Bob Shaw - Los astronautas harapientos

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Los astronautas harapientos: краткое содержание, описание и аннотация

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Los mundos gemelos, Land y Overland, sólo estan separados por unos miles de kilómetros; y sus órbitas son tales que Overland siempre aparece situado en el mismo lugar en el cielo, llenando gran parte de él y visible en todos sus detalles, cuando se asoma sobre Land. Los humanos que habitan Land, al carecer de metales, sólo han podido desarrollar una tecnología de bajo nivel. Durante siglos, han vivido de forma bastante estable; pero en el momento en que comienza esta historia, su existencia está amenazada. Los pterthas, una especie de burbujas llenas de humo que flotan en el aire y que siempre han sido peligrosas, parecen haber declarado la guerra a la humanidad. Ni los filósofos, que tienen a su cargo la investigación científica además de ser los elaboradores de las teorías y sustentadores de las ideas, ni los militares dirigidos por el príncipe Leddravohr, ni el Industrial supremo, príncipe Chakkell, ni aun el mismo rey Prad, comprenden la magnitud del peligro y la acuciante necesidad de encontrar una solución. Sólo Glo, el gran Filósofo, viejo, decadente, borracho y menospreciado por todos, incluidos los de su clase, propone una solución audaz y aparentemente inaceptable.

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— A lo mejor se lo ha bebido el viejo loco — dijo Leddravohr a Chakkell, sin hacer el menor esfuerzo por modular su voz. La risa que secundó sus palabras estaba acompañada de una cierta inquietud. La mayoría de los presentes no había presenciado nunca que un hombre de la categoría de Glo fuese insultado tan directamente.

— ¡Basta! — El ojo lechoso de Prad se dilató y se estrechó varias veces; algo que podía considerarse como una advertencia —. Gran Glo, cuando hablé con usted hace unos días me dio a entender que podían empezar a producir cristales puros de aquí a dos o tres años. ¿Está diciendo otra cosa ahora?

— No sabe lo que está diciendo — comentó irónicamente Leddravohr, dirigiendo una mirada desdeñosa al sector de los filósofos.

Toller, imposibilitado para reaccionar de otra forma, irguió los hombros tanto como le fue posible, sosteniendo la mirada de Leddravohr, mientras una voz en su interior le recordaba sus nuevos propósitos de ser sensato y no meterse en problemas.

— Majestad, esto es un asunto de mucha… hummm… complejidad — dijo Glo, ignorando a Leddravohr —. No podemos considerar el tema de los cristales como algo aislado. Incluso aunque ahora tuviésemos reservas ilimitadas de cristales… Están los árboles de brakka… Nuestras plantaciones… Hacen falta seis siglos para que los árboles se desarrollen y…

— Querrá decir seis décadas, ¿no?

— Creo que dije seis décadas, majestad, pero tengo otra propuesta que desearía que considerase. — La voz de Glo temblaba mientras seguía hablando con ligeras interrupciones —. Tengo el honor de presentarle un plan visionario que se adaptará al futuro de esta gran nación. Dentro de mil años nuestros descendientes mirarán hacia su reinado con admiración cuando…

— ¡Gran Glo! — Prad parecía atónito e irritado —. ¿Está enfermo o borracho?

— Ni una cosa ni otra, majestad.

— Entonces, deje su charlatanería visionaria y responda a mi pregunta sobre los cristales.

Glo parecía respirar con dificultad, hinchando el pecho bajo su túnica gris.

— Me temo que estoy algo indispuesto. — Apoyándose en un costado se dejó caer sobre su asiento con un sonoro golpe —. Mi matemático mayor, Lain Maraquine, expondrá los hechos… hummm… por mí.

Toller, con ansiedad creciente, observó cómo su hermano se levantaba haciendo una reverencia hacia el estrado e indicando a sus ayudantes, Quate y Locranan, que acercaran el caballete y los planos. Éstos obedecieron desplegando el caballete con torpe nerviosismo, prolongando una tarea que no requería más de un instante. Aún fue necesario más tiempo para desplegar los planos y colgarlos adecuadamente ante el estrado. Incluso el apático príncipe Pouche empezaba a impacientarse. Toller se inquietó al advertir el nerviosismo de su hermano.

— ¿Qué pretendes, Maraquine? — dijo el rey, con tono poco cordial —. ¿Voy a volver a las clases escolares a mi edad?

— Los gráficos son útiles, majestad — dijo Lain —. Representan los factores que rigen el…

El resto de su explicación, mientras señalaba los factores clave sobre los claros diagramas, fue inaudible.

— No te oigo — gritó Chakkell con insolencia —. ¡Habla más alto!

— ¿Qué modales son ésos? — dijo Leddravohr, volviéndose hacia él —. ¿Qué forma es ésa de dirigirse a una jovencita tímida?

Unos cuantos hombres de la sala le corearon con sus carcajadas.

Esto no puede seguir así, pensó Toller, levantándose bruscamente, fuera de sus casillas. El código de conducta kolkorroniano establecía que responder a una provocación, y un insulto se consideraba como tal, dirigido a un tercer significaba aumentar la ofensa inferida a éste. Era como insinuar que el insultado era demasiado cobarde para defender su propio honor. Lain había declarado en muchas ocasiones que su deber como filósofo era mantenerse al margen de esos comportamientos irracionales, que el antiguo código era más apropiado a animales pendencieros que a hombres racionales. Sabiendo que su hermano no lo haría y no pudiendo él responder a la provocación de Leddravohr, sabiendo además que estaba excluido de cualquier intervención activa, Toller optó por la única posibilidad que le quedaba. Permaneció de pie, diferenciándose de los otros que seguían inmóviles en sus asientos, esperando que Leddravohr reparase en él y comprendiese su posición física y mental.

— Basta, Leddravohr. — El rey golpeó los brazos de su trono —. Quiero oír lo que el ponente tiene que decir. Adelante, Maraquine.

— Majestad, yo…

Lain temblaba ahora con tal violencia que sus ropas se agitaban.

— Intenta calmarte, Maraquine. No quiero que se alargue este discurso; bastará con que me digas cuántos años pasarán, según tu opinión, antes de que podamos producir pikon y halvell puro.

Lain respiró profundamente, luchando consigo mismo para controlarse.

— Es imposible hacer una predicción de ese tipo.

— Dame tu opinión personal. ¿Dirías que cinco años?

— No, majestad. — Lain observó de reojo al gran Glo y se sobrepuso para hacer su voz más firme —. Si incrementamos diez veces los gastos de investigación… con suerte… dentro de veinte años podríamos producir cristales aprovechables. Pero no existe ninguna garantía de que lo logremos. Sólo hay un camino sensato y lógico para nuestro país y es prohibir totalmente que se talen brakkas en los próximos veinte o treinta años. De esa forma…

— Me niego a seguir escuchando más. — Leddravohr se puso en pie y descendió del estrado —. ¿Dije jovencita? Estaba equivocado; ¡no es más que una vieja! Recoja sus faldas y lárguese de aquí, vieja, y no olvide sus cachivaches.

Leddravohr avanzó a grandes pasos hacia el caballete apartándolo de un manotazo, tirándolo al suelo.

Durante el alboroto que se produjo a continuación, Toller abandonó su lugar y, con paso firme, se acercó a su hermano. En el estrado, el rey ordenaba a Leddravohr que volviese a su asiento; pero su voz apenas era audible entre los gritos furibundos de Chakkell y la conmoción general de la sala. Un oficial de la corte golpeaba el suelo con su bastón, consiguiendo sólo aumentar el ruido. Leddravohr miró directamente hacia Toller con ojos fríos e iracundos, pero pareció no verlo al volverse en redondo para encarar a su padre.

— Con su permiso, majestad — gritó con voz que provocó un palpitante silencio en la sala —. Sus oídos no pueden seguir soportando esta perorata de los llamados pensadores.

— Soy perfectamente capaz de tomar decisiones por mí mismo — respondió Prad secamente —. Debo recordarte que esto es una reunión del Gran Consejo, no un campo de reyertas para tus condenadas tropas.

Leddravohr no se contuvo en su desprecio hacia Lain.

— Siento más estima por el más humilde soldado al servicio de Kolkorron que por esta vieja de rostro lívido.

Su reiterado desacato al rey incrementó el silencio bajo la cúpula de vidrio y, en esa tensa quietud, Toller dejó escapar su propio desafío. Hubiera sido un delito similar a la traición, y castigado con la muerte, que cualquier persona de su condición tomase la iniciativa de retar a un miembro de la monarquía, pero la ley le permitía atacar indirectamente dentro de unos límites para provocar una respuesta.

— Parece que «vieja» es el epíteto favorito del príncipe Leddravohr — dijo a Vorndal Sisstt, que se hallaba sentado junto él —. ¿Quiere decir esto que es siempre muy prudente eligiendo sus adversarios?

Sisstt, traspuesto, se recostó encogiéndose en su asiento, intentando demostrar nerviosamente su disidencia cuando Leddravohr se volvió para identificar a quien había hablado. Viendo a Leddravohr de cerca por primera vez, Toller apreció su fuerte mandíbula, su semblante sin arrugas, caracterizado por una curiosa tersura escultural, casi como si sus músculos estuviesen enervados e inmóviles. Era un rostro inhumano, privado de las fluctuaciones comunes en la expresión, donde solamente los ojos bajo unas cejas espesas delataban sus pensamientos. En este caso, los ojos de Leddravohr evidenciaban, mientras examinaban con todo detalle al joven, que era mayor su incredulidad que su furia.

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