Sara Gruen - Agua para elefantes

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Todos hemos querido cambiar de vida, todos hemos querido huir alguna vez.
Cuando el joven Jacob pierde todo, su familia y su futuro, y el mundo entero parece al borde del abismo en los difíciles años treinta, se aventura en un circo ambulante para trabajar como veterinario. Transcurren años de penuria y crueldad, pero también de ensueño y plenitud, pues Jacob encuentra en el deslumbrante espectáculo de los hermanos Banzini la amistad, al amor de su vida y a la traviesa elefanta Rosie.
Han transcurrido ya muchos años, pero Jacob no se resigna a la postración que el destino le depara. Con renovada valentía nos revelará un secreto impactante y decidirá emprender nuevas andanzas, cueste lo que cueste.
Sara Gruen, con un estilo apasionado y vibrante, ha escrito una novela aclamada por millones de libreros y lectores. Romance, lucha, asesinato, tragedia y humor integran el cartel de esta gran función que conmueve y asombra por igual.

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– ¡Por los amigos!

Marlena se vuelve lo justo para localizar su cóctel espumoso y levanta su copa por encima de la mesa mientras nosotros entrechocamos las nuestras. Bebe de la pajita con gesto elegante, sujetándola entre sus dedos de uñas pintadas. August se bebe su whisky de un trago. Cuando el mío me roza los labios, la lengua impide instintivamente su avance. August me está observando, así que hago como que bebo y dejo la copa en la mesa.

– Eso es, muchacho. Unos cuantos de ésos y te encontrarás como una rosa.

No sé si será así, pero desde luego Marlena vuelve a la vida tras su segundo alexander. Arrastra a August a la pista de baile. Mientras él la hace dar vueltas, yo vacío el contenido de mi copa en la maceta de una palmera.

Marlena y August vuelven al reservado, sofocados por el baile. Marlena suspira y se abanica con un menú. August enciende un cigarrillo.

Sus ojos caen sobre mi copa vacía.

– Oh… Veo que he sido muy descuidado -dice. Se levanta-. ¿Lo mismo?

– Ah, lo que haga falta -digo sin entusiasmo. Marlena se limita a mover la cabeza, absorta de nuevo en lo que ocurre en la pista de baile.

August lleva unos treinta segundos ausente cuan-do ella se levanta y me agarra de la mano.

– ¿Qué haces? -digo entre risas mientras me tira del brazo.

– ¡Venga! ¡Vamos a bailar!

– ¿Qué?

– ¡Me encanta esta canción!

– No… Yo…

Pero no hay nada que hacer. Ya estoy de pie. Me arrastra hasta la pista, bailando y tocando pitos. Cuando nos encontramos rodeados de otras parejas, se vuelve hacia mí. Respiro profundamente y la tomo en mis brazos. Esperamos un par de compases y nos lanzamos a flotar por la pista sumergidos en un turbulento mar de gente.

Es ligera como el aire, nunca pierde el paso y eso es toda una proeza, teniendo en cuenta lo torpe que estoy yo. Y no es que no sepa bailar, que sí sé. No sé qué demonios me está pasando. Desde luego, no estoy borracho.

Se separa de mí dando vueltas y luego vuelve pasando por debajo de mi brazo, de manera que su espalda queda pegada a mi pecho. Mi antebrazo descansa en su clavícula, piel contra piel. Coloca su cabeza bajo mi barbilla, el cabello perfumado, su cuerpo caliente por el esfuerzo. Y entonces se aleja otra vez, desenrollándose como una cinta.

Cuando acaba la música, los bailarines silban y aplauden levantando las manos por encima de sus cabezas, y ninguno con más entusiasmo que Marlena. Miro hacia nuestro reservado. August nos observa con los brazos cruzados y mal disimulada furia. Me separo de Marlena.

– ¡Redada!

Pasamos un instante de estupor y luego el grito se repite:

– ¡REDADA! ¡Todo el mundo fuera!

Me veo arrastrado por una marea de cuerpos. La gente grita, empujándose unos a otros en un intento frenético de alcanzar la salida. Marlena va unas personas por delante de mí y mira para atrás rodeada de cabezas que se agitan y rostros desencajados.

– ¡Jacob! -grita-. ¡Jacob!

Lucho por acercarme a ella, chocando contra los cuerpos.

Agarro una mano en el mar de carne y sé que es Marlena por la expresión de su cara. La sujeto con fuerza mientras busco a August entre la multitud. Sólo veo desconocidos.

Marlena y yo nos distanciamos en la puerta. Segundos más tarde me veo arrastrado hacia un callejón. La gente chilla y se apiña en los coches. Los motores se encienden, las bocinas braman y los neumáticos chirrían.

– ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Todos fuera de aquí!

– ¡Vámonos!

Marlena aparece de la nada y me agarra la mano. Corremos como locos entre el aullido de las sirenas y el estruendo de los silbatos. Cuando nos llega el sonido de un disparo, obligo a Marlena a entrar por una callejuela más estrecha.

– Espera -dice sin resuello, reduciendo el paso y saltando a la pata coja para quitarse un zapato. Se apoya en mi brazo y se quita el otro-. Ya está -dice sujetando ambos zapatos en una mano.

Corremos zigzagueando por callejas y callejones desiertos hasta que ya no oímos las sirenas, el gentío y las ruedas chirriantes. Al final nos detenemos bajo una escalera de incendios de hierro, exhaustos.

– Dios mío -dice Marlena-. Dios mío, qué cerca hemos estado. Me pregunto si August habrá escapado.

– Espero que sí -digo respirando con dificultad. Me inclino y apoyo las manos en las rodillas.

Al cabo de unos instantes, levanto la mirada hacia Marlena. Me mira fijamente, respirando por la boca. Rompe a reír frenética.

– ¿Qué?-pregunto.

– No, nada -dice ella-. Nada -sigue riendo, pero parece peligrosamente cercana a las lágrimas.

– ¿Qué pasa? -digo.

– Bah -dice ella sorbiendo y llevándose un dedo al lagrimal de un ojo -. Es que esta vida es una locura, nada más. ¿Tienes un pañuelo?

Me palpo los bolsillos y doy con uno. Lo toma y se seca la frente; luego se lo pasa por el resto de la cara.

– Ay, estoy hecha un desastre. ¡Y fíjate en mis medias! -exclama señalando sus pies descalzos. Los dedos le asoman por las punteras destrozadas-. ¡Oh, y son de seda! -su voz es aguda y poco natural.

– ¿Marlena? -digo suavemente-. ¿Te encuentras bien?

Se aprieta el puño contra la boca y gime. Voy a agarrarla del brazo, pero se gira. Supongo que se va a poner de cara a la pared, pero sigue girando y se pone a dar vueltas como un derviche. A la tercera vuelta la agarro por los hombros y pego mi boca a la suya. Ella se envara y toma aire entre mis labios. Un instante después se relaja. Sube los dedos hasta mi cara. Luego se separa de golpe, retrocede varios pasos y me mira con los ojos desencajados.

– Jacob -dice con la voz quebrada-. Dios mío… Jacob.

– Marlena -doy un paso adelante y me paro-. Lo siento. No debería haber hecho eso.

Me observa con una mano sobre la boca. Sus ojos son pozos oscuros. Luego se apoya en la pared para ponerse los zapatos con la mirada clavada en el asfalto.

– Marlena, por favor -extiendo las manos, implorante.

Encaja el segundo zapato y sale corriendo. Avanza tambaleante e insegura.

– ¡Marlena! -digo corriendo algunos pasos tras ella.

Ella aumenta la velocidad y se lleva una mano a la cara para ocultarla de mi vista.

Me detengo.

– ¡Marlena! ¡Por favor!

La sigo con la mirada hasta que dobla la esquina. Su mano sigue cubriéndole la cara, por si acaso voy tras ella.

Tardo varias horas en encontrar el camino de vuelta al circo.

Paso por delante de piernas que salen de puertas y carteles que anuncian colas del pan. Paso por delante de escaparates con letreros de CERRADO, y está claro que no es sólo por el descanso nocturno. Paso por delante de carteles que dicen NO SE NECESITA PERSONAL y carteles en ventanas de segundos pisos que dicen SE ENTRENA PARA LA LUCHA DE CLASES. Paso por delante de una tienda de ultramarinos que dice:

¿NO TIENE DINERO?

¿QUÉ TIENE?

¡ACEPTAMOS CUALQUIER COSA!

Paso por delante de un dispensador de prensa, y el titular dice PRETTY BOY FLOYD VUELVE A GANAR: SE LLEVA 4.000 DÓLARES MIENTRAS LA GENTE LE VITOREA.

A menos de dos kilómetros de la explanada, atravieso un campamento de vagabundos. Hay una hoguera en el centro con la gente tirada alrededor. Algunos están despiertos, sentados y con la mirada perdida en el fuego. Otros están tumbados sobre ropas dobladas. Paso lo bastante cerca para ver sus caras y para comprobar que la mayoría son jóvenes, más jóvenes que yo. También hay algunas chicas, y una pareja está copulando. Ni siquiera se han escondido entre los matorrales, sólo están un poco más lejos de la hoguera que los demás. Uno o dos de los chicos les observan con poco interés. Los que están dormidos se han quitado los zapatos, pero los tienen atados a los tobillos.

Hay un hombre mayor sentado junto al fuego, la mandíbula cubierta de una barba corta, o costras, o ambas cosas. Tiene la cara hundida de las personas sin dientes. Nos miramos a los ojos y mantenemos la mirada un buen rato. No sé por qué me mira con esa hostilidad hasta que recuerdo que voy vestido con un frac. Él no puede saber que tal vez eso sea lo único que nos separe. Rechazo una ilógica necesidad de darle explicaciones y sigo mí camino.

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