– ¿Qué?
Señala.
August y Marlena están sentados a nuestra mesa. Es la primera vez que se presentan a una comida desde el accidente.
Walter me examina.
– ¿Podrás soportarlo?
– Claro que sí -contesto irritado.
– Vale. Sólo quería saberlo -dice él. Pasamos junto al siempre vigilante Ezra y nos dirigimos a nuestras respectivas mesas.
– Buenos días, Jacob -dice August mientras dejo el plato en la mesa y tomo asiento.
– August. Marlena -digo saludando con la cabeza a cada uno.
Marlena echa una mirada rápida y vuelve a fijar los ojos en el plato.
– ¿Qué tal te encuentras en este maravilloso día? -pregunta August. Escarba en un montón de huevos revueltos.
– Muy bien. ¿Y tú?
– Estupendo -dice.
– ¿Y tú qué tal, Marlena? -pregunto.
– Mucho mejor, gracias -responde ella.
– Anoche vi tu número -digo.
– ¿Ah, sí?
– Sí -digo desplegando la servilleta y poniéndomela sobre las rodillas-. Es… No sé muy bien qué decir. Fue asombroso. Nunca he visto una cosa igual.
– Oh -dice August subiendo una ceja-. ¿Nunca?
– No. Nunca.
– Fíjate.
Me mira sin parpadear.
– Pensaba que había sido el número de Marlena lo que te había animado a unirte al circo, Jacob. ¿Estaba equivocado?
El corazón me da un salto en el pecho. Agarro los cubiertos: el tenedor en la mano izquierda, el cuchillo en la derecha, al estilo europeo, como mi madre.
– Mentí -digo.
Pincho el extremo de una salchicha y empiezo a cortarla, esperando la respuesta.
– ¿Cómo has dicho? -dice.
– Mentí. ¡Mentí! -dejo los cubiertos de golpe en la mesa con un trozo de salchicha clavado en el tenedor-. ¿Vale? Por supuesto que nunca había oído hablar del circo de los Hermanos Benzini hasta que me subí al tren. ¿Quién coño ha oído hablar de los Hermanos Benzini? El único circo que he visto en toda mi vida ha sido el Ringling, y fue genial. ¡Genial! ¡¿Te enteras?!
Se hace un silencio sobrecogedor. Miro alrededor aterrado. Todos los presentes en la carpa me miran fijamente. La mandíbula de Walter est á desencajada. Queenie pega las orejas a la cabeza. A lo lejos berrea un camello.
Por fin vuelvo los ojos hacia August. Él también me mira. Un lado del bigote le tiembla. Dejo la servilleta bajo el borde del plato, preguntándome si se va a lanzar a por mí por encima de la mesa.
August abre los ojos todavía más. Yo aprieto los nudillos bajo la mesa. Y entonces, August explota. Ríe tan fuerte que se pone rojo, se agarra la barriga y respira con dificultad. Ríe y aúlla hasta que las lágrimas corren por su cara y los labios le tiemblan por el esfuerzo.
– Oh, Jacob -dice secándose las mejillas-. Oh, Jacob. Creo que te había juzgado mal. Sí. Desde luego. Creo que te había juzgado mal -ríe y sorbe mientras se limpia la cara con la servilleta-. Ay, Dios -suspira-. Ay, Dios -carraspea y vuelve a tomar los cubiertos. Recoge un poco de huevo con el tenedor y vuelve a dejarlo, nuevamente vencido por la hilaridad.
El resto de los comensales vuelven a su comida, pero con reservas, como la gente que observaba cuando eché al hombre de la explanada el primer día. Y no puedo evitar darme cuenta de que, cuando vuelven a comer, lo hacen con un aire de aprensión.
La muerte de Lucinda nos deja con una grave deficiencia en las filas de los fenómenos. Y hay que solucionarla… Todos los grandes circos tienen una mujer gorda, y nosotros no podemos ser menos.
Tío Al y August repasan el Billboard y hacen llamadas de teléfono en todas las paradas y mandan telegramas intentando reclutar una, pero todas las mujeres gordas parecen estar satisfechas con el trabajo que tienen, o recelosas de la reputación de Tío Al. Al cabo de dos semanas y de diez trayectos de tren, Tío Al está tan desesperado que aborda a una señora del público de generosas dimensiones. Desgraciadamente, resulta ser la señora del jefe de la policía y Tío Al acaba con un ojo de un morado brillante en vez de con una señora gorda, aparte de una orden oficial de salir de la ciudad.
Tenemos dos horas. Los artistas se recluyen inmediatamente en sus vagones. Los peones, una vez espabilados, corren por la explanada como gallinas sin cabeza. Tío Al, enrojecido y sin aliento, sacude el bastón, azuzando a los trabajadores si no se mueven todo lo rápido que él quiere. Las carpas se desmontan tan deprisa que los hombres quedan atrapados debajo, y los que están desmontando otras tienen que entrar y sacarles antes de que se asfixien bajo la gran superficie de lona o -lo que es peor desde el punto de vista de Tío Al- tienen que abrir con sus navajas un respiradero.
Cuando ya están recogidos todos los animales de carga, me retiro al vagón de los caballos. No me gustan las miradas de los vecinos que se van reuniendo en los límites de la explanada. Muchos van armados, y un mal palpito me va fermentando en la boca del estómago.
Todavía no he visto a Walter y me paseo de un lado a otro delante de la puerta abierta, examinando la explanada. Los trabajadores negros se han ocultado en el Escuadrón Volador hace un buen rato, y no estoy del todo seguro de que la turba no se conforme con un enano pelirrojo.
Una hora y cincuenta y cinco minutos después de que nos den las órdenes de partir, su cara se asoma por la puerta.
– ¿Dónde puñetas estabas? -le grito.
– ¿Es él? -gruñe Camel desde el otro lado de los baúles.
– Sí, es él. Venga, entra ya -digo haciéndole un gesto-. Esa gente tiene mala pinta.
Él no se mueve. Está congestionado y sin resuello.
– ¿Dónde está Queenie? ¿Has visto a Queenie?
– No. ¿Por qué?
Walter desaparece.
– ¡Walter! -me incorporo de un salto y le sigo hasta la puerta-. ¡Walter! ¿Dónde coño vas? ¡Ya han dado la señal de los cinco minutos!
Corre en paralelo al tren, agachándose para mirar entre las ruedas.
– ¡Vamos, Queenie! ¡Eh, nena! -se endereza y se detiene delante de todos los vagones, grita entre las rendijas y espera la respuesta-. ¡Queenie! ¡Venga, nena! -cada vez que grita, su voz alcanza nuevas cotas de desesperación.
Suena un silbato, un aviso largo y sostenido al que sigue el siseo y los carraspeos de la locomotora.
La voz de Walter se quiebra, ronca por los gritos.
– ¡Queenie! ¿Dónde demonios estás? ¡Queenie! ¡Ven aquí!
En la parte de delante, los últimos rezagados suben a los vagones de plataforma.
– ¡Walter, venga! -exclamo-. No hagas el tonto. Tienes que subir ya.
Él me ignora. Ahora se encuentra junto a aquellos vagones, rebuscando entre las ruedas.
– ¡Queenie, ven! -grita él. Se para y, de repente, se estira. Parece perdido-. ¿Queenie? -pregunta a nadie en especial.
– Maldita sea -digo.
– ¿Vuelve ya o no? -pregunta Camel.
– Parece que no -le digo.
– ¡Pues vete a por él! -me aúlla.
El tren da un acelerón, los vagones brincan al tensar la locomotora los enganches que los unen.
Salto a la gravilla y corro en dirección a los vagones de delante. Walter está enfrente de la locomotora.
Le toco el hombro.
– Walter, es hora de irse.
Se gira hacia mí con los ojos suplicantes.
– ¿Dónde está? ¿No la has visto?
– No. Vamos, Walter -digo- Tenemos que subirnos al tren enseguida.
– No puedo -dice. Su cara no expresa nada-. No puedo abandonarla. No puedo.
El tren se mueve ya, adquiriendo velocidad.
Miro detrás de mí. Los vecinos, armados con rifles, bates de béisbol y palos, avanzan hacia nosotros. Me fijo en el tren el tiempo suficiente para hacerme una idea de su velocidad y cuento, rogando a Dios que no me equivoque: uno, dos, tres, cuatro.
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