Con solo detergente para vajilla y toallas de papel consiguió que la vivienda de Mark fuese de nuevo habitable. Se miró en el espejo del baño mientras limpiaba las manchitas: un paño de lágrimas profesional, con un par de kilos de más, una cabellera pelirroja unos cincuenta centímetros demasiado larga para su edad y buscando con desesperación algo que arreglar. Podía estar a la altura de las circunstancias. Mark no tardaría en volver y de nuevo mancharía alegremente el espejo. Ella regresaría al país de los Ordenadores Vaqueros, donde la gente respetaba su trabajo y solo desconocidos le pedían ayuda. Se estiró las secas mejillas hacia atrás y redujo el ritmo de la respiración. Terminó de limpiar la pila del lavabo y la bañera, y entonces fue al coche y examinó el contenido de la mochila: dos jerséis, unos pantalones de sarga y tres mudas de ropa interior. Puso el coche en marcha, fue a la zona comercial de Kearney y se compró un suéter, dos tejanos y crema hidratante. Incluso esa nimiedad tentaba al destino.
«No soy nadie, pero esta noche, en la carretera North Line…» Karin preguntó por la nota en la unidad de traumatología. Por lo que todos decían, el papel había aparecido sobre la mesilla de noche poco después del ingreso de Mark. Una enfermera hispana de administración, de cuyo cuello pendía una cadena muy elaborada con un crucifijo tachonado de grandes piedras turquesa, insistió en que solo a Karin y el personal del hospital se les había permitido verle durante las treinta y seis primeras horas. Sacó todo el papeleo para demostrarlo. La enfermera intentó confiscarle la nota, pero Karin se negó. Tenía que dársela a Mark cuando volviera en sí.
Lo trasladaron desde la unidad de traumatología a una habitación donde ella podía sentarse a su lado. Yacía en la cama como un maniquí tumbado. Dos días después abrió los ojos durante treinta segundos y volvió a cerrarlos. Pero al anochecer los abrió de nuevo. Al día siguiente ella llevó la cuenta de las veces que su hermano abría los ojos, seis en total. En cada ocasión parecía como si estuviera viendo una película de terror.
Su cara empezó a moverse como una careta de goma. Su mirada inconexa la buscó. Ella estaba sentada al lado de la cama, sintiendo como si fuera a precipitarse por el borde de una profunda cantera.
– ¿Qué quieres, Mark? Dímelo. Estoy aquí.
Rogó a las enfermeras que le dieran algo que hacer, cualquier cosa, por pequeña que fuese, que pudiera servir de ayuda. Ellas le dieron unos calcetines de nailon especiales y unas zapatillas de baloncesto para que se las pusiera y se las quitara a Mark a intervalos de varias horas. Karin lo hizo cada cuarenta minutos, y también le masajeó los pies. Eso mantendría su sangre en circulación e impediría que se formaran coágulos. Sentada junto a la cama, ella le apretaba y masajeaba las piernas. En una ocasión, se puso a recitar sin emitir sonidos el viejo juramento del Club 4-H:
Mi cabeza para pensar claramente,
mi corazón para mayor lealtad,
mis manos para mejor servicio
y mi salud para mayor bienestar…
como si volviera a estar en el instituto y Mark fuese su proyecto para la feria del condado.
Mejor servicio: lo había buscado durante toda su vida, sin más armas que una licenciatura en sociología por la Universidad de Nebraska en Kearney. Profesora auxiliar en la reserva de Winnebago, voluntaria en comedores para indigentes en el centro de Los Ángeles, administrativa sin sueldo en un bufete de Chicago. Para satisfacer a un posible novio en Boulder, incluso había intervenido durante un breve período en manifestaciones callejeras contra la globalización, gritando las consignas con un entusiasmo que no podía enmascarar su profunda sensación de que estaba haciendo una tontería. Se habría quedado en casa para siempre, dedicada a salvaguardar a su familia, de no haber sido por su familia. Ahora el otro de los dos únicos miembros que quedaban estaba a su lado, inerte, incapaz de poner objeciones a sus servicios.
El cirujano puso una espita metálica en el cerebro de su hermano y lo drenó. Era monstruoso, pero funcionaba. La presión intracraneal se redujo. Los quistes y bolsas se encogieron. Ahora el cerebro de Mark tenía todo el espacio que necesitaba. Karin se lo dijo:
– Lo único que tienes que hacer ahora es curarte.
Las horas transcurrían en un instante, pero los días se extendían sin fin. Ella se sentaba junto a la cama, enfriándole el cuerpo con mantas refrigerantes especiales, descalzándole y volviéndole a poner las zapatillas deportivas. Entretanto, no dejaba de hablarle. Él jamás mostraba el menor indicio de que la oyera, pero ella seguía hablándole. A pesar de todo, los tímpanos tenían que moverse, los nervios detrás de ellos debían vibrar.
– Te he traído unas rosas. ¿Verdad que son bonitas? Y qué bien huelen. La enfermera está cambiando las bolsas vacías del gotero, Markie. No te preocupes, sigo aquí. Tienes que levantarte para ir a ver las grullas antes de que se marchen. Es algo realmente extraordinario. Jamás había visto tantas juntas. Vienen al pueblo en grandes bandadas. Un montón de ellas se posaron en el tejado del McDonald's. Debían de estar buscando algo. Por Dios, Mark, cómo tienes los pies. Huelen a roquefort pasado.
«Huéleme los pies.» Su castigo ritual por cualquier transgresión, iniciado el año en que él la superó en fuerza física. Olió de nuevo el cuerpo paralizado, por primera vez desde que eran niños. Roquefort y vómito cuajado. Como los gatitos salvajes que encontraron ocultos bajo el porche cuando ella tenía nueve años. Agridulce, como el bosque de moho en la rebanada de pan húmedo que Mark dejó en un plato cubierto sobre el tiro de la caldera en quinto curso, para un concurso de ciencias, y del que luego se olvidó.
– Cuando vuelvas a casa te prepararemos un buen baño de espuma.
Le habló de las numerosas personas que visitaban al comatoso ocupante de la cama vecina: mujeres con vestidos amplios, hombres con camisa blanca y pantalones negros, como mormones de los años sesenta en sus misiones. Él absorbía sus anécdotas, impasible, hasta los más pequeños músculos de la cara inmóviles.
Durante la segunda semana, un hombre mayor entró en la habitación compartida vestido con un grueso abrigo que le daba el aspecto de un muñeco Michelin azul brillante. Permaneció junto a la cama del inconsciente compañero de habitación de Mark, gritándole:
– Gilbert, muchacho, ¿me oyes? Despierta ya. No tenemos tiempo para esta tontería. Basta ya, ¿me oyes? Tenemos que volver a casa.
Los gritos hicieron que acudiera una enfermera, quien se llevó de allí al airado hombre. Tras este incidente, Karin dejó de hablarle a Mark. Él no pareció darse cuenta.
El doctor Hayes le dijo que el decimoquinto día era el punto de no retorno. Nueve de cada diez víctimas de traumatismo craneoencefálico ya se han recuperado para entonces.
– Lo de los ojos es una buena señal -le informó el médico-. Su cerebro reptiliano está mostrando una notable actividad.
– ¿Tiene un cerebro de reptil?
El doctor Hayes sonrió, como el médico de una vieja película didáctica de sanidad pública.
– Todos lo tenemos. Es un vestigio del largo camino que hemos recorrido hasta llegar aquí.
Con toda evidencia, él no era de aquella zona. La mayoría de los habitantes del lugar no habían recorrido el largo camino. Los padres de Karin y Mark Schluter habían creído que la evolución era propaganda comunista. El mismo Mark tenía sus dudas. «Si todos los millones de especies evolucionan constantemente, ¿cómo es que nosotros somos los únicos inteligentes?»
El médico amplió su explicación.
– El cerebro ha sido objeto de una remodelación asombrosa, pero no puede eludir su pasado. Solo puede hacer aportaciones a lo ya existente.
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