Allison Brennan - La Caza

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Sólo hay una cosa que Miranda no puede perdonarse a sí misma: haber sobrevivido. Doce años atrás, consiguió escapar de las manos del asesino conocido como El carnicero, pero al hacerlo tuvo que dejar atrás a otras víctimas como ella, atrapadas, torturadas y asesinadas por un sádico que siempre ha ido un paso por delante de la policía. Ahora, vuelve a actuar. Miranda ya no es la presa, sino el cazador: sabe que atraparlo es la única manera de volver a encontrar la paz. Pero para ello tendrá que reencontrarse con Quinn, el hombre que la ayudó a superar el miedo y, también, el que la traicionó cuando más lo necesitaba. Ahora los dos se enfrentan a la más perversa mente criminal… pero también a unos sentimientos que han intentado enterrar durante años.

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Nadie iba solo. Nadie se atrevía ahora que se les había advertido sobre el Carnicero. Sin embargo, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que volvieran a bajar la guardia? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Un año? Miranda no lo olvidaba nunca. El Carnicero vivía con ella cada minuto de cada día, empeñado en perseguirla y atormentarla.

El rector había autorizado el uso de una de las grandes salas de la Asociación Estudiantil para que los voluntarios de los equipos de búsqueda montaran la coordinación de las actividades. Aunque Miranda trabajaba para el departamento del sheriff en la pequeña unidad de Búsqueda y Rescate, no tenían espacio suficiente para instalar a personal dedicado a llamar por teléfono, a fotocopiar octavillas y distribuir mapas. Como había ocurrido durante la desaparición de las otras estudiantes, la universidad les proporcionaba el espacio que necesitaban, cualquier cosa con tal de ayudar. En los momentos trágicos, los alumnos y los profesores estaban unidos.

¿Por qué era necesaria la muerte para que las personas entendieran el valor de la vida?

Habían pasado tres años desde el último asesinato. Desde el último asesinato conocido.

Miranda no podía olvidar a las otras chicas desaparecidas. En esas fechas, un año antes, había sido Corinne Atwell. Nadie había vuelto a verla desde que su coche fuera encontrado en una zanja en la Ruta 191, que daba a la Autopista de Gallatin. ¿Era una víctima del Carnicero? ¿O de otro asesino? O quizás había huido. A Miranda le atormentaba la posibilidad muy real de que Corinne hubiera sido una más de las víctimas del Carnicero y que ahora su cuerpo se estuviera pudriendo en algún lugar de las millones de hectáreas de bosque que había entre Bozeman y Yellowstone, el territorio de caza de este asesino.

Pensamientos como ése, que se apoderaban de su mente, le provocaban insomnio.

¡Chas! ¡Chas!

El látigo restalló una vez, y luego otra, hiriéndola en la carne abierta. Intentó gritar, pero hacía tiempo que ya no le quedaba voz. Y luego quedó abandonada a sus lágrimas silenciosas y al eco de las imploraciones de Sharon.

Sus ruegos no significaban nada para ese monstruo sin rostro que las torturaba. El alivio que sentían cuando él se iba, pronto se convirtió en terror. Se habían vuelto dependientes de él. Él las alimentaba, les daba agua. Si él se marchaba para no volver, ellas morirían, desnudas y encadenadas al suelo en medio de un lugar perdido.

Pero él volvió. Para soltarlas. Y así, ellas desempeñarían el papel de sendas presas en su juego desquiciado. El cazador y las presas.

Dar con el Carnicero era algo más que justicia. Sólo él podía contarles a quién había matado. A Miranda le pesaba que ejerciera un control tan palpable sobre el dolor de los vivos.

Rebecca había sobrevivido ocho días en manos de ese loco, de ese cabrón asesino. Casi había conseguido escapar. Casi.

Pero como había sucedido con Sharon, el «casi» no valía ni una mierda si estaba muerta.

Permaneció dentro del coche un rato, y respiró hondo. Cerró los ojos y hundió la cabeza en los brazos, apoyada en el volante.

Las lágrimas no tardaron en brotar, y la rabia y la frustración que la embargaban fluyeron en hilillos de lágrimas calientes, saladas, que le bañaron las mejillas. Tenía el cuerpo molido después de días de búsqueda incansable, y sentía la tensión tras el reencuentro con Quinn. Los sollozos la hicieron estremecerse en silencio, y de su boca brotaba sólo la respiración agitada y desgarrada. Tardó varios minutos en dominar el dolor. Incluso después de recuperar la compostura, le resultaba difícil conservar la calma. Cuando se miró en el espejo retrovisor vio la muerte.

Había visto a siete chicas muertas. Pero todavía quedaban otras nueve jóvenes desaparecidas, y sus restos no eran más que un puñado de huesos esparcidos por el bosque. A los osos y pumas no les importaba demasiado la dignidad humana, ni practicaban los ritos de entierro de la cultura judeocristiana.

¿Por qué a mí?

¿Por qué había sobrevivido ella de entre todas esas víctimas? ¿Por qué la había escogido a ella, para empezar? ¿Por qué Rebecca Douglas o las hermanas Croft? No tenía sentido. No lo había tenido entonces y no lo tenía ahora cuando, al cabo de doce años analizando una y otra vez todo lo que había conducido a su secuestro, todo lo vivido en aquella choza de la tortura de una sola infernal habitación y, después, todo lo ocurrido desde su huida.

Se lo debía a su padre, eso lo sabía con certeza. Si su padre no la hubiera llevado a aquellas expediciones de caza que ella detestaba, jamás habría aprendido a disimular sus huellas ni a engañar al cazador. Ella era la presa pero, a diferencia de los venados o los osos que cazaba su padre, ella era un ser dotado de inteligencia. Podía engañar a su perseguidor, ocultándose y corriendo, corriendo y ocultándose, hasta sumergirse en el río y… Aunque hubiese muerto en el agua gélida, habría vencido.

Él no la habría matado. Ella habría escapado, robándole con ello su trofeo, su premio.

No sólo había vencido sino también sobrevivido.

Si Rebecca no hubiera tropezado y no se hubiera roto una pierna, ¿habría sobrevivido? ¿Habría tenido la fuerza necesaria para llegar al camino? Aunque Rebecca no era oriunda de Montana, se había criado en un pueblo de montaña, en Quincy, California. Era un territorio similar y… Los pensamientos de Miranda se perdieron y divagaron lejos de Rebecca.

Quincy. Maldita sea. No podía escapar a él.

Se secó las lágrimas de la cara y volvió a mirarse en el retrovisor. No le extrañaba nada que Quinn la creyera incapaz de seguir participando en la búsqueda. Tenía un aspecto horrible. Había perdido más peso de lo que se podía permitir. No se había detenido ni un momento a pensar en el maquillaje, y su pelo oscuro, aunque estaba limpio, había perdido aquel lustre de antes.

¿En qué pensaba? ¿Por qué habría de importarle lo que pensara Quinn Peterson? Él había destruido el vínculo entre ellos años atrás cuando había dejado claro que, según su juicio, su cordura pendía de un hilo.

Ella le dijo que se equivocaba, pero él no le hizo caso. Y bien, el tiempo le había dado la razón a ella, ¿no? Era un ser humano sin problemas, llevaba una vida normal, y le iba perfectamente bien sin los comentarios de Quinn Peterson.

Ella tenía una responsabilidad, y en ese momento su deber era ordenar a los voluntarios que pusieran fin a la búsqueda. Detestaba tener que hacerlo, pero era una responsabilidad que asumía sola.

Después de un profundo suspiro, dejó la comodidad de su jeep y se dirigió al cuartel improvisado. Había varios estudiantes llamando por teléfono, recibiendo información o dando instrucciones detalladas para contribuir en la búsqueda. Un equipo de voluntarios acababa de entrar antes que Miranda para recoger una sección del mapa que ella misma había trazado.

Nada de eso importaba ya.

Las lágrimas que creía a buen recaudo volvieron a brotar y se apretó el puente de la nariz hasta que consiguió reprimirlas. Ahora no era el momento.

El grito ahogado de una de las chicas devolvió a Miranda a la realidad.

– ¡No! ¡NO!

Judy Payne, la compañera que vivía con Rebecca, era la que había llamado a la policía al ver que ésta no volvía al piso el viernes por la noche. Judy no había abandonado el centro de búsqueda desde el principio, contestando llamadas, enviando correos electrónicos, imprimiendo miles de octavillas. Ahora, dejó de plegar cartas y se quedó mirando fijamente a Miranda con el rostro desencajado.

– Judy. -Miranda cruzó la sala hasta donde la chica estaba sentada, temblando.

– No, por favor. -Judy buscó en su mirada algo que no fuera la verdad, y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

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