August está de pie junto a una ventana. Marlena, sentada en uno de los sillones de terciopelo, con los pies descalzos colocados encima de un escabel.
– Hola -dice ruborizándose. Se estira la falda por encima de las rodillas y luego la alisa sobre sus muslos.
– Hola, Marlena -digo-. ¿Qué tal estás?
– Mejor. Ya empiezo a andar un poco. Tal como van las cosas, no tardaré mucho en volver a subirme a la silla de montar.
– Bueno, ¿qué te trae por aquí? -inquiere August-. Y no es que no nos encante tu visita. Te echábamos de menos. ¿Verdad, cariño?
– Ah… sí -dice Marlena. Levanta sus ojos hasta encontrar los míos y enrojece.
– Oh, pero ¿dónde están mis modales? ¿Te apetece una copa? -dice August. Sus ojos, sobre una boca rígida, parecen inusualmente duros.
– No. Gracias -su hostilidad me ha pillado con la guardia baja-. No puedo quedarme mucho. Sólo quería pedirte una cosa.
– ¿Y de qué se trata?
– Necesito que venga un médico.
– ¿Para qué?
Dudo un instante.
– Preferiría no decírtelo.
– Ah -dice haciendo me un guiño-. Ya entiendo.
– ¿Qué? -digo horrorizado-. No. No es nada de eso -miro a Marlena, que se gira apresuradamente hacia la ventana-. Es para un amigo mío.
– Sí, claro que sí -dice August sonriendo.
– No, lo digo en serio. Y no es… Mira, sólo quería saber si conocías a alguien. Da lo mismo. Me voy a acercar a la ciudad y a ver qué puedo encontrar -me doy la vuelta para salir.
– ¡Jacob! -dice Marlena a mi espalda.
Me detengo en el quicio de la puerta, con la mirada perdida en la ventana del estrecho pasillo. Respiro un par de veces antes de volverme y mirarla.
– Va a venir a verme un médico mañana en Davenport -dice pausadamente-. ¿Quieres que te avise cuando hayamos terminado?
– Te lo agradecería mucho -digo. Me toco el ala del sombrero y salgo.
A la mañana siguiente, la cola de la cantina es un hervidero de rumores.
– Es por culpa de esa maldita elefanta -dice el tipo que tengo delante-. Y total, no sabe hacer nada.
– Pobres diablos -dice su amigo-. Es lamentable que un hombre valga menos que una bestia.
– Perdón -digo-. ¿Qué queréis decir con que es por culpa de la elefanta?
El primero se me queda mirando. Tiene los hombros anchos y lleva una sucia chaqueta marrón. Su cara está llena de arrugas, avejentada y cetrina como una pasa.
– Porque costó demasiado. Y encima compraron el carromato.
– No, pero ¿de qué tiene la culpa?
– Han desaparecido un puñado de tipos de la noche a la mañana. Por lo menos seis, y puede que más.
– ¿Cómo? ¿Del tren?
– Sí.
Dejo mi plato a medio llenar en el mostrador de la comida y me dirijo al Escuadrón Volador. Tras algunas zancadas, echo a correr.
– ¡Eh, colega! -grita el hombre detrás de mí. ¡Si ni siquiera has comido!
– Déjale en paz, Jock -dice su amigo-. Probablemente necesita ver a alguien.
– ¡Camel! ¡Camel! ¿Estás ahí? -me pongo delante del vagón e intento ver algo en su lóbrego interior.
No hay respuesta.
– ¡Camel!
Nada.
Me giro de cara a la explanada.
– ¡Mierda! -le doy una patada a la gravilla y luego le doy otra-. ¡Mierda!
Y entonces oigo un murmullo dentro del vagón.
– Camel, ¿eres tú?
Un sonido amortiguado sale de uno de los rincones oscuros. Subo de un salto. Camel está recostado contra la pared del fondo.
Ha perdido el conocimiento sosteniendo una botella vacía. Me inclino y se la quito de las manos. Extracto de limón.
– ¿Quién coño eres tú y qué coño crees que estás haciendo? -dice una voz a mi espalda. Me vuelvo. Es Grady. Está de pie en el suelo, delante de la puerta abierta, fumando un cigarrillo liado-. Oh… Hola. Perdona, Jacob. No te reconocía por detrás.
– Hola, Grady-digo-. ¿Qué tal está?
– No sabría decirte -responde-. Lleva borracho desde anoche.
Camel gruñe e intenta darse la vuelta. Su brazo derecho yace inerte sobre su pecho. Chasca los labios y empieza a roncar.
– Hoy va a venir un médico -digo-. Mientras, no le quites el ojo de encima, ¿de acuerdo?
– Por supuesto -dice Grady ofendido-. ¿Qué coño crees que soy? ¿Blackie? ¿Quién coño crees que le salvó el pellejo anoche?
– Claro que no creo que seas… Bah, joder, olvídalo. A ver si se le pasa la borrachera. Y trata de que siga sobrio, ¿vale? Más tarde vendré a veros con el médico.
El médico sostiene el reloj de bolsillo de mi padre en su mano rechoncha y le da vueltas, inspeccionándolo con sus antiparras. Lo abre para examinar la esfera.
– Sí. Esto será suficiente. Bueno, y ¿de qué se trata? -dice guardándoselo en el bolsillo del chaleco.
Nos encontramos en el pasillo del vagón, justo delante del compartimento de August y Marlena. La puerta todavía está abierta.
– Tenemos que ir a otro sitio -digo bajando la voz.
El doctor se encoge de hombros.
– Muy bien. Vamos.
Tan pronto como salimos del vagón, el médico se vuelve hacia mí.
– ¿Y dónde quiere que le haga el reconocimiento?
– No es a mí. Es a un amigo mío. Tiene problemas con los pies y las manos. Y otras cosas. El se lo contará cuando lleguemos.
– Ah -dice el médico-. El señor Rosenbluth me dejó caer que tenía usted dificultades de… orden personal.
La expresión del doctor va cambiando mientras me sigue por las vías. Cuando rebasamos los vagones brillantemente pintados de la sección principal del tren, parece algo alarmado. Cuando alcanzamos los vagones cochambrosos del Escuadrón Volador, su expresión es de franca repugnancia.
– Está aquí dentro -digo subiendo al vagón de un salto.
– ¿Y puede saberse cómo me voy a subir ahí? -pregunta él.
Earl emerge de las sombras con una caja de madera. Se baja, la coloca delante de la puerta y le da un sonoro palmetazo. El médico la mira durante unos instantes y se sube a ella, apretando nerviosamente su maletín negro contra el pecho.
– ¿Dónde está el paciente? -pregunta estrechando los ojos y recorriendo el interior.
– Por allí -dice Earl. Camel está acurrucado contra un rincón. Grady y Bill se inclinan sobre él.
El doctor se acerca al grupo.
– Un poco de intimidad, por favor -dice.
Los otros se dispersan, murmurando sorprendidos. Se desplazan hasta el extremo opuesto del vagón y estiran los cuellos para intentar ver algo.
El doctor se acerca a Camel y se agacha a su lado. No puedo dejar de darme cuenta de que evita que las rodillas de su traje entren en contacto con los listones del suelo.
Al cabo de unos minutos, se levanta y dice:
– Parálisis del jengibre jamaicano. No cabe la menor duda.
Tomo aire entre los dientes.
– ¿Qué? ¿Qué es eso? -rezonga Camel.
– Se contrae por beber extracto de jengibre jamaicano -el médico pone gran énfasis en las cuatro últimas palabras-. O jake, como se le conoce popularmente.
– Pero… ¿cómo? ¿Por qué? -dice Camel mientras sus ojos buscan desesperados la cara del médico-. No lo entiendo. Llevo años bebiéndolo.
– Sí. Sí. Eso es fácil de deducir -dice el doctor.
La rabia asciende por mi garganta como bilis. Me sitúo al lado del médico.
– Creo que no ha contestado a la pregunta -digo con toda la calma de que soy capaz.
El médico se vuelve y me examina a través de sus antiparras. Tras una pausa de varios segundos, dice:
– Lo causan los cresoles que ha añadido el fabricante.
– Dios mío -digo.
– Efectivamente.
– ¿Por qué se lo añaden?
– Para cumplir la normativa que exige que el extracto de jengibre jamaicano no sea apto para el consumo -se vuelve hacia Camel y levanta la voz-: Y que no se utilice como bebida alcohólica.
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