Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Marlena lo ve por el espejo.

– ¿Adónde vas? -dice rápidamente-. August, ¿adónde vas?

Él se dirige a la puerta.

Ella le agarra del brazo.

– ¡Auggie! ¿Adónde vas?

– No soy el único que va a pagar la limonada -dice soltándose el brazo de un tirón.

– ¡August, no! -vuelve a agarrarle del codo. Esta vez pone toda su fuerza, intentando evitar que se vaya-. ¡August, espera! Por el amor de Dios. No sabía lo que hacía. La próxima vez la sujetaremos mejor…

August se suelta con un empellón y Marlena cae al suelo. Él la mira con franco desprecio. Luego se pone el sombrero en la cabeza y da media vuelta.

– ¡August! -grita Marlena-. ¡Detente!

Él abre la cortina y desaparece. Marlena se queda paralizada, sentada en el mismo sitio en el que ha caído. Yo miro de la cortina a Marlena, y de Marlena a la cortina.

– Voy a seguirle -digo encaminándome a la salida.

– ¡No! ¡Espera!

Freno en seco.

– No hay nada que hacer -dice ella con la voz quebrada y débil-. No puedes detenerle.

– Pero te aseguro que puedo intentarlo. No hice nada la vez anterior y nunca me lo perdonaré.

– ¡No lo entiendes! ¡Sólo conseguirás empeorarlo! ¡Jacob, por favor! ¡No lo entiendes!

Me vuelvo para mirarla.

– ¡No! ¡No lo entiendo! Ya no entiendo nada. Nada de nada. ¿Por qué no me lo explicas tú?

Abre mucho los ojos. Su boca forma una O. Después, se tapa la cara con las manos y rompe a llorar.

La miro horrorizado. Luego caigo de rodillas y la mezo en mis brazos.

– Oh, Marlena, Marlena…

– Jacob -susurra contra mi camisa. Se abraza a mí con tanta fuerza como si quisiera evitar que se la tragara la tierra.

DIECISÉIS

– No me llamo Rosie. Me llamo Rosemary. Ya lo sabe, señor Jankowski.

Recupero la consciencia de golpe, parpadeo bajo el inconfundible resplandor de las lámparas fluorescentes.

– ¿Eh? ¿Qué? -la voz me sale aguda, aflautada. Una mujer negra se inclina sobre mí y me pone algo alrededor de las piernas. Su pelo es suave y huele bien.

– Hace un instante me ha llamado Rosie. Me llamo Rosemary -dice enderezándose-. Bueno, ¿no está mucho mejor así?

La miro fijamente. Oh, Dios. Es verdad. Soy viejo. Y estoy en la cama. Un momento… ¿La he llamado Rosie?

– ¿Estaba hablando? ¿En voz alta?

Ella se ríe.

– Desde luego que sí. Sí, señor Jankowski. No ha parado de hablar desde que salimos del comedor. Me ha calentado las orejas.

Me pongo rojo. Miro las manos engarfiadas de mi regazo. Sólo Dios sabe lo que habré dicho. Yo sólo sé lo que estaba pensando, y eso si lo pienso… hasta que me he encontrado aquí cuando creía que estaba allá.

– Bueno, ¿qué le pasa? -dice Rosemary.

– ¿He dicho…? ¿He dicho algo… ya sabes…, embarazoso?

– ¡No, por Dios! No entiendo por qué no se lo ha dicho a los otros, con esto de que van al circo y demás. Apostaría a que nunca se lo ha comentado, ¿a que no?

Rosemary me mira expectante. Luego frunce el ceño. Acerca una silla y se sienta a mi lado.

– No se acuerda de lo que me ha contado, ¿verdad? -pregunta dulcemente.

Niego con la cabeza.

Me agarra ambas manos con las suyas. Son cálidas y de carnes firmes.

– No ha dicho nada de lo que tenga que avergonzarse, señor Jankowski. Es usted todo un caballero y me siento muy honrada de conocerle.

Los ojos se me llenan de lágrimas y bajo la cabeza para que no me vea.

– Señor Jankowski…

– No quiero hablar de eso.

– ¿Del circo?

– No. De… Ah, maldita sea, ¿no lo entiende? Ni siquiera era consciente de que estaba hablando. Es el principio del fin. Ahora sólo queda ir de mal en peor, y no me quedan muchos sitios adonde ir. Pero tenía la esperanza de poder confiar en mi cerebro. Tenía esa esperanza.

– Todavía puede confiar en su cerebro, señor Jankowski. Está usted completamente lúcido.

Nos quedamos en silencio un minuto.

– Tengo miedo, Rosemary.

– ¿Quiere que hable con la doctora Rashid? -me pregunta.

Asiento con la cabeza. Una lágrima cae de mi ojo a mi regazo. Abro mucho los ojos con la esperanza de contener el resto.

– No tiene que estar arreglado para salir hasta dentro de una hora. ¿Quiere descansar un poco mientras?

Vuelvo a asentir. Me da una última palmadita en la mano, baja la cabecera de la cama y sale de la habitación. Me quedo tumbado boca arriba, oyendo el zumbido de las lámparas y mirando fijamente las losetas cuadradas del falso techo. Un paisaje de palomitas prensadas, de galletas de arroz sin sabor.

Si soy completamente sincero conmigo mismo, ya ha habido indicios de que estoy en decadencia.

La semana pasada, cuando vino mi gente, no les reconocí. Pero simulé que sí, y cuando empezaron a acercarse y me di cuenta de que venían a verme a mí, sonreí y dije todas las frases tranquilizadoras, los «oh, sí» y los «fíjate» que constituyen mi aportación a la conversación en estos días. Creía que todo iba bien hasta que una expresión peculiar cruzó la cara de la mujer. Una expresión horrorizada, con la frente arrugada y la mandíbula un tanto caída. Recordé rápidamente los últimos minutos de conversación y me di cuenta de que había dicho algo mal, justo lo contrario de lo que tenía que haber dicho, y me sentí fatal, porque Isabelle no me cae mal. Es sólo que no la conozco, y por eso me estaba costando tanto prestar atención a los detalles de su desastroso recital de baile.

Pero entonces, la tal Isabelle se volvió y rió, y en aquel momento vi a mi esposa. Eso me puso triste, y aquellas personas que no reconocía intercambiaron miradas furtivas y al poco rato anunciaron que se tenían que ir porque el abuelo necesitaba descansar. Me dieron palmaditas en la mano y remetieron los bordes de la manta por detrás de mis rodillas y se marcharon. Volvieron al mundo y me dejaron aquí. Y hasta la fecha no he conseguido saber quiénes eran.

Conozco a mis hijos, que nadie se equivoque, pero éstos son los hijos de mis hijos, y también los hijos de éstos, y puede que los de estos últimos también. ¿Les susurré a sus caritas de bebés? ¿Les monté a caballito en las rodillas? Tuve tres hijos y dos hijas, una familia numerosa, la verdad, y ninguno de ellos se reprimió precisamente. Multiplica cinco por cuatro, y otra vez por cinco, y no es de extrañar que haya olvidado dónde encajan algunos de ellos. Tampoco ayuda que se turnen para venir a verme porque, aunque logre retener a un grupo en la memoria, puede que no vuelvan por aquí hasta dentro de ocho o nueve meses, tiempo durante el cual ya he olvidado todo lo que debería recordar.

Pero lo que ha pasado hoy es completamente distinto y mucho, mucho más aterrador.

Por los clavos de Cristo, ¿qué habré dicho?

Cierro los ojos y rebusco en los rincones más ocultos de mi memoria. Ya no están tan claramente definidos. Mi cerebro es como un universo evanescente cuyos gases se van haciendo más y más ligeros en los bordes. Pero no se disuelve en la nada. Tengo la sensación de que hay algo más allá, que escapa a mi percepción, flotando, esperando… Y que Dios me ayude si no me estoy deslizando otra vez hacia ello ahora mismo, con la boca abierta de par en par.

DIECISIETE

Mientras August le hace sólo Dios sabe qué a Rosie Marlena y yo yacemos en la - фото 14

Mientras August le hace sólo Dios sabe qué a Rosie, Marlena y yo yacemos en la hierba de su camerino, abrazados el uno al otro como monos araña. Yo casi no hablo, sólo sujeto su cabeza contra mi pecho, y ella va desgranando la historia de su vida en un susurro urgente.

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