Santa Montefiore - El último viaje de Valentina

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El último viaje de Valentina: краткое содержание, описание и аннотация

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En la barcaza sobre el Támesis que llama hogar, Alba vive una juventud alocada pero vacía. Durante toda su vida, la figura de la madre que no conoció la ha atormentado. Ahora ha llegado el momento de enfrentarse al pasado: a la verdad sobre lo que sucedió en un pequeño pueblo italiano, casi treinta años antes, una historia de amor apasionado en tiempos de guerra, de tragedia, crimen y mentiras que ha quedado enterrada en el silencio. Para ello, ha de viajar hasta el lugar donde todo comenzó, dejando atrás Inglaterra, una familia de la que nunca se ha sentido parte y un hombre a cuyo amor no puede corresponder. En la costa italiana, donde el destino jugó una de sus crueles partidas tanto tiempo atrás, le espera el fantasma de una mujer envuelta en el misterio.

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Che buono! -exclamó entusiasmada, borrándose el pintalabios con la lengua.

– Ya le diré yo qué otra cosa puede meterse en la boca -bromeó Jack con una sonrisa desdeñosa. Los marineros se rieron de buena gana y la desconcertada muchacha, que no entendía lo que había dicho, les imitó.

Pronto volvieron a convertirse en la diversión del pueblo. A Thomas le resultaba incómodo comer delante de un rebaño de mirones que no dejaba de salivar. Un rato más tarde, apareció il sindacco, impoluto y oliendo a colonia, para ahuyentarlos y alejarlos de allí como lo habría hecho un granjero con sus vacas. Chasqueó luego los dedos con aires de importancia para llamar a un camarero.

Rica di mare -dijo, tragando la saliva que se le había acumulado en la boca ante la visión de los platos de los ingleses.

Cuando il sindacco levantó su primera cucharada con sumo cuidado, Lattarullo apareció con un rígido sobre de crujiente papel blanco. Thomas lo miró y frunció el ceño. Vio escrito su nombre en tinta con la más exquisita caligrafía. Se detuvo a estudiarlo durante unos minutos, intentando adivinar de quién podría ser. Aunque Lattarullo lo sabía, no dijo nada. No quería estropearle la sorpresa al inglés. Se quedó de pie en pleno calor, secándose la frente mugrienta con un paño, deseoso de echarse una siesta.

– ¡Por el amor de Dios! ¡Ábrelo, jefe! -dijo Jack, impaciente, tan curioso como él. Thomas rasgó el sobre y extrajo una elegante tarjeta con el nombre de Márchese Ovidio di Montelimone grabado en la parte superior en letras azul marino. Debajo, con la misma caligrafía exquisita, había una invitación para tomar el té en su casa, el palazzo Montelimone.

– ¿Así que éste es el famoso márchese? -dijo, mirando a Lattarullo al tiempo que arqueaba las cejas.

– Sí, el aristócrata que vive ahí arriba, en lo alto de la colina. El mismo cuyo chofer intentó matarnos ayer.

– ¿Qué quiere de mí?

Lattarullo se encogió de hombros y puso su cara de pez.

Bo! -respondió, sin ser de ninguna ayuda. Thomas se volvió a mirar a Jack y éste imitó al carabiniere.

Bo! Vayamos a averiguarlo. Quizá quiera disculparse por el comportamiento de su chofer.

– En ese caso, debemos aceptar -respondió Thomas, volviendo a meter la tarjeta en el sobre-. Por una simple cuestión de cortesía. Aun así, imagino que debe de ser una excusa para presentarse. Conozco bien a esa clase de hombres. Les encanta hablar de ellos y de lo importantes que son.

– Dicen que tiene una bodega del tamaño de una casa. Que los alemanes no pudieron dar con ella. Vale la pena la visita aunque sólo sea por eso -dijo Lattarullo, pasándose una lengua seca por sus labios escamados-. Será mejor que vaya con ustedes. Además, no conocen el camino.

Esa tarde, los tres emprendieron el camino de ascenso por el polvoriento sendero. Tras un corto trayecto en coche, Lattarullo giró cuesta arriba por una empinada colina donde el sendero trazaba una curva muy acusada. Los árboles invadían gradualmente el camino hasta que casi fue imposible pasar con el coche, que avanzaba a trompicones, ahogándose y tosiendo como un anciano enfermo hasta que un par de puertas de un negro imposible indicaron la entrada del palazzo Montelimone. Las dos puertas estaban oxidadas y desconchadas, y sin duda llevaban años en el más absoluto abandono. Era como si el bosque invadiera poco a poco la finca, entrelazando sus verdes tentáculos alrededor de las puertas hasta que un día la casa desaparecería del todo, engullida por la superior fuerza de la naturaleza.

Se adentraron en la propiedad, silenciados por el escenario que se abrió ante sus ojos. El edificio era hermoso aunque corroído por la falta de cuidados y por el implacable paso del tiempo. La glicina se derramaba sobre sí misma en gloriosa abundancia como si el palazzo intentara enmascarar la podredumbre con lujosas prendas. Los jardines estaban en estado salvaje. Aunque las flores habían germinado valientemente por doquier, nada podía impedir el gradual ahogo impuesto por los malintencionados hierbajos.

Lattarullo aparcó el coche delante de la recargada fachada de frontones y molduras que se elevaban sobre torres y torreones y una maltrecha bandera que ondeaba débilmente a merced de la brisa. La puerta se abrió de inmediato con un silencioso bostezo. Un anciano encorvado vestido de negro les esperaba en el umbral con actitud solemne. Thomas y Jack reconocieron en él de inmediato al chofer del márchese.

– Es fiel como un perro -dijo Lattarullo, sin molestarse siquiera en ocultar su odio-. Lleva décadas al servicio del márchese. Vendería sus dientes de oro por él si tuviera que hacerlo. Nadie imagina lo que sabe y probablemente se lo lleve todo a la tumba. ¡Y espero que no tarde!

– No creo que desaparezca con todo ese vino oculto en las bodegas -le dijo Thomas a Jack entre risas-. El vino lo mantiene con vida. -Lattarullo, que no había entendido lo que habían dicho en inglés, dijo exactamente lo mismo en italiano.

Bajaron del coche y Alberto les saludó envaradamente, sin el menor asomo de una sonrisa. Cualquiera habría dicho que hacía años que no sonreía. Quizá no lo hubiera hecho nunca. Le siguieron por el oscuro pasillo y por un sombrío patio donde la hierba se abría paso entre las losas del suelo hasta el cuerpo principal de la casa. Mientras atravesaban las distintas habitaciones, cada una más encantadora que la anterior con sus intricadas molduras y los pálidos tonos rosados y azules de las paredes, sus pisadas resonaban contra los altos techos: no había muebles que pudieran absorber el sonido y los tapices habían desaparecido hacía ya tiempo. Las chimeneas de mármol enmarcaban rejillas frías y vacías, y los cristales de las altas ventanas estaban manchados de moho. Una atmósfera espeluznante imperaba en el edificio, como si caminaran entre fantasmas.

Por fin llegaron a una de las pocas estancias ocupadas de la casa. En el sillón encontraron sentado a un digno caballero de unos setenta años, rodeado de una vasta biblioteca de libros hermosamente encuadernados, una gran bola del mundo y dos cuadros gigantescos. Llevaba el pelo gris peinado hacia atrás, revelando un rostro todavía bello, con una recta nariz romana y unos ojos de un profundo color aguamarina. Iba impecablemente vestido, con una camisa planchada, chaqueta de tweed y un pañuelo de seda pulcramente anudado al cuello. Sin duda debía ser de descendencia nórdica, pues tenía la tez clara y mostraba la serenidad de un príncipe.

– Sean bienvenidos -dijo en un inglés perfecto, levantándose de la silla. Se acercó a ellos, emergiendo de la penumbra para estrechar las manos de los recién llegados. Saludó con una leve inclinación de cabeza a Lattarullo y, para decepción del carabiniere, le dijo a Alberto que se lo llevara a la cocina y que le sirviera un poco de pan con queso. A continuación indicó a Jack y a Thomas que tomaran asiento-. ¿Qué le parece mi pueblo, teniente Arbuckle? -preguntó, sirviéndoles una taza de té que había sido cuidadosamente dispuesto en una bandeja de plata. La porcelana era fina y elegante y estaba pintada con delicadas parras. Un servicio de té semejante resultaba sin duda fuera de lugar en esa estancia abandonada.

– Encantador, márchese -respondió Thomas con idéntica formalidad.

– Espero que se hayan tomado su tiempo para disfrutar de las inmediaciones. Las colinas son especialmente hermosas en esta época del año.

– Lo son, sí -concedió Thomas.

– Es un pueblo lleno de gente sencilla de poca cultura. Yo fui afortunado. Mi madre me puso un tutor inglés y después me enviaron a Oxford. Fueron los días más felices de mi vida. -Tamborileó con sus largos dedos sobre el brazo de la silla. A Thomas las manos del márchese le recordaron las de una concertista de piano. El anfitrión soltó entonces un resollante suspiro. Quizá fuera asmático, o bien padecía alguna otra molestia pulmonar-. Estas gentes están llenas de supersticiones -prosiguió-. A pesar de vivir en el siglo veinte, están obsesionados con las reliquias y con el medievalismo. Yo me mantengo al margen, viviendo aquí arriba, sobre la colina. Tengo una buena vista del océano y del puerto. Veo quién entra y quién sale. He instalado un telescopio ahí fuera, en la terraza. No me involucro con sus rituales. Sin embargo, los rituales mantienen ocupada la mente de la gente, y, por lo tanto, les impiden meterse en problemas, y la gente del sur es muy religiosa. Yo me crié aquí con mis hermanos y hermanas, aunque desconozco dónde pueden estar ahora o si siguen con vida. Un amargo enfrentamiento clavó una estaca en el corazón de nuestra familia. Fui yo quien se quedó con este palazzo. Quizá si me hubiera casado, la casa se habría beneficiado de las atenciones de una mujer, pero desgraciadamente no fue así y ya no lo haré. La casa se cae a mi alrededor, engulléndome cada vez más en su corazón hasta que esta habitación será lo único que quedará en pie. Sobrevivió a los alemanes, pero no sobrevivirá al paso de los años. El paso de los años es implacable. ¿Está casado, teniente Arbuckle?

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