Donna Leon - Justicia Uniforme

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Un cadete de una academia militar de élite aparece ahorcado. Todo indica que se trata de un suicidio, pero el comisario Brunetti empieza a sospechar del muro de silencio que levantan ante él todos los miembros de la academia, sea cual sea su graduación. El célebre detective está convencido de que tiene entre manos un delicado caso de asesinato que trasciende a la propia institución, pero su infalible olfato se confirma cuando conoce la identidad del padre del fallecido: un ex miembro del Parlamento italiano que dimitió de su cargo de forma tan repentina como polémica. ¿Qué relación existe entre el férreo código de honor de la academia y las más altas instancias del ejército y la política?
«A pesar de la seriedad de los asuntos que tratan, los libros de Donna Leon se iluminan con el enorme encanto de su ambientación y la humanidad de sus personajes.» The New York Times Book Review
«Justicia uniforme es un claro ejemplo de equilibrio. Su delicada prosa y encanto contrarrestan su dureza.» The Washington Post
«Novela negra de primer orden: intensa, relevante y llena de humanidad.» The Guardian
«Donna Leon es probablemente la mejor escritora de novela negra.» The Chicago Tribune.

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Pero, al parecer, en tres años ninguno consiguió corromper a Moro. Y entonces, súbitamente, dos años atrás, Moro renunció a su escaño del Parlamento y volvió al ejercicio de la medicina en su consultorio particular.

– ¿Ha sido informado? -preguntó Brunetti. -¿Quién? -Bembo parecía sorprendido por la pregunta.

– Su padre.

Bembo movió negativamente la cabeza.

– No lo sé. ¿No incumbe eso a la policía?

Brunetti, haciendo un esfuerzo para dominar la irritación, miró el reloj y preguntó:

– ¿Cuánto hace que se encontró el cadáver? -Aunque trataba de hablar en un tono neutro, no pudo evitar una nota de reproche.

Bembo se incomodó.

– Esta mañana.

– ¿A qué hora?

– No lo sé. Poco antes de que se avisara a la policía.

– ¿Cuánto tiempo antes?

– Eso lo ignoro. A mí me llamaron a mi casa.

– ¿A qué hora? -preguntó Brunetti, con el lápiz apoyado en el papel.

Bembo apretó los labios con mal disimulada irritación.

– No estoy seguro. Sobre las siete, me parece.

– ¿Ya estaba levantado?

– Por supuesto.

– ¿Y llamó usted a la policía?

– No; ya había llamado alguien desde aquí.

Brunetti descruzó las piernas y se inclinó hacia adelante.

– Comandante, en el registro consta que la llamada se recibió a las siete y veintiséis, o sea, una media hora después de que a usted le comunicaran la muerte del chico. -Hizo una pausa, pera permitir a su interlocutor dar una explicación, pero, como Bembo no parecía dispuesto a proporcionarla, Brunetti prosiguió-: ¿Podría indicar la causa?

– ¿La causa de qué?

– De esa media hora de demora en informar a las autoridades de una muerte sospechosa ocurrida en la institución que usted dirige.

– ¿Sospechosa? -inquirió Bembo.

– Mientras el forense no dictamine la causa, toda muerte es sospechosa.

– El chico se ha suicidado. Eso puede verlo cualquiera.

– ¿Usted lo ha visto?

El comandante no respondió inmediatamente. Se recostó en el respaldo del sillón y calibró con la mirada al hombre que tenía delante. Finalmente, dijo:

– Sí. Lo he visto. Después de que me llamaran, he venido y he ido a verlo. Se había ahorcado.

– ¿Y el retraso? -preguntó Brunetti.

Bembo hizo un ademán de rechazo.

– No tengo ni idea. Ellos habrán pensado que yo llamaría a la policía, y yo estaba seguro de que habían llamado ellos.

Brunetti optó por no hacer ningún comentario y preguntó:

– ¿Tiene idea de quién puede haber llamado?

– Ya le he dicho que no lo sé. Seguramente, habrá dado su nombre.

– Seguramente -repitió Brunetti, y volvió sobre el tema-. ¿Pero nadie se ha puesto en contacto con el dottor Moro?

Bembo movió la cabeza negativamente.

Brunetti se puso en pie.

– Me ocuparé de que alguien le informe.

Bembo no se levantó. Brunetti se detuvo un momento, curioso por ver si el comandante hacía ostentación de su elevada posición fijando la atención en algo que tuviera encima de la mesa, mientras esperaba que Brunetti se fuera. Pero no fue así. Bembo permaneció sentado, con las manos descansando sobre la mesa y los ojos fijos en Brunetti, esperando.

Brunetti se guardó la libreta en el bolsillo de la chaqueta, puso cuidadosamente el lápiz en el escritorio, delante de Bembo, y salió del despacho del comandante.

3

En el pasillo, Brunetti se apartó unos pasos de la puerta y sacó el telefonino. Pulsó el 12, y estaba solicitando el número de Moro cuando oyó voces de hombre en la escalera.

– ¿Dónde está mi hijo? -preguntó una voz potente. Otra, más débil, respondió, pero la primera insistió-: ¿Dónde está?

Brunetti cortó la comunicación y guardó el teléfono en el bolsillo. Cuando se acercó a la escalera, las voces subieron de tono.

– Quiero que me digan dónde está -gritaba la primera voz, sin dejarse apaciguar.

Brunetti empezó a bajar. Al pie de la escalera vio a un hombre aproximadamente de su misma edad y complexión, al que reconoció por haber visto su foto en la prensa y coincidido con él en actos oficiales. Moro tenía las facciones afiladas, pómulos altos, de corte eslavo y ojos y tez oscuros, en fuerte contraste con el pelo, blanco y espeso. El hombre que estaba frente a él era más joven y llevaba el mismo uniforme azul marino que los muchachos del patio.

Dottor Moro -dijo Brunetti, mientras bajaba la escalera.

El médico se volvió, pero no dio señales de reconocer a Brunetti. Tenía la boca abierta y parecía respirar con dificultad. Brunetti detectó en él los efectos del trauma, unidos a la indignación creciente ante la oposición del joven.

– Soy Brunetti, stgnor. Policía. -Como Moro no respondiera, Brunetti dijo al otro hombre-: ¿Dónde está el muchacho?

Ante este refuerzo de la exigencia, el joven claudicó:

– En los aseos. Arriba -dijo, de mala gana, como si ni uno ni otro tuvieran derecho a hacerle preguntas a él.

– ¿Dónde? -inquirió Brunetti.

– Aquí arriba, comisario -gritó Vianello desde lo alto de la escalera, señalando en la dirección de la que había venido.

Brunetti lanzó una mirada a Moro, cuya atención se dirigía ahora a Vianello. Estaba quieto, todavía con la boca abierta, jadeando.

Brunetti se adelantó y tomó del brazo al médico. Sin decir nada, lo llevó por la escalera arriba, en pos de Vianello, que se alejaba lentamente. Cuando llegaron al tercer piso, Vianello se volvió para comprobar que le seguían y enfiló un pasilio largo con muchas puertas. Al llegar al extremo, torció hacia la derecha por otro pasillo idéntico al anterior y abrió una puerta provista de un ojo de buey. Miró a Brunetti y asintió ligeramente. Entonces Brunetti advirtió cómo se tensaba bajo sus dedos el brazo de Moro, pero no detectó que su paso vacilara.

El doctor pasó por delante de Vianello como si el inspector fuera invisible. Desde el umbral, Brunetti lo veía de espaldas mientras iba hacia el extremo de los aseos, donde había un bulto en el suelo.

– He cortado la cuerda, comisario -dijo Vianello poniendo una mano en el antebrazo de su superior-. Ya sé que no hay que tocar nada, pero no soportaba la idea de que la persona que viniera a hacer!a identificación lo viera así.

Brunetti oprimió el brazo de Vianello y sólo tuvo tiempo de decir:

– Está bien.

En aquel momento, del fondo del aseo llegó un sonido ronco, animal. Moro estaba medio arrodillado y medio tendido al lado del cadáver, acunándolo en sus brazos. El sonido salía de su garganta y estaba más allá de las palabras y de cualquier significado. Los policías vieron cómo Moro estrechaba el cuerpo y apoyaba tiernamente la cabeza inerte contra su propio cuello. El sonido se hizo palabras, pero ni Vianeilo ni Brunetti entendieron qué querían decir.

Se acercaron a él al mismo tiempo. Brunetti veía a un hombre, parecido a él en edad y aspecto, que tenía en brazos a su único hijo, un muchacho de la edad del de Brunetti. El horror le hizo cerrar los ojos y, cuando los abrió, vio a Vianello arrodillado detrás del médico, rodeándole los hombros con el brazo, muy cerca del muerto, pero sin tocarlo.

– Déjelo, dottore -dijo el inspector con suavidad, aumentando la presión de su brazo en la espalda del médico-. Déjelo -repitió, y se movió lentamente, para sostener el cadáver desde el lado opuesto. Moro parecía no comprender, hasta que la combinación de firmeza y compasión que había en la voz de Vianello penetró en su mente aturdida y, con la ayuda de Vianello, dejó el cuerpo en el suelo y se quedó a su lado de rodillas, mirando fijamente la cara abotargada de su hijo.

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