“Vaya a nuestro lugar de cita en la montaña
a las siete de la mañana.
Saint Germain”.
Guardé esta tarjeta cuidadosamente, y apenas pude esperar a que pasara el tiempo intermedio, tan grande era mi expectación. Tempranamente, la mañana siguiente, mientras preparaba un bocado, sentí un claro impulso de no llevar nada conmigo. Obedecí y decidí confiar que mis necesidades serían satisfechas directamente desde lo Universal.
Alegre de corazón, pronto estuve de camino, determinado a no perder ninguna oportunidad de hacer preguntas, si eran permitidas. A medida que me aproximaba al punto de encuentro, mi cuerpo llegó a sentirse cada vez más ligero, hasta que, cuando apenas faltaba un kilómetro y medio, mis pies casi no tocaban el suelo.
No había nadie a la vista, de modo que me senté en el tronco de un árbol para esperar a Saint Germain, no sintiendo fatiga ninguna, aunque mi caminata había sido de unos dieciséis kilómetros.
Mientras meditaba sobre el maravilloso privilegio y bendición que había llegado a mi vida, oí romperse una ramita y miré a mi alrededor, esperando ver a Saint Germain. Imaginen mi sorpresa cuando, alejada, no más de quince metros, vi una pantera aproximándose lentamente hacia mí. Mi cabello debió ponerse de punta. Quise correr, gritar, tal era el sentimiento de miedo dentro de mí. Hubiera sido inútil moverme, porque un salto de la pantera habría sido fatal para mí.
Mi cerebro dio vueltas por el gran miedo que sentía, pero una idea se abrió paso claramente y mantuvo mi atención con fijeza. Yo comprendí que tenía la Magna Presencia de Dios justo dentro de mí, y que esta Presencia era todo Amor. Este bello animal era una parte de la Vida de Dios también, y me obligué a mirarlo directamente a los ojos. A continuación me vino la idea de que una parte de Dios no podía dañar a otra parte. Estuve consciente solamente de este hecho.
Me recorrió un sentimiento de Amor, que se proyectó como un Rayo de Luz directamente hacia la pantera, y con él se fue mi miedo. Las sigilosas pisadas cesaron y yo me acerqué lentamente hacia ella, sintiendo que el Amor de Dios nos llenaba a ambos. Se suavizó la mirada viciosa de sus ojos, el animal se enderezó, y vino lentamente hacia mí, restregando su lomo contra mi pierna. Yo me agaché y palmeé su suave cabeza. Ella elevó la mirada hacia mis ojos durante un momento y después se tumbó y puso a rodar como un gato juguetón. El pelo era de un bello color oscuro, rojizo-marrón; el cuerpo era largo, flexible y de gran fortaleza. Yo continué jugando con ella, cuando subí la mirada repentinamente, y vi a Saint Germain de pié a mi lado.
—Hijo mío —dijo Él—, yo conocía tu gran fortaleza interna, de lo contrario no hubiera permitido semejante prueba. Has conquistado el miedo. ¡Te felicito!
“De no haber dominado al ser externo, no hubiese permitido que la pantera te dañara, pero nuestra asociación hubiera cesado por un tiempo.
“Yo no tengo nada que ver con la aparición de la pantera aquí. Fue parte de la operación de la Gran ley, como comprobarás antes de que cese tu asociación con tu nueva amiga.
“Ahora que has pasado la prueba del coraje me es posible darte mayor asistencia. Cada día llegarás a ser más fuerte, más feliz, y expresarás mayor libertad.
Él extendió su mano y en un momento aparecieron cuatro pastelillos de un bello color dorado-marrón, del tamaño de unos cinco centímetros cuadrados. Él me los ofreció y los comí según su instrucción. Estaban deliciosos.
Inmediatamente sentí una sensación de hormigueo y aceleración a través de mi cuerpo entero; un nuevo sentido de salud y claridad de mente.
Saint Germain se sentó a mi lado e inició mi instrucción.
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