Kay Hooper - Afrontar el Miedo

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Riley Crane se despertó completamente vestida, cubierta de sangre y con una pistola bajo la almohada. Pero lo que resultaba más aterrador aún era que no recordaba lo sucedido la noche anterior. En realidad, apenas recordaba las tres semanas anteriores.
Riley es un camaleón: ex oficial del ejército y ahora agente federal asignada a la Unidad de Crímenes Especiales, posee el don de la clarividencia y la capacidad de fundirse con su entorno, de ser lo que elija. Especialista de la UCE en lo oculto, ha sido enviada por su jefe, el enigmático Noah Bishop, a una casa en la playa, en Opal Island, para investigar diversas noticias sobre fenómenos misteriosos.
Pero eso fue hace tres semanas. Ahora, al despertarse, descubre que no puede fiarse de su memoria, que ha perdido la clarividencia de la que siempre ha dependido para protegerse, y que en su vida hay un nuevo hombre muy atractivo. Para colmo, con los recursos de la UCE recortados al mínimo, Riley se encuentra sin refuerzos. Sola, se ve obligada a enfrentarse a tientas a un juego en el que nadie a su alrededor es quien parecer ser. Y un truculento asesinato es el primer aviso de lo mucho que arriesga.
Bishop quiere sacar a Riley del caso. Y también Ash Prescott, el poderoso fiscal del distrito. Pero tanto su ex compañero en el ejército, Gordon Skinner, como el sheriff Jake Ballard creen que Riley puede atrapar a un asesino feroz. Uno de esos cuatro hombres sabe qué está pasando en este pueblecito costero, y Riley necesita desesperadamente esa información. Porque lo que no recuerda basta para costarle la vida. Esta vez, la maldad no está más cerca de lo que cree: está ya aquí.

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Solía viajar ligera de equipaje, así que no había gran cosa. Las llaves de su coche alquilado y las de la casa. Una pequeña agenda de bolsillo. Un tubo de bálsamo labial (no usaba carmín). Un estuche con espejo y maquillaje compacto sin apenas uso, porque tampoco se maquillaba, a no ser que las circunstancias lo requirieran. Una billetera con dinero en efectivo, tarjetas de crédito en sus fundas protectoras, y el permiso de conducir. Su cartera con el carné y la placa del FBI estaría en la mesita de noche, o debería estar, puesto que estaba técnicamente de permiso.

Fue a comprobarlo, y allí estaba.

Cuando volvió al cuarto de estar, encendió la televisión y puso la CNN para cerciorarse de la fecha y comprobar si se había perdido algo crucial de las noticias del mundo.

Era 14 de julio. Y el último recuerdo claro y sólido que tenía era de en torno al 20 de junio, en Quantico. Papeleo en la mesa, nada fuera de lo corriente. Sentirse un poco agotada, lo cual era normal después de una investigación difícil.

Y luego… nada, excepto destellos. Susurros dentro de su cabeza, retazos de conversaciones que no tenían sentido. Caras y lugares que creía conocer pero a los que no podía poner nombre. Sensaciones extrañamente turbulentas y hasta caóticas para una mujer que solía afrontar la vida racionalmente.

Se sacudió aquella impresión y miró el televisor frunciendo el ceño. Sí, ella no estaba muy a tono. ¿Cómo iba el mundo?

Un terremoto, dos escándalos políticos, un divorcio de gente famosa y media docena de crímenes violentos después, Riley apagó el volumen y volvió a la cocina a por más café.

Había cosas que no cambiaban.

– No puedo esconderme en esta casa hasta que recupere la memoria -se dijo, murmurando. En primer lugar, no había ninguna garantía de que fuera a recordar; la amnesia a corto plazo vinculada a un trauma no era en absoluto infrecuente, pero en una persona con dotes parapsicológicas podía ser un síntoma de problemas más serios.

No había hecho falta que Bishop se lo recordara.

Por otro lado, nada de lo que había allí encendía la chispa de su memoria. Y necesitaba información cuanto antes. Necesitaba tener una idea de lo que estaba pasando. Así que estaba claro que lo más urgente era contactar con Gordon.

Dedicó algún tiempo a guardar en una bolsa la ropa que se había puesto y logró encontrar lo que necesitaba para hacer un paquete decente que enviar a Quantico. Luego volvió a registrar la casa, esta vez buscando minuciosamente algo fuera de lo normal.

Aparte de la ropa interior provocativa, no encontró nada que le pareciera extraño. Lo cual significaba que no había nada que respondiera a sus interrogantes o planteara otros nuevos.

Cuando acabó su registro, se había comido otra barra energética y el dolor de cabeza había desaparecido prácticamente. Pero cuando intentó abrir sus sentidos extras, no consiguió nada. No consiguió la conexión profunda e intensa con su entorno que le proporcionaba su sentido de arácnido.

En cuanto a la clarividencia…

Era más potente con las personas que con los objetos, de modo que resultaba difícil estar segura de que ese sentido extra hubiera desaparecido del mapa estando sola dentro de casa.

Sonó el timbre, y su primera reacción fue una intensa sospecha que procedía de su entrenamiento y de su eterna adicción a las novelas de misterio y las películas de terror.

Una visita justo cuando la necesitaba no era buena señal.

Llevó la pistola consigo, junto al costado, hasta que llegó a la puerta delantera. Un pequeño panel de cristal transparente encajado en la madera le permitió ver a la persona que esperaba en el porche.

Una mujer con uniforme de ayudante del sheriff, sin gorra. Era alta, pelirroja, bastante guapa y…

No sé, Riley. Esas cosas no se ven por aquí. Extraños símbolos grabados en la madera o dibujados en la arena. Un edificio abandonado y una casa en construcción quemados hasta los cimientos. Esa cosa que encontramos en el bosque y que tú dices que puede indicar que alguien está practicando, o intentando practicar, algún tipo de ritual satánico…

– De momento sólo son piezas sueltas, Leah. Piezas sueltas muy raras, eso sí.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que algo no encaja.

Aquel fogonazo de recuerdos se desvaneció tan rápidamente como había llegado, pero le dejó una certeza: la ayudante Leah Wells era su «contacto de confianza» en el departamento del sheriff.

Riley se guardó la pistola automática en la cinturilla de los vaqueros, a la espalda, descorrió el cerrojo y abrió la puerta.

– Hola -dijo-. ¿Qué pasa?

– Nada bueno -contestó Leah sombríamente-. El sheriff me ha mandado a buscarte. Ha habido un asesinato, Riley.

Capítulo 3

– ¿Crees que ha sido buena idea dejar la puerta abierta? -preguntó Leah unos minutos después, mientras conducía el todoterreno del departamento del sheriff en dirección al centro de la isla y al puente que las llevaría al continente.

– Ya te he dicho que dentro de una hora irá un mensajero a recoger ese paquete que he dejado junto a la puerta. -Había hecho una llamada rápida a Bishop para avisarle de dónde estaría el paquete.

– Podrías haberlo dejado en el coche de alquiler.

– Sí. Pero eso habría sido demasiado visible para mi gusto.

Leah le lanzó una mirada.

– Seguramente no debería preguntar, pero…

– ¿Tiene algo que ver con lo que está pasando? -Riley se encogió de hombros-. Puede ser. Sabré más cuando me envíen los informes de Quantico. Al menos, eso espero.

Lo había estado pensando, pero al final había optado por no hablarle a Leah de su amnesia. Aún no, en todo caso. Era tan independiente que ni siquiera Bishop había logrado emparejarla con un compañero permanente, y esa independencia exigía que ocultara su vulnerabilidad mientras ello fuera posible.

Era, además, una precaución lógica hasta que averiguara qué estaba ocurriendo allí.

Leah le lanzó otra mirada.

– ¿Sabes?, esta última semana has estado muy reservada.

– ¿Sí? -Era más una pregunta sincera que una simple respuesta, aunque Riley confiaba en que Leah no se diera cuenta de ello.

– Yo diría que sí. Y Gordon piensa lo mismo. Cree que has encontrado algo, o que has descubierto alguna cosa que te ha puesto muy nerviosa.

– ¿Eso te ha dicho?

– Anoche, en la ducha, y otra vez esta mañana mientras desayunábamos. Está preocupado por ti, Riley.

A Gordon siempre le han gustado las pelirrojas. Por eso puedo confiar en Leah. Están Hados, y Gordon responde por ella .

En voz alta y con cierta brusquedad dijo:

– Gordon lleva años preocupado por mí.

Leah sonrió ligeramente.

– Sí, me lo ha dicho un par de veces. Dice que tú sigues cavando cuando cualquier persona racional dejaría la pala. Por eso quería que vinieras tú, incluso sabiendo que estaría preocupado todo el tiempo. Y ahora este asesinato. Creo que acaban de subir las apuestas y que quizá tengamos ya todos algo de lo que preocuparnos.

– ¿El sheriff está seguro de que es un asesinato?

– Yo estoy segura y nunca antes había visto una víctima de asesinato fuera de los libros de texto. Créeme, Riley, es un asesinato. El tipo está colgado de un árbol, encima de ese posible altar del bosque. Y no se colgó solo.

– ¿Quién es la víctima?

– Bueno, aún no lo sabemos exactamente. Y puede que tardemos en averiguarlo. No hay… No tiene… Le falta la cabeza.

Riley miró a la ayudante del sheriff, consciente de que un dedo gélido se deslizaba por su columna vertebral. Había algo extrañamente familiar en todo aquello.

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