A veces me quedaba mirando el fuego de la cocina y pensaba: seguro que si meto la mano no me quemaré. Estaba como borracha de las medicinas que me daban, y una tarde me tropecé por el pasillo con Julia, que era la chica que entonces teníamos en casa. Llevaba un delantal con la labor dentro y una de las agujas de hacer punto me traspasó el muslo. Julia me la quitó como si la sacara de un bote de manteca. No sentía los sabores, ni los olores, ni el calor ni el frío. No sé cuánto estuve así, porque perdí la noción del tiempo. No había pasado ni futuro, día ni noche, ni siquiera recuerdos. Hasta que poco a poco aquella niebla se fue retirando y pude volver en mí. Habían pasado ocho meses completos y allí estabas tú, como esos perros que dejamos en el pueblo y que, al verano siguiente, nos siguen esperando en la calle, como si nos acabáramos de marchar. ¿Qué haría ahora, cómo te devolvería el tiempo que te había robado? Oh, perdóname, te decía, he estado muy enferma, pero ya pasó todo, nunca más volveré a abandonarte. Pero ya lo ves, también en esto te mentí, porque hubo una segunda vez. ¿Te acuerdas? Fue en aquel viaje que hicimos a Madrid los dos solos, el viaje en que te escribí aquella carta. Pero esto sucedería muchos años después. Nunca habías estado en Madrid y, cuando cumpliste catorce años, decidí que había llegado la hora de que lo hicieras. Aún te estoy viendo en la estación, loco de contento porque muy pronto nos iríamos juntos y yo te había dicho que me tenías que proteger. ¡Protegerme a mí, que te iba a traicionar! Pero espera, espera, que aún hay muchas cosas que tengo que contarte de aquel otro tiempo, el que siguió a la muerte de tu hermano. Tenías sólo seis años y te volviste mi caballero andante. Estabas pendiente de que tomara las medicinas, de llevarme agua, de buscarme una chaqueta cuando tenía frío. Una vez que estábamos paseando por el parque, te pregunté por lo que habías hecho durante los meses en que había estado enferma. ¿Y sabes lo que me contestaste?: esperar. Tenías sólo seis años y me hablabas como si tú fueras el adulto y yo la niña. Pero yo no era una niña, sino una mujer que sentía envidia de la felicidad de las otras mujeres, y que les deseaba en secreto lo peor. Si yo era tan desgraciada, ¿no debían, al menos, disimular su felicidad delante de mí? Ojalá te mueras, les deseaba cuando pasaba al lado de una de ellas.
Un día hiciste una trastada y me puse hecha una furia. Me pasaba eso, que cualquier contratiempo me llevaba a un ataque de inesperada cólera. Cogí la zapatilla y empecé a pegarte. Tú corrías por la casa y yo te perseguía enloquecida, hasta que te arrinconé en uno de los cuartos. Iba a seguir golpeándote cuando, lleno de terror, me dijiste: Por favor, no me pegues más. Yo no tengo la culpa de lo que pasó. Me quedé paralizada. ¿Habías pensado que te culpaba de la muerte de tu hermano? Me arrodillé a tu lado y te abracé con todas mis fuerzas. No digas eso, por favor. Nadie tiene la culpa de aquello, son cosas tristes con las que tenemos que aprender a vivir. ¿A que tú y yo lo vamos a hacer? Asentiste con la cabeza, mientras te sorbías los mocos. ¡Eras tan guapo! Parecías un almendro. Uno de esos almendros que se llenan de flores en los caminos cuando todavía hace frío, que anuncian la llegada de una nueva estación. Esa noche me arrodillé ante la Virgen para rezarle. Oh, Virgen mía, ¿qué hacías tú? Tú sufrías en silencio, no te rebelabas. Y fue así como hiciste que aquellas llamas aparecieran. Enséñame cómo hacerlo, haz que también yo pueda llevar una llama como la tuya sobre mi frente.
Y fue cosa de magia porque, a partir de entonces, fue como si las viera. ¿Recuerdas? Te hablaba de esas llamas como si estuvieran en los lugares más insospechados. Sobre un banco, suspendidas en el agua del estanque, en la rama de un árbol cuando una paloma se posaba. Y en tu cama, cuando te iba a ver. Calla, calla, te decía, que la llama está aquí. Y tú te lo creías y te quedabas casi sin respirar, no fuera que se apagara. Y ¿sabes una cosa? Que de tanto hablarte de ellas, casi llegué a verlas. Esas llamas no tenían que ver con la felicidad. Eran los más desgraciados, los que habían perdido las esperanzas, quienes las llevaban con ellos. Y a causa de su luz, todo se transfiguraba. Me decían que tenía que aprender a amar el dolor, a guardarlo en mi corazón como si fuera un tesoro.
Llegaron las vacaciones y nos fuimos al pueblo. El padre Bernardo se había muerto ese invierno, y yo, después de visitar la tumba de tu hermano, iba a ver la suya. Era la más pobre de todas. Sólo un montón de tierra con una cruz de hierro, pues era así como había pedido ser enterrado. A mi regreso, pasé una tarde por su casa y me dio pena ver su cuarto con las ventanas cerradas. Había dejado la casa a Teófila, su casera, y ésta había hecho zafarrancho general. Era de no creerse la suciedad que había en aquel cuarto, peor que una pocilga. Teófila lo bajó todo al patio para quemarlo. Me dio mucha pena cuando me lo dijo, sobre todo por los libros. Algunos eran muy antiguos y tenían primorosas ilustraciones. Siempre que iba a verle me quedaba un rato hojeándolos, ya que era a mí a la única a quien se lo consentía. Incluso a veces me permitía poner un poco de orden en aquella leonera. Solía ir con vosotros, y os encantaba el cuarto porque estaba lleno de objetos estrafalarios, muchos de ellos traídos de Tierra Santa. Y allí, mirando aquella ventana cerrada, me quedé un buen rato pensando en nuestras visitas. El padre se sabía párrafos enteros de la Biblia, sobre todo del Apocalipsis de san Juan, que era su libro de cabecera. Estaba convencido de que el fin del mundo estaba cerca y de que teníamos que prepararnos para cuando llegara. Y sin embargo, había robado el cuerpo de un niño muerto. Pensaba que esta vida no era nada, pero se había llevado ese cuerpo porque no quería que le dieran sepultura, que lo cubrieran con tierra como si fuera una raíz. Y entonces me puse a llorar. Me acordaba de tu hermano, y de que también él estaba cubierto de tierra, y de lo que pasaría si se despertaba en medio de aquella negrura, sintiendo tanta humedad y tanto frío. No, no te despiertes, le decía, es mejor que sigas dormido, que no sepas nunca dónde te encuentras.
Me dirigí a las eras, en las que ya no había nadie trabajando. La tarde estaba llena de una luz apacible y misteriosa. Los carros y las aventadoras tenían algo de ciudad abandonada, dormida. Mis sandalias se hundían en la paja y me sentía agotada y vencida. Volví a acordarme del niño de Teófila. ¡Era tan extraño que don Bernardo lo hubiera robado! Y pensé en Luisa, y en que ella me podría contar lo que sucedió. Regresé a casa y cogí la bicicleta, para subir al monte, donde Luisa vivía con su marido. No estaba muy lejos, y cuando llegué ella estaba ordenando la cocina, porque esa noche habían estado los cisqueros. A Luisa le encantaba escuchar sus historias, muchas veces de crímenes y de sucesos misteriosos. Le gustaban sus risas, sus manotazos, las bromas que se gastaban. En aquellas tierras, tan lejanas del mar, el pescado era algo maravilloso, y alguna vez traían con ellos besugo fresco que asaban en la cocina.
Luisa era la única persona del pueblo que leía libros y, en la soledad del monte, escribía poesías que luego copiaba en limpio, en un cuaderno con letra primorosa. Esas poesías hablaban de su vida en aquel lugar aislado, de su soledad, pero también de lo que había encontrado en él: el canto del cuco, los nidos de los pájaros, caballos, el husmear de los jabalíes y los zorros, las relucientes bellotas que, al madurar, parecían pequeños estuches, las flores de las jaras, cuyo olor dulzón enloquecía a las abejas. Hablaba del monte como si fuera un jardín que ella tuviera que proteger. Te he cambiado, le decía al monte, por todos mis sueños de mujer.
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