Karin Fossum - ¿Quién teme al lobo?
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No es que Gurvin no hubiera visto muertos antes, lo que pasaba era que se había olvidado un instante de lo extraña que resultaba esa sensación inconcebible de estar solo, más solo que de costumbre, de ser el único . Salió sin prisa del coche y se acercó con pasos cortos, como si quisiera aplazarlo todo el máximo tiempo posible. Miró instintivamente por encima del hombro. No había mucho que hacer, salvo acercarse a ella y ponerle un dedo en el cuello para constatar que estaba muerta, aunque el ángulo que formaba la cabeza con el brazo blanco, y la manera en la que estaban separados los dedos no dejaba lugar a dudas. Pero había que constatarlo. Luego podría ir a sentarse tranquilamente en el coche, llamar a la ambulancia y esperar con un cigarrillo y la música de la radio. No tenía sentido investigar nada dentro de la casa. Se trataba de una muerte natural, y no encontraba ninguna razón para hacer más averiguaciones. Casi había llegado, cuando se detuvo en seco. Algo gris y lechoso corría por los escalones. Tal vez Halldis tuviera algo en las manos y lo soltara en el momento de caer fulminada. Recorrió los últimos metros con el corazón en vilo.
Lo que vio lo dejó completamente abatido. Permaneció un par de segundos mirando al vacío antes de ser capaz de interpretar lo que estaba viendo. La mujer estaba tumbada boca arriba y con las piernas separadas. En medio de su cara rolliza, en la cavidad del ojo izquierdo, tenía clavada una azada. Una pequeña parte de la brillante hoja quedaba a la vista. Tenía la boca abierta y la prótesis dental se le había caído hacia la parte inferior de la boca, lo cual transformaba ese rostro, que él conocía tan bien, en una mueca terrible. Retrocedió unos pasos jadeando. Quiso arrancar la azada de la cabeza, pero no pudo. Se dio la vuelta a toda prisa, y le dio justo tiempo a llegar al césped antes de que todo el contenido de su estómago le saliera violentamente. Mientras vomitaba, pensó en Errki. Halldis muerta, Errki cerca. Tal vez estuviera todavía arriba en el bosque, oculto tras un árbol, mirándolo. Gurvin oyó su propia voz sonando como campanas en su interior: Todos los que no somos ya unos niños soñamos con una muerte así .
Menos de sesenta minutos más tarde, la pequeña granja era un hervidero de gente.
El inspector Konrad Sejer examinó el ojo intacto de la mujer. La cara de él era inexpresiva, la de ella estaba enrojecida por hemorragias internas. Entró en la casa y le extrañó el orden imperante, el silencio que allí reinaba. Cuando le echó un vistazo a la pequeña cocina, no le pareció que hubiera nada que desentonara. Repasó el correo, sacó una carta, y anotó algo en su libreta. Permaneció mucho tiempo de pie examinando todo lo que veía. En principio, no había nada fuera de lo normal.
La mayor parte de las personas allí congregadas tenía sus tareas específicas y bien definidas, y de esa manera lograron salir indemnes de la jornada, intentando concentrarse en su trabajo. Pero sabían que todo lo rememorarían más adelante, en los días malos. Los pocos profesionales que, durante breves períodos de tiempo, tenían que esperar su turno daban la espalda a la escalera y se encendían un cigarrillo. Luego volvían a meter meticulosamente la colilla en el paquete. Mira por dónde andas y cuidado con lo que tocas. Estate tranquilo, deja trabajar al fotógrafo, este es solo un caso más, llegarán más casos, tú no la conocías. Otros llevarán luto por ella. O así es de esperar.
Gurvin estaba de pie, junto al pozo, fumando. Había fumado sin cesar desde que llegaron los coches y, en ese momento, se volvió a contemplar a los hombres. Oía su voces, bajas, escuetas, marcadas por la gravedad. Se notaba entre ellos un respeto hacia ella, hacia Halldis. Halldis, que tal vez se hubiera imaginado a sí misma, como él pensaba que hacía la gente mayor cuando se acercaba a los ochenta y al final de sus vidas, metida en un ataúd abierto, con un vestido precioso y las manos juntas sobre el pecho. Tal vez un discreto colorete en las mejillas, aplicado por una persona atenta, conocedora de su profesión y cuya tarea era dejarla lo más bonita posible para su encuentro con el Salvador. Pero no sería así. No estaba nada bonita. Tenía media cabeza destrozada, y nadie en el mundo sería capaz de arreglarla. Gurvin se encendió otro cigarrillo. Involuntariamente miró hacia el bosque, como si pensara que Errki todavía estaba mirándolos desde lejos, con ojos ardientes. ¿Por qué? , pensó. ¿Podía una anciana como ella haber parecido amenazadora a Errki, o era que todo el mundo con quien él se topaba era su enemigo? ¿Qué podría haber dicho o hecho Halldis para provocar en él tal terror que le hubiera obligado a liquidarla? Gurvin pensaba que entendía muchas cosas, al menos cuando ponía buena voluntad en ello. Entendía a los dieciseisañeros que vagaban sin meta por las calles durante la noche, en busca de emociones. Chicos que hacían puentes a los coches y atravesaban velozmente la ciudad con una botella para repartir entre todos. La velocidad. La embriaguez. El que alguien los persiguiera, el que alguien por fin los viera. Entendía que un hombre pudiera violar. La ira, la impotencia ante el género femenino que siempre y a toda costa querían ser enigmas que el hombre estaba obligado a descifrar para poder tener acceso a ellas. Y, en momentos muy dolorosos, hasta entendía a los hombres que pegaban. Pero no entendía esto, cómo algo podía crecer y crecer dentro de un hombre y extenderse lentamente, como un veneno, borrando toda clase de inhibiciones hasta convertirlo en un animal salvaje. Luego no recordaba nada. El homicidio se convertiría en un mal sueño, y nunca del todo real, ni siquiera aunque un día, y contra todo pronóstico, lograran vencer su enfermedad, llegaran a la lucidez y alguien les contara que eso tan terrible lo habían hecho ellos. Pero claro, estaban enfermos.
Clavó su mirada en el inspector Sejer, cuyo rostro no revelaba ninguna emoción, solo alguna que otra vez se pasaba la mano por el pelo corto, como para mantenerlo en su lugar. De vez en cuando daba órdenes y hacía preguntas, todo con una autoridad natural que emanaba del tono grave de su voz y una altura de casi dos metros. Gurvin levantó la vista en el momento en que el cuerpo de Halldis desaparecía dentro del saco de caucho. Quedaba la casa, con las ventanas y puertas abiertas de par en par. Probablemente fuera vendida a algún tipo tonto de la ciudad que hubiera albergado el sueño de tener una granja en el bosque. Tal vez llegaran por primera vez niños a ese lugar, y se colocaran columpios y un cajón de arena. Bonitos juguetes de plástico se dispersarían por el césped. Gente joven, con poca ropa, que tal vez fuera bueno que Halldis jamás viera. Pero, por dentro, había algo que le mordía, algo que era incapaz de expulsar.
Cinco de julio, y seguía haciendo el mismo calor.
El inspector Konrad Sejer se dejó llevar por un impulso. Cambió de rumbo y entró lentamente en el bar del Hotel Park. Nunca iba de bares. Pensándolo bien, se dio cuenta de que no había estado allí desde antes de que muriera Elise. La decisión de entrar le pareció inteligente. El interior del local estaba confortablemente sombrío y más fresco que la calle. Las espesas alfombras atenuaban el sonido de sus pasos, y la estancia en penumbra le permitía abrir del todo los ojos.
El local estaba casi vacío, pero había una mujer sentada junto a la barra. Se la distinguía muy bien porque estaba sola y llevaba un espectacular vestido rojo. La vio de perfil. Estaba buscando algo dentro del bolso. El vestido era bonito: suave, ajustado, rojo como una amapola. Tenía el pelo rubio y ondulado por detrás de las orejas. De repente levantó la vista y sonrió. Sorprendido, le devolvió el saludo. Había algo en ella que le resultaba familiar. Se parecía a la joven subinspectora de la Comisaría de cuyo nombre nunca se acordaba. No había ninguna copa delante de ella en la barra; al parecer, acababa de llegar.
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