamente de las clavijas de sus paneles de control.

De repente se produjo un gran rugido en la cámara de cálculo, visible a través de una ventana de la sala de control. Ponter sabía lo que estaba sucediendo aunque nunca lo había visto como espectador, Todo lo que no estuviera atornillado en la sala de cálculo estaba siendo lanzado al otro universo. Los cilindros de registro de cristal y acero (incluso el defectuoso, el 69) permanecieron firmes, pero todo el aire de la cámara estaba siendo intercambiado por una masa comparable en el otro universo. Cuando Ponter había sido trasladado accidentalmente, el espacio correspondiente del otro lado contenía una gigantesca esfera acrílica llena de agua pesada… el corazón de un detector de neutrinos gliksin.

Pero esta vez no llegó ningún borbotón de agua pesada. Habían achicado la cámara antes del regreso de Ponter, para que el daño que su llegada había causado a la esfera acrílica pudiera ser reparado.

Justo según lo previsto, la brillante sonda (cilíndrica, de aproximadamente una brazada de largo) atravesó el fuego azul que marcaba el portal, la luz abrazando los contornos de la sonda al hacerlo. Ya sólo se veían los cables de sujeción y telecomunicación sujetos a la sonda, tensos, que desaparecían en el aire a la altura de la cintura. Ponter dirigió su atención al gran monitor de pared añadido a la sala de control para mostrar lo que captara la sonda.

Y lo que captaba eran…

—¡Gliksins! —exclamó la embajadora Prat.

—Y yo que no me lo podía creer —dijo el consejero Bedros.

Adikor se volvió a mirar a Ponter, sonriendo.

—¿Hay alguien a quien conozcas?

Ponter observó la escena. Como antes, el portal había aparecido a varios cuerpos por encima del suelo; la instalación de cálculo cuántico parecía estar levemente por encima y ligeramente al norte del centro de la cámara de detección de neutrinos. Una docena o más de gliksins trabajaba dentro de la cámara, todavía seca. Todos llevaban mono y, en la cabeza, aquellas conchas de tortuga amarillas de plástico. La mayoría de los gliksins tenían la misma piel clara que el pueblo de Ponter, pero dos la tenían marrón oscuro. A Ponter le pareció que la mayoría de los trabajadores eran varones, pero era muy difícil decirlo con los gliksins. Naturalmente, la única cara que esperaba ver era femenina, pero no había ningún motivo para que estuviera haciendo reparaciones en el fondo de una mina.

Todas las caras miraban directamente la sonda y varios de los individuos señalaban con sus flacos brazos.

—No —dijo Ponter—, Nadie conocido.

Los micrófonos de la sonda estaban captando sonidos, que resonaban extrañamente en la cavernosa cámara. Ponter no entendía demasiado de lo que se decía, pero escuchó su nombre en algún momento.

—Hak —dijo Ponter, hablando a su Acompañante—, ¿qué están diciendo?

Hak tenía una nueva voz: mientras mejoraban a su Acompañante, Ponter le había pedido a Kobast Gant que programara una agradable voz masculina que no se pareciera a la de nadie que Ponter conociera.

Hak habló a través de su altavoz externo, para que todo el grupo pudiera oírlo.

—El varón situado a la derecha de la pantalla acaba de invocar a esa cosa que llaman Dios… al parecer, en este contexto, es una exclamación de sorpresa. El varón que está a su lado mencionó al hijo putativo de esa cosa Dios. Y la mujer que está a su lado ha dicho: «Santo cielo.»

—Muy extraño —dijo Tukana.

—El varón de la derecha —continuó Hak—, acaba de gritarle a alguien que se encuentra fuera de nuestro campo de visión que pongan a la doctora Mah en el enlace de comunicaciones.

Mientras Hak hablaba, varios humanos se acercaron a la sonda, A Ponter le gustó oír los jadeos de sorpresa de los tres miembros del Gran Consejo Gris y la embajadora Prat mientras veían sus primeras imágenes de cerca de los extraños y afilados rostros gliksin, con aquellas narices ridículamente pequeñas.

—Bueno —dijo Dera experto en robótica—, parece que hemos establecido contacto, y parece que las condiciones al otro lado son adecuadas.

Los tres miembros del Gran Consejo Gris consultaron entre sí durante varios latidos, y entonces Bedros asintió.

—Adelante —dijo.

Ponter y Dern agarraron cada uno un extremo del tubo de Derkers plegado. Adikor abrió la puerta que conducía a la sala de cálculo. No hubo ningún siseo ecualizador, ningún zumbar de oídos; aunque el aire de la cámara de cálculo procedía presumiblemente ahora en su mayoría del mundo gliksin, se habían intercambiado volúmenes comparables. Los gliksins filtraban con cuidado el aire del detector de neutrinos, y el aire que Ponter estaba respirando ahora no olía a nada.

El punto de entrada al otro universo quedó claramente delimitado por los dos cables que desaparecían en un agujero rodeado de azul en el espacio. Dern, que había estado presente durante el rescate de Ponter, maniobró el extremo del tubo de Derkers plegado para que entrara en contacto con el cable de sujeción de la sonda. Ponter blandió el tubo (de unas buenas ocho brazadas), y lo colocó paralelo al cable de sujeción.

—¿Listo? —preguntó Dern, mirando a Ponter por encima del hombro.

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