Gustavo Garzo - La Carta Cerrada

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Érase una vez una joven alegre, con ganas de vida y de amor. Trabajaba en una joyería de una ciudad de provincias, y no pudo resistirse a los encantos de un apuesto policía que la encandiló con sus locuras. Los dos acabaron casándose y viviendo en un pequeño apartamento de Valladolid que Daniel, el hijo menor de la pareja, recuerda ahora con nostalgia. Vuelven a su mente los instantes mágicos en compañía de la madre, su voz y sus pasos ligeros alrededor de las camas de los dos niños de noche, protegiéndolos de los males que la vida acarrea consigo.
Todo cambia el día en que uno de los hijos muere. Desde entonces, una locura callada se infiltra en la mente de Ana. El marido, un hombre agresivo y poco dado a expresar sus sentimientos, sigue viviendo de su trabajo y desahogando su amargura con otra mujer. Daniel, testigo atento de tanto dolor callado, crece hasta convertirse en un adulto más acostumbrado al recuerdo que a la acción.
En ese mundo donde los sentimientos se guardan en sobres cerrados, de repente surge la posibilidad de una vía de escape: un viaje de la familia a Madrid, que Ana piensa aprovechar para rebelarse contra el destino que le ha tocado en suerte. El testimonio de este gesto está en una carta destinada al hijo, unas palabras que sería mejor no leer y que finalmente quedarán en la mente de Daniel como un símbolo del pacto que nos une a la vida: nadie vive como debe ni como quiere, sino como puede…El resto está a cargo de nuestra imaginación.

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Muchas tardes mi madre y la tía bajaban en una calesa hasta el río. Ponían un pequeño toldo, que colgaban de las ramas, y tendían una alfombra en el suelo. Y allí permanecían largo rato, escuchando el rumor de las hojas y el canto de los pájaros. Allí era donde la tía le contaba historias de personajes célebres, como Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, o le hablaba de los viajes de Marco Polo, o de cómo Pasteur había descubierto las vacunas. Uno de sus personajes preferidos era el poeta alemán Novalis. La muerte de su prometida, la jovencísima Sophie von Kühn, cuando apenas era una adolescente, a causa de la tuberculosis, le había sumido en una tristeza profunda de la que sólo le libraría su propia muerte, sucedida poco después. La tía tenía uno de sus libros, Himnos a la noche, y a veces lo leían en aquella tienda improvisada. Hablaba de la noche, que en aquel libro era la metáfora de una muerte liberadora, pues suponía iniciar el camino hacia la vida verdadera, que el poeta sólo podía encontrar en los brazos de su amada. Mi madre, que tenía entonces la misma edad que Sophie, escuchaba fascinada y se preguntaba si ella sería capaz de amar a alguien de aquella forma.

– ¿Y sabéis una cosa? -nos decía-. Claro que lo fui y ésa fue mi desgracia porque amar mucho es una pesadez. Fue lo que me pasó con vuestro padre. Le amaba tanto que al final terminé hartándole. Y seguro que con vosotros me pasará lo mismo y que cuando crezcáis no querréis verme ni en pintura.

Mi hermano y yo protestábamos y, al tiempo que nos peleábamos por abrazarla, le jurábamos que aquello no pasaría nunca.

– Pasará, claro que pasará -decía mi madre riéndose-. El demasiado dar agobia a quien lo recibe.

De todas las historias de la tía, la preferida de mi madre era la que hablaba de la princesa persa. Mi madre nos decía que le bastaba con cerrar los ojos para recordar la tarde en que se la contó. Estaban a la orilla del río y se habían tumbado sobre la hierba, con los ojos fijos en las copas de los árboles. Parecía que eran sus propias palabras, y la oculta fuerza que guardaban, las que hacían temblar las hojas y las ramas flexibles, como si fueran las palabras las que movieran el mundo, las que guardaran el secreto de la realidad.

– Pues veréis -continuaba mi madre-, todo empezó por un viajero que un día llegó a un pueblo situado en los lindes del desierto. Al pasar por el mercado vio a una hermosa muchacha de la que se enamoró. Quiso saber quién era y le dijeron que una princesa que vivía retirada en su palacio, y que era inútil que tratara de acercarse, pues sólo aceptaba a los niños y a las otras mujeres como compañía, rechazando a todos los hombres que querían estar a su lado. El viajero preguntó la razón y le dijeron que debido a un sueño que no dejaba de repetírsele cada noche. En él veía a una pareja de palomas. Volaban felices por el campo hasta que el palomo quedaba apresado en las redes de un cazador. Y la paloma acudía en su ayuda y lo liberaba. Pero un tiempo después, cuando la paloma caía en las redes, su compañero no acudía a liberarla. Éste era el sueño de la princesa y la razón de que decidiera apartarse de los hombres, para que no le sucediera lo mismo que a la pobre paloma.

»El viajero, al escuchar aquel relato, se prendó de ella aún más y concibió un plan para llegar hasta su corazón. Contrató a dos albañiles, que esa noche entraron a escondidas en el jardín y compusieron sobre la bóveda de un templete un mosaico que reproducía en imágenes el sueño de la princesa. Al día siguiente ella lo vio. No comprendo, se dijo, ésta es la historia de mi sueño. Pero entre aquellas imágenes, había una que ella no había soñado, en que se veía a un palomo en las garras de un gavilán. Así comprendió que el macho que había creído un cobarde, en realidad había caído en las garras de un ave rapaz que lo había matado.

No había una verdad absoluta, nada duraba para siempre, pues nuestra experiencia cambiaba sin descanso. Mi madre había luchado con todas sus fuerza por su felicidad. Creía tener la verdad absoluta, pero le faltaba enfrentarse a la muerte de su hijo. Entonces comprendió que no había ninguna verdad a la que agarrarse, que la verdad era un pozo negro que todo lo devoraba.

Es así como la recuerdo en los últimos tiempos. Sentada en su sillón de orejas, absorta en sus pensamientos. Por entonces yo solía salir de noche y, a mi regreso, me la encontraba esperándome. Siempre tenía el retrato de mi hermano sobre la mesa.

– ¿Por qué no te acuestas? -le decía.

– No puedo dormir.

Me sentaba a su lado y me quedaba un rato con sus manos entre las mías. Era la muerte de mi hermano lo que nos unía. La muerte podía ser algo tan vivo, concreto y cierto como la existencia.

A veces le daba por hablar.

– En la joyería me lo pasaba en grande. Entraba la gente a comprar, y enseguida sabía si necesitaban una medalla, unos pendientes o un anillo. Si buscaban esas joyas por devoción, porque estaban enamoradas o sólo por presumir. Todos pensaban que al mundo le faltaba luz, y a mí me gustaba ayudarles a conseguirla.

Había adelgazado mucho, pero seguía siendo muy guapa. Tenía una belleza escondida que crecía según la mirabas y la oías hablar. Sus ojos eran oscuros y densos, como bañados en miel. Yo tenía la costumbre de besarla suavemente cerca de la sien, donde nacía el cabello. Su piel era fina y tersa, casi como la de una muchacha. Continuaba hablando:

– Es extraño, sueñas con algo y recibes otra cosa completamente distinta.

No parecía triste, sino perpleja. Un día de repente me dijo:

– ¿Te acuerdas de cuando os iba a ver por la noche? ¿Cuando me acostaba con vosotros? No os cansabais de pedirme historias, y yo, para que os durmierais, os hacía cerrar los ojos. Era como estar en una habitación secreta, en la que sólo nosotros podíamos entrar.

– La habitación de los ojos cerrados…

– Sí, así es como la llamabais. Un lugar para hablar sólo de lo más importante.

Se volvió hacia mí y me miró silenciosa, dolorida como un animal. Y dijo:

– Lo terrible es que ese lugar ya no le hace falta a nadie.

Aquellas noches sus palabras se posaban sobre nuestros ojos y nuestros labios, se desplazaban sobre la cama como pequeñas llamas. Sentíamos su calor, su ondulación vibrante, su rastro sobre la piel y las cosas, mientras el sueño se iba apoderando de nosotros. Yo era el primero en dormirme. Me decía que esa noche no lo consentiría y que iba a aguantar más que mi hermano, pero nunca lo lograba. Por la mañana me despertaba furioso. No quería dejarlos solos. Me parecía que tenían una vida a mis espaldas.

Una noche me desperté y mi hermano no estaba. Nuestro cuarto tenía dos camas, pero yo solía pasarme a la suya porque tenía miedo a la oscuridad. Oí que sonaba una canción. No sabía de dónde venía y permanecí sin moverme, con los sentidos aguzados en la oscuridad. La puerta estaba entreabierta y la música venía de algún lugar de la casa. Me levanté para asomarme al pasillo. Avancé lleno de temor, imaginando miradas, oscuros y menudos túneles atravesando el aire hacia mí. La puerta del salón estaba entreabierta y una luz roja iluminaba los cristales esmerilados, como si fuese sangre. Me asomé lleno de temor y vi a mi hermano y a mi madre. Habían puesto un pañuelo rojo sobre la lámpara, para amortiguar la intensidad de la luz, y estaban bailando sobre la alfombra. Mi hermano apenas le llegaba a la altura del pecho. Mi madre se inclinaba sobre él para que pudiera decirle algo. En ese instante me vieron. Mi hermano se volvió hacia mí con una mirada de rabia. ¿Por qué nos interrumpes?, parecía decir, ¿no ves que estamos hablando de nuestras cosas?

– Anda, ven con nosotros -dijo mi madre, arrodillándose en el suelo y tendiendo los brazos para recibirme.

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