Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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No llevaba alforja, ni bastón, ni sandalias. El camino era largo. Debía atravesar Cana, Tiberíades, Magdala, Cafarnaum, bordear el lago de Genezaret y entrar en el desierto… Había oído hablar de un monasterio que se alzaba allí, habitado por varones sencillos y virtuosos vestidos de blanco. No comían carne, ni bebían vino, ni mantenían relaciones con mujeres. Se limitaban a rezar a Dios, eran expertos en hierbas y curaban las enfermedades del cuerpo, sabían encantamientos místicos y arrojaban los demonios del alma. ¡Cuántas veces su tío, el rabino, le había hablado entre suspiros de aquel santo monasterio! Durante once años había vivido en él, alabando a Dios y curando a los hombres. Pero, ¡ay!, un día la tentación le había vencido -ella también es todopoderosa-; había visto a una mujer y había renunciado a la vida casta y abandonado la sotana blanca. Se había casado y había engendrado -lo tenía merecido- a Magdalena; Dios había castigado al apóstata como merecía.

– Allí iré -murmuró el hijo de María al tiempo que apuraba el paso-. Dentro del monasterio me refugiaré bajo sus alas…

¡Qué alegría! ¡Cuánto lo había anhelado desde los doce años de edad! ¡Abandonar su casa y a sus padres, derribar los puentes tras él, acabar con los consejos de su madre, los gruñidos de su padre y las tontas preocupaciones cotidianas que enmohecen el alma! ¡Sacudir de sus pies el polvo de los hombres y partir para refugiarse en el desierto! ¡Y al fin hoy había sacudido su cuerpo, había abandonado cuanto dejaba a sus espaldas, había salido del camino de los hombres para internarse resueltamente en el camino de Dios, hoy al fin se había liberado! El rostro macilento y doliente resplandeció durante algunos instantes. Acaso las garras de Dios sólo habían hecho presa en él durante tantos años para conducirle adonde ahora se dirigía por su propia y libre voluntad. ¿No es éste quizás el más grande, el más difícil deber del hombre? ¿No es esto la felicidad?

Sintió que su corazón se aliviaba.

No habría más garras, luchas ni gritos. Dios se había presentado al despuntar el día con una gran compasión, como un leve soplo de aire fresco, y le había dicho: ¡Partamos! Había abierto la puerta, y ahora, ¡qué delicioso sentimiento de reconciliación, qué felicidad! «Es demasiado para mí -dijo-; alzaré la cabeza y cantaré el salmo de la liberación: Tú, mi amparo y mi refugio, Señor…» Su corazón no era suficientemente grande para contener su alegría desbordante. Avanzaba en la luz delicada de la aurora, en medio de las gracias de Dios -los olivos, las viñas, los trigales-; el salmo de la alegría surgía desde el fondo de sí mismo y quería ascender hasta el cielo. Alzó la cabeza y abrió la boca, pero de pronto sintió que se le cortaba el aliento: acababa de oír netamente dos pies descalzos que corrían tras él. Las pisadas se acercaban y el joven aminoró la marcha y aguzó el oído. Los dos pies descalzos aminoraron también la marcha. Le flaqueaban las rodillas y se detuvo; las pisadas se detuvieron.

– Sé quién es -murmuró y comenzó a temblar-. Sé…

Pero se dio ánimos a sí mismo y se volvió bruscamente para tener tiempo de verla antes de que desapareciera… ¡Nadie!

Del lado del sol el cielo había cobrado un tinte violáceo; no hacía ni un soplo de viento, las espigas estaban maduras e inclinaban la cabeza a la espera de la hoz. No había nadie, ni un hombre ni un animal. Veíase toda la llanura y a sus espaldas, allá a lo lejos, en Nazaret, el humo comenzaba a subir de una o dos casas; las mujeres se despertaban.

Se tranquilizó un tanto: «No he de perder tiempo -pensó-. Debo echar a correr a toda prisa para bordear aquella colina y escapar a su vista…» Y se echó a correr.

A ambos lados, los trigales se alzaban a la altura de un hombre. Allí, en aquella llanura de Galilea, crecían trigales y viñedos y algunas cepas silvestres se arrastraban aún en los blancos de los collados. Oyóse chirriar a lo lejos una carreta de bueyes. Los asnos se alzaban sobre sus patas, olfateaban el aire, movían la cola y se ponían a rebuznar. Aparecieron las primeras segadoras, entre estallidos de risa y parloteos, con las hoces afiladas y resplandecientes. El sol vio a las mujeres y se lanzó sobre sus brazos, sus nucas y sus piernas.

Vieron de lejos al hijo de María, que corría, y se echaron a reír.

– ¡Eh! ¿Tras quién corres? -le gritaron-. ¿Quién te persigue?

Pero cuando se acercó y lo vieron de cerca, lo reconocieron. Todas callaron y se apretaron unas contra otras.

– El crucificador -murmuraron-. ¡El crucificador, maldito sea! Ayer lo vi que crucificaba…

– ¡Mirad el pañuelo que lleva en la cabeza! Está manchado de sangre.

– Es la parte que le tocó de las ropas del crucificado. ¡Que la sangre del inocente caiga sobre su cabeza!

Las segadoras continuaron su camino, pero tenían un nudo en la garganta. Ya no reían.

El hijo de María prosiguió avanzando; dejó tras sí a las segadoras y los trigales y llegó a los viñedos que se alzaban en el flanco de la colina. Vio una higuera y quiso detenerse para cortar una hoja y aspirar su olor, que le gustaba y le recordaba el olor de la axila de un ser humano. Cuando era niño cerraba los ojos, aspiraba aquel olor y le parecía que volvía a hallarse acurrucado contra el seno de su madre y que mamaba. Pero apenas se detuvo y alargó la mano para coger una hoja, lo bañó un sudor frío: los dos pies descalzos que corrían tras él también se habían detenido súbitamente. Se aterrorizó. Con el brazo aún en alto, paseó la mirada a su alrededor: no había más que soledad y sólo existían Dios, la tierra mojada y las gotas de agua que brillaban sobre las hojas. Una mariposa que se hallaba en el hueco de una piedra se esforzaba por abrir las alas mojadas para echarse a volar.

– Gritaré -decidió-; gritaré para calmarme.

Cuando se quedaba solo al mediodía en la montaña o en la llanura desierta, ¿qué sentimiento le embargaba con tanta fuerza: alegría, angustia o más bien miedo? Sentía que Dios lo asediaba por todas partes y entonces lanzaba un grito salvaje, como si quisiera dar un salto desesperado para escapar de aquel acosamiento. A veces lanzaba un grito agudo como el del gallo, a veces rugía como un chacal hambriento, y a veces, también, como un perro al que apalean. No obstante, en el momento en que abría la boca para gritar, vio a la mariposa que trataba de desplegar las alas. Se inclinó, la tomó delicadamente y la colocó en una alta hoja de la higuera que el sol comenzaba a acariciar.

Hermana mía -murmuró-, hermana mía… -y la miró compasivamente.

Dejó a sus espaldas la mariposa, que ahora se calentaba al sol, y reanudó la marcha. En seguida escuchó el ruido amortiguado de los pies descalzos sobre la tierra húmeda.

Al principio, cuando partió de Nazaret, el ruido de las pisadas parecía proceder de muy lejos y resultaba apenas perceptible. Pero poco a poco fueron acercándose aquellos pies descalzos, y pronto, según pensaba el hijo de María estremeciéndose, pronto lo alcanzarían. «Dios mío, Dios mío -murmuró-, haz que llegue rápido al monasterio, antes de que ella tenga tiempo de lanzarse sobre mí.»

El sol dominaba ahora la planicie, acariciaba a los pájaros, los animales, los hombres. Un rumor confuso ascendió de la tierra; las cabras y los carneros se desparramaron por el collado, el pastorcillo se puso a tocar el caramillo y el mundo se apaciguó. Pronto, cuando llegara al gran álamo que se alzaba a su izquierda, vería la alegre aldea que amaba: Canaán. Cuando aún era un adolescente imberbe y Dios no había clavado todavía las zarpas en él, ¡cuántas veces había ido a Cana con su madre para participar en fiestas bulliciosas! ¡Cuántas veces había admirado a las muchachas de los villorrios de los alrededores, que bailaban bajo aquel álamo de espeso follaje y golpeaban alegremente la tierra con los pies! Pero cuando tenía veinte años, un día en que estaba de pie, angustiado, bajo el álamo, con una rosa en la mano…

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