Kate Hoffmann - El Pirata

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SU HONOR LE EXIGÍA VOLVER A SU ÉPOCA… ¡A MATAR A UN HOMBRE QUE HABÍA MUERTO HACÍA TRESCIENTOS AÑOS!
Griffin Rourke: pirata, espía… quería vengarse del infame bucanero Barba Negra por haber matado a su padre. Y nada… ni siquiera una cautivadora mujer llamada Meredith iba a detenerlo.
Meredith Abbott no podía creerlo cuando se encontró al duro Griffin Rourke en la playa. El guapísimo pirata era la personificación de todas sus fantasías. Pero Meredith no había contado con que su amante tuviera aquella sed de venganza…

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Ella pasó los brazos alrededor de su cintura y se apoyó en su pecho.

– Tú no me tomarías; nos entregaríamos los dos, el uno al otro. Y por otra parte, no espero promesa alguna.

Griffin suspiró.

– Tengo que terminar lo que empecé, y aunque no sé por que estoy aquí, debo seguir creyendo que es importante que regrese a mi época para cumplir mi cometido. Pero, al hacerlo, te dejaré sola. Y no quiero que te arrepientas del tiempo que hemos estado juntos.

Meredith se ruborizó y se cerró la manta, con fuerza, alrededor del cuerpo. Como si pudiera protegerla de sus palabras.

– Si mi presencia te resulta demasiado dolorosa, puedo marcharme.

– No, no lo hagas. Te entiendo y entiendo tus sentimientos. No es preciso que te marches.

– Me alegro mucho -dijo con una sonrisa-. He aprendido a depender de ti y sin ti me sentiría impotente y perdido. Seamos amigos, entonces…

– Amigos -repitió ella con tristeza.

– Venga, no pienses más y vuelve al camarote a dormir. Será mejor que regresemos a Ocracoke. Yo me encargaré del barco, y cuando despiertes, te estará esperando un desayuno.

Griffin le dio un beso en la frente y Merrie regresó al camarote.

Sin embargo, Griffin no hizo ademán de levar el ancla. Bien al contrario, se desnudó de nuevo y se arrojó al agua, donde estuvo nadando varios minutos, hasta agotarse.

Entonces, se sumergió de nuevo y aguantó la respiración todo lo que pudo, esperando que se abriera la puerta del tiempo. Pero no pasó nada. Y cuando ya no podía aguantar más, regresó a la superficie.

Mientras flotaba de espaldas, miró el cielo y se dijo que tal vez no regresara nunca a su tiempo.

Capitulo 6

– ¡No quiero que me pongan sanguijuelas!

Meredith miró a Griffin, que estaba sentado en el consultorio del doctor Kincaid. La enfermera había aparecido unos minutos antes y le había ordenado que se quitara la camisa, no sin antes dedicarle una mirada de evidente deseo y ponerle un termómetro en la boca.

Ahora estaban solos de nuevo. Meredith, con la irresistible visión del pecho desnudo de Griffin; y Griffin, con un nerviosismo que indicaba claramente su desconfianza hacia los médicos. Era obvio que no confiaba en los matasanos de su época.

– Vuelve a ponerte el termómetro en la boca -ordenó ella.

– Ya, bueno. ¿Y qué hay de las sanguijuelas?

– ¿Has visto alguna sanguijuela por aquí? -preguntó, impaciente-. Olvídate de eso.

Merrie pensó que la iba a volver loca. Llevaba varios días tosiendo y estornudando. Era obvio que se había acatarrado por culpa de sus chapuzones en Bath, pero a pesar de ello se había resistido a ir médico e insistía en no tomar más medicina que el whisky.

A regañadientes, Griffin obedeció y devolvió el termómetro a su boca.

– De acuerdo, no hay sanguijuelas. Entonces me sangrarán, seguro -dijo, pronunciando con dificultad-. Lo único que saben hacer los médicos es abrir en canal a la gente.

– Tranquilízate, te prometo que este médico no intentará abrirte en canal. Sólo te dará una medicina contra el catarro.

– Pero si no estoy acatarrado…

– Por supuesto que sí.

– De todas formas, conozco un medio infalible para curar los catarros: una cataplasma de mostaza y unos cuantos tragos de whisky.

– Eso puede servir para un catarro normal, pero si tienes alguna infección será mejor que tomes antibióticos.

– ¿Antibióticos? ¿Qué es eso?

– Nada, olvídalo. Pero no vuelvas a mencionar las sanguijuelas y deja que responda a las preguntas del médico.

– Puedo responder yo mismo.

Meredith quiso discutírselo, pero la puerta del consultorio se abrió y apareció el médico en persona. O casi.

– Hola, soy la doctora Susan McMillan. El doctor Kincaid está de vacaciones y lo estoy supliendo… Normalmente trabajo en la clínica de Kitty Hawk.

Griffin miró a Merrie con asombro. Evidentemente, la idea de ponerse en manos de una mujer no le agradaba demasiado.

– Bueno, ¿qué le sucede, señor Rourke?

– Llámame Griffin. O Griff, si lo prefieres -respondió con una sonrisa.

La doctora parpadeó con sorpresa. Por lo visto no era inmune a los encantos de Griffin, pero no esperaba esa actitud.

– Muy bien, Griff. ¿Cuál es el problema?

– Que no quiero estar aquí. Merrie cree que estoy enfermo, pero como ves, me encuentro perfectamente bien.

– Lleva tosiendo una semana -explicó

Merrie-. Y desde hace tres días, tiene fiebre.

La doctora se aproximó a Griffin, lo tocó

Y dijo-

– Sí, su temperatura es elevada. Después, tomó el estetoscopio y lo plantó en el pecho del hombre.

– Respira profundamente…

Griffin obedeció y respiró profundamente. Mientras la doctora lo auscultaba, Meredith empezó a preocuparse. Cabía la posibilidad de que fuera algo más que un simple catarro. Incluso cabía la posibilidad de que su organismo no resistiera las enfermedades del siglo XX.

Un par de minutos más tarde, Susan McMillan sacó una palita de madera y dijo:

– Abre la boca.

– ¿Pretendes que me coma eso?-preguntó Griffin.

– Abré la boca…

Griffin lo hizo, pero a regañadientes.

– Ábrela más. Sé que a algunas personas les disgustan mucho estas cosas, pero necesito ver cómo está tu garganta.

Cuando terminó de examinarlo, la doctora se sentó detrás de su mesa, tomó algunas notas y acto seguido miró a Griffin.

– Voy a recetarte antibióticos. Eso debería ser suficiente, pero si sigues igual, tendré que hacerte más pruebas. De momento te voy a poner una inyección y luego tendrás que tomar pastillas durante diez días.

Vuelvo enseguida.

Meredith se estremeció. Si Griffin se enfadaba con una simple palita de madera, no quería ni pensar en cuál sería su reacción ante una jeringuilla y una aguja.

– ¿Qué va a hacer? ¿Me va a sangrar? Meredith hizo caso omiso de la pregunta.

– Griff, no está bien que coquetees con ella. Puede que en tu época fuera normal, pero en este siglo no está bien visto que los pacientes hagan ciertas cosas con sus médicos.

– Yo diría que estás celosa… -bromeó.

– No estoy celosa -mintió-. Simplemente no quiero que te pongas en evidencia… Y ahora, será mejor que te advierta sobre lo que va a hacer. Vas a sentir un pinchazo, pero no te preocupes, no es nada, no hay motivo para asustarse. A los niños les ponen inyecciones todo el tiempo y ni se quejan.

– ¿Asustarse? Oh, Dios mío…

– Bueno, las inyecciones se ponen con una aguja. Generalmente en un brazo o en el trasero, pero…

– ¿Qué?

– Confía en mí. Sólo será un segundo y es la vía más rápida para librarte de ese catarro o lo que sea. Vamos… un hombre que se dedica a la piratería no puede tener miedo de una simple aguja.

Griffin tomo su camisa se levanto.

– Nos vamos de aquí ahora mismo. No tengo intención de seguir con esta tortura.

En ese preciso instante reapareció la doctora; y antes de que Griffin pudiera reaccionar, se acercó a él, le clavó el agua en el brazo derecho y le puso la inyección.

Griffin se quedó mirándola, confuso. Pero Susan McMillan parecía más confusa que él.

– Qué extraño. No tienes la típica señal de la vacuna de la viruela…

– En mi época no tenemos esa enfermedad -dijo Griffin.

Meredith decidió intervenir para evitar el desastre.

– En realidad, Griffin se refiere a que fue un niño algo inusual. No le pusieron las vacunas normales, aunque tal vez puedas hacerlo tú…

– No, no, no creo que eso sea necesario -protestó él.

– No es ningún problema-dijo Susan-.

Aunque te hubieran vacunado antes, no pasaría nada por hacerlo de nuevo.

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