Carmina era muy distinta. Su belleza era la belleza de los chaparrones, los saltos de agua o de las yeguas que pastan en los prados: una belleza tocada por la locura. Se había casado con Gonzalo, uno de los señoritos del pueblo. Gonzalo era de la misma edad que mi padre y habían crecido juntos. A Carmina la conoció en una de las fondas donde se había alojado cuando se puso a arreglar su casa, pues Carmina era la hija de los dueños. Salieron de allí como marido y mujer, porque ella se quedó embarazada y su familia le dijo a Gonzalo que si no se casaba lo tiraban al pozo. Carmina era muy inculta y sus maneras distaban de ser las de una señorita de ciudad. Gonzalo se avergonzaba de ella y le pedía a mi madre que le comprara medias y ropa que le dieran una apariencia más refinada. Carmina estuvo a punto de morir en el parto y la niña que nació mal. Nunca llegaría a hablar, ni a andar, y tenía que llevarla en una enorme silla de ruedas de un lado para otro, pues no sabía valerse por su cuenta ni para lo imprescindible. Daba gritos estremecedores que te partían el alma, como si viera cosas terribles que nosotros no alcanzábamos a ver ni a sentir. Se llamaba Paula, y Carmina siempre la estaba besando, aunque luego la llevara bastante sucia y hasta hubiera días que oliera mal, lo que mi madre le reprochaba.
– Tienes que lavarla todos los días -le explicaba-. Si huele bien y va limpia, todos la querrán.
Mi padre decía que lo que le pasaba a Carmina es que no era muy lista, pero mi madre pensaba que quien no tenía dos dedos de frente era Gonzalo, que no se preocupaba en absoluto de su mujer y su hija, y vivía en un mundo que poco o casi nada tenía que ver con el real. Un mundo rancio, lleno de títulos nobiliarios y confusos escudos de piedra, en el que los hombres se diferenciaban por sus apellidos y sus propiedades antes que por su inteligencia o sus buenas acciones. Gonzalo estaba afiliado a la Falange y llevaba con frecuencia su camisa azul, con el yugo y las flechas bordados. Mi padre trataba de poner cordura en su vida, dándole consejos sobre cómo administrar sus menguadas propiedades, pero él no le hacía demasiado caso y terminó en manos de usureros que se quedaron con sus tierras. Pero incluso cuando apenas tenía para comer, siguió comportándose como si nada de aquello tuviera que ver con él. Tenía derecho a un título nobiliario, que no llegaba a reclamar por el dinero que esto suponía, y estaba convencido de que había un tesoro en su casa. Según decía, uno de sus antepasados había participado en la revuelta de los comuneros contra el emperador Carlos V y, antes de abandonar el pueblo, ocultó sus riquezas en una cripta de la casa. Gonzalo llegó a tirar varias paredes en busca del ansiado tesoro, y un verano hasta afirmó haber pedido un detector de metales con el que esperaba rematar su búsqueda. El detector no llegó, sin duda porque nunca lo compró. Le habría obligado a reconocer la inconsistencia de sus fantasías y a enfrentarse a los problemas reales de su vida, entre ellos aquella niña enferma que escondía en la cocina de su casa, o las necesidades de su esposa, que se pasaba el día cuidándola.
Carmina era feliz cuando mi madre estaba en el pueblo, pues tenía a alguien con quien hablar. Se veían todos los días y a veces subían a la casa del monte a ver a Luisa. También iban juntas a bañarse al canal, aunque en el pueblo las criticaran. Ese hilo de agua era una acequia que nacía en el canal de Castilla y que se utilizaba para regar. Los turnos se asignaban en el Sindicato, un local situado en la plaza. Había en él un mostrador, donde solía pedirse un vaso de vino mientras se esperaba el correspondiente permiso.
El pequeño bar lo atendía una familia, y muchas veces, cuando iba con mi padre, nos cruzábamos en las escaleras con una chica que debía de tener más o menos mi misma edad, y que caminaba silenciosa en medio de aquel mundo de hombres estáticos como si lo hiciera entre los troncos de una serrería. Yo me la quedaba mirando, y ella solía corresponder con una leve sonrisa, cuyo significado nunca supe dilucidar. Tenía las piernas muy delgadas, y al atardecer, que era cuando se hacía el reparto del agua, llevaba una lechera de aluminio. Una vez tropezó y la leche se derramó por el suelo delante de todos. Recuerdo cómo se extendió entre los zapatos llenos de tierra de aquellos hombres, que por unos segundos permanecieron inmóviles, como temiendo ir a mancillar su blancura. También recuerdo que, a partir de entonces, la chica se mostró más esquiva que nunca, y que cuando volvíamos a encontrarnos, me miraba con ojos atribulados y melancólicos, como si al verter la leche en el suelo hubiera dejado al descubierto algo de sí misma que hasta ese momento había permanecido escondido. Dejé de verla. Debió de escoger otras horas para hacer sus recados, y al año siguiente ya era otra familia la que llevaba el bar. Mi padre decía que había familias que vivían siempre de aquí para allá, como las bandadas de pájaros.
El encargado de la Confederación distribuía el tiempo de regar e iba dando, según las peticiones, una papeleta en que constaba el día en que podría retirarse el agua y las horas de que se disponía para hacerlo. Aquella operación se llamaba sacar el agua, y convocaba a todos los afortunados que tenían tierras a lo largo del trazado del canal, pues el control del agua les había permitido abandonar las plantaciones de cereal y forraje, y tener otros cultivos más rentables, como la remolacha, que al llegar septiembre los tractores llevaban a Valladolid en sus remolques. La carne de la remolacha era blanca y tenía un sabor dulce que contrastaba con su aspecto un poco inquietante, pues recordaba terrosos corazones arrancados de los cementerios. Los tractores llegaban hasta la azucarera, en Valladolid, donde formaban largas colas que obligaban a los agricultores a pasarse noches enteras esperando su turno de descarga. La azucarera estaba iluminada como un gran trasatlántico, y sus chimeneas expelían un humo denso y blanco que contrastaba con el rastro oscuro de los remolques, como en unas nupcias del cielo con la tierra.
Desde los balcones de Sindicatos se divisaban el Arco y la iglesia de Santa María, en una de cuyas paredes los jóvenes jugaban a la pelota. Gritaban al golpearla con sus manos y la pelota sonaba contra el muro como si arrojaran contra la piedra piezas de hierro. En una de las esquinas del local había una figura de san Isidro labrador. A sus pies se veía un ángel dirigiendo la yunta de bueyes. San Isidro triplicaba en tamaño a las otras figuras, que a su lado parecían pequeños animales de los campos. El ángel, una tórtola; y los bueyes, oscuros topos aturdidos. Toda la atención se la llevaba el santo, con sus barbas negras y su mirada arrobada. Sin embargo, su expresión no era feliz, sino de abatimiento, como si estuviera preguntándose: ¿Tanto trabajo para qué?
A mí san Isidro me recordaba a Poldo, el capataz de mis tíos, que también se quedaba mirando los campos con aquella mezcla de desapego y abatimiento, pues todo lo que hacían los hombres terminaba en tristes días abocados al pasado y al tapiz del olvido y la pobreza. Poldo parecía un gigante y poseía una fuerza descomunal. Mis primeros recuerdos del pueblo tienen que ver con él. Me cogía de los brazos y me alzaba por encima de su cabeza. Yo tenía por entonces cuatro o cinco años y temía y esperaba por igual el momento en que Poldo me tomara del suelo y, con los ojos encendidos por un brillo de inexplicable júbilo, me alzara todo lo que daban de sí sus brazos, como queriendo situarme lejos de las ofensas del tiempo y de las crueles derrotas de la vida.
No hay nada que afecte más a una mujer que ver morir a un niño, y en aquel tiempo se veían con frecuencia por las calles los coches y las cajitas blancas en que los llevaban a enterrar. Poco después de nacer tú hubo en la ciudad una epidemia de polio. Era una enfermedad terrible que, en el mejor de los casos, dejaba cojas a las criaturas. Se decían las cosas más disparatadas acerca de lo que la podía causar: que su origen estaba en las hebras de los plátanos, o en las aves, especialmente en los periquitos, que venían infectados de los remotos países de donde procedían. Nosotros teníamos dos periquitos, un macho y una hembra. La jaula estaba abierta y ellos se movían a su antojo por la casa, los llamabas y venían volando a tu dedo. Y yo, por el temor a que pudieran contagiaros, se los di a Sara para que los tuviera en casa de la tía Marta.
Читать дальше