Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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– Sí. Sí. Creo que sí lo sé.

Cuando ella desciende del vagón, mis ojos están húmedos de lágrimas.

– Vaya, ¿qué te parece? -dice Camel-. Puede que sea humano después de todo.

– ¿Quién? ¿August? -dice Walter. Se inclina, coge el asa de un baúl y lo arrastra por el suelo. Estamos cambiando la habitación a su configuración diurna, aunque Walter lo hace todo a medio gas porque se empeña en llevar a Queenie bajo un brazo-. Nunca.

– Puedes dejarla suelta, ¿sabes? -le digo-. La puerta está cerrada.

– Pues salvó a tu perra -apunta Camel.

– No lo hubiera hecho de saber que era mía. Queenie lo sabe. Por eso le dio un mordisco. Sí, lo sabías,¿verdad, cariño? -dice subiéndose el hocico de la perra a la cara y hablando como se habla a los bebés-. Sí, Queenie es una chica lista.

– ¿Por qué crees que August no lo sabía? -digo-. Marlena sí lo sabía.

– Porque lo sé. No hay ni un hueso humano en el cuerpo de ese perro judío.

– ¡Cuidado con lo que dices! -grito.

Walter para y me mira.

– ¿Qué? Eh, oye, no serás judío, ¿verdad? Mira, lo siento. No quería decir eso. Ha sido un insulto gratuito -dice.

– Sí, lo ha sido -digo, todavía alzando la voz-. Todos los insultos son gratuitos y empiezo a estar harto de ellos. Los artistas insultan a los peones. Los peones insultan a los polacos. Los polacos insultan a los judíos. Y si eres enano, bueno… Dímelo tú, Walter. ¿Sólo odias a los judíos y a los peones, o también odias a los polacos?

Walter se pone rojo y baja la mirada.

– No los odio. No odio a nadie.

Tras unos instantes, añade:

– Bueno, vale, odio a August. Pero le odio porque es un loco hijo de puta.

– Eso no se puede discutir -suelta Camel.

Miro a Camel y luego a Walter, y de nuevo a Camel.

– No -digo suspirando-. No, supongo que no se puede discutir.

En Hamilton la temperatura sube hasta los cuarenta grados, el sol pega sin piedad en la explanada y la limonada desaparece.

El hombre del puesto de refrescos, que no se ha separado del enorme barreño de la mixtura más que unos minutos, acude furioso a Tío Al, convencido de que los peones son los culpables.

Tío Al decide investigarles. Ellos salen de detrás de las tiendas de los establos y de las fieras, adormilados, con paja en el pelo. Yo observo desde lejos, pero es difícil no darse cuenta de que les envuelve un aire de inocencia.

Al parecer, Tío Al no lo ve así. Va de un lado a otro a grandes zancadas, pegando voces como Gengis Khan al inspeccionar sus tropas. Les grita a la cara, detalla el coste -tanto en ingredientes como en las ventas no realizadas- de la limonada robada y les dice que se les retendrá la paga a todos ellos la próxima vez que esto ocurra. Les da un pescozón en la cabeza a unos cuantos y los despacha. Ellos regresan a sus lugares de descanso, frotándose la cabeza y mirándose unos a otros con suspicacia.

A falta de sólo diez minutos para que se abran las puertas, los encargados de los refrescos preparan una nueva remesa con el agua de los abrevaderos de los animales. Filtran los granos de centeno, las briznas de paja y los pelos sueltos con unos leotardos donados por un payaso, y para cuando le añaden los «flotadores» -rodajas de limón de cera que tienen la misión de hacer creer que el mejunje tuvo contacto con fruta real en algún momento de su preparación- un grupo de palurdos se acerca ya al puesto. No sé si los leotardos estarían limpios, lo que sí noto es que, ese día, todo el mundo en el circo se abstiene de beber limonada.

La limonada vuelve a desaparecer en Dayton. Una vez más, se prepara una nueva remesa con agua de los abrevaderos y se saca momentos antes de que lleguen los palurdos.

En esta ocasión, cuando Tío Al investiga a los sospechosos habituales, en vez de amenazarles con retenerles su salario -una amenaza sin valor puesto que ninguno de ellos ha cobrado desde hace más de ocho semanas-, les obliga a abrir las bolsas de Judas de ante que llevan colgadas del cuello y a entregarle dos cuartos de dólar cada uno. Los poseedores de las bolsas se convierten entonces en verdaderos Judas.

El ladrón de limonada ha dado a los peones donde más les duele y están preparados para entrar en acción. Cuando llegamos a Columbus, unos cuantos se esconden cerca del barril de la mezcla y esperan.

Poco antes de que empiece la función, August me llama a la tienda camerino de Marlena para que vea un anuncio de un caballo acróbata blanco. Marlena necesita otro porque doce caballos son más espectaculares que diez, y de eso es de lo que se trata. Además, Marlena cree que Boaz se está empezando a deprimir por quedarse solo en el establo mientras los demás actúan. Eso es lo que dice August, pero yo creo que me está rehabilitando en sus favores después del arrebato de la cantina. O eso o es que August ha decidido tener a sus amigos cerca y a sus enemigos más cerca todavía.

Estoy sentado en una silla plegable con el Billboard en el regazo y una botella de zarzaparrilla en la mano. Marlena se da los últimos retoques a la ropa delante del espejo y yo intento no mirarla abiertamente. La única vez que nuestros ojos se encuentran a través del espejo, contengo la respiración, ella se ruboriza y los dos miramos para otro lado.

August, ajeno a todo, se abrocha los botones del chaleco y charla animado, cuando Tío Al cruza la cortina de entrada.

Marlena se vuelve, ofendida.

– Eh, ¿no te han dicho que hay que llamar antes de irrumpir en el aposento de una señora?

Tío Al no le hace el menor caso. Se dirige directamente a August y le hinca un dedo en el pecho.

– ¡Ha sido tu puñetera elefanta! -exclama.

August baja la mirada al dedo que tiene puesto en el pecho, hace una breve pausa y luego lo agarra con delicadeza entre el pulgar v el índice. Retira la mano de Tío Al hacia un lado y saca un pañuelo del bolsillo para limpiarse la saliva de la cara.

– ¿Cómo dices? -le pregunta al acabar toda esta operación.

– ¡Ha sido tu puñetera elefanta ladrona! -grita Tío Al, rociando de nuevo a August de saliva-. Arranca la estaca, se la lleva y se bebe toda la puñetera limonada, ¡y luego vuelve y clava la estaca en el suelo otra vez!

Marlena se tapa la boca con una mano, pero no a tiempo.

Tío Al se gira furioso.

– ¿Te parece divertido? ¿Te parece divertido?

La cara de Marlena palidece.

Yo me levanto de la silla y doy un paso adelante.

– Bueno, tienes que admitir que tiene una cierta…

Tío Al me planta las dos manos en el pecho y me da un empujón tan fuerte que caigo de espaldas encima de un baúl.

Se da la vuelta para encarar a August.

– ¡Esa puta elefanta me costó una fortuna! ¡Por su culpa no pude pagar a los hombres y tuve que hacerme cargo de todo y tuve una bronca con los puñeteros inspectores de ferrocarriles! ¿Y para qué? ¡El puñetero bicho no quiere actuar y roba la puta limonada!

– ¡Al! -exclama August secamente-. No hables así. Tengo que recordarte que estás en presencia de una dama.

Tío Al gira la cabeza. Observa a Marlena sin remordimientos y se vuelve otra vez hacia August.

– Woody está calculando las pérdidas -dice-. Lo voy a cobrar de tu salario.

– Ya se lo has cobrado a los peones -dice Marlena con calma-. ¿Has pensado devolverles su dinero?

Tío Al le lanza una mirada y su expresión me gusta tan poco que me adelanto hasta que estoy entre ellos.

Vuelve sus ojos hacia mí, con la mandíbula rechinando de furia. Luego da la vuelta y se marcha.

– Qué gilipollas -dice Marlena volviendo a su mesa de tocador-. Podría haber estado vistiéndome.

August permanece totalmente inmóvil. Luego coge la chistera y la pica de la elefanta.

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