Fredric Brown - Los ondulantes

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—No exactamente abstemio. No hice un juramento ni nada por el estilo, pero hace casi un año que no bebo ningún licor fuerte. No sé por qué, pero...

—Yo sé — dijo Pete Mulvaney —. Yo sé exactamente por qué no bebes... porque yo no bebo mucho tampoco, por la misma razón. No bebemos porque no hay por qué beber... Oye, ¿eso no es una radio?

George rió.

—Un recuerdo. No la vendería por nada del mundo. De vez en cuando me gusta mirarla y pensar en el palabrerío horrible que yo inventaba para ella. Y luego me acerco, muevo la perilla y no hay nada. Sólo silencio. A veces el silencio es lo más maravilloso del mundo, Pete. Claro que no podría hacer eso si hubiera un poco de electricidad, porque entonces habría invasores. Supongo que la situación sigue siendo la misma.

—Sí, la Secretaría de Investigación revisa diariamente. Tratan de obtener corriente con un pequeño generador activado por una turbina de vapor. Pero no hay caso; los invasores la absorben en cuanto es generada.

—¿Suponen que ellos se irán?

Mulvaney se encogió de hombros.

—Helmetz piensa que no. Piensa que se propagarán en proporción con la electricidad disponible. Aun si el desarrollo de la emisión de radio en otra parte del universo los atrajera hacia allí, algunos se quedarían aquí... y se multiplicarían como moscas en cuanto intentáramos usar de nuevo la electricidad. Entretanto viven de la electricidad estática del aire. ¿Qué hacen aquí en la noche?

—¿Qué hacemos? Leemos, escribimos, nos visitamos, vamos a los grupos de aficionados... Maisie es presidenta de los Actores de Blakestown, y yo hago pequeños papeles. Al no haber cine todo el mundo se interesa en el teatro y hemos descubierto verdaderos talentos. Y está el club de damas y ajedrez, y los viajes en bicicleta y los picnics... el tiempo no alcanza para todo. Por no mencionar la música. Todo el mundo toca un instrumento, o lo intenta.

—¿Tú?

—Claro, la corneta. Primera corneta de la Silver Concert Band, con partes solistas. Y... ¡cielos! Esta noche hay ensayo, y damos un concierto el domingo a la tarde. Lamento dejarte, pero...

—¿Puedo ir y participar? Tengo mi flauta en el maletín, y...

—¿Flauta? Nos faltan flautas. Tráela y Perkins, nuestro director, prácticamente te obligará a quedarte para el concierto del domingo... Y sólo faltan tres días, así que ¿por qué no? Tráela ahora mismo; tocaremos algunas viejas melodías para entonamos. ¡Eh, Maisie, deja esos platos y ven a acompañarnos con el piano!

Mientras Pete Mulvaney iba al cuarto de huéspedes a sacar su flauta del maletín, George Bailey tomó su corneta de la tapa del piano y sopló unas notas suaves y plañideras. Un sonido perfecto; tenía los labios en buena forma esa noche.

Y con ese objeto brillante y plateado en la mano se acercó a la ventana y se puso a mirar la noche. Afuera oscurecía y había cesado la lluvia.

Un brioso caballo pasó al trote y se oyó el timbre de una bicicleta. Enfrente alguien rasgueaba una guitarra y cantaba. George inhaló profundamente y soltó el aire despacio.

El olor de la primavera era suave y dulce en el aire húmedo.

Paz y atardecer.

Un trueno rodando a lo tejos.

Demonios, pensó, si tan sólo hubiera unos relámpagos.

Echaba de menos los relámpagos.

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