No podía hablar para tranquilizarla, su boca estaba demasiado llena con sus alargados dientes y la necesidad de arrastrar los labios contra la calidez del cuello femenino. Aún la acercó mas, hasta que su pequeño cuerpo fue casi tragado por el suyo. Su corazón latió al ritmo del suyo. El aire se escapaba de sus pulmones en aterrorizados jadeos.
A su alrededor, Manolito era consciente de que los vampiros que se iban acercando, del arrastrar de sus pies, de sus bocas cavernosas ampliamente abiertas con expectación, regueros de saliva goteaban de sus bocas mientras sus despiadados ojos brillaban con salvaje regocijo. La noche se volvió silenciosa, sólo el sonido de la chica luchando por tomar aire, y el tronar de su corazón inundaban el aire. Bajó la cabeza, atraído por el olor de la sangre.
Estaba muerto de hambre. Sin sangre sería incapaz de defenderse. Necesitaba esto. Se lo merecía. Había pasado siglos defendiendo a los humanos… humanos que despreciaban lo que él era, humanos que temían a los de su clase…
Manolito cerró sus ojos y bloqueó el sonido de ese dulce y tentador latido. Los susurros en su cabeza. En su cabeza. Se dio la vuelta, empujando a la chica detrás de él.
– ¡No lo haré! Es una inocente y no será utilizada de esta manera. -Porque había llegado demasiado lejos y quizás no pudiera detenerse. Tendría que luchar con todos ellos, pero quizás todavía podría salvarla.
Detrás de él, la mujer envolvió los brazos alrededor de su cuello, presionando su lujurioso y femenino cuerpo firmemente contra el suyo, las manos se deslizaron por su pecho, su estómago, bajando más aún, hasta acariciarle, añadiendo lujuria a su hambre.
– No soy tan inocente, Manolito. Soy tuya, en cuerpo y alma. Soy tuya. Sólo tienes que saborearme. Puedo hacer que todo eso se acabe.
Manolito gruñó, girándose, apartando la mujer de su cuerpo.
– ¡Lárgate! Ve con tus amigos y quédate lejos de mí.
Ella rió y se retorció, tocándose a sí misma.
– Me necesitas.
– Necesito a mi compañera. Ella vendrá a mí y se ocupará de mis necesidades.
La cara cambió, la risa se desvaneció y la mujer se tiró del cabello con frustración.
– No puedes escapar de este lugar. Eres uno de nosotros. La traicionaste y mereces quedarte aquí.
No lo sabía… no lo recordaba. Pero todas las tentaciones del mundo no podrían hacerle cambiar de opinión. Si tenía que permanecer con vida sin alimentarse durante siglos, soportando el tormento, que así fuera, pero no traicionaría a su compañera.
– Tendrías que haber intentando algo mejor que tentarme a traicionarla -dijo-. Sólo ella puede juzgarme indigno. Así está escrito en nuestras leyes. Sólo mi compañera puede condenarme.
Debía haber hecho algo terrible. Era la segunda acusación de este tipo y el hecho de que ella no estuviese luchando a su lado hablaba por sí sólo. No podía llamarla, porque recordaba muy poco… ciertamente ningún pecado que hubiese cometido contra ella. Recordaba su voz, suave y melodiosa, como la de un ángel cantando a los cielos,… sólo que ella decía que no quería tener nada que ver con un hombre Cárpato.
Su corazón dio un salto. ¿Había ella negado su reclamo? ¿La había unido a él sin su consentimiento? Esto era aceptable en su sociedad, una protección para el macho cuando la hembra era reacia. Eso no era una traición. ¿Qué podía haber hecho? Nunca había tocado a otra mujer. La habría protegido como habría hecho con la compañera de Jacques, con su vida y más allá si fuera posible.
Se le estaba juzgando y hasta ahora no parecía estar yéndole muy bien y quizás era por eso que no recordaba. Levantó la cabeza y mostró los dientes a centenares, quizá millares de hombres de los Cárpatos que habían escogido renunciar a sus almas, diezmando a su propia especie, arruinando una sociedad y un estilo de vida, por el ramalazo de sentimientos, en vez que aguantar con honor… en vez de aguantar con el recuerdo de la esperanza de una compañera.
– Reniego de vuestro juicio. Nunca permaneceré con vosotros. Puedo haber manchado mi alma, quizás más allá de toda redención, pero nunca la entregaría gustosamente o renunciaría a mi honor como lo hicieron ustedes. Puede que sea todo lo que han dicho, pero daré la cara ante mi compañera, no ante ustedes, y dejaré que ella decida si mis pecados pueden ser perdonados.
Los vampiros sisearon, dedos huesudos le señalaron en tono acusador, pero no atacaron. No tenía sentido… con su superioridad numérica habrían podido destruirle fácilmente… sin embargo, sus formas se hicieron menos sólidas y parecieron titubear, haciendo que fuera difícil distinguir entre los no muertos y las sombras en la oscuridad de la selva tropical.
Sintió un hormigueo en la nuca y se giró. Los vampiros retrocedían más profundamente entre los arbustos, las enormes y frondosas plantas parecían tragárselos. Su estómago ardía y su cuerpo gritaba pidiendo alimento, pero estaba más confundido que nunca. Los vampiros le habían atrapado. El peligro le rodeaba. Podía sentirlo en la calma total. Todo susurro de vida cesó a su alrededor. No había revoloteo de alas, ni roces.
El instinto, más que el auténtico sonido le alertó y Manolito se giró, todavía de rodillas, alzando las manos justo cuando el enorme jaguar saltaba hacia él.
La depresión clínica era un monstruo insidioso que se acercaba sigilosamente y se deslizaba sobre y dentro de una persona antes de que ésta tuviera oportunidad de ser consciente de ella y ponerse en guardia. MaryAnn Delaney se limpió las lágrimas que parecían no tener fin y que corrían por su cara mientras repasaba la lista de síntomas. Sensación de tristeza. Marca. Tal vez incluso doble marca.
Tristeza no era la palabra que utilizaría para describir el horrible y enorme vacío al que no parecía poder sobreponerse, pero estaba en el libro y tenía que añadirlo a la creciente lista de indicadores. Estaba tan increíblemente triste que no podía parar de llorar. Y podía poner una marca en "falta de apetito" porque la mera idea de comer la ponía enferma. No era capaz de dormir desde…
Cerró los ojos y gimió. Manolito de la Cruz era un desconocido. Apenas había hablado con ese hombre, aunque cuando había presenciado su muerte… su asesinato… se había roto silenciosamente en pedazos. Parecía estar más afligida que su familia. Sabía que ellos estaban desolados, pero no mostraron gran emoción en absoluto, y ciertamente no hablaban de él. Llevaron su cuerpo de vuelta en el mismo jet privado que habían utilizado para volver a su rancho en Brasil, pero no lo habían llevado a su hacienda.
En lugar de eso el avión había aterrizado… con ella dentro… en una isla tropical en algún lugar en mitad del río Amazonas. Y en vez de dar a Manolito un entierro adecuado, sus hermanos habían llevado el cuerpo a algún lugar sin revelar en la selva tropical. Ni siquiera podía salir a hurtadillas y visitar su tumba. ¿Qué ridículo y desesperado sonaba eso? Visitar la tumba de un desconocido a altas horas de la noche porque no podía superar su muerte.
¿Era la paranoia entrando también sigilosamente, o estaba en lo cierto al preocuparse por haber sido llevada a una isla que nadie había mencionado cuando había estado con su mejor amiga, Destiny, en las Montañas de los Cárpatos? Juliette y Riordan le habían pedido que acudiera para aconsejar a la hermana pequeña de Juliette, víctima de violencia sexual, y habían mencionado con frecuencia el rancho, pero nunca una casa de veraneo en una isla privada. La casa estaba rodeada por la espesa selva. Dudaba que pudiera encontrar el camino de vuelta a la pista de aterrizaje sin un mapa y un guía blandiendo un machete.
Читать дальше