Robert Parker - El Señuelo

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Spenser has gone to London – and not to see the Queen. He's gone to track down a bunch of bombers who've blown away his client's wife and kids. His job is to catch them. Or kill them. His client isn't choosy.
But there are nine killers to one Spenser – long odds. Hawk helps balance the equation. The rest depends on a wild plan. Spenser will get one of the terrorists to play Judas Goat – to lead him to others. Trouble is, he hasn't counted on her being very blond, very beautiful and very dangerous.

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– Y la única que necesito -afirmé.

Capítulo 25

Al día siguiente Susan me llevó al aeropuerto. En el trayecto, bajo la ardiente y brillante mañana de estío, paramos en un Dunkin' Donut y tomamos café y un par de donuts cada uno.

– Una noche de éxtasis seguida de una mañana de deleites -comenté y di un mordisco.

– ¿William Powell llevó a Myrna Loy a un Dunkin' Donut?

– No sabía qué era lo que tenía que hacer -respondí. Alcé mi taza de café por Susan.

– Chico, me alegro mucho de haberte visto -brindó Susan.

– ¿Cómo adivinaste lo que iba a decir?

– No fue más que una suposición acertada.

Permanecimos en silencio durante el resto del trayecto al aeropuerto. Susan era una pésima conductora y pasé la mayor parte del viaje hundiendo el pie derecho en el suelo del coche.

Paró frente a la terminal y me dijo:

– Estoy harta de hacer siempre lo mismo. ¿Cuánto tiempo pasarás fuera esta vez?

– No mucho -respondí-. Quizás una semana, no más de lo que duran los Juegos Olímpicos.

– Prometiste llevarme a Londres -recordó-. Si no vuelves para compensarlo, me pondré realmente furiosa contigo.

La besé en la boca, a lo que respondió entusiasmada, y dije:

– Suze, te quiero.

Respondió que también me quería, por lo que me apeé y entré en la terminal.

Dos horas y veinte minutos más tarde estaba de regreso en Montreal, en la casa próxima al bulevar Henri Bourassa. No había nadie. En la nevera encontré cerveza O'Keefe y varías botellas de champán. Hawk había salido de compras. Abrí una botella de O'Keefe, me senté en la sala y vi por la tele algunas eliminatorias olímpicas. Alrededor de las dos y media un hombre llamó a la puerta. Me guardé el revólver en el bolsillo como medida preventiva y abrí.

– ¿Señor Spenser?

El hombre llevaba traje de algodón y sombrero de paja, de ala corta, con una cinta azul ancha. Parecía estadounidense, al igual que la mitad de la población de Canadá. Junto al bordillo, con el motor en marcha, vi un Dodge Monaco con matrícula de Quebec.

– Sí -me apresuré a responder.

– Vengo de parte de Industrias Dixon. Tengo un sobre para usted, pero le agradecería que primero se identifique -le mostré mi licencia de investigador privado, que incluía una foto. En ella parecía uno de los amigotes de Eddie Coyle-. Sí, es usted.

– A mí también me decepciona -comenté.

El hombre sonrió mecánicamente, me devolvió la licencia y sacó un grueso sobre del bolsillo de la chaqueta. El sobre llevaba mi nombre y el logotipo de Industrias Dixon en el ángulo izquierdo.

Cogí el sobre.

– Adiós, espero que pase un buen día -dijo el hombre del traje de algodón, regresó al Dodge Monaco que lo esperaba y se largó.

Entré en la casa y abrí el sobre. Contenía tres series de entradas para todas las pruebas que se celebrarían en el estadio mientras duraran los Juegos Olímpicos. Eso era todo, ni siquiera había una tarjeta grabada que dijera espero que pase un buen día. El mundo se despersonaliza.

Hawk y Kathie regresaron mientras yo me ocupaba de la cuarta O'Keefe.

Hawk descorchó una botella de champán y sirvió una copa para Kathie y otra para él.

– ¿Cómo está Suze? -preguntó.

Hawk se acomodó en el sofá y Kathie se sentó a su lado, pero no abrió la boca.

– Bien. Te manda saludos.

– ¿Estuvo de acuerdo Dixon?

– Sí, creo que ha encontrado un nuevo fin en la vida, otro asunto en el que pensar.

– Es mejor que mirar la tele todo el día -opinó Hawk.

– ¿Hubo alguna novedad ayer u hoy?

Hawk negó con la cabeza.

– Estuvimos dando vueltas, pero no hemos visto a nadie que Kathie conozca. El estadio es enorme y todavía no lo hemos recorrido en su totalidad.

– ¿Pudiste comprar entradas en la reventa?

Hawk sonrió.

– Sí. Lo detesto, pero es tu dinero. De haber sido el mío, las habría arrebatado. Detesto a los revendedores.

– Claro. ¿Cuál es el montaje de seguridad?

Hawk se encogió de hombros.

– Fuerte, pero sin excesos. Es imposible tener todo controlado cuando tres veces por día entran y salen de setenta a ochenta mil personas. Aunque hay un montón de botones de alarma, si quisiera cargarme a alguien en el estadio, podría hacerlo casi sin dificultades.

– ¿Y conseguirías salir?

– Con un poco de suerte, sí. El lugar es enorme y hay muchísima gente.

– Mañana lo veré. Conseguí entradas para los tres a fin de no tener que tratar con los revendedores.

– ¡Felicitaciones! -exclamó Hawk.

– Detestas la corrupción en todas sus facetas, ¿no es así, Hawk?

– Jefe, la he combatido toda la vida.

Hawk bebió más champán. Kathie volvió a llenarle la copa en cuanto la dejó sobre la mesa. Estaba sentada de modo tal que su muslo rozaba el de Hawk y no le quitaba ojo de encima.

Bebí más cerveza.

– Kathie, ¿has disfrutado de los Juegos Olímpicos?

La chica asintió sin mirarme. Hawk sonrió y dijo:

– No le caes bien. Dice que no eres un hombre. Opina que eres débil y blando y que deberíamos darte tu merecido. Tengo la sospecha de que le importas un bledo. Te considera un degenerado.

– Veo que sé llevarme bien con las zorras -comenté.

Kathie enrojeció, sin dejar de mirar a Hawk, pero permaneció callada.

– Le dije que era algo apresurada en sus juicios.

– ¿Y te creyó?

– No.

– ¿Has comprado algo para cenar, algo que no sea alcohol?

– No, hombre, porque me hablaste de un restaurante llamado Bacco. Supuse que nos llevarías a pasear a Kathie y a mí y que le demostrarías que no eres un degenerado. Pensé que nos invitarías a una buena comida.

– De acuerdo -respondí-, pero antes me ducharé.

– ¿Has visto, Kathie? -preguntó Hawk-. Es muy limpio.

Bacco estaba en el segundo piso de una casa del barrio viejo de Montreal, no lejos de la plaza Victoria. Servían cocina francocanadiense y uno de los mejores patés de campaña que haya probado. Tenían buen pan francés y cerveza Labatt 50. Hawk y yo lo pasamos muy bien. Llegué a pensar que probablemente Kathie nunca lo pasaba bien, aunque estuvo pasiva y amable durante la cena. Se había puesto una especie de mono con peto y una chaqueta larga, estaba bien peinada y tenía buen aspecto.

El viejo Montreal estaba de fiesta a causa de los Juegos Olímpicos. En una plaza cercana había espectáculos al aire libre e infinidad de jóvenes bebían cerveza y vino, fumaban y escuchaban música rock.

Subimos a nuestro coche alquilado y regresamos a nuestra casa alquilada. Hawk y Kathie se dirigieron a lo que se había convertido en su dormitorio. Seguí levantado un rato, acabé las O'Keefe y vi las pruebas de la tarde -lucha y algo de halterofilia- a solas en la sala de la casa alquilada, en el ridículo y viejo televisor de borde blanco.

A las nueve en punto me metí en la cama. En solitario. La noche anterior no había dormido mucho y estaba cansado. Me sentí solo y viejo. Esa idea me mantuvo despierto hasta las nueve y cuarto.

Capítulo 26

Cogimos el metro hasta el estadio olímpico. Probablemente decir metro no sea correcto. Si el transporte en el que ocasionalmente me desplazo en Boston es el metro, lo que cogimos en Montreal no lo era. Las estaciones estaban impecables, los trenes no hacían ruido y el servicio cumplía el horario. Hawk y yo abrimos un pequeño espacio para Kathie en medio de la maraña de cuerpos. Cambiamos de línea en Berri Montigny y nos apeamos en Viau.

Puesto que yo era un joven excéntrico, superfrío, sofisticado, con experiencia de la vida y crecidito, no me dejé impresionar por el inmenso complejo que rodeaba el estadio olímpico. Tampoco me dejé impresionar por el hecho de asistir en vivo y en directo a los Juegos Olímpicos. La sensación circense que experimentaba en la boca del estómago no era más que la sensación natural que siente el cazador al aproximarse a su presa. Directamente delante se encontraban los pabellones de alimentación y diversos tipos de concesiones. Más allá se elevaba el Centro Deportivo Maisonneuve, a mi derecha la Pista Maurice Richard, a mi izquierda el velódromo y, un poco más lejos, cerniéndose como un coliseo, el gris e inconcluso estadio monumental. Oí aclamaciones. Ascendimos por la larga rampa serpenteante que conducía al estadio. Al entrar contuve la respiración.

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