David Baldacci - Control Total

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Cuando Sidney Archer despidió a su marido, el cual iba a tomar un avión rumbo a Los Ángeles, no podía sospechar que para ella comenzaba una nueva vida.
En primer lugar, el avión se estrelló; las investigaciones posteriores revelaron que había sido víctima de un sabotaje; después descubrió que su marido había supuestamente robado secretos de la empresa en la que trabajaba para venderlos a la competencia.
Pero con todo ello, apenas si habían comenzado sus tribulaciones: las múltiples sospechas que recaen sobre su marido colocan a Sidney en el punto de mira del FBI, que la considera cómplice de él. Pero además, la convierten en objetivo de una cacería implacable, un acoso en el que todos los caminos que llevan a ella están sembrados de cadáveres. El trofeo: controlar las redes de información del siglo XXI.

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Jason se detuvo delante de una puerta. Metió la tarjeta en la ranura de la caja metálica atornillada en la puerta. El microchip de la tarjeta se comunicó silenciosamente con su homólogo de la caja. El índice de Jason pulsó cuatro veces en el teclado numérico. Sonó un chasquido. Sujetó la manija, la hizo girar y la puerta de diez centímetros de grosor se abrió hacia el interior oscuro.

Las luces se encendieron y la silueta de Jason se recortó por un segundo en el umbral. Se apresuró a cerrar la puerta; los dos cerrojos gemelos encajaron en los soportes. Le temblaban las manos mientras echaba una ojeada al despacho ordenado y pulcro; el corazón le latía con tanta fuerza que estaba seguro que resonaba por todo el edificio. Ésta no era la primera vez. Se permitió una sonrisa al recordar que sería la última. Daba lo mismo lo que pudiera suceder, se había acabado. Todo el mundo tenía un límite, y esta noche él había llegado al suyo.

Se acercó a la mesa, se sentó y encendió el ordenador. Sujeto al monitor con un largo soporte metálico había un pequeño micrófono para dar órdenes orales. Jason lo apartó impaciente para tener despejada la pantalla del monitor. Con la espalda bien recta, los ojos pegados a la pantalla, las manos listas para teclear, ahora estaba en su elemento. Como un pianista inspirado, sus dedos volaban por el teclado. Miró la pantalla que le daba las instrucciones, unas instrucciones tan conocidas que ya eran pura rutina. Jason marcó cuatro dígitos en el teclado numérico conectado al ordenador; después se inclinó hacia delante y fijó la mirada en un punto en la esquina superior derecha del monitor. Una cámara de vídeo interrogó su iris derecho y transmitió una serie de informaciones únicas contenidas dentro de su ojo a una base central de datos, que, a su vez, comparó la imagen del iris con las otras treinta mil almacenadas en la memoria. Todo el proceso tardó cuatro segundos. Acostumbrado como estaba a los constantes progresos de la tecnología, incluso Jason meneaba la cabeza de vez en cuando al ver cómo funcionaban las cosas. Los escáneres de iris también se utilizaban para controlar la productividad laboral. Jason hizo una mueca. En realidad, Orwell se había quedado corto.

Volvió a concentrarse en la máquina que tenía delante. Durante los veinte minutos siguientes, Jason trabajó en el teclado deteniéndose sólo cuando aparecían más datos en la pantalla en respuesta a sus preguntas. El sistema era rápido, pero tenía dificultades para seguir el ritmo de las órdenes de Jason. De pronto, Jason volvió la cabeza al oír un ruido procedente del vestíbulo. Otra vez la maldita pesadilla. Sin duda era Charlie haciendo la ronda. Miró la pantalla. No había nada nuevo. Una pérdida de tiempo. Escribió una lista con los nombres de los archivos en un trozo de papel, apagó el ordenador, se levantó y fue hacia la puerta. Hizo una pausa mientras apoyaba la oreja contra la madera. Satisfecho, quitó los cerrojos, abrió la puerta, apagó las luces y salió. Un segundo más tarde, los cerrojos volvieron a su posición automáticamente.

Caminó deprisa por el pasillo hasta llegar a la puerta de una oficina que se usaba muy poco. La puerta tenía una cerradura vulgar que Jason abrió con una ganzúa. Cerró la puerta con llave cuando entró. No encendió la luz. En cambio, sacó una linterna del bolsillo y la encendió. La consola del ordenador estaba en un rincón junto a un archivador sobre el que se amontonaban las cajas de cartón.

Jason apartó la mesa del ordenador para dejar a la vista un montón de cables que colgaban de la parte trasera de la unidad central. Se arrodilló y cogió los cables al tiempo que separaba un poco de la pared el archivador que tenía a su costado. Esto le permitió alcanzar una toma equipada con varios puntos de entrada. Jason seleccionó uno de ellos y enchufó uno de los cables. Después se sentó delante del ordenador y lo encendió. Jason colocó la linterna sobre una de las cajas de forma que le iluminara el teclado. Aquí no había un teclado numérico para marcar el código de seguridad ni tampoco tuvo que mirar a la esquina superior derecha de la pantalla y esperar ser identificado. De hecho, para la red informática de Tritón, esta estación de trabajo ni siquiera existía.

Sacó la lista del bolsillo y la puso en la parte superior del teclado. De pronto oyó un ruido en el pasillo. Contuvo el aliento mientras ocultaba la linterna bajo la axila. Redujo la iluminación de la pantalla hasta dejarla en negro. Transcurrieron unos cuantos minutos mientras Jason esperaba en la oscuridad. Una gota de sudor resbaló de su frente, siguió por la nariz y se detuvo en el labio superior. Tenía tanto miedo que no se la secó.

Al cabo de cinco minutos de silencio, encendió la linterna, restableció el brillo de la pantalla y reanudó el trabajo. Sonrió una vez cuando un cortafuegos especialmente difícil -un sistema de seguridad interno destinado a impedir el acceso no autorizado de las bases de datos informatizadas- se derrumbó ante su persistente ataque. A toda prisa llegó al final de los archivos anotados en la lista. A continuación metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó un disquete de tres pulgadas y media y lo cargó en la disquetera del ordenador. Un par de minutos más tarde, Jason retiró el disquete, apagó el ordenador y salió del cuarto. Atravesó los controles de seguridad, deseó buenas noches a Charlie y abandonó el edificio.

Capítulo 3

La luz de la luna que entraba por la ventana daba forma a diversos objetos en el interior de la habitación a oscuras. Sobre la sólida cómoda de pino había tres hileras de fotos enmarcadas. En una de las fotos, ubicada en la hilera trasera, Sidney Archer, vestida con un traje chaqueta azul marino, se apoyaba en un resplandeciente Jaguar plateado. A su lado, Jason Archer, con tirantes y camisa de fiesta, sonreía al tiempo que miraba arrobado los ojos de Sidney. Otra foto mostraba a la misma pareja, con un vestuario informal, delante de la torre Eiffel, con las manos apuntando hacia arriba y las bocas abiertas en una risa espontánea.

En la hilera del medio, aparecía Sidney, algunos años mayor, con la cara hinchada, el pelo mojado y aplastado contra el cráneo, en una cama de hospital. Sostenía entre los brazos un bulto diminuto, con los ojos cerrados. En la foto contigua aparecía Jason, con los ojos somnolientos y barbudo, en camiseta y calzoncillos, tendido en el suelo. El bulto, ahora con los ojos azules bien abiertos, descansaba feliz sobre el pecho del padre.

La foto central de la primera hilera había sido tomada en Halloween. El pequeño bulto tenía ahora dos años y aparecía vestida como una princesa, con corona y zapatillas de raso. La madre y el padre permanecían orgullosos en segundo plano, la mirada fija en la cámara, y las manos sujetando la espalda y los hombros de la niña.

Jason y Sidney estaban acostados. Jason daba vueltas y más vueltas. Había transcurrido una semana desde la última visita nocturna a su oficina. Había llegado el momento del desenlace y le resultaba imposible dormir. Junto a la puerta del dormitorio, una bolsa de deportes muy fea con rayas azules entrecruzadas y las iniciales JWA descansaba al lado de un maletín metálico negro. El reloj de la mesilla marcaba las dos de la mañana. Sidney sacó de debajo de las mantas uno de sus brazos largos y delgados, lo pasó por encima de la cabeza de Jason y comenzó a jugar con su pelo.

Sidney se levantó apoyada en un codo y continuó jugando con el pelo de su marido mientras se acercaba a él hasta que sus cuerpos quedaron unidos. El fino camisón se le pegaba al cuerpo. «¿Estás dormido?», le preguntó. Al fondo, los crujidos secos de la vieja casa eran los únicos sonidos que rompían el silencio. Jason se giró para mirar a su esposa.

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