Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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Le cambio la cataplasma a la jirafa, le pongo un pediluvio frío a un camello con síntomas de infección en una pezuña y sobrevivo a mi primera experiencia con uno de los felinos: curo a Rex una garra infectada mientras Olive le acaricia la cabeza. Luego paso a recoger a Bobo antes de visitar a los demás. Los únicos animales a los que no les pongo ni el ojo ni la mano encima son los caballos de tiro, y sólo porque están siempre trabajando y sé que alguien me avisaría al menor síntoma de enfermedad.

Al final de la mañana ya soy uno más de la carpa de las fieras: limpio jaulas, troceo comida y saco estiércol como los demás. Tengo la camisa empapada y la garganta seca. Cuando la bandera ondea por fin, Diamond Joe, Otis y yo salimos de la gran carpa para dirigirnos a la cantina.

Clive nos alcanza y se une al grupo.

– No os acerquéis mucho a August si podéis evitarlo -dice-. Está hecho una fiera.

– ¿Por qué? ¿Qué pasa ahora? -dice Joe.

– Está furioso porque Tío Al quiere que la elefanta salga en el desfile de hoy, y se está peleando con todo el que se atreve a llevarle la contraria. Como aquel pobre tipo de allí -dice señalando a tres hombres que cruzan la pradera.

Bill y Grady se llevan a Camel por la explanada en dirección al Escuadrón Volador. Va arrastrado por ellos, con las piernas colgando.

Me vuelvo hacia Clive como un resorte.

– August no le habrá pegado, ¿verdad?

– No -dice Clive-. Pero le ha echado una buena bronca. Aún no es mediodía y ya está como una cuba. Pero el fulano que miró a Marlena… Uf, no volverá a cometer el mismo error -Clive sacude la cabeza.

– Esa maldita elefanta no va a salir en ningún desfile -dice Otis-. No consigue que ande en línea recta desde su vagón a la carpa.

– Yo lo sé, y tú lo sabes, pero al parecer Tío Al no -dice Clive.

– ¿Por qué está tan empeñado en sacarla en el desfile? -pregunto.

– Porque lleva toda su vida esperando poder decir «¡Detengan sus caballos! ¡Aquí llegan los elefantes!» -dice Clive.

– Al infierno con eso -dice Joe-. Hoy en día ya no quedan caballos que detener, y además no tenemos elefantes. Sólo tenemos una elefanta.

– ¿Y por qué tiene tantas ganas de decir eso? -pregunto.

Se vuelven a mirarme al mismo tiempo.

– Buena pregunta -dice Otis por fin, aunque es evidente que piensa que tengo problemas mentales-. Porque eso es lo que dice Ringling. Claro que él sí que tiene elefantes.

Observo desde lejos cómo August se esfuerza por alinear a Rosie entre los carros del desfile. Los caballos saltan de lado, bailando nerviosamente con sus arreos. Los cocheros sujetan las riendas con fuerza y vocean órdenes. El resultado es una especie de pánico contagioso, y al poco rato los encargados de conducir a las cebras y las llamas tienen que luchar para mantener el control.

Al cabo de algunos minutos así, Tío Al se acerca. Gesticula enloquecido señalando a Rosie y refunfuña sin parar. Cuando por fin cierra la boca, August abre la suya y también él gesticula y señala a Rosie, agitando la pica y dándole golpes en el costado para obtener mejores resultados. Tío Al se vuelve hacia su séquito. Dos de ellos dan la vuelta y echan a correr por la explanada.

No pasa mucho tiempo antes de que el carro del hipopótamo se sitúe junto a Rosie, tirado por seis perche-rones poco fiables. August abre la puerta y azuza a Rosie hasta que entra.

Poco después empieza a sonar la música y el desfile arranca.

Una hora después regresan seguidos de una considerable multitud. Los vecinos de la ciudad se van reuniendo en los límites de la explanada, aumentando en número a medida que corre la voz.

Rosie es conducida a la parte de atrás de la gran carpa, que ya está conectada a la de las fieras. August la lleva hasta su sitio. La carpa de las fieras sólo se abre al público cuando Rosie ya está detrás de su cordón y con una pata encadenada a una estaca.

Contemplo asombrado cómo niños y mayores corren a verla. Es con diferencia el animal más popular. Bate las orejas adelante y atrás al tiempo que acepta caramelos, palomitas de maíz y hasta chicle de los encantados espectadores. Un hombre tiene el valor de acercarse a ella y vaciar una caja de garrapiñadas en su boca. Rosie le recompensa quitándole el sombrero y poniéndoselo ella, posando luego con la trompa curvada en el aire. El público brama y ella le devuelve con calma el sombrero al dueño, que está entusiasmado. August está junto a ella con la pica en la mano, sonriendo como un padre orgulloso.

Aquí pasa algo raro. Ese animal no tiene nada de estúpido.

Cuando el último de los espectadores entra en la gran carpa y los artistas forman para la Gran Parada, Tío Al se lleva a August a un lado. Desde enfrente de la carpa de las fieras, veo cómo la boca de August se abre asombrada, luego ofendida y después en una estruendosa protesta. Su rostro se oscurece, y agita la chistera y la pica. Tío Al le observa totalmente impasible. Al final levanta una mano, sacude la cabeza y se aleja. August se le queda mirando, pasmado.

– ¿Qué puñetas crees que ha pasado ahí? -le digo a Pete.

– Sólo Dios lo sabe -dice él-. Pero tengo la sensación de que nos vamos a enterar.

Resulta que Tío Al está tan encantado con la popularidad que ha obtenido Rosie en la carpa que no sólo insiste en que participe en la Gran Parada, sino que también quiere que haga un número en la pista central nada más empezar el espectáculo. Para cuando me entero de esto, la noticia de dichos acontecimientos es fuente de furiosas discusiones detrás del escenario.

Yo sólo pienso en Marlena.

Salgo corriendo hacia la parte de atrás de la carpa, donde artistas y animales están ya en formación para la Parada. Rosie encabeza el desfile. Marlena cabalga sobre su cabeza, vestida de lentejuelas rosas y agarrada al deslucido arnés de cuero que lleva Rosie al cuello. August camina a su izquierda, con gesto adusto, los dedos apretando y soltando alternativamente la pica.

La banda se queda en silencio. Los artistas dan los toques finales a sus vestidos y los encargados de los animales les echan un último vistazo. Y entonces empieza a sonar la música de la Gran Parada.

August se acerca a Rosie y le grita algo al oído. La elefanta duda, ante lo que August le golpea con la pica. Esto hace que cruce la cortina de la gran carpa. Marlena se pega contra la cabeza del animal para evitar que el madero que atraviesa la parte superior de la entrada la tire al suelo.

Yo contengo la respiración y corro hacia ellos pegado al lateral.

Rosie se detiene unos seis metros después en la pista de los caballos y Marlena experimenta un cambio asombroso. En un momento está agachada, protegida contra la cabeza de Rosie. Y al instante siguiente estira todo el cuerpo, sonríe abiertamente y levanta un brazo en el aire. Tiene la espalda arqueada y las puntas de los pies estiradas. La muchedumbre se vuelve loca: de pie en las gradas, aplaude, silba y tira cacahuetes a la pista.

August les alcanza. Levanta la pica, pero se queda paralizado. Vuelve la cabeza y contempla al público. Tiene el pelo caído sobre la frente. Sonríe mientras baja la pica y se quita la chistera. Hace tres reverencias profundas, dirigidas a los diferentes sectores del público. Cuando se vuelve hacia Rosie, su rostro se endurece.

A base de meterle la pica debajo de las patas delanteras y traseras, consigue que Rosie haga una especie de recorrido por el exterior de las pistas. Van a trancas y barrancas, haciendo tantos altos que el resto de la Parada se ve obligada a pasarles por los lados, separándose como el agua alrededor de una roca.

Al público le encanta. Cada vez que Rosie se aleja de August con un trotecillo y se para, ríe a carcajadas. Y cada vez que August se le acerca, con la cara enrojecida y agitando la pica, el regocijo es incontenible. Al final, a los tres cuartos del recorrido, Rosie riza la trompa en el aire y sale a la carrera, soltando una serie de estruendosos pedos por el camino en dirección a la salida trasera de la carpa. Yo me encuentro pegado a las gradas de la puerta. Marlena se aferra a las correas de la cabeza con ambas manos, y cuando les veo acercarse contengo la respiración. Si no hace algo, acabará en el suelo.

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