Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Los diferentes acentos que escuchó en el local le recordaron que el sistema de clases se perpetuaba incluso allí donde los británicos ocuparan la ciudad de otros. Algunos de los soldados se quejaban, con tonos que no habrían complacido nada a la señorita Steadman, de lo mucho que tardaba en solucionarse su papeleo antes de que pudieran regresar a casa. Otros parecían resignados a llevar el uniforme toda la vida, y sólo hablaban de la próxima guerra y de dónde se libraría. Keith frunció el ceño al oír decir a alguien: «Rasca un poco y, por debajo, todos son unos condenados nazis». Pero después del almuerzo, tras continuar con su exploración del sector británico, le pareció que, al menos en la superficie, los soldados estaban bien disciplinados y que la mayoría de los ocupantes parecían tratar a los ocupados con moderación y cortesía.

Cuando los tenderos empezaron a bajar sus cierres metálicos y a cerrar sus puertas, Keith regresó a su pequeño MG. Lo encontró rodeado de admiradores, cuyas miradas de envidia no tardaron en transformarse en cólera al ver que el dueño del coche vestía ropas civiles. Regresó lentamente hacia su hotel. Después de tomar un plato de patatas y col en la cocina, subió a su habitación y pasó las dos horas siguientes dedicado a escribir todo lo que podía recordar de la experiencia del día. Más tarde, se acostó y leyó Rebelión en la granja , hasta que la vela chisporroteó y se apagó.

Aquella noche, Keith durmió bien. Después de otro intento por lavarse con agua helada, hizo un poco entusiasta esfuerzo por afeitarse antes de bajar a la cocina. Allí le esperaban varias rebanadas de pan cubiertas de mermelada. Después de desayunar, recogió sus papeles y se dispuso a acudir a su cita. Si se hubiera concentrado más en la conducción, y menos en las preguntas que deseaba plantearle al capitán Armstrong, no habría girado a la izquierda en la rotonda. El tanque que avanzaba hacia él fue incapaz de detenerse con tan poco tiempo de advertencia, y aunque Keith hundió el pie en el freno y sólo golpeó la esquina de su pesado guardabarros, el MG efectuó un giro completo, se subió a la acera y se estrelló contra una farola de cemento. Se quedó sentado tras el volante, tembloroso.

El tráfico que lo rodeaba se detuvo, y un joven teniente saltó del tanque y corrió hacia él para comprobar que no había resultado herido. Keith se bajó cautelosamente del coche, un poco conmocionado, pero después de unos saltos y movimientos con los brazos comprobó que no tenía nada más que un ligero corte en la mano derecha y un tobillo inflamado.

Al inspeccionar el tanque, vieron que no mostraba señal alguna del encontronazo, a excepción de la desaparición de la capa de pintura en una pequeña parte de su guardabarros. El MG, en cambio, daba la impresión de haber participado en una batalla en toda regla. Fue entonces cuando Keith recordó que, durante su estancia en el extranjero, sólo tenía cubierto el seguro por daños a terceros. No obstante, le aseguró al oficial de caballería que la culpa de lo sucedido no era suya, y después de que el teniente le indicara a Keith cómo llegar hasta el taller más próximo, se despidieron.

Keith abandonó el MG y echó a caminar hacia el taller. Llegó al patio unos veinte minutos más tarde, dolorosamente consciente de lo inapropiadamente vestido que iba. Al encontrar finalmente al único mecánico que hablaba inglés, éste le prometió que eventualmente alguien iría a retirar el vehículo.

– ¿Qué significa «eventualmente»? -preguntó Keith.

– Eso depende -contestó el mecánico, que se frotó las yemas de los dedos índice y pulgar-. Mire, todo es una cuestión de… prioridades.

Keith sacó la cartera y extrajo un billete de diez chelines.

– ¿No tiene dólares? -preguntó el mecánico.

– No -contestó Keith con firmeza.

Después de indicarle dónde estaba el coche, continuó su viaje hacia la Siemensstrasse. Ya llegaba con diez minutos de retraso a su cita en una ciudad donde había pocos trenes y menos taxis. Al llegar al cuartel general del PRISC, pensó que ahora le había tocado a él hacer esperar cuarenta minutos a alguien.

El cabo sentado tras la mesa le reconoció casi inmediatamente, pero no le transmitió noticias muy alentadoras.

– El capitán Armstrong tuvo que salir hace unos minutos para acudir a una cita en el sector estadounidense -le dijo-. Le esperó durante más de una hora.

– Maldita sea -exclamó Keith-. Tuve un accidente cuando venía hacia aquí, y he venido lo más rápidamente que he podido. ¿Podré verle en algún momento, durante el día?

– Me temo que no -contestó ella-. Tiene toda la tarde ocupada en reuniones en el sector estadounidense.

Keith se encogió de hombros.

– ¿Podría indicarme cómo llegar al sector francés?

Mientras recorría las calles de otro sector de Berlín, tuvo poco que añadir a su experiencia del día anterior, excepto para recordar que en esta ciudad se hablaban por lo menos dos idiomas en los que no podía conversar. Eso provocó que pidiera una comida que no deseaba, y una botella de vino que no se podía permitir.

Después de almorzar, regresó al garaje para comprobar cómo iban las cosas con su coche. Al llegar ya se habían encendido las luces de gas y la única persona que hablaba inglés se había marchado a casa. Keith vio su MG en el rincón del patio, en el mismo estado ruinoso en que lo había dejado por la mañana. Lo único que pudo hacer el ayudante fue señalar el número ocho de su reloj.

A la mañana siguiente, Keith estaba en el garaje a las ocho menos cuarto, pero el hombre que hablaba inglés no llegó hasta las 8,13. Rodeó el MG varias veces, pensativo, antes de darle su opinión.

– Pasará por lo menos una semana antes de que pueda dejarlo en condiciones de funcionar -dijo tristemente. Esta vez, Keith le ofreció una libra-. Bueno, quizá pueda arreglarlo en un par de días… Como ve, todo es cuestión de prioridades -repitió.

Keith decidió que no podía permitirse el lujo de ser máxima prioridad.

Luego, de pie en el atestado tranvía, se dedicó a considerar el estado de sus fondos, o más bien la falta de ellos. Si quería sobrevivir durante otros diez días, pagar su cuenta en el hotel y la reparación de su coche, tendría que pasarse el resto del viaje renunciando al lujo del hotel y dormir en el MG.

Keith bajó del tranvía en la parada que ahora ya le era familiar, subió los escalones y pocos minutos más tarde se encontraba ante la mesa, unos minutos antes de las nueve. Esta vez sólo le hicieron esperar veinte minutos, con los mismos periódicos para leer, antes de que la secretaria del director reapareciera con una expresión azorada en su rostro.

– Lo siento mucho, señor Townsend -se disculpó-, pero el capitán Armstrong ha tenido que volar inesperadamente a Inglaterra. Su segundo, el teniente Wakeham, le recibirá con sumo gusto.

Keith pasó casi una hora con el teniente Wakeham, que no dejaba de llamarle «muchacho», le explicó por qué no podía entrar en Spandau y no dejó de gastarle algunas bromas sobre Don Bradman. Al marcharse, Keith tuvo la sensación de haber aprendido más cosas sobre el estado del críquet inglés que acerca de lo que sucedía en Berlín. Pasó el resto del día en el sector estadounidense, y se detuvo varias veces en las calles para hablar con los soldados. Le dijeron con orgullo que no abandonaban su sector hasta que llegara el momento de regresar a Estados Unidos.

A últimas horas de la tarde, al pasar de nuevo por el garaje, el mecánico que hablaba inglés le prometió que el coche estaría terminado a la tarde siguiente, listo para que se lo llevara.

Al día siguiente, Keith se desplazó en tranvía hasta el sector ruso. Pronto descubrió lo muy equivocado que estaba al suponer que no podría aprender nada nuevo de la experiencia. El Club Laborista de la Universidad de Oxford no se sentiría complacido al saber que los hombros de los berlineses orientales parecían más hundidos, sus cabezas más inclinadas y su paso más lento que los de sus conciudadanos de los sectores aliados, y que ni siquiera parecían capaces de hablarse los unos a los otros, y mucho menos con Keith. En la plaza principal, una estatua de Hitler había sido sustituida por otra todavía más grande de Lenin, y una enorme efigie de Stalin dominaba casi todas las esquinas de las calles. Después de varias horas de deambular por calles tristes, con tiendas desprovistas de gente y de artículos, y de no poder encontrar un solo bar o restaurante, Keith regresó al sector británico.

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