John Case - Código Génesis
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– Giulio -dijo. -Cuánto me alegro de verte. Siéntate. Me han dicho que llevas mucho tiempo esperando.
– Eminencia… -El padre Azetti se sentó en el borde de un sillón de orejas y esperó a que el padre Maggio saliera de la habitación. No paraba de darle vueltas a las palabras que había ensayado una y otra vez durante su espera. En vez de irse, Maggio se sentó al lado de la puerta y cruzó las piernas.
Azetti tosió.
– ¿Y? -lo apremió el cardenal Orsini.
Azetti miró al padre Maggio.
Los ojos del cardenal fueron de un sacerdote a otro y volvieron al primero. Finalmente movió la cabeza y dijo:
– Es uno de mis ayudantes, Giulio.
Azetti asintió.
– Y se queda -añadió el cardenal.
Azetti volvió a asentir. Sabía que a Orsini se le estaba agotando la paciencia.
– ¿Es clemencia lo que has venido a pedir? -preguntó el cardenal con tono desdeñoso. – ¿Ya te has cansado de la vida en el campo?
Al oír la risa del padre Maggio a su espalda, Azetti se dio cuenta de que sí había perdido algo en su exilio: había perdido la ambición. Pero, por muy terrible que eso pudiera parecer, incluso a sus ojos, en el fondo sabía que realmente no era ninguna pérdida. Más bien era como recuperarse de unas fiebres. Mientras recorría el despacho de Orsini con la mirada, comprendió que, a pesar de la nostalgia que había sentido el primer día, realmente no deseaba volver a sumirse en las intrigas del Vaticano. En Montecastello había encontrado algo más valioso que la ambición.
Había encontrado su fe.
Pero eso no era algo que pudiera decirle a Orsini; aunque el cardenal también fuera un caso excepcional dentro del Vaticano, pues él también era un verdadero creyente, un ardiente e inquebrantable soldado de la cruz. Aun así, el padre Azetti sabía que Orsini no sentiría el menor interés por la condición de su alma. Lo que le interesaba al cardenal era el poder, y Azetti era consciente de que cualquier profesión de fe por su parte no sería vista como lo que realmente era, sino como una estratagema, como una maniobra política.
– No -contestó, -no he venido a pedir clemencia. -Miró a Orsini a los ojos. -Hay algo que la Iglesia debe saber. -Vaciló un instante. -Algo que podría…
El cardenal Orsini levantó una mano y le dedicó una sonrisa gélida.
– Giulio… Por favor -dijo, -ahórrate los preámbulos.
El padre Azetti suspiró. Miró nerviosamente al padre Maggio, con la mente en blanco. Olvidando el discurso que llevaba ensayando toda la semana, dijo:
– He escuchado una confesión, un pecado tan terrible que casi no se puede concebir.
CAPÍTULO 4
La entrevista con Azetti sumió al cardenal Orsini en una profunda preocupación.
Estaba preocupado por la humanidad. Estaba preocupado por Dios. Y estaba preocupado por sí mismo. ¿Qué podía hacer él? ¿Qué podía hacer nadie? Las implicaciones de la confesión del doctor Baresi eran tan profundas que, por primera vez en su vida, Orsini se sentía incapaz de soportar el peso de la responsabilidad. Sin duda, la cuestión debería ser llevada directamente al papa, pero su estado de salud no lo permitía; su lucidez se encendía y se apagaba como una señal de radio demasiado lejana. Un asunto como éste… podría matarlo.
Y lo que era peor, el cardenal Orsini no podía confiarle el asunto a nadie. De hecho, además de él, la única persona que lo sabía era el padre Maggio; una circunstancia de la que sólo se podía culpar a sí mismo. Azetti no quería que estuviera presente, pero él había insistido: «Es uno de mis ayudantes, Giulio.» Y luego una pausa. «Y se queda.»
¿Por qué había dicho eso? «Porque has pasado demasiado tiempo en el Vaticano -se dijo a sí mismo -y demasiado poco en el mundo. Eres un hombre arrogante que no podía concebir que un cura de pueblo pudiera tener algo importante que decir. Y, ahora, Donato Maggio se ha convertido en tu único confidente.»
Donato Maggio. La idea lo hizo temblar. Maggio era un investigador de archivos que en ocasiones le hacía de secretario, un ratón de archivos que no mostraba el menor reparo a la hora de expresar sus puntos de vista teológicos. Era un tradicionalista que abogaba por un catolicismo más férreo. Maggio le había hablado en más de una ocasión de la verdadera misa, algo que era, claro está, una crítica apenas velada de las reformas adoptadas por el Concilio Vaticano II.
Si el rito tridentino, que se decía en latín, con el sacerdote dándole la espalda a los fíeles, era la verdadera misa, entonces la nueva misa era un fraude. Y, como tal, un sacrilegio.
Aunque nunca había discutido ninguna cuestión teológica con el padre Maggio, al cardenal Orsini no le costaba nada imaginar la postura que mantendría el sacerdote respecto a una serie de cuestiones. No sólo odiaba la nueva misa, en la que el latín había sido sustituido por el inglés, el español y el resto de las lenguas vivas, sino que Maggio también se escandalizaría ante la posibilidad de cumplir con la obligación de la misa de domingo asistiendo a un servicio el sábado por la noche. Como otros tradicionalistas, se oponía tajantemente a cualquier intento de modernizar la Iglesia, de hacerla más accesible. Pero Maggio no sólo estaba en contra de medidas como la ordenación de mujeres, el matrimonio de los sacerdotes o la legitimación del control de natalidad. El conservadurismo de Maggio era mucho más profundo que todo eso: quería derogar las reformas que ya habían tenido lugar. Era un hombre de Neandertal.
Y, por eso, no tenía sentido pedirle su opinión sobre lo que había hecho el doctor Baresi. Los sacerdotes como Maggio no tenían opiniones: tenían reflejos, unos reflejos demasiado predecibles.
Aunque, por otra parte, daba igual. El padre Azetti había dejado caer su bomba de relojería en un momento de infrecuente actividad. Pero el aislamiento del cardenal Orsini no duraría demasiado. La enfermedad del papa era lo suficientemente grave para que el Sacro Colegio Cardenalicio ya se hubiera reunido -discretamente, claro está -para empezar a debatir sobre su posible sucesor. Se estaban redactando y revisando listas de posibles futuros papas y se había prohibido el uso de teléfonos móviles dentro del Vaticano para evitar cualquier filtración.
Eran días ajetreados en los que el trabajo cotidiano consistía fundamentalmente en reuniones secretas y confidencias susurradas al oído. Dadas las circunstancias, con la salud del papa empeorando por momentos, al cardenal Orsini no le quedaba más remedio que cargar solo con este peso rodeado de un ambiente de máxima crispación, de una atmósfera sobrecalentada en la que se aprovechaba cualquier ocasión para discutir sobre el próximo papa y el futuro de la Iglesia.
Pero, atormentado como estaba por la confesión del doctor Baresi, cuya trascendencia superaba en importancia la de cualquier otra cuestión, era inevitable que el cardenal Orsini acabara compartiendo el peso que había recaído sobre él con algunos de sus colegas. Y eso hizo, pidiéndoles consejo a dos o tres confidentes.
Todos ellos reaccionaron con prudencia y comentaron que no podía hacerse nada, o quizá pudiera hacerse algo, pero esa posibilidad era demasiado terrible para tenerse en cuenta. Y, aun así, todos estaban de acuerdo en que no hacer nada era en sí mismo un tipo de acción. Una acción cuyas consecuencias podían ser igualmente desastrosas.
No hacer nada, pensó Orsini. No hacer nada equivalía a dejar que el mundo se parara, como un reloj de cuerda que llevaba funcionando desde el principio de los tiempos.
Las implicaciones eran tan abrumadoras que los confidentes de Orsini, a su vez, compartieron el secreto con sus propios confidentes y la noticia se propagó como el fuego. Una semana después de la visita de Azetti, el debate ya causaba estragos en el Vaticano. Era un debate secreto en el que un prelado tras otro recorrían los archivos de la biblioteca del Vaticano buscando inútilmente algún tipo de orientación. El pasado no ofrecía ninguna reflexión que pudiera servir de guía en este asunto. El problema que planteaba el pecado del doctor Baresi no había sido previsto por ningún sabio de la Iglesia; no había sido previsto por nadie porque el pecado en sí no había sido posible hasta entonces.
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