Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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A un metro escaso de la entrada, Marlena suelta el arnés y se inclina a la izquierda. Rosie desaparece de la carpa y Marlena queda colgada de la viga de la puerta. El público permanece en silencio, no del todo seguro de que aquello siga siendo parte del número.

Marlena cuelga inerte a menos de cuatro metros de donde estoy yo. Tiene la respiración agitada, los ojos cerrados y la cabeza gacha. Estoy a punto de acercarme a ella para ayudarla a bajar cuando abre los ojos, suelta la mano izquierda del poste y, con un movimiento exquisito, se gira sobre sí misma de manera que queda mirando al público.

La cara se le ilumina y estira las puntas de los pies. El director de la banda de música, que observa desde su puesto, pide frenético un redoble de tambor. Marlena empieza a balancearse.

El redoble sube de volumen a medida que va ganando fuerza. Poco después, Marlena se columpia en paralelo al suelo. Empiezo a preguntarme cuánto tiempo va a seguir con eso y qué demonios piensa hacer, cuando, de repente, se suelta del poste. Vuela por el aire, formando una pelota con su cuerpo, y da dos vueltas adelante. Se despliega para describir una vuelta lateral y aterriza limpiamente, levantando una nube de serrín. Se mira a los pies, se endereza y levanta los dos brazos. La banda ataca una música triunfal y el público se vuelve loco. Unos instantes después, las monedas llueven sobre la pista.

En cuanto se da la vuelta, noto que se ha hecho daño. Sale de la carpa cojeando y corro a su lado.

– Marlena… -digo.

Ella se gira y se desploma sobre mí. La agarro de la cintura y la mantengo en pie.

August llega corriendo.

– Cariño… ¡Cariño mío! Has estado maravillosa. ¡Maravillosa! Nunca he visto nada tan…

Se detiene de golpe al ver mis brazos alrededor de su cuerpo.

Entonces ella levanta la cabeza y gime.

August y yo nos miramos a los ojos. Luego entrelazamos los brazos, por detrás y debajo de ella, formando una silla. Marlena se queja, apoyándose en el hombro de August. Coloca los pies calzados con las zapatillas debajo de nuestros brazos, tensando los músculos doloridos.

August pega la boca al pelo de ella.

– Ya está, cariño. Ya estoy contigo. Shhh… No pasa nada. Ya estoy contigo.

– ¿Adonde la llevamos? ¿A su camerino? -pregunto.

– No hay donde tumbarla.

– ¿Al tren?

– Demasiado lejos. Vamos a la tienda de la chica del placer.

– ¿A la de Barbara?

August me lanza una mirada por encima de la cabeza de Marlena.

Entramos en la tienda de Barbara sin previo aviso. Ella está sentada en una silla delante del tocador, vestida con un negligé azul oscuro y fumando un cigarrillo. Su expresión de aburrida desgana cambia de inmediato.

– Ay, Dios mío. ¿Qué ha pasado? -dice apagando el cigarrillo y poniéndose en pie de un salto-. Aquí. Ponedla en la cama. Aquí, aquí mismo -dice dándonos atropelladas instrucciones.

Cuando la dejamos en la cama, Marlena rueda sobre sí y se agarra los pies. Tiene la cara desencajada y los dientes apretados.

– Mis pies…

– Calla, tesoro -le dice Barbara-. No te preocupes. No te preocupes por nada -se inclina sobre ella y le desata las cintas de las zapatillas.

– Ay, Dios, ay, Dios, cómo me duelen…

– Tráeme las tijeras del cajón de arriba -dice Barbara volviéndose a mí.

Cuando regreso a su lado, Barbara corta las puntas de las medias de Marlena y las enrolla piernas arriba. Luego coloca los pies desnudos de Marlena sobre su propio regazo.

– Vete a la cantina y trae un poco de hielo -dice.

Al cabo de un segundo, tanto August como ella se vuelven hacia mí.

– Voy volando -digo.

Corro en dirección a la cantina cuando oigo la voz de Tío Al, que grita detrás de mí.

– ¡Jacob! ¡Espera!

Me detengo para que me dé alcance.

– ¿Dónde están? ¿Adónde han ido? -pregunta.

– Están en la tienda de Barbara -digo sin aliento.

– ¿Eh?

– La chica del placer.

– ¿Por qué?

– Marlena se ha hecho daño. Tengo que llevarles hielo.

Se gira y le ladra a uno de sus acólitos:

– ¡Tú, vete a por el hielo! Llévalo a la tienda de la chica del placer. ¡Venga! -se vuelve hacia mí-: Y tú, vete a buscar a nuestro paquidermo antes de que nos echen de la ciudad.

– ¿Dónde está?

– Según parece, comiéndose las berzas del huerto de no sé quién. A la señora de la casa no le hace ninguna gracia. Al oeste de la explanada. Sácala de allí antes de que venga la policía.

Rosie está plantada en medio del huerto, recorriendo las hileras de verduras con la trompa tan tranquila. Cuando me acerco, me mira directamente a los ojos y arranca una lombarda. Se la echa en la boca con forma de pala y se lanza a por un pepino.

La señora de la casa abre una rendija en la puerta y chilla:

– ¡Saque a esa cosa de aquí! ¡Sáquela de aquí!

– Lo siento, señora -digo-. Haré todo lo que esté en mi mano.

Me coloco a un lado de Rosie.

– Vamos, Rosie. Por favor.

Despega las orejas, hace una pausa, y luego se lanza a por un tomate.

– ¡No! -le digo-. ¡Elefanta mala!

Rosie se mete el globo rojo en la boca y sonríe mientras lo mastica. Sin duda se está riendo de mí.

– Oh, Dios mío -digo sin la menor esperanza.

Rosie rodea con su trompa las hojas de un nabo y las arranca limpiamente. Sin dejar de mirarme, se las lanza a la boca y empieza a masticar. Me vuelvo y sonrío al ama de casa, que nos contempla boquiabierta.

Dos hombres se aproximan desde la explanada. Uno de ellos lleva traje, un sombrero derby y una sonrisa. Para mi inmenso alivio, es uno de los de seguridad. El otro va vestido con un mono sucio y lleva un cubo.

– Buenas tardes, señora -dice el primero quitándose el sombrero y abriéndose paso cuidadosamente por el jardín destrozado. Se diría que lo ha arrasado un tanque. Sube los escalones de cemento que conducen a la puerta de atrás-. Veo que ya conoce a Rosie, la elefanta más grande y magnífica del mundo. Tiene usted suerte… No suele hacer visitas a domicilio.

La cara de la mujer sigue asomada por la rendija de la puerta.

– ¿Cómo? -dice desconcertada.

El de seguridad sonríe alegremente.

– Ah, sí. Es todo un honor. Casi podría asegurar que ninguno de sus vecinos…, demonios, probablemente nadie en toda la ciudad, podrá decir que ha tenido una elefanta en el jardín. Nuestros hombres, aquí presentes, están dispuestos a retirarla y, naturalmente, arreglarán los desperfectos y la compensarán por las pérdidas que haya ocasionado. ¿Le gustaría que le hiciéramos una foto con Rosie? ¿Algo que podría enseñar a sus familiares y amigos?

– Yo… Yo… ¿Qué? -tartamudea.

– Si me permite el atrevimiento, señora -dice el hombre con una leve insinuación de reverencia-. Tal vez sería más sencillo si lo discutiéramos dentro.

Tras una pausa indecisa, la puerta se abre del todo. Él desaparece dentro de la casa y yo vuelvo a mirar a Rosie.

El otro hombre se ha situado justo enfrente de ella con el cubo en ristre.

La elefanta está maravillada. Pasa la trompa por encima del cubo, olisqueando e intentando sortear los brazos del hombre para meterla en el líquido transparente.

Przestan! -dice retirándole la trompa-. Nie!

Le miro con los ojos muy abiertos.

– ¿Te pasa algo, joder? -dice.

– No -digo apresuradamente-. No. Yo también soy polaco.

– Ah. Lo siento -aleja una vez más la omnipresente trompa, se limpia la mano derecha en el muslo y me la ofrece-. Grzegorz Grabowski -dice-. Llámame Greg.

– Jacob Jankowski -digo estrechándole la mano. Él la retira para proteger el contenido del cubo.

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